Crítica

'Historias para no dormir': un brillante muñeco domina la compacta revisión de los miedos de Chicho Ibáñez Serrador

Miki Esparbé en 'Historias para no dormir: Freddy'

Lorenzo Ayuso

Una puerta entreabierta presidiendo una estampa oscura. Solo un resquicio separa el panel de madera de la jamba de la pared, un resquicio del que emana una luz antinatural. Una luz que nos atrae y nos embauca. Un personaje, que adopta los rasgos de Adriana Torrebejano, advierte la amenaza en el icono, y aún así se acerca intrigada hasta que, inconscientemente, se encuentra ya dentro de esa estancia misteriosa, habiendo atravesado el umbral, desamparada ante un peligro que, predecimos, estará ahí, aguardando. No sabemos aún qué, pero tampoco importa ya. Ha entrado y no hay vuelta atrás.

A través de esa secuencia, Freddy (Paco Plaza, 2021) inserta dentro de una relato un símbolo que había quedado codificado en generaciones de espectadores, como señal de aviso que predisponía a lo imprevisible, a un horror nuevo cada vez que traspasábamos ese umbral. La cortinilla de Historias para no dormir, extendida por primera vez en 1966, se replica a través de una narración metacinematográfica que hace de Chicho Ibáñez Serrador, quien fuera su creador omnisciente, un personaje más de su universo, donde todo es posible. Haciendo de este mismo un sujeto en peligro, sin control sobre el alcance de sus propias creaciones.

Creaciones que ahora, algo más de dos años después de su fallecimiento, se actualizan y toman nuevas formas, adecuándolas a los nuevos públicos, a las nuevas modalidades de consumo. Los miedos invocados permanecen vigentes, sin duda. De hecho, las cuatro historias reformuladas, El asfalto (Paula Ortiz, 2021), La broma (Rodrigo Cortés, 2021), El doble (Rodrigo Sorogoyen, 2021) y la mencionada Freddy, comparten una preocupación común por la pérdida del control y de la identidad propia. Cada aproximación se angula desde diferentes ángulos: las dos primeras (Cortés es también el coguionista de la Historia de Ortiz, junto a Manuel Jabois), se adopta un tono satírico, que las asemeja frente al desvío de Sorogoyen, el más decidido a distanciarse del referente y a ensimismarse; mientras que Plaza, como era de esperar, es quien se recrea de lleno en los tropos del horror partiendo de la figura del muñeco de ventrílocuo.

Podemos certificar que esta antología auspiciada por Amazon Prime Video, junto a la RTVE que albergara la serie tiempo ha, resulta más compacta y mejor nivelada que la que Telecinco produjo hace 16 años, más amplia y desigual. Se aprecia una confianza en el producto de la que a menudo carecía la otra, cuyas propuestas podían entenderse más como un esbozo de ideas sin espacio al desarrollo: ahí estaban ejemplos como Adivina quién soy (Enrique Urbizu, 2005), repleto de ideas estimulantes y nada condescendientes, pero de ejecución apresurada, en última instancia fallida; o el excelente Para entrar a vivir (Jaume Balagueró, 2005), que en buena medida planteaba los tropos luego explotados en el primer [·REC] (Jaume Balagueró, Paco Plaza, 2007). Hay una mayor seguridad en el pulso de los cuatro títulos escogidos, más allá de sus discordancias (la duración de El doble va más allá de la hora de duración, mientras que El asfalto y La broma se comprimen en modélicos 40 minutos).

Pero de esa seguridad que ahora emanan las nuevas Historias para no dormir, a la postre ya conocidas, a través de su impecable diseño de producción, también se intuye un cierto acomodamiento que rebaja su alcance. Podemos decir que era inevitable: es imposible repetir el impacto que las premisas consiguieron décadas atrás, ante unos ojos más ingenuos, menos acostumbrados a verlo todo en televisión. Queda poco lugar para el shock, ni para el rechazo. Para la subversión, en suma. Menos aún cuando un estreno como este es programado fuera de fecha (de su fecha idónea, ahora que Halloween está bien asimilado en nuestro calendario de festividades) y ha de competir con otros 10 lanzamientos en un solo día.

En tiempos cínicos como estos en los que nos toca no dormir, tal vez la respuesta esté en la aproximación sentida, incluso cálida pese a sus terribles circunstancias, que propone Paula Ortiz de El asfalto, la historia de un hombre tragado por el pavimento (Dani Rovira, que entra en la calzada en relevo de Narciso Ibáñez Menta), acaso la más icónica de todas las manipuladas para la ocasión: aunque la caricatura costumbrista con la que recubre la trama sea gruesa, el drama se mantiene firme y no se tambalea de su sitio. El cuerpo impávido, luego la cabeza, del protagonista (ahora un repartidor agobiado por la obligación de estar en continuo movimiento), evoca un dolor reconocible, incluso palpable.

Y del dolor en el cuerpo, en el pecho, al dolor en la mirada que busca Paco Plaza con Freddy, el más brillante del cuarteto. El director valenciano, que ya había entregado una de las Películas para no dormir claves de la anterior hornada, Cuento de navidad (2005), ofrece una fábula sobre las consecuencias del miedo, jugando precisamente a espejarse con el Freddy original, en cuyo rodaje ambienta su relato. El miedo que Chicho (un estupendo Carlos Santos, mimetizado con el creador uruguayo) contagia al actor principal de su película (Miki Esparbé), convirtiéndolo en su particular títere, hasta que acaba escapando de su poder y cobrando vida propia, como parece que ocurre con esa marioneta deslenguada y, sin duda, inquietante, cuya mirada hueca y su mandíbula encajada nos remite a aquellos primeros planos del cadáver del segmento La gota de agua en Las tres caras del miedo (I tre volti della paura, Mario Bava, 1963). El miedo que nos confunde con realidad solo aparentes, que nos emboba y nos conduce, nos hace tomar decisiones equivocadas.

Es por ello quien mejor entiende lo que es una Historia para no dormir. Es una cuestión de voluntad. Mejor dicho, de apoderarse de la voluntad del espectador, como hacía Chicho con sus espectadores. Plaza no tiene miedo de abrir la puerta, de abrirla más de lo debido, de llevarnos hacia allí. De hacernos sentir el peligro, y aún así, hacernos entrar. Aunque cabe preguntarse si, como público, estamos dispuestos para ello. ¿Estamos dispuestos a no tenerlo todo seguro al consumir un nuevo producto cultural, máxime cuando el caudal a nuestra disposición está tan rebosante? ¿Queremos pasar miedo de verdad?

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