<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Zarlasht Halaimzai]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/zarlasht-halaimzai/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Zarlasht Halaimzai]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/1035041/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Noches sin dormir y evacuaciones por WhatsApp: así viví la caída de mi país en manos de los talibanes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/noches-dormir-evacuaciones-whatsapp-vivi-caida-pais-manos-talibanes_129_8387323.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/62ad3082-b970-47b8-8c15-1a6e6fc75aaf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dolor, noches sin dormir y evacuaciones por WhatsApp: así viví la caída de mi país en manos de los talibanes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Fui becaria de la Fundación Obama y pedí ayuda a altos cargos de su Gobierno. Sus respuestas fueron vagas, porque no había un plan. Voluntarios sin experiencia acabaron cargando con la responsabilidad de sacar a miles de personas</p><p class="subtitle">EN PRIMERA PERSONA - Ser refugiada afgana en Europa: la promesa imposible de una nueva vida</p></div><p class="article-text">
        En las semanas previas a <a href="https://www.eldiario.es/internacional/asalto-kabul-pasado-afganistan-pasado-rapido_1_8221538.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la ca&iacute;da de Kabul,</a> mi mente estaba extra&ntilde;amente tranquila. Hay un momento, justo antes de que el mundo se desmorone, en el que los seres humanos casi creen que pueden revertir la secuencia de acontecimientos que los ha llevado hasta ese punto: un destello de pensamiento m&aacute;gico mediante el cual son capaces de hacer que exista una realidad diferente.
    </p><p class="article-text">
        El 2 de julio,<a href="https://www.eldiario.es/internacional/estados-unidos-confirma-retirada-bagram-principal-base-militar-afganistan_1_8097923.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> el d&iacute;a en que Estados Unidos abandon&oacute; la base a&eacute;rea de Bagram</a>, me despert&eacute; en Londres con un dolor de cabeza espantoso. Mi tel&eacute;fono estaba plagado de mensajes de incredulidad. &ldquo;Siento mucho esto&rdquo;, escribieron algunos amigos. Pero no pod&iacute;an poner nombre a &ldquo;esto&rdquo;. Yo tampoco pod&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Nunca hab&iacute;a estado en la base a&eacute;rea de Bagram, pero sab&iacute;a que era la gigantesca capital del poder estadounidense en Afganist&aacute;n. Una fortaleza impenetrable a unos 50 kil&oacute;metros al norte de Kabul que hab&iacute;a albergado a decenas de miles de tropas durante casi dos d&eacute;cadas, junto con la &uacute;ltima tecnolog&iacute;a militar, una c&aacute;rcel en la que se hab&iacute;a <a href="https://www.theguardian.com/world/2014/dec/11/afghanistan-us-bagram-torture-prison" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">torturado a detenidos</a>, un balneario en el que los soldados pod&iacute;an hacerse la manicura y puestos de comida r&aacute;pida que vend&iacute;an hamburguesas. &iquest;C&oacute;mo hab&iacute;an abandonado los estadounidenses esta ciudadela cuidadosamente dise&ntilde;ada sin dec&iacute;rselo a nadie?
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Se han ido en la oscuridad de la noche, como ladrones&rdquo;, dijo mi padre en nuestra casa de Londres, ocultando a duras penas su conmoci&oacute;n al levantar la vista de su tableta. Llevaba d&iacute;as pegado a las noticias. Tenemos familia y amigos en <a href="https://www.eldiario.es/temas/afganistan/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Afganist&aacute;n</a> y nos preocupaba lo que pudiera pasarles si la situaci&oacute;n empeoraba.
    </p><h3 class="article-text">Una vida en el exilio</h3><p class="article-text">
        Nac&iacute; <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/refugiada-afgana-europa-promesa-imposible-nueva-vida_1_8232523.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en Afganist&aacute;n y pas&eacute; all&iacute; la mayor parte de mi infancia</a>. Cuando ten&iacute;a 11 a&ntilde;os, mi familia huy&oacute; de Kabul, desplazada por la guerra. Vivimos como n&oacute;madas durante cuatro a&ntilde;os, esperando volver a nuestro hogar. En los a&ntilde;os 90, mientras las distintas facciones se disputaban el poder, segu&iacute;amos creyendo que volver&iacute;amos a casa. Pero cuando los talibanes tomaron el poder en 1996, esa esperanza se hizo insostenible y acabamos en Londres, pidiendo asilo.
    </p><p class="article-text">
        En el momento en que mi familia se exili&oacute;, los afganos a&uacute;n sufr&iacute;an las consecuencias de<a href="https://www.eldiario.es/internacional/afganistan-historia-secreta_1_1196180.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> la larga guerra subsidiaria que Estados Unidos y Rusia</a> hab&iacute;an librado en el pa&iacute;s durante la mayor parte de los a&ntilde;os 80. En plena Guerra Fr&iacute;a, EEUU hab&iacute;a ayudado a equipar y entrenar a las milicias afganas para que lucharan contra el Gobierno comunista respaldado por los sovi&eacute;ticos. Ambos bandos cometieron atrocidades terribles y <a href="https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/cinismo-afganistan_129_8223398.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la poblaci&oacute;n civil afgana qued&oacute; atrapada en medio del conflicto</a>. A lo largo de este brutal choque de imperios, EEUU prometi&oacute; prosperidad a los afganos una vez que los rusos fueran derrotados.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c8bcf4f7-9b0a-4265-8ea4-e2d2975a531a_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c8bcf4f7-9b0a-4265-8ea4-e2d2975a531a_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c8bcf4f7-9b0a-4265-8ea4-e2d2975a531a_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c8bcf4f7-9b0a-4265-8ea4-e2d2975a531a_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c8bcf4f7-9b0a-4265-8ea4-e2d2975a531a_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c8bcf4f7-9b0a-4265-8ea4-e2d2975a531a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/c8bcf4f7-9b0a-4265-8ea4-e2d2975a531a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Un soldado ruso entrando en Kabul en 1980."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Un soldado ruso entrando en Kabul en 1980.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Durante este periodo, Afganist&aacute;n estuvo <a href="https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/sera-siguiente-politica-exterior-eeuu-afectara-resto-mundo_1_8284036.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en el centro de la pol&iacute;tica exterior estadounidense</a>. En 1982, Ronald Reagan proclam&oacute; el 21 de marzo como el D&iacute;a de Afganist&aacute;n &ldquo;para conmemorar el valor del pueblo afgano y condenar la continua invasi&oacute;n sovi&eacute;tica de su pa&iacute;s&rdquo;. Al a&ntilde;o siguiente, invit&oacute; a los muyahidines <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/Reagan_Doctrine#/media/File:Reagan_sitting_with_people_from_the_Afghanistan-Pakistan_region_in_February_1983.jpg" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">a la Casa Blanca</a> en calidad de defensores de los derechos humanos. Pero nada de esto trajo seguridad para el pueblo afgano. Por mucho que los afganos hayan intentado hacer valer esta alianza, la caracter&iacute;stica principal de la relaci&oacute;n entre EEUU y Afganist&aacute;n siempre ha sido la fuerza.
    </p><p class="article-text">
        Cuando era peque&ntilde;a, le&iacute; un <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/Go_I_Know_Not_Whither_and_Fetch_I_Know_Not_What" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cuento</a> ruso en el que un rey cruel impon&iacute;a a un hombre &ndash;cuya esposa codiciaba&ndash; una serie de tareas extenuantes con la esperanza de que el hombre desapareciera y no volviera nunca. Una vez que el hombre terminaba todas las tareas, el rey le encomendaba una misi&oacute;n imposible: ve no s&eacute; d&oacute;nde, consigue no s&eacute; qu&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Furiosos tras el <a href="https://www.eldiario.es/temas/11s/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">11-S</a>, los estadounidenses invadieron Afganist&aacute;n apoyados por 42 pa&iacute;ses, entre ellos Reino Unido. Su objetivo era acabar con Al-Qaeda y los talibanes. Tras haber lanzado suficientes bombas en un pa&iacute;s tan devastado por la guerra que apenas pod&iacute;a albergar vida, Estados Unidos impuso a los afganos una serie de tareas imposibles con el fin de reconstruir Afganist&aacute;n a su manera.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/86f0fa6c-d6ae-42e1-ae80-c84b4a7034c1_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/86f0fa6c-d6ae-42e1-ae80-c84b4a7034c1_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/86f0fa6c-d6ae-42e1-ae80-c84b4a7034c1_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/86f0fa6c-d6ae-42e1-ae80-c84b4a7034c1_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/86f0fa6c-d6ae-42e1-ae80-c84b4a7034c1_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/86f0fa6c-d6ae-42e1-ae80-c84b4a7034c1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/86f0fa6c-d6ae-42e1-ae80-c84b4a7034c1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="El sargento estadounidense Robert J. Brunner patrulla en la aldea de Baraki Rajn, Afganistán, en 2009."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                El sargento estadounidense Robert J. Brunner patrulla en la aldea de Baraki Rajn, Afganistán, en 2009.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Los afganos lo intentaron. Despu&eacute;s de 20 a&ntilde;os &mdash;durante los cuales <a href="https://www.eldiario.es/internacional/jefa-campanas-amnistia-internacional-afganistan-plazo-31-agosto-preocupante-si-abandona-personas-peligro_128_8243226.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">surgieron una democracia fr&aacute;gil, universidades,</a> una comisi&oacute;n de derechos humanos, el concurso televisivo <em>Afghan Idol</em>, <a href="https://www.theguardian.com/world/2017/jul/15/afghanistan-sesame-street-new-puppet-respect-women-zeerak" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Barrio S&eacute;samo</a>, caf&eacute;s con tem&aacute;tica de San Valent&iacute;n en Kabul, un peque&ntilde;o mercado de uvas y granadas (las mejores uvas y granadas del mundo) y toda una generaci&oacute;n de j&oacute;venes afganos deseosos de una vida mejor&mdash;, la historia se torn&oacute; mucho m&aacute;s oscura. Los afganos que vimos c&oacute;mo EEUU <a href="https://www.eldiario.es/internacional/eeuu-talibanes-historico-acuerdo-doha_1_1108279.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">firmaba un acuerdo de paz con los talibanes en febrero de 2020</a> ten&iacute;amos la sensaci&oacute;n preocupante de que pod&iacute;amos ver lo que se avecinaba, de que no pod&iacute;amos hacer nada para evitar el desastre inminente.
    </p><h3 class="article-text">La ca&iacute;da de Kabul</h3><p class="article-text">
        El domingo 15 de agosto, 18 meses despu&eacute;s, <a href="https://www.eldiario.es/internacional/talibanes-controlan-oposicion-capitales-provincia-afganistan_1_8220962.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Kabul cay&oacute; en manos de los talibanes.</a> Me hab&iacute;a cogido unos d&iacute;as libres de mi trabajo como directora de una <a href="https://www.refugeetrauma.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ONG</a> en Grecia que ayuda a los refugiados a afrontar la violencia y el desplazamiento. Me encontraba en un pueblo de Gloucestershire. Cuando llegaron las noticias, chocaron contra la perfecta campi&ntilde;a inglesa que me rodeaba. Esa ma&ntilde;ana hab&iacute;a estado caminando por el bosque tratando de despejar mi cabeza de las noticias nefastas que hab&iacute;a estado siguiendo minuto a minuto.
