Crítica VERTELE

“Las cintas de Ted Bundy” en Netflix, conversación con un serial killer que nos hace temer de nosotros mismos

Quizás lo primero que resuena en la cabeza al terminar de atender a estas Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy (Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes, Joe Berlinger, 2019) es la tonadilla para guitarra que Sufjan Stevens compusiese en torno a la gruesa figura de John Wayne Gacy, Jr, uno de los más infames souvenirs que esculpió bajo sus lindes el estado de Illinois, amén de imponderable promotor de pesadillas coulrofóbicas para generaciones venideras. El eco de los rasgueos, acompasados con unas delicadas notas a piano, sobrecoge el recuerdo no tanto por el relato de las fechorías que acompaña a la melodía (“Oh, los muertos, 27 personas, quizás aún más... Eran chicos, con sus coches, trabajos de verano... Oh, dios mío, ¿fuiste tú uno de ellos?”), sino por la introspectiva conclusión que el trovador se dedica a en la última estrofa: “Y aun cuando mejor es mi actitud, yo soy simplemente como él. Mira bajo las tablas del suelo para encontrar los secretos que escondo”.

La evaluación de los crímenes del payaso de Chicago se desvela así como un acto punitivo que el cantante cristiano se impone, negándose el privilegio de situarse moralmente por encima de nadie, ni siquiera de un asesino en serie capaz de corporizar atrocidades que al resto solo le quedan reservadas en un recóndito umbral en la parte trasera del bulbo. La virtud se nos escapa, acaso por nuestra propia condición humana. Todos somos culpables en potencia. O eso nos han enseñado a creer y a aceptar.

La anormalidad intrínseