Crítica

'Vikingos: Valhalla' marca su propio camino aferrada a la acción de Netflix

Primero fue la vida y obra de Ragnar Lothbrok y Lagertha, luego la de sus hijos Björn, Ivar, Ubbe, Sigurd, Halfdan y Hvitsärk; y ahora es el legado y la leyenda de todos ellos los que inspiran Vikingos: Valhalla, la nueva serie de Netflix que se estrena este viernes 25 de febrero y que sirve de secuela a la ficción original, ambientándose un siglo y medio después de la trama que se alargó durante seis temporadas.

Ahora todos ellos son héroes, mitos cercanos a los dioses paganos, que sirven de inspiración a una sociedad vikinga más amplia y transformada, en la que sus nuevos protagonistas también están basados en los libros de historia, y con mayor base para construirlos al existir más documentación sobre sus aventuras. Hablamos de Leif Eriksson (Sam Corlett) y Freydís Eiríksdóttir (Frida Gustavsson), ambos hijos de Erik El Rojo; del Rey Canuto II “El Grande” (Bradley Freegard) o de Harald Sigurdsson (Leo Suter). Personajes también reales, con menos ficción que los Lothbrok, sobre los que podemos conocer más hasta en la Wikipedia... si aceptamos hacernos “spoilers” de hace mil años antes de ver la serie.

El factor histórico es clave para comprender la evolución de la ficción, o más bien para darse cuenta de por qué Vikingos: Valhalla se empeña en demostrar (y lo consigue) que es una nueva serie, y no simplemente una “continuación” de Vikingos. La original era una producción de History Channel, que tuvo el enorme mérito -sobre todo al principio, cuando se centraba en Ragnar Lothbrok- de convertir la historia en un excelente producto de entretenimiento con base histórica. A ello contribuyó enormemente que el mito de Ragnar y sus hijos no estuviese muy documentado y mezclase realidad y ficción, lo que permitió que Michael Hirst (el creador de la serie) pudiese dar más rienda suelta a su imaginación.

En el caso de su secuela, Vikingos: Valhalla, las vidas de sus protagonistas sí están más documentadas, lo que hace necesario combinar la fidelidad histórica con el enfoque de entretenimiento. Y para ello, su nuevo showrunner Jeb Stuart (Michael Hirst ha pasado a ser productor ejecutivo, inhibiéndose voluntariamente de su proceso de creación) ha sido muy inteligente para saber adaptarse al sello de Netflix: más acción, más ritmo, y menos profundidad histórica.

Esa idea inicial es fundamental porque marcó todo el proyecto, empezando por la decisión inicial de qué época iba a reflejar. El propio Stuart ha explicado en entrevistas que tuvo claro que quería arrancar con la Masacre del día de San Bricio, y cómo volvió a unir a los vikingos para lanzarse a la conquista de Inglaterra. Es decir, tenía claro que debía escoger una época convulsa, llena de batallas y guerra, para poder aferrarse a la acción. Y el resultado convence y le permite diferenciarse de la serie original.

'Valhalla' logra ampliar el universo de 'Vikingos'

Su nuevo foco, pasando de la historia a la acción, no quiere decir que la base histórica deje de ser tenida en cuenta. Pero Valhalla no tiene problema en mostrar sus prioridades: sus primeros minutos son una potente escena de acción (que a más de uno recordará a “La boda roja” de Juego de Tronos) y una escena de sexo. Sin mayor problema, a lo largo de sus ocho capítulos de 50 minutos muestra que también sabe pisar el freno y ahondar en las historias de sus personajes, construidas y explicadas rápida y convincentemente.

La referencias a la serie original se limitan a los primeros compases, casi como un guiño a los fans que a buen seguro heredarán de ella. Pero pronto pasa página y se centra en sí misma, dejando claro, como también ha expresado su creador, que son una nueva serie y no la temporada 7 de Vikingos.

De hecho, el universo de Valhalla es mucho más grande que el de la ficción de la que parte. La nueva serie refleja la evolución del pueblo vikingo, sobre todo cuantitativa, y sitúa en el centro de la trama la mezcla de religiones: el paganismo de la original, y la irrupción del cristianismo. Esta vez lo hace dentro de sus propios hombres y mujeres, demostrando que sin importar en qué se crea, todos pueden ser vikingos, coexistir y cohabitar. Como soñó Ragnar. Aunque como siempre, los extremismos (también religiosos) acaben por destrozarlo todo.

Las mujeres merecen una mención aparte. Es raro poder reflejar personajes femeninos fuertes y empoderados al hacer una serie ambientada en hace mil años. Pero la sociedad vikinga realmente creía en la igualdad, para opinar, para dirigir, para gobernar... y por supuesto para luchar. El camino de Lagertha es bien continuado por Freydis en Valhalla, y hay escenas destacadas de combates -dialécticos y físicos- entre mujeres, que de hecho permiten salir de la cierta apatía que se apodera de la trama inglesa en algunos momentos.

Como ya hacía la serie original, su historia se sigue desarrollando entre Inglaterra y los países nórdicos, permitiéndole reflejar las luchas internas vikingas pero también su pelea contra los ingleses. Aunque al situarse 150 años después, el mestizaje de creencias y relaciones hace crecer a la nueva serie. No hace falta ver Vikingos para poder seguir Valhalla, y tampoco es necesario acudir a la comparación constante puesto que consigue diferenciarse con solvencia.

Los que se animen a ver Vikingos: Valhalla podrán disfrutar de una convincente serie que se apoya en la acción (aunque sus coreografías de lucha por momentos no parezcan perfectas), que gana fuerza con su trama centrada en la conquista y la batalla, y que la pierde con su trama más referida al mundo espiritual y esotérico de los vikingos. Aunque al final ambas confluyan para cerrar una acertada narración que colmará las expectativas de los fans de Vikingos, y gustará a quienes de nuevas quieran apuntarse a una serie de acción con base histórica. Seguramente juntos pidan más, y apunta a ser el inicio de una nueva generación de vikingos televisivos incluso más allá de las tres temporadas en las que Netflix dividirá sus 24 entregas.