    </p><p class="article-text">
        Est&aacute;n a las puertas, escuch&eacute;, primero en mensajes de amigos en Kabul, despu&eacute;s en las noticias. A las puertas sonaba medieval. Al igual que Constantinopla, Kabul estaba sitiada. Los mensajes segu&iacute;an llegando: est&aacute;n a las puertas, pero no quieren luchar. Quieren un acuerdo con el Gobierno. Est&aacute;n a las afueras de la ciudad. Quieren tomar la ciudad sin disparar ni una bala. Est&aacute;n dentro de la ciudad. Un amigo me envi&oacute; un v&iacute;deo que hab&iacute;a hecho mientras paseaba por su barrio en Kabul. Las calles, normalmente bulliciosas, estaban desiertas. Se pod&iacute;a o&iacute;r la tensi&oacute;n y el miedo en su voz mientras describ&iacute;a en voz baja la escena.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8cf7fbf8-97f2-416b-9b75-56e44e44079e_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8cf7fbf8-97f2-416b-9b75-56e44e44079e_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8cf7fbf8-97f2-416b-9b75-56e44e44079e_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8cf7fbf8-97f2-416b-9b75-56e44e44079e_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8cf7fbf8-97f2-416b-9b75-56e44e44079e_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8cf7fbf8-97f2-416b-9b75-56e44e44079e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/8cf7fbf8-97f2-416b-9b75-56e44e44079e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Cientos de personas se agolpan en los alrededores del aeropuerto de Kabul para ser evacuados."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Cientos de personas se agolpan en los alrededores del aeropuerto de Kabul para ser evacuados.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        La gente acud&iacute;a en masa al aeropuerto. Una amiga que deb&iacute;a volar ese d&iacute;a entr&oacute; en p&aacute;nico cuando cancelaron su vuelo. Me envi&oacute; un mensaje en el que dec&iacute;a que se hab&iacute;an suspendido todos los vuelos comerciales. Las im&aacute;genes de cientos o quiz&aacute;s miles de personas esperando fuera del aeropuerto aparecieron en las noticias. Me manten&iacute;a en contacto constante con familiares y amigos que segu&iacute;an en Afganist&aacute;n, la mayor&iacute;a de los cuales estaban desesperados por salir. Recib&iacute; varios mensajes pregunt&aacute;ndome si habr&iacute;a alguna ayuda para las personas que hab&iacute;an prestado servicio en el Ej&eacute;rcito o la Polic&iacute;a. &ldquo;&iquest;Qu&eacute; ser&aacute; de m&iacute;? Fui polic&iacute;a&rdquo;, pregunt&oacute; uno.
    </p><p class="article-text">
        La gente hab&iacute;a pasado meses asustada por lo que se avecinaba. Grupos civiles y cooperantes hab&iacute;an empezado a difundir listas de periodistas, jueces, trabajadores de ONG, artistas y mujeres de Afganist&aacute;n que hab&iacute;an defendido activamente los derechos humanos, la democracia y el Estado. Eran personas que hab&iacute;an pasado d&eacute;cadas construyendo las instituciones del pa&iacute;s y ahora necesitaban salir. En mi trabajo con refugiados, he tratado con cientos de afganos cuyas familias hab&iacute;an sido asesinadas o cuyas vidas estaban bajo amenaza por haber trabajado con el Ej&eacute;rcito estadounidense. Bastaban unas pocas semanas de trabajo para que tu nombre apareciera en una lista negra de los talibanes.
    </p><h3 class="article-text">Ayudar en las evacuaciones</h3><p class="article-text">
        En 2018, recib&iacute; una beca de la Fundaci&oacute;n Obama y me inscrib&iacute; en un programa de dos a&ntilde;os de duraci&oacute;n que reun&iacute;a a l&iacute;deres sociales que trabajan en algunos de los problemas m&aacute;s acuciantes del mundo. En las reuniones a las que asist&iacute; en EEUU, conoc&iacute; a varias personas que hab&iacute;an ocupado importantes cargos en el Gobierno de Obama. 
    </p><p class="article-text">
        Durante la noche del domingo 15 de agosto y hasta la ma&ntilde;ana del lunes, les escrib&iacute; con la esperanza de que me dijeran qu&eacute; pod&iacute;a esperar y cu&aacute;l era el plan de evacuaci&oacute;n de EEUU, pero las respuestas fueron vagas y poco claras. Envi&eacute; correos electr&oacute;nicos a algunos que ocupan puestos de alto nivel en el Gobierno actual para pedirles ayuda. Les supliqu&eacute; que no dejaran desamparada a la gente. Nadie me respondi&oacute;. A medida que el lunes llegaba a su fin y las escenas en el aeropuerto <a href="https://www.eldiario.es/internacional/zaki-anwari-futbolista-seleccion-juvenil-afgana-muere-caer-avion-intentando-huir_1_8234103.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">se volv&iacute;an cada vez m&aacute;s desesperantes</a>, se hizo evidente que no hab&iacute;a ning&uacute;n plan de evacuaci&oacute;n y que un gran n&uacute;mero de personas se quedar&iacute;a atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Trabajadores humanitarios, periodistas, exmilitares &mdash;personas con cualquier clase de conexi&oacute;n con Afganist&aacute;n&mdash; empezaron a llamar a cualquiera que pudiera ayudar en las evacuaciones. Los contactos m&aacute;s valiosos eran aquellos que ten&iacute;an conexiones con militares: generales, fuerzas especiales, personas que entend&iacute;an c&oacute;mo operar en entornos hostiles y que pod&iacute;an presionar al Gobierno estadounidense para que sacara a la gente. 
    </p><p class="article-text">
        Civiles que nunca se hab&iacute;an encargado de evacuaciones de emergencia en zonas de guerra de repente se coordinaban con fuerzas especiales a trav&eacute;s de grupos de WhatsApp. &ldquo;Tengo un par de militares ayud&aacute;ndome, hemos llevado a varias familias al aeropuerto y ya han salido&rdquo;, me dijo un periodista en Nueva York. Una de las mujeres del grupo estaba embarazada y el periodista tem&iacute;a que el estr&eacute;s la hiciera ponerse de parto antes de tiempo, pero lo logr&oacute;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3a640b3-0688-4e25-8dff-fc45ec35b6b0_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3a640b3-0688-4e25-8dff-fc45ec35b6b0_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3a640b3-0688-4e25-8dff-fc45ec35b6b0_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3a640b3-0688-4e25-8dff-fc45ec35b6b0_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3a640b3-0688-4e25-8dff-fc45ec35b6b0_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/a3a640b3-0688-4e25-8dff-fc45ec35b6b0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/a3a640b3-0688-4e25-8dff-fc45ec35b6b0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Una tripulación de la Fuerza Aérea de Estados Unidos se prepara para cargar a un grupo de evacuados a bordo de un avión C-17 Globemaster III."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Una tripulación de la Fuerza Aérea de Estados Unidos se prepara para cargar a un grupo de evacuados a bordo de un avión C-17 Globemaster III.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        La confusi&oacute;n sobre los requisitos para la evacuaci&oacute;n empeor&oacute; una situaci&oacute;n ya de por s&iacute; ca&oacute;tica. Yo ayudaba a recopilar los documentos que la gente deb&iacute;a presentar para poder ser evacuada, pero cada vez que consegu&iacute;a los, seg&uacute;n cre&iacute;a, papeles correctos, llegaba una serie de instrucciones diferentes de la embajada estadounidense en Kabul. Los constantes cambios en las reglas hac&iacute;an casi imposible la salida de quienes estaban en peligro. Muchos de los que figuraban en las listas de evacuaci&oacute;n hab&iacute;an destruido sus documentos por miedo a ser objetivo de los talibanes.
    </p><p class="article-text">
        Sentada en mi escritorio, mirando los nombres de las personas que quer&iacute;an irse, sent&iacute; una tristeza que no pod&iacute;a poner en palabras. Cada nombre representaba toda una vida. Personas que hab&iacute;an pasado a&ntilde;os intentando cambiar las cosas se ve&iacute;an ahora obligadas a dejar su trabajo, sus familias y sus hogares y a exiliarse. Afganist&aacute;n iba a ser lugar m&aacute;s oscuro sin ellas.
    </p><p class="article-text">
        Me mare&eacute;. Solo un par de semanas atr&aacute;s hab&iacute;a estado trabajando para frenar la deportaci&oacute;n de un compa&ntilde;ero afgano de Grecia. Muchos pa&iacute;ses europeos hab&iacute;an estado deportando afganos hasta el d&iacute;a en que cay&oacute; Kabul, argumentando que Afganist&aacute;n era un pa&iacute;s seguro. 
    </p><h3 class="article-text">Sue&ntilde;os, mensajes y fotos</h3><p class="article-text">
        Cuando los talibanes entraron en la ciudad el domingo, las personas con las que estaba en contacto, tanto dentro como fuera de Afganist&aacute;n, especulaban sobre el destino del Gobierno afgano y del presidente Ashraf Ghani. A las pocas horas, Ghani estaba recluido en su propio palacio, con un destino incierto. Hab&iacute;a prometido quedarse y liderar al pueblo durante la crisis,<a href="https://www.eldiario.es/internacional/emiratos-arabes-unidos-confirma-depuesto-presidente-afganistan-refugiado-territorio_1_8229208.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> pero al final del d&iacute;a ya hab&iacute;a abandonado el pa&iacute;s junto con sus asesores m&aacute;s cercanos.</a> Cuando habl&eacute; con un amigo que hab&iacute;a trabajado en la campa&ntilde;a electoral de Ghani, parec&iacute;a tan sorprendido como yo. &ldquo;No pensaba que Ghani se fuera a ir&rdquo;, dijo.
    </p><p class="article-text">
        La marcha de Ghani destruy&oacute; todo resquicio de &aacute;nimo. Mi tel&eacute;fono se llenaba de mensajes provenientes de Kabul. Una amiga que estaba en el aeropuerto esperando a ser evacuada me envi&oacute; un mensaje de texto que dec&iacute;a: &ldquo;Se acab&oacute;&rdquo;. Todas las especulaciones sobre la posibilidad de alg&uacute;n tipo de reparto de poder hab&iacute;an terminado con la salida del presidente. &iquest;C&oacute;mo se pod&iacute;a esperar que la gente de a pie opusiera resistencia?
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/dacb863b-9085-453e-ad7c-3e923ccb765b_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/dacb863b-9085-453e-ad7c-3e923ccb765b_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/dacb863b-9085-453e-ad7c-3e923ccb765b_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/dacb863b-9085-453e-ad7c-3e923ccb765b_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/dacb863b-9085-453e-ad7c-3e923ccb765b_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/dacb863b-9085-453e-ad7c-3e923ccb765b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/dacb863b-9085-453e-ad7c-3e923ccb765b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Ashraf Ghani."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Ashraf Ghani.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        La cat&aacute;strofe es una experiencia que se siente. Cuando me enter&eacute; de que Ghani hab&iacute;a abandonado el pa&iacute;s, me dio un vuelco el est&oacute;mago y, en vez de mi cuerpo, lo &uacute;nico que pod&iacute;a sentir era un dolor sordo. No me imaginaba lo que suceder&iacute;a despu&eacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Mientras Kabul se desintegraba, apenas dorm&iacute;a y, cuando lo hac&iacute;a, mis sue&ntilde;os estaban llenos de magia. En un sue&ntilde;o, me desdoblaba en varios personajes: un hombre mutilado, una mujer con una espada, una chica azul que pod&iacute;a volar. Me despertaba e inmediatamente cog&iacute;a el tel&eacute;fono. La ma&ntilde;ana siguiente a la toma de la capital por los talibanes, me despert&eacute; con una nota de suicidio que una mujer de Kabul hab&iacute;a enviado a un grupo de WhatsApp en el que yo estaba. &ldquo;Estoy tratando de ser fuerte, pero no puedo&rdquo;, escribi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Otra ma&ntilde;ana, me despert&eacute; con las fotos de un amigo ensangrentado y magullado. Hab&iacute;a intentado llegar al aeropuerto despu&eacute;s de recibir un correo electr&oacute;nico de la embajada de EEUU en el que le dec&iacute;an que pod&iacute;a subir a un avi&oacute;n, pero los talibanes le golpearon cuando intent&oacute; pasar un puesto de control. Nunca lleg&oacute; a salir de Kabul.
    </p><p class="article-text">
        A las 48 horas de tomar Kabul, los talibanes ya hab&iacute;an establecido puestos de control por toda la ciudad, lo que hac&iacute;a casi imposible llegar al aeropuerto, donde los soldados extranjeros sub&iacute;an a las personas<a href="https://www.eldiario.es/desalambre/bordo-ultimos-aviones-salio-afganistan-lagrimas-sueno-incertidumbre_1_8270582.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> a aviones de carga que las llevaban a pa&iacute;ses de todo el mundo</a>, como Albania, Kosovo, Ruanda, Estados Unidos y Reino Unido.
    </p><h3 class="article-text">Qu&eacute; llevarse en plena huida</h3><p class="article-text">
        Las negociaciones respecto a qu&eacute; pa&iacute;ses que acoger&iacute;an a estos refugiados se vieron condicionadas por las pol&iacute;ticas hostiles y racistas de Europa y otros pa&iacute;ses. Una antigua compa&ntilde;era que llevaba algunas de las negociaciones me cont&oacute; que varios pa&iacute;ses estaban dispuestos a acoger a personas vulnerables siempre y cuando no se hiciera p&uacute;blico. En una reuni&oacute;n le dijeron: &ldquo;Pod&eacute;is traerlos aqu&iacute;, pero no esper&eacute;is ning&uacute;n recibimiento oficial por parte del Gobierno&rdquo;. A veces los afganos despegaban sin saber d&oacute;nde iban a aterrizar. Su destino se negociaba mientras estaban en el aire y acababan aterrizando en un pa&iacute;s desconocido al que nunca hab&iacute;an pensado en ir.
    </p><p class="article-text">
        El Ej&eacute;rcito estadounidense custodiaba el aeropuerto, pero no quer&iacute;a ayudar a la gente que intentaba llegar hasta all&iacute;, por lo que sacar a las personas de la ciudad se convirti&oacute; en una tarea mayoritariamente civil. 
    </p><p class="article-text">
        Los mercenarios se aprovecharon de la oportunidad y se lanzaron a ofrecer servicios de taxi hasta el aeropuerto. Un contratista militar privado,<a href="https://www.eldiario.es/internacional/emprendedor-guerra-erik-prince-25-anos-privatizacion-sufrimiento_129_8264805.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> dirigido por el fundador de Blackwater, anunciaba en Internet sus servicios en Afganist&aacute;n</a>. Por 6.500 d&oacute;lares por persona, o a veces m&aacute;s, transportaban gente al aeropuerto y a un avi&oacute;n. Todo lo que ten&iacute;as que hacer era demostrar que pod&iacute;as pagarlo. Las ONG y los grupos civiles bien financiados empezaron a utilizar el servicio para sacar a su gente.
    </p><p class="article-text">
        Algunas personas se vieron obligadas a hacer varios intentos para llegar al aeropuerto, arriesgando sus vidas en cada ocasi&oacute;n. Una jueza, que hab&iacute;a sido l&iacute;der en la lucha contra la corrupci&oacute;n, intent&oacute; llegar al aeropuerto siete veces. Los responsables de los convoyes le hab&iacute;an dado instrucciones para que se encontrara con ellos en el hotel Serena en Kabul, pero cada vez que llegaba le daban una raz&oacute;n diferente por la que el convoy no sal&iacute;a. Cuando lleg&oacute; al aeropuerto, le result&oacute; imposible pasar entre los cientos de personas que esperaban para atravesar las puertas.
    </p><p class="article-text">
        El estr&eacute;s estaba pasando factura a quienes coordinaban las evacuaciones sin siquiera saber c&oacute;mo iba a acabar todo. Las personas se derrumbaban al tel&eacute;fono, sollozando desconsoladamente. Ten&iacute;an que tomar decisiones imposibles. &iquest;Qui&eacute;n era lo suficientemente vulnerable como para estar en una lista? &iquest;Qu&eacute; determinaba que una persona fuera considerada dependiente? &iquest;Ad&oacute;nde pod&iacute;an ir?
    </p><p class="article-text">
        Los evacuados se preguntaban qu&eacute; deb&iacute;an llevar consigo. Imag&iacute;nese que en unas pocas horas tuviera que dejarlo todo atr&aacute;s. &iquest;Qu&eacute; se llevar&iacute;a? &iquest;Su almohada? &iquest;Sus fotograf&iacute;as? &iquest;Tal vez una peque&ntilde;a alfombra que le regal&oacute; su padre? &iquest;Sus cuadernos? Un amigo m&iacute;o que estaba esperando a ser evacuado me envi&oacute; varias fotos de sus maletas, pregunt&aacute;ndose qu&eacute; se consideraba un equipaje apropiado para un avi&oacute;n militar. No ten&iacute;a idea. &iquest;Hay que llevar ropa de abrigo por si acabas en Albania o algo diferente por si aterrizas en Uganda?
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7f60314e-812d-4230-a09d-277fff6f3012_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7f60314e-812d-4230-a09d-277fff6f3012_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7f60314e-812d-4230-a09d-277fff6f3012_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7f60314e-812d-4230-a09d-277fff6f3012_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/7f60314e-812d-4230-a09d-277fff6f3012_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/7f60314e-812d-4230-a09d-277fff6f3012_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/7f60314e-812d-4230-a09d-277fff6f3012_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Ciudadanos afganos llegan al aeropuerto tras ser evacuados de su país, en Virginia, EEUU."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Ciudadanos afganos llegan al aeropuerto tras ser evacuados de su país, en Virginia, EEUU.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Algunos de los que tuvieron la oportunidad de marcharse se vieron obligados a elegir entre quedarse junto a sus familias o seguir con vida. Todos los afganos con los que estuve en contacto durante esas pocas semanas &mdash;aquellos que estaban en el pa&iacute;s y quienes, como yo, se hab&iacute;an ido hace a&ntilde;os&mdash; sufrieron el trauma y el agotamiento. Cada vez que un avi&oacute;n despegaba del aeropuerto de Kabul destrozaba una vida y romp&iacute;a una familia.
    </p><p class="article-text">
        Otro amigo, un periodista que hab&iacute;a pasado toda su vida en Kabul y a menudo era abiertamente cr&iacute;tico con los talibanes, estaba ansioso por irse. Los talibanes iban de puerta en puerta, registrando nombres y amenazando. &Eacute;l se iba de una casa de un pariente a otra, escondi&eacute;ndose. Habl&aacute;bamos a diario y yo intentaba encontrar una plaza en un convoy hacia el aeropuerto y asientos en un avi&oacute;n para &eacute;l y su familia. 
    </p><p class="article-text">
        Finalmente, llegaron. Estaba durmiendo cuando recib&iacute; una llamada a las cinco de la ma&ntilde;ana de parte de alguien en Estados Unidos que estaba ayudando en las evacuaciones. Hab&iacute;a plazas en un convoy que sal&iacute;a ese mismo d&iacute;a y me pareci&oacute; lo suficientemente seguro como para suger&iacute;rselo a mi amigo. Envi&eacute; los nombres y luego llam&eacute; a mi amigo. &ldquo;Haz las maletas&rdquo;, le dije. &ldquo;Alguien te llamar&aacute; para decirte d&oacute;nde debes encontrarte con ellos&rdquo;. Colgu&eacute; y me puse a esperar una respuesta.
    </p><p class="article-text">
        Las horas pasaban. Ten&iacute;a muchas cosas que hacer, pero miraba el tel&eacute;fono cada dos minutos. Ning&uacute;n mensaje nuevo. Mi amigo me llam&oacute; varias veces y lo &uacute;nico que pod&iacute;a decirle era que la gente que organizaba el convoy se pondr&iacute;a pronto en contacto, pero no hab&iacute;a noticias. Y entonces sucedi&oacute;. <a href="https://www.eldiario.es/internacional/pentagono-informa-explosion-entrada-aeropuerto-kabul_1_8249102.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los tuits con im&aacute;genes de una explosi&oacute;n en el aeropuerto empezaron a llegar. </a>Un terrorista suicida hab&iacute;a detonado un coche bomba entre la multitud que esperaba para entrar en el aeropuerto, matando a 169 personas que estaban intentando salvarse a s&iacute; mismas y a sus familias.
    </p><p class="article-text">
        Envi&eacute; un mensaje de texto a la persona que organizaba el lugar encuentro en Kabul, pidiendo una actualizaci&oacute;n. Me contest&oacute; que el convoy no hab&iacute;a salido. Esa noche me sent&eacute; en las escaleras que llevan a mi habitaci&oacute;n, sin poder moverme. Si el convoy hubiese partido, era muy probable que mi amigo hubiera muerto. Pero como no se hab&iacute;a ido, esta &uacute;nica oportunidad de huir del peligro hab&iacute;a desaparecido. Qu&eacute; suerte m&aacute;s espantosa haber nacido en Afganist&aacute;n, pens&eacute;.
    </p><h3 class="article-text">Revivir el miedo y el dolor</h3><p class="article-text">
        Ser testigo de la cat&aacute;strofe desde la ambigua posici&oacute;n de afgana fuera de Afganist&aacute;n me hizo recordar todos los sentimientos de miedo y dolor que hab&iacute;a sentido de ni&ntilde;a cuando mi familia tem&iacute;a por nuestras vidas. Mientras tanto, yo trabajaba, al igual que muchos otros en distintos pa&iacute;ses, en una tarea imposible: hacer algo &mdash;cualquier cosa&mdash; ante lo que le estaba sucediendo a la gente que estaba en peligro. Ir a no s&eacute; d&oacute;nde, traer no s&eacute; qu&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        El 18 de agosto, cuando Led By Donkeys, un grupo activista con sede en Reino Unido, se puso en contacto conmigo para sugerirme que grabara un mensaje dirigido a la ministra del Interior, Priti Patel, que sigue deteniendo y deportando a los solicitantes de asilo afganos bajo el pretexto de la &ldquo;inmigraci&oacute;n ilegal&rdquo;, no lo dud&eacute;. A las seis de la ma&ntilde;ana, una furgoneta con una pantalla gigante aparc&oacute; frente al ministerio para transmitir el v&iacute;deo que hab&iacute;a grabado con mi tel&eacute;fono, en el que ped&iacute;a a Patel que apoyara a los refugiados afganos. Un v&iacute;deo del mensaje reproduci&eacute;ndose ante las ventanas de Interior fue compartido en Twitter, donde ha recibido m&aacute;s de medio mill&oacute;n de visitas.
    </p><blockquote class="twitter-tweet" data-lang="es"><a href="https://twitter.com/X/status/1428310610517835776?ref_src=twsrc%5Etfw"></a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script><p class="article-text">
        Como Afganist&aacute;n era noticia, mi bandeja de entrada se inund&oacute; de invitaciones a entrevistas en los medios de comunicaci&oacute;n. De repente, <a href="https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/olvidense-geopolitica-coste-salida-eeuu-afganistan-pagaran-mujeres_129_8130827.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la gente quer&iacute;a escuchar a las mujeres afganas.</a> &iquest;Qu&eacute; cre&iacute;amos que iba a pasar? &iquest;C&oacute;mo nos sent&iacute;amos? &iquest;Qu&eacute; se pod&iacute;a hacer? Algunos entrevistadores estaban mejor preparados que otros. Un periodista comenz&oacute; una entrevista pregunt&aacute;ndome si siempre me hab&iacute;a sentido inferior al crecer en la cultura afgana. Otro me pregunt&oacute; qu&eacute; har&iacute;a para proteger el aeropuerto. Le record&eacute; amablemente que yo no era estratega militar.
    </p><p class="article-text">
        Me pareci&oacute; raro que me pidieran que hablara cuando, durante meses,<a href="https://www.eldiario.es/internacional/testimonio-mujeres-atrapadas-afganistan-prefiero-hijas-mueran-caer-manos-taliban_129_8202176.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> mujeres afganas como yo hab&iacute;an tratado advertir de la cat&aacute;strofe que se avecinaba</a>. La mayor&iacute;a de mis propuestas de art&iacute;culos escritos por mujeres afganas hab&iacute;an sido deso&iacute;das o cort&eacute;smente rechazadas, lo que resultaba desconcertante despu&eacute;s de que el<em> New York Times </em>publicara en febrero un <a href="https://www.nytimes.com/2020/02/20/opinion/taliban-afghanistan-war-haqqani.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">art&iacute;culo</a> de Sirajuddin Haqqani, subjefe de los talibanes y terrorista proscrito responsable de la muerte de incontables civiles en Afganist&aacute;n.
    </p><h3 class="article-text">Se avecinan d&iacute;as oscuros</h3><p class="article-text">
        A pesar de la oscuridad, hubo momentos de esperanza. Cuando algunas de las integrantes del <a href="https://www.bbc.co.uk/news/world-asia-58496148" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">equipo femenino de rob&oacute;tica</a> &mdash;un c&eacute;lebre grupo de j&oacute;venes cient&iacute;ficas&mdash; lograron escapar del pa&iacute;s, me sent&iacute; capaz de relajarme por un instante. La querida estrella pop afgana, Aryana Sayeed, <a href="https://www.instagram.com/p/CSr60xus1ds/?utm_source=ig_web_copy_link" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">public&oacute; un selfie</a> desde un avi&oacute;n militar, lo que me hizo poner sus canciones y bailar en mi cocina. 
    </p><blockquote class="instagram-media" data-instgrm-version="14" data-instgrm-permalink="https://www.instagram.com/p/CSr60xus1ds/" data-instgrm-captioned></blockquote><script async src="https://www.instagram.com/embed.js"></script><p class="article-text">
        Cuando me puse en contacto con los l&iacute;deres de la comunidad jud&iacute;a de Londres, respondieron con una solidaridad y un apoyo sinceros a las familias afganas en Reino Unido. Muchos reconocieron las experiencias de sus propias familias en las fotograf&iacute;as de los padres entregando a sus hijos a los soldados extranjeros por encima de la valla del aeropuerto. 
    </p><p class="article-text">
        Pero todas las noches, cuando me acostaba en mi cama e intentaba dormir, lo &uacute;nico que pod&iacute;a sentir era una gran preocupaci&oacute;n por lo que iba a pasar despu&eacute;s. Me preguntaba por todas las cosas terribles que le esperaban ahora a la gente en Afganist&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Un par de semanas despu&eacute;s de que el plazo de evacuaci&oacute;n finalizara, me fui a Grecia. Me centr&eacute; en apoyar a los refugiados afganos reci&eacute;n llegados, ahora varados por todo el mundo. En Grecia, donde trabajo, el Gobierno<a href="https://www.eldiario.es/desalambre/nuevo-campo-simboliza-repudio-ue-refugiados-grecia_129_8312861.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> ha convertido los campos de refugiados en centros de detenci&oacute;n,</a> donde los desplazados son, en su mayor&iacute;a, afganos.
    </p><p class="article-text">
        En Kabul, la mayor parte de los sistemas educativos y sanitarios se ha derrumbado y nueve de cada diez personas no tienen alimentos suficientes. Seg&uacute;n la ONU, 14 millones de afganos <a href="https://www.theguardian.com/global-development/2021/aug/23/afghanistan-could-start-to-run-out-of-food-by-september-un-warns" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">corren el riesgo de morir de hambre</a> a medida que el invierno se acerca. Sin duda, en los pr&oacute;ximos meses habr&aacute; m&aacute;s refugiados tratando de escapar de este destino y m&aacute;s afganos que podr&iacute;an estar reconstruyendo el pa&iacute;s se desplazar&aacute;n. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/132ff9ed-cfc5-4a74-a2e2-fef2b3880fe0_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/132ff9ed-cfc5-4a74-a2e2-fef2b3880fe0_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/132ff9ed-cfc5-4a74-a2e2-fef2b3880fe0_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/132ff9ed-cfc5-4a74-a2e2-fef2b3880fe0_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/132ff9ed-cfc5-4a74-a2e2-fef2b3880fe0_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/132ff9ed-cfc5-4a74-a2e2-fef2b3880fe0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/132ff9ed-cfc5-4a74-a2e2-fef2b3880fe0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt="Fuerzas talibanes, con uniformes con los colores del antiguo ejército afgano, montan guardia en un puesto de control en Kabul."
                >

            
            </picture>

            
            
                            <figcaption class="image-footer">
            <span class="title">
                Fuerzas talibanes, con uniformes con los colores del antiguo ejército afgano, montan guardia en un puesto de control en Kabul.                            </span>
                                    </figcaption>
            
                </figure><p class="article-text">
        Los talibanes est&aacute;n cortejando a la comunidad internacional para que los reconozca y legitime y para que contin&uacute;en enviando ayuda. El sector humanitario se ve presionado a proporcionar apoyo de emergencia en zonas azotadas por la guerra, la crisis clim&aacute;tica y<a href="https://www.eldiario.es/internacional/nuevo-regimen-taliban-afganistan-enfrenta-economia-devastada-crisis-humanitaria_1_8262452.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> una econom&iacute;a al borde del colapso. </a>Se avecinan d&iacute;as oscuros para los afganos de a pie, otra vez atrapados entre poderosas fuerzas que se disputan el poder en la regi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Nadie quer&iacute;a que Estados Unidos se quedara en Afganist&aacute;n para siempre. Las fuerzas estadounidenses han perpetrado innumerables actos de violencia en el pa&iacute;s. Lo que los afganos quer&iacute;an era una retirada planificada que no llevara al hundimiento al Estado afgano ni entregara el poder a un grupo extremista <a href="https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/notoquesmiropa-protesta-redes-mujeres-afganas-talibanes_1_8305995.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">que hoy somete a las mujeres y a las minor&iacute;as. </a>Pero los afganos que advirtieron sobre este panorama fueron deso&iacute;dos.
    </p><p class="article-text">
        Sigo en contacto con gente de Kabul. Muchos siguen esperando salir. Entre ellos hay personas que nunca hab&iacute;an pensado en dejar su hogar. Una familia ha permanecido en el pa&iacute;s a lo largo de los cambios de r&eacute;gimen durante 40 a&ntilde;os, con la esperanza de que llegaran d&iacute;as mejores. Ahora, con los talibanes al poder, sus esperanzas para sus hijas, que estaban en la escuela y en la universidad, han desaparecido, y quieren marcharse. &ldquo;Solo quiero terminar la carrera de Medicina&rdquo;, me escribi&oacute; su hija hace unos d&iacute;as. &ldquo;He trabajado mucho para ello&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Traducci&oacute;n de Juli&aacute;n Cnochaert.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zarlasht Halaimzai]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/noches-dormir-evacuaciones-whatsapp-vivi-caida-pais-manos-talibanes_129_8387323.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Oct 2021 19:40:36 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/62ad3082-b970-47b8-8c15-1a6e6fc75aaf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="3541858" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/62ad3082-b970-47b8-8c15-1a6e6fc75aaf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="3541858" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Noches sin dormir y evacuaciones por WhatsApp: así viví la caída de mi país en manos de los talibanes]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/62ad3082-b970-47b8-8c15-1a6e6fc75aaf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Afganistán,Talibanes,Refugiados]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ser refugiada afgana en Europa: la promesa imposible de una nueva vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/refugiada-afgana-europa-promesa-imposible-nueva-vida_1_8232523.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dd97bc9b-d27d-47a2-8589-19c773a19e9a_16-9-discover-aspect-ratio_default_1026864.jpg" width="468" height="263" alt="Ser refugiada afgana en Europa: la promesa imposible de una nueva vida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Huí de Afganistán con mi familia cuando era niña. Al llegar a Londres después de un viaje agotador, creíamos que podríamos empezar nuestra nueva vida en condiciones seguras. Pero la realidad era muy distinta</p><p class="subtitle">A. K., afgano solicitante de asilo en España: "A veces pienso que tengo que volver por mi familia, pero me matarán"</p></div><p class="article-text">
        Cuando ten&iacute;a 15 a&ntilde;os, me sum&iacute; en una larga depresi&oacute;n que se prolongar&iacute;a hasta bien entrada la veintena. Mi madre, mis dos hermanos y yo acab&aacute;bamos de llegar a Londres y, como est&aacute;bamos solicitando asilo como refugiados, nos llevaron a un albergue para familias vulnerables en Fitzjohn&rsquo;s Avenue, en la parte adinerada del noroeste de la ciudad. 
    </p><p class="article-text">
        El viaje hasta Londres hab&iacute;a sido tan dif&iacute;cil que varios meses antes nos hab&iacute;amos tenido que separar de mi padre, de uno de mis hermanos y de mi hermana. El albergue se encontraba en una arbolada avenida que conecta Swiss Cottage con el barrio de Hampstead. Un agradable paseo hacia el norte conduc&iacute;a hasta Hampstead Heath y Keats House, y hacia el sur a Regent&rsquo;s Park, donde sol&iacute;amos ir a caminar por la bella rosaleda y sentarnos junto a la fuente, nuestro lugar favorito.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuatro a&ntilde;os antes, en oto&ntilde;o de 1992, mi familia hab&iacute;a abandonado nuestro hogar en Kabul, despu&eacute;s de que <a href="https://www.theatlantic.com/daily-dish/archive/2009/12/did-the-us-abandon-afghanistan-in-1989/192860/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la repentina retirada de los estadounidenses</a> de <a href="https://www.eldiario.es/internacional/historia-comenzo-tiempo-talibanes-derrocaron-gobierno-afganistan-semana_129_8225209.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Afganist&aacute;n</a> dejara a las milicias enfrent&aacute;ndose por el poder, imposibilitando con ello el curso normal de la vida. Las frecuentes reuniones familiares quedaron reducidas a funerales con muy pocos asistentes. La comida y el agua escaseaban. Apenas sal&iacute;amos de casa: solo sal&iacute;an los adultos para hacer los recados m&aacute;s esenciales. A veces, mi t&iacute;o cruzaba la ciudad en bicicleta entre una lluvia de misiles para traernos agua potable mientras nosotros esper&aacute;bamos angustiados a que volviera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mis padres quer&iacute;an quedarse. Llevaban un a&ntilde;o hablando de la paz en Afganist&aacute;n como si pudiesen hacerla realidad a fuerza de voluntad. De vez en cuando discut&iacute;an la posibilidad de marcharnos, pero eran planes hipot&eacute;ticos que solo se acometer&iacute;an si no quedaba otro remedio. Mi madre segu&iacute;a yendo a trabajar de maestra, cuidaba del jard&iacute;n y hac&iacute;a planes para un futuro imaginario en Afganist&aacute;n. 
    </p><h3 class="article-text">La panader&iacute;a de la esquina</h3><p class="article-text">
        Al final, la decisi&oacute;n se tom&oacute; de golpe, cuando una bomba alcanz&oacute; la panader&iacute;a de la esquina de nuestra calle partiendo en dos al hijo del panadero, y mi madre empez&oacute; a temer que uno de nosotros acabase mutilado o muerto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La ma&ntilde;ana que dejamos Kabul hacia Mazar-e-Sharif, una ciudad en el norte de Afganist&aacute;n, mi madre se despidi&oacute; de mi abuela diciendo que nos reunir&iacute;amos pronto. Algo en el estoico gesto de mi abuela me dec&iacute;a que en el fondo no lo cre&iacute;a posible, pero a&uacute;n as&iacute; abraz&oacute; a mi madre y contest&oacute; que s&iacute;, que volver&iacute;amos a estar juntos. 
    </p><p class="article-text">
        A comienzos de los a&ntilde;os 90, antes de que Internet uniera al mundo, y de que los grupos de Facebook comenzasen a ayudar a los migrantes a evitar las rutas m&aacute;s peligrosas, viajar por Afganist&aacute;n era una aventura. No sab&iacute;amos d&oacute;nde dormir&iacute;amos ni cu&aacute;l ser&iacute;a nuestro siguiente paso cuando lleg&aacute;ramos a una ciudad. Nuestro &uacute;nico plan era escapar de la violencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ca&iacute;a la tarde cuando llegamos a Mazar-e-Sharif, tras un viaje largo y dif&iacute;cil desde Kabul. El camino estaba plagado de minas (sigue est&aacute;ndolo a d&iacute;a de hoy) y la ruta, flanqueada por tumbas fangosas con l&aacute;pidas sin nombre donde yac&iacute;an v&iacute;ctimas de minas antipersona. Cada vez que pas&aacute;bamos junto a una o el autob&uacute;s atravesaba un bache, los pasajeros rezaban por las almas de los muertos. Aunque la mayor&iacute;a ped&iacute;an llegar a destino sanos y salvos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La primera noche lejos de casa fue la m&aacute;s larga de mi vida. Yo siempre hab&iacute;a dormido al lado de mi abuela, y ahora, separada de la persona que m&aacute;s seguridad me infund&iacute;a, me sent&iacute;a sola y a la deriva. Mi padre nos llev&oacute; a una casa de acogida donde otra media docena de familias hab&iacute;a encontrado cama para pasar la noche. Mi familia, que inclu&iacute;a a mi t&iacute;o, su mujer y su beb&eacute; reci&eacute;n nacido, se acurruc&oacute; para dormir sobre unos colchones sin s&aacute;bana por los que hab&iacute;an pasado muchos inquilinos. Aquella noche estuve horas oyendo a mi madre hablar susurrando a mi padre y no logr&eacute; dormirme hasta el amanecer, un patr&oacute;n que me ha acompa&ntilde;ado hasta el d&iacute;a de hoy.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;A la noche siguiente, cruzamos un puente hacia <a href="https://www.eldiario.es/internacional/uzbekistan-dice-derribado-jet-militar-afgano-intentaba-cruzar-frontera_1_8223579.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Uzbekist&aacute;n</a>. Un autob&uacute;s destartalado de color azul y blanco trasladaba a veinte personas en cada viaje. Desde el lado afgano de la frontera, la cuidad uzbeca de Termez reluc&iacute;a en la oscuridad.&nbsp;&ldquo;Tienen electricidad&rdquo;, susurr&oacute; mi madre a mi t&iacute;a. Ambas respiraron hondo, emocionadas. Parec&iacute;a casi una aventura.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los siguientes cuatro a&ntilde;os fueron un ajetreo de trenes, pueblos y ciudades, gente que nos abr&iacute;a su puerta cuando no ten&iacute;amos otro sitio adonde ir y gente que miraba con hostilidad al ver pasar a nuestra familia de cuatro adultos y seis ni&ntilde;os peque&ntilde;os de camino hacia Occidente. Yo era la mayor y a&uacute;n no hab&iacute;a cumplido los 11 a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">La promesa</h3><p class="article-text">
        Cuando nos instalamos en la habitaci&oacute;n de Fitzjohn&rsquo;s Avenue, cuatro a&ntilde;os m&aacute;s tarde, lo hicimos con la promesa de que por fin estar&iacute;amos a salvo. Despu&eacute;s de un viaje agotador, all&iacute; est&aacute;bamos, en Londres, a punto de empezar una nueva vida. Sin embargo, nuestras expectativas eran imposibles. 
    </p><p class="article-text">
        Imagin&aacute;bamos una vida m&aacute;s f&aacute;cil. Imagin&aacute;bamos que de alg&uacute;n modo, nada m&aacute;s llegar all&iacute;, todo lo que hab&iacute;amos pasado quedar&iacute;a atr&aacute;s y pasar&iacute;amos p&aacute;gina y que la incertidumbre que sent&iacute;amos se evaporar&iacute;a en cuanto aterriz&aacute;ramos. Y de esta fantas&iacute;a depend&iacute;an muchas cosas. Para sobrevivir al viaje, necesit&aacute;bamos historias de esperanza. Para nosotros, esa historia era la seguridad de Londres, pero la realidad result&oacute; ser muy distinta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una vez pasada la emoci&oacute;n de llegar a un sitio nuevo, nos invadi&oacute; el agotamiento. Al principio, fue algo f&iacute;sico. Los cuatro dorm&iacute;amos hasta despu&eacute;s del mediod&iacute;a y nos levant&aacute;bamos con pesadez e inquietud. Despu&eacute;s vino la pena, como una ola densa y muy repentina.&nbsp;Pasar&iacute;an a&ntilde;os hasta que cualquiera de nosotros tuviera un respiro.
    </p><p class="article-text">
        Mi madre se encarg&oacute; de dar sentido a nuestro nuevo hogar.&nbsp;Depend&iacute;amos de ella para todo. Como hab&iacute;a estudiado algo de ingl&eacute;s, se las arreglaba en el supermercado o para coger el autob&uacute;s, pero m&aacute;s all&aacute; de eso, le costaba bastante. Ella se enfrent&oacute; a la ardua tarea de lidiar con la burocracia de solicitar asilo en <a href="https://www.eldiario.es/temas/reino-unido/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Reino Unido</a>. All&iacute; todo requer&iacute;a un impreso. De repente, nuestra vida exig&iacute;a que tuvi&eacute;ramos todos nuestros documentos controlados para poder presentar el formulario necesario cuando hiciera falta, ya fuese una tarjeta para acceder al biblioteca o al club juvenil del barrio, un carn&eacute; de transporte o una cita m&eacute;dica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una y otra vez, ten&iacute;a que rellenar impresos y presentar una identificaci&oacute;n, lo cual era complicado dado que b&aacute;sicamente &eacute;ramos ap&aacute;tridas. Como la oficina de correos era algo bastante nuevo para nosotros, ella intentaba entregar todos los formularios que pod&iacute;a en persona.&nbsp;&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Escriba en may&uacute;sculas</h3><p class="article-text">
        A menudo volv&iacute;a con otro mont&oacute;n de formularios para rellenar. Se desesperaba tratando de seguir las instrucciones.&nbsp;&ldquo;<em>Please, write in block letters</em> (Por favor, escriba en may&uacute;sculas)&rdquo;. &iquest;Qu&eacute; significaba eso? El diccionario no ayudaba. Busc&aacute;bamos&nbsp;&ldquo;<em>block</em>&rdquo;&nbsp;y&nbsp;&ldquo;<em>letters</em>&rdquo;, pero juntas no ten&iacute;an mucho sentido. A veces, las instrucciones sonaban a amenaza. Las palabras&nbsp;&ldquo;no se salga de las casillas, de lo contrario su solicitud podr&aacute; ser rechazada&rdquo;&nbsp;la llenaban de pavor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El Ministerio del Interior exig&iacute;a que justific&aacute;ramos constantemente por qu&eacute; hab&iacute;amos abandonado nuestro hogar. Demostrar que mereces asilo es complicado. No basta que las noticias digan que la poblaci&oacute;n civil de Afganist&aacute;n, Siria o Irak est&aacute; siendo atacada sin cesar: tienes que demostrar que&nbsp;<em>tu vida</em>&nbsp;corr&iacute;a peligro en&nbsp;<em>un momento concreto.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Para nosotros, probarlo result&oacute; un proceso largo y extenuante, y pasaron a&ntilde;os hasta que pudimos estar tranquilos con nuestra situaci&oacute;n en Reino Unido.&nbsp;Mi madre nos despertaba al amanecer para coger un tren a Croydon y ponernos a la cola de las entrevistas de asilo en el Ministerio del Interior, junto a montones de personas taciturnas y asustadas que esperaban para defender su permanencia en Inglaterra.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como cualquier lugar donde se deciden asuntos de vida y muerte, el ambiente en el centro de inmigraci&oacute;n era denso e inc&oacute;modo, apenas hab&iacute;a espacio para otra cosa que no fuera el miedo. Hac&iacute;amos cola en la puerta hasta que abr&iacute;an y, una vez nos dejaban entrar, segu&iacute;amos a nuestra madre hasta una m&aacute;quina dispensadora de n&uacute;meros. Luego nos sent&aacute;bamos bajo la luz blanca de los tubos fluorescentes y esper&aacute;bamos a o&iacute;r nuestro turno. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando por fin llegaba, mi madre intentaba explicar nuestra situaci&oacute;n a una persona apostada detr&aacute;s de una mampara de vidrio, que raramente mostraba emoci&oacute;n alguna, mucho menos empat&iacute;a. 
    </p><p class="article-text">
        Una vez, la funcionaria del cub&iacute;culo le pregunt&oacute;&nbsp;&ldquo;&iquest;Por qu&eacute; aqu&iacute;? &iquest;Por qu&eacute; en Reino Unido?&rdquo;.&nbsp;Mi madre se qued&oacute; muda de la impresi&oacute;n. Los tres la miramos intensamente, comprendiendo la urgencia de la pregunta, hasta que por fin logr&oacute; sacar las palabras:&nbsp;&ldquo;Todo es Tierra de Dios&rdquo;. La funcionaria ni siquiera contest&oacute;, solo anot&oacute; algo en nuestro expediente, lo cual nos inquiet&oacute; todav&iacute;a m&aacute;s. Despu&eacute;s de aquellas sesiones, volv&iacute;amos a nuestra habitaci&oacute;n en Fitzjohn&rsquo;s Avenue y mi madre se pasaba el resto del d&iacute;a en la cama con migra&ntilde;a.
    </p><h3 class="article-text">Fuera de lugar</h3><p class="article-text">
        En aquellos primeros tiempos, cuando Inglaterra a&uacute;n no era nuestra casa, camin&aacute;bamos por el barrio con la alucin&oacute;gena sensaci&oacute;n de que todo el mundo nos observaba. Sentirte fuera de lugar hace que todo se llene de ojos que te siguen dondequiera que vayas. Si el cajero del supermercado miraba hacia nosotros, conten&iacute;amos la respiraci&oacute;n, pregunt&aacute;ndonos si hab&iacute;amos hecho algo mal.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tampoco ayudaba el no poder hablar para explicar nuestras fechor&iacute;as imaginarias. Al llegar a Reino Unido, mi parlanchina familia perdi&oacute; el habla de la noche a la ma&ntilde;ana. Mi hermano, que sol&iacute;a dar su opini&oacute;n acerca de todo, se qued&oacute; mudo y empez&oacute; a ir pegado a mi madre dondequiera que fu&eacute;semos. A m&iacute; me agotaba la idea de aprender otro idioma. Lo &uacute;nico que sab&iacute;a decir en ingl&eacute;s era &ldquo;<em>thank you</em>&rdquo; y &ldquo;<em>hasta la vista, baby</em>&rdquo; (<em>Terminator</em>&nbsp;era mi pel&iacute;cula favorita por aquel entonces) sin saber que ni siquiera era ingl&eacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando ten&iacute;amos que pedir algo en la tienda, como &ldquo;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; el arroz basmati?&rdquo;, la familia entera buscaba una estrategia para repartirnos el miedo entre todos de manera justa. &iquest;Qui&eacute;n lo ped&iacute;a? &iquest;A qui&eacute;n se lo ped&iacute;amos? &iquest;Qui&eacute;n parec&iacute;a m&aacute;s amable? &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;amos si algo sal&iacute;a mal? La tarea acababa recayendo inevitablemente sobre mi madre, que hablaba m&aacute;s que cualquiera de nosotros, mientras los tres form&aacute;bamos un c&iacute;rculo a su alrededor ofreciendo nuestros escu&aacute;lidos cuerpecillos como escudo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de la gente se mostraba indiferente o completamente ajena a la importancia de todas conversaciones para mi familia. Yo prestaba atenci&oacute;n a cada palabra, a cada gesto, tratando de recordar los sonidos, memorizar la sensaci&oacute;n que notaba en la boca al intentar pronunciar la&nbsp;<em>th</em>. 
    </p><h3 class="article-text">Nuevos c&oacute;digos sociales</h3><p class="article-text">
        Para sobrevivir, no solo ten&iacute;amos que hablar un idioma distinto, sino aprender gestos nuevos, historias nuevas y, lo que era m&aacute;s importante, entender la moneda de cambio que te daba acceso a la sociedad. En un pa&iacute;s donde tu capital social est&aacute; ligado a la clase y la raza, aprender los c&oacute;digos sociales pod&iacute;a condicionar la trayectoria de tu vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuesta describir la sensaci&oacute;n de estar desplazado. A las personas que nacen en lugares que las protegen del dolor del desplazamiento, les resulta dif&iacute;cil entenderlo. Las im&aacute;genes de gente de raza negra o lo que en ingl&eacute;s se llama &ldquo;marr&oacute;n&rdquo; que aparecen en las noticias o en anuncios de organizaciones ben&eacute;ficas les hacen parecer como suspendidos en ese acontecimiento &uacute;nico (una hambruna,&nbsp;una guerra), como si no hubiese nada antes del hambre o de la violencia, ni tampoco hubiera nada m&aacute;s all&aacute; de ellas. A la gente le cuesta identificarse con esa desgracia porque, viendo esas im&aacute;genes, uno siente como si el destino de esa persona fuera inevitable.
    </p><p class="article-text">
        En nuestro caso, antes de que llegara la violencia exist&iacute;a todo un mundo. Nuestro hogar en Kabul, en mi mente, era el mejor lugar donde pod&iacute;a crecer una ni&ntilde;a. La casa en s&iacute; era peque&ntilde;a, con varias habitaciones y una cocina, y por fuera, la pintura amarilla se deste&ntilde;&iacute;a y desconchaba cada a&ntilde;o. Pas&aacute;bamos gran parte de nuestro tiempo en el sal&oacute;n, donde mi abuela nos reun&iacute;a a su alrededor para cada comida y donde nos sent&aacute;bamos junto a la radio para escuchar la BBC internacional. La radio era indispensable porque funcionaba a pesar de los constantes cortes de luz: con solo un pu&ntilde;ado de pilas gordas, pod&iacute;amos sentarnos a o&iacute;r las historias de <em>Las Mil y Una Noches</em> en la BBC Persian.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo esas im&aacute;genes con dolorosa nostalgia, como un tiempo en que mi familia a&uacute;n estaba junta, pero el lugar m&aacute;s m&aacute;gico en mi mente sigue siendo el jard&iacute;n: un espacio verde y abierto, rodeado de &aacute;rboles y lechos de flores. En verano, mi abuela plantaba rosas y albahaca morada, y su olor perfumaba las s&aacute;banas de nuestras camas en el porche, donde dorm&iacute;amos para mitigar el calor. 
    </p><p class="article-text">
        Ten&iacute;amos manzanos y perales, vides, un huerto donde cultiv&aacute;bamos cebolletas y tomates, y en medio del jard&iacute;n hab&iacute;a un viejo y robusto almendro en cuyas ramas pasaba la mayor parte de mi tiempo durante los meses m&aacute;s c&aacute;lidos. En primavera, echaba unas delicadas flores blancas y una fragancia sutil y fresca que anunciaba la llegada del verano. Cada a&ntilde;o que pasa, esta imagen me parece m&aacute;s v&iacute;vida, m&aacute;s permanente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Crec&iacute; en una familia que se tomaba la ciudadan&iacute;a muy en serio. Mis padres ten&iacute;an un gran sentido de su papel en la sociedad y participaban activamente tratando de luchar contra las injusticias que ve&iacute;an. El trabajo de mi madre como maestra ocupaba gran parte de su tiempo: conoc&iacute;a en profundidad a sus alumnos y hac&iacute;a todo lo que estaba en su mano para ayudarles en la escuela. 
    </p><p class="article-text">
        A veces, cuando hac&iacute;a rondas de visitas familiares, yo la acompa&ntilde;aba a sus casas donde intentaba convencer pacientemente a los padres de que apoyaran la educaci&oacute;n de sus hijos. Recuerdo que parec&iacute;an muy asustados. Generalmente, la violencia y la pobreza les hac&iacute;an tomar decisiones que a nosotros nos costaba entender, pero nunca era porque no les importara.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi padre, &aacute;vido lector, nos ense&ntilde;aba acerca de nuestra historia, nuestra identidad y el mundo.&nbsp;La suya era y sigue siendo una ideolog&iacute;a colectivista. Crec&iacute; escuchando sus sermones (&ldquo;para el bien de muchos, no de unos pocos&rdquo;) y sintiendo la necesidad de hacer mi propia aportaci&oacute;n. Me imaginaba viviendo en Kabul y, como mi madre, formando parte activa de la sociedad, tal vez como escritora o como m&eacute;dico. Sin embargo, todo aquello qued&oacute; en el aire cuando la guerra asol&oacute; todos los &aacute;mbitos de nuestra vida, y nuestra identidad qued&oacute; reducida a gente a la fuga, gente de fuera.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">El antiguo hogar</h3><p class="article-text">
        Aquel primer verano en Londres, me costaba recordar nuestra casa sin un elemento de pensamiento m&aacute;gico. Los recuerdos de Kabul y nuestro hogar acechaban en alg&uacute;n lugar de mi subconsciente, alimentando mis pesadillas y arrebat&aacute;ndome el sue&ntilde;o. Solo recordaba impresiones, no me llegaba nada definido con perfiles, esquinas o l&iacute;neas: tan solo un caos de color y emoci&oacute;n. Mi estado mental oscilaba entre el agotamiento y la inercia. Ahora que deb&iacute;amos construir un hogar nuevo, nuestro antiguo hogar quer&iacute;a volver, ped&iacute;a atenci&oacute;n como un hijo muerto o un amante, y yo no sab&iacute;a c&oacute;mo apaciguarlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A pesar de que nuestro nuevo hogar deb&iacute;a ser un lugar &ldquo;seguro&rdquo;, casi todo nos angustiaba y desorientaba. Londres fue el primer lugar donde pude ir a la escuela con seguridad. En sus buenos momentos, mi madre nos motivaba sobre el hecho de recibir una educaci&oacute;n brit&aacute;nica, diciendo, &ldquo;sois muy afortunados&rdquo; o &ldquo;podr&eacute;is hacer lo que quer&aacute;is&rdquo;. A m&iacute;, ambas ideas me resultaban desconcertantes. &iquest;C&oacute;mo pod&iacute;amos decir que la suerte formara parte de nuestras vidas? Y ser capaz de hacer lo que quisiera me parec&iacute;a una fantas&iacute;a lejana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El colegio result&oacute; un trago dif&iacute;cil para una chica que hab&iacute;a vivido una infancia poco convencional y que no hablaba el idioma. No encaj&aacute;bamos en nada, ni siquiera en la ropa. 
    </p><p class="article-text">
        El primer d&iacute;a de colegio, llegu&eacute; con mi ch&aacute;ndal morado y fucsia, e inmediatamente tuve la sensaci&oacute;n de que llamaba la atenci&oacute;n entre una marea de adolescentes vestidos con vaqueros militares y camisetas oscuras. Al unirme a la fila del comedor, me sent&iacute; como si fuera un ramo de flores artificiales puestas en la sala de espera de un dentista para distraer a los pacientes del dolor que les aguarda.
    </p><p class="article-text">
        Me sentaba en la &uacute;ltima fila de la clase de ciencias, sin entender una sola palabra de lo que dec&iacute;an. No conocer un idioma es como ver una pel&iacute;cula extranjera sin subt&iacute;tulos: por muy dram&aacute;tica que sea, acabas perdi&eacute;ndote en tus pensamientos. En clase, me aislaba en el pasado, caminando a trav&eacute;s de recuerdos de nuestro viaje y contemplando nuestras vidas. Ten&iacute;a muchas preguntas sobre lo que hab&iacute;a ocurrido. Dejando a un lado la violencia, la guerra es como una pantomima: rid&iacute;cula y absurda. Para darle sentido, la gente que vive rodeada de violencia aprende a contar historias que mantengan a raya el dolor. 
    </p><p class="article-text">
        En aquella &eacute;poca, esa obstinaci&oacute;n de los seres humanos por buscar el lado bueno de las cosas, fuera cual fuera su situaci&oacute;n, me parec&iacute;a patol&oacute;gica. O&iacute;a a una mujer decir: &ldquo;Gracias a Dios, han encontrado el cuerpo de mi hijo: al menos s&eacute; d&oacute;nde descansa&rdquo;, y no era capaz de entender c&oacute;mo pod&iacute;a verse alguien tan arrinconado en el agradecimiento cuando lo que deber&iacute;a sentir, pensaba yo, era rabia. Me desconcertaba que la gente atribuyera esa actitud a algo como el coraje: en mi adolescencia, me parec&iacute;a una postura cobarde. Ahora entiendo que necesitamos historias para sobrevivir. Parecemos incapaces de enfrentarnos a la humanidad tal y como es: desnuda y llena de terror.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando tu principal ocupaci&oacute;n es sobrevivir, otras cosas se quedan por el camino. Durante el viaje, las celebraciones y los rituales familiares empezaron a desaparecer de nuestras vidas. En el Islam, estar de viaje exime de la obligaci&oacute;n de ayunar, y como las fiestas religiosas giran en torno a la comunidad, nos resultaba dif&iacute;cil celebrarlas mientras hu&iacute;amos. Llegar a Londres para nosotros significaba alcanzar nuestro destino y la posibilidad de que la vida volviera a empezar.
    </p><h3 class="article-text">Las especias olvidadas</h3><p class="article-text">
        La importante comunidad del Sudeste asi&aacute;tico residente en Londres ya se hab&iacute;a hecho un lugar en la ciudad. Tras varios meses en el norte de la capital, a finales de verano nos mudamos al Este de la ciudad, cerca de Green Street Market, en West Ham. El bullicioso mercado vend&iacute;a dulces y especias que casi hab&iacute;amos olvidado. Carniceros <em>halal</em>, decenas de tiendas de alimentos del sudeste asi&aacute;tico y puestos llenos de golosinas indias despertaban nuestros sentidos. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de cuatro a&ntilde;os sobreviviendo en lugares donde las piezas de fruta se vend&iacute;an por unidad, mi madre estaba encantada con aquella abundancia de fruta y verdura. Cuencos de manzanas, naranjas y tomates se vend&iacute;an a una libra. Un d&iacute;a, se detuvo de pronto delante de una tienda donde sonaba una vieja canci&oacute;n de Bollywood: se qued&oacute; all&iacute; de pie, agarrando la mano de mi hermano y escuch&aacute;ndola con atenci&oacute;n hasta que termin&oacute;. &ldquo;No escuchaba esa canci&oacute;n desde que era peque&ntilde;a&rdquo;, nos dijo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hac&iacute;amos cuanto pod&iacute;amos por convertir nuestra nueva casa en un hogar. Era un apartamento peque&ntilde;o en una calle residencial entre Plaistow y West Ham, y mi madre se esforzaba al m&aacute;ximo por alegrarla. Compr&oacute; un mantel con estampado de fresas para la mesa del comedor y yo, que ya empezaba a estar obsesionada con Bollywood, me compr&eacute; un p&oacute;ster de Shah Rukh Khan para mi habitaci&oacute;n. &Iacute;bamos a por caramelos a Ambala, la mejor confiter&iacute;a india de Londres. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, todas las mejoras en la casa se ve&iacute;an ensombrecidas por el dolor que sent&iacute;amos. Cada comida familiar estaba te&ntilde;ida de tristeza y,&nbsp;aunque todos intent&aacute;bamos mantenernos alegres para merecer nuestra nueva vida, la alegr&iacute;a siempre estaba fuera de nuestro alcance. Por primera vez en mi vida, pod&iacute;a irme a otra habitaci&oacute;n, lejos de mi familia, y conforme pasaban los d&iacute;as y las semanas, empec&eacute; a hacerlo m&aacute;s y m&aacute;s. Las familias desgarradas por la guerra raramente vuelven a encontrar su unidad. Hay demasiado que acarrear, demasiado que aguantar, y a veces resulta m&aacute;s f&aacute;cil retirarse a otro espacio que intentar sanar juntos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El nuevo barrio era muy diferente al primero. West Ham y Plaistow ten&iacute;an una compleja historia que no conoc&iacute;amos. A pesar de que su poblaci&oacute;n era por lo general diversa, las comunidades estaban dividas en secciones distintas. La zona donde nos alojaron era predominantemente blanca, un hecho al que no prestamos demasiada atenci&oacute;n al llegar.
    </p><p class="article-text">
        En Kabul, nuestra comunidad era multi&eacute;tnica y multiling&uuml;e: mis padres proven&iacute;an de etnias distintas y hablaban idiomas diferentes, de modo que est&aacute;bamos acostumbrados a rodearnos de gente con una identidad distinta a la nuestra. Adem&aacute;s, nos encontr&aacute;bamos en un pa&iacute;s mayoritariamente blanco: &iquest;Por qu&eacute; no iba a ser blanco nuestro barrio tambi&eacute;n?
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, desde el principio notamos que algo no iba bien. Todo empez&oacute; con leves actos de agresi&oacute;n que mi astuta madre percibi&oacute; de inmediato. La sensaci&oacute;n de que nos estaban vigilando se fue agudizando. Cuando intent&oacute; explicar nuestra inquietud a una brillante y joven maestra que le hab&iacute;a cogido cari&ntilde;o a la familia, no lo entendi&oacute; inmediatamente. Trat&oacute; de tranquilizarnos diciendo que era la ansiedad normal de mudarnos a un sitio nuevo y que pronto empezar&iacute;amos a sentirnos a gusto. 
    </p><p class="article-text">
        Pero la realidad nos dec&iacute;a lo contrario, as&iacute; que mi madre nos prohibi&oacute; salir sin ella e insisti&oacute; en que hici&eacute;ramos todo lo que pudi&eacute;ramos juntos. &Iacute;bamos al mercado juntos y trat&aacute;bamos de ir al colegio juntos, a pesar de que el de mis hermanos no estaba nada cerca del m&iacute;o. Nos qued&aacute;bamos en casa todo lo posible y evit&aacute;bamos ir al parque del barrio.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Agresiones</h3><p class="article-text">
        Esto no detuvo la hostilidad de los vecinos. Un d&iacute;a, poco despu&eacute;s de instalarnos, volv&iacute;amos del supermercado Sainsbury&rsquo;s en Stratford cuando un joven grit&oacute;&nbsp;&ldquo;&iexcl;Paquis!&rdquo; mirando hacia nosotros. Sus acompa&ntilde;antes simplemente se echaron a re&iacute;r a carcajadas. Pasamos delante de ellos r&aacute;pidamente hacia la puerta de nuestra casa. Al d&iacute;a siguiente volvi&oacute; a ocurrir, y otra vez varios d&iacute;as despu&eacute;s. Mi madre no sab&iacute;a qu&eacute; hacer y recurri&oacute; a nuestro vecino de al lado, un anciano amable, para preguntarle acerca de ello. &Eacute;l intent&oacute; calmarla diciendo que no eran m&aacute;s que adolescentes aburridos y que deber&iacute;amos ignorarles todo lo posible.
    </p><p class="article-text">
        Evidentemente, nosotros ya hab&iacute;amos sentido el racismo durante nuestro viaje, pero aquella fue la primera vez que lo sufrimos de forma abierta, y nadie parec&iacute;a inmutarse por ello. Esa actitud hostil no tard&oacute; en pasar a la acci&oacute;n y empezaron a meternos basura a trav&eacute;s del hueco para el correo de la puerta de entrada mientras dorm&iacute;amos. 
    </p><p class="article-text">
        La imagen de uno de nosotros arrodillado limpi&aacute;ndola era realmente lamentable. Despertaba en todos una sensaci&oacute;n de p&aacute;nico atenuado que ya hab&iacute;amos vivido durante a&ntilde;os por nuestra inseguridad. La supervivencia hace que cueste diferenciar la paranoia de la premonici&oacute;n de un desastre, hasta que la ansiedad erosiona tu sentido de ti mismo. Y yo, que era la mayor de los hijos, tem&iacute;a por la seguridad de mis hermanos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a, mi madre y yo fuimos agredidas en la calle. El agresor se quit&oacute; el cintur&oacute;n y empez&oacute; a pegar a mi madre. Ver aquello me sobrepas&oacute;, y estall&eacute;. Grit&eacute; tan fuerte como pude y trat&eacute; de golpearle. No le hice gran cosa, pero mis gritos llamaron la atenci&oacute;n de sus amigos, que se pusieron a perseguirme. Ech&eacute; a correr tan r&aacute;pido como pude y, mientras hu&iacute;a, un coche de polic&iacute;a que pasaba por all&iacute; vio lo que estaba ocurriendo e intervino.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una vez en comisar&iacute;a, un agente nos tom&oacute; declaraci&oacute;n a mi madre y a m&iacute; tomando nota minuciosamente y dijo que esper&aacute;ramos. Los agresores tambi&eacute;n hab&iacute;an sido trasladados all&iacute;. Yo estaba exhausta y alterada, pero contenta de que el incidente hubiera acabado con su detenci&oacute;n. Mi madre callaba inexpresiva, ninguna de las dos dijo nada mientras esper&aacute;bamos. No recuerdo cu&aacute;nto tiempo estuvimos all&iacute; pero, transcurrido un rato, el agente volvi&oacute; y se ofreci&oacute; a llevarnos a casa. 
    </p><p class="article-text">
        Mi madre le pregunt&oacute; qu&eacute; iba a pasar y qu&eacute; pod&iacute;amos esperar. El agente tom&oacute; asiento y nos explic&oacute; que hab&iacute;an dejado marchar a los agresores porque no hab&iacute;a suficientes motivos para retenerles. Adem&aacute;s, a&ntilde;adi&oacute;, &ldquo;son j&oacute;venes y est&uacute;pidos, se les pasar&aacute;&rdquo;. Las l&aacute;grimas empezaron a caer por el rostro de mi madre. El agente intent&oacute; tranquilizarla, &ldquo;Si vuelven, puede llamarnos otra vez, se&ntilde;ora Halaimzai&rdquo;, dijo, pero ella sigui&oacute; llorando, all&iacute; sentada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al volver a casa, sub&iacute; a mi habitaci&oacute;n y me tumb&eacute; en la cama. Ten&iacute;a convulsiones por un dolor que no era capaz de entender. Pens&eacute; en nuestras vidas y empec&eacute; a comprender la reticencia de mi padre a dejar Afganist&aacute;n. Lo que sientes hacia la tierra en la que naciste y la tierra donde has acabado son cosas distintas. No se trata de patriotismo, ni de lealtad hacia una frente a la otra. Es sentir que, cuando est&aacute;s all&iacute; donde naciste, nadie puede poner en duda tu derecho a estar ah&iacute;. Solicitar asilo te genera inseguridad en torno a tu propia existencia. Hay un sentimiento que impregna todas tus interacciones, como si necesitaras justificar constantemente tu presencia. 
    </p><p class="article-text">
        Tumbada all&iacute;, me preguntaba si ten&iacute;a alg&uacute;n derecho a esperar que la polic&iacute;a nos protegiera a mi familia y a m&iacute;, y no llegaba a ninguna conclusi&oacute;n. A&uacute;n no entend&iacute;a lo suficiente el <a href="https://www.eldiario.es/focos/racismo/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">racismo</a> como para sentir rencor por lo que estaba ocurriendo: lo &uacute;nico que sent&iacute;a era verg&uuml;enza por qui&eacute;nes &eacute;ramos.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Identidad brit&aacute;nica</h3><p class="article-text">
        No tard&eacute; mucho en aprender a hablar ingl&eacute;s. Primero fue un pu&ntilde;ado de palabras sueltas, que pronto se convirtieron en frases. Pronto empec&eacute; a ser capaz de mantener conversaciones b&aacute;sicas con mis compa&ntilde;eros de clase. Cambi&eacute; el ch&aacute;ndal por unos pantalones militares, me cort&eacute; mucho el pelo, y para cuando mi padre lleg&oacute; a Londres unos meses despu&eacute;s, ya hab&iacute;a descubierto el&nbsp;<em>drum&rsquo;n&rsquo;bass</em>. De alg&uacute;n modo, ese sonido, que a mis padres les resultaba alarmante, para m&iacute; ten&iacute;a mucho sentido. Sol&iacute;a meterme en mi habitaci&oacute;n a escuchar cintas de raves a las que no pod&iacute;a asistir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A medida que mis hermanos y yo nos &iacute;bamos ubicando, el papel de mi madre en nuestras vidas empez&oacute; a cambiar. Pasamos de copiar sus palabras en ingl&eacute;s a corregir su pronunciaci&oacute;n. Mientras nosotros desarroll&aacute;bamos una identidad claramente brit&aacute;nica, a ella le segu&iacute;a costando verse como parte de su sociedad, a pesar de sus enormes esfuerzos por integrarse. Se matricul&oacute; en clases de ingl&eacute;s en la universidad local, y recib&iacute;a con entusiasmo a las testigos de Jehov&aacute; que nos visitaban cada semana, desoyendo mis advertencias sobre su proselitismo. 
    </p><p class="article-text">
        Aquellas dos mujeres y mi madre se pasaban horas sentadas, contestando las preguntas de las otras (ellas ten&iacute;an tanto inter&eacute;s por Afganist&aacute;n como mi madre por Reino Unido), y lamentando la situaci&oacute;n del mundo mientras mi madre les ofrec&iacute;a higos, nueces y samosas. Cuando recuerdo aquellas reuniones, creo que las tres encontraban solaz en la compa&ntilde;&iacute;a de las dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Tard&eacute; mucho tiempo en entender por qu&eacute; a mi madre le resultaban tan duras aquellas entrevistas en el Ministerio del Interior. Cuando llegamos, yo estaba tan consumida por mi propia ansiedad que era incapaz de prestar atenci&oacute;n a la suya. Aquella mujer hab&iacute;a perdido todo lo que daba sentido a su vida: su familia, su comunidad, su sustento y su idioma. 
    </p><p class="article-text">
        Todos sus amigos estaban lejos o muertos, y mientras ella intentaba convencer a un funcionario en Croydon de que no pod&iacute;amos volver a casa porque nuestras vidas corr&iacute;an peligro, los talibanes causaban estragos en Afganist&aacute;n, prohibi&eacute;ndolo todo, desde la m&uacute;sica hasta llevar calcetines blancos. Cualquiera que desafiara sus salvajes normas era amenazado con ser ejecutado p&uacute;blicamente en el estadio de Kabul, donde la justicia hab&iacute;a quedado reducida a un sangriento deporte. Y las mujeres y las ni&ntilde;as hab&iacute;an sido&nbsp;declaradas invisibles e in&uacute;tiles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a haber m&aacute;s aterrador para alguien como mi madre, que hab&iacute;a dedicado su carrera a educar a ni&ntilde;as y a animarlas a valerse por s&iacute; mismas? &iquest;C&oacute;mo iba a regresar a aquello? Sin embargo, para el funcionario que llevaba nuestro caso, todo esto no era evidente, y por eso mi madre tuvo que aguantar horas y horas de interrogatorio, tratando de explicar en un ingl&eacute;s chapurreado que sus hijos necesitaban una oportunidad para vivir sin violencia, y al hacerlo perdi&oacute; parte de su luz.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">La ruta en Grecia</h3><p class="article-text">
        Hoy, casi tres d&eacute;cadas despu&eacute;s de huir de Afganist&aacute;n, dirijo&nbsp;una organizaci&oacute;n sin &aacute;nimo de lucro en <a href="https://www.eldiario.es/temas/grecia/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Grecia</a> que trabaja ayudando a refugiados a lidiar con el trauma, y he visto el dolor y la angustia que sufren familias intentando sortear el proceso de asilo. Grecia ha creado un sistema deliberadamente dise&ntilde;ado para ser hostil, y con ello reducir el atractivo de establecerse en Europa. 
    </p><p class="article-text">
        En los grupos que organizamos para hombres, mujeres y ni&ntilde;os, los participantes describen los sentimientos de p&aacute;nico y desesperaci&oacute;n que experimentan cuando se enfrentan con la burocracia. Una mujer de un grupo estaba tan angustiada por su entrevista para solicitar asilo que empez&oacute; a autolesionarse. Me dijo que hacerse cortes le aliviaba, como si al apretar una cuchilla sobre su piel, estuviera soltando la presi&oacute;n que sent&iacute;a. No pod&iacute;a soportar la idea de que le denegaran la solicitud, ni la posibilidad de ser devuelta a su ciudad medio destruida y a&uacute;n en guerra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        J&oacute;venes de un grupo de teatro que montamos en Grecia hablaban a menudo del sentimiento de traici&oacute;n que les inundaba al ver las im&aacute;genes y los titulares sobre refugiados. Era como si aquel acontecimiento, aquella circunstancia, hubiera borrado toda su identidad, toda su historia. Ellos segu&iacute;an diciendo &ldquo;mi futuro&rdquo; como algo completamente imaginable y factible, y que la actual suspensi&oacute;n de sus esperanzas y sue&ntilde;os era el purgatorio. Pero insist&iacute;an en que la l&aacute;stima era todav&iacute;a peor. Nadie quiere l&aacute;stima cuando ha experimentado la humillaci&oacute;n de la violencia. Lo que ellos necesitaban era que la gente intentara comprender.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando hablo con madres afganas en Grecia, tan resueltas como lo estaba mi madre a conseguir un futuro para sus hijos, veo el mismo sufrimiento silencioso en sus ojos. S&eacute; lo que cuesta mantener a una familia unida en su situaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">La historia se repite</h3><p class="article-text">
        El hecho de que Afganist&aacute;n <a href="https://www.eldiario.es/internacional/asalto-kabul-pasado-afganistan-pasado-rapido_1_8221538.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">vuelva ahora a estar ahora en manos de los talibanes </a>no ayuda. La historia se repite a medida que toman el pa&iacute;s y promulgan los mismos decretos salvajes contra el pueblo, confinando a mujeres y ni&ntilde;as en sus casas. Los afganos, a&uacute;n fr&aacute;giles tras d&eacute;cadas de violencia, son impotentes ante las fuerzas que deciden su destino. 
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos a&ntilde;os se han producido algunas de las peores&nbsp;matanzas civiles de la &uacute;ltima d&eacute;cada. Qued&eacute; paralizada por el horror al conocer la noticia de un ataque contra un hospital de maternidad. Las im&aacute;genes de reci&eacute;n nacidos muertos en brazos de sus madres muertas me hac&iacute;an sentir nauseas. Y a pesar de tanta muerte, aquellos que han intentado huir hasta ahora han sido devueltos, ya que pa&iacute;ses como Grecia, Reino Unido y Alemania consideraban que era seguro regresar a Afganist&aacute;n. Es como si mereci&eacute;ramos toda esta violencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llamo por tel&eacute;fono a mi madre. En su voz, escucho el mismo estoicismo que o&iacute;a en la de mi abuela. Le hablo de mi desesperaci&oacute;n al ver lo que sigue ocurriendo a gente como nosotros. Le cuento el caso de un afgano que se enfrenta a la c&aacute;rcel en Grecia porque su hijo se ahog&oacute; mientras se acercaban a las costas helenas en una patera llena, buscando asilo. Ella escucha atentamente mi discurso medio en ingl&eacute;s medio en farsi, y cuando termino, dice, &ldquo;Se enfrente a lo que se enfrente, la gente tiene que sobrevivir. No nos queda elecci&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Traducci&oacute;n de Ana Momplet
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Zarlasht Halaimzai]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/refugiada-afgana-europa-promesa-imposible-nueva-vida_1_8232523.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Aug 2021 19:50:10 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/dd97bc9b-d27d-47a2-8589-19c773a19e9a_16-9-discover-aspect-ratio_default_1026864.jpg" length="26307" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/dd97bc9b-d27d-47a2-8589-19c773a19e9a_16-9-discover-aspect-ratio_default_1026864.jpg" type="image/jpeg" fileSize="26307" width="468" height="263"/>
      <media:title><![CDATA[Ser refugiada afgana en Europa: la promesa imposible de una nueva vida]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/dd97bc9b-d27d-47a2-8589-19c773a19e9a_16-9-discover-aspect-ratio_default_1026864.jpg" width="468" height="263"/>
      <media:keywords><![CDATA[Afganistán,Reino Unido,Talibanes,Refugiados]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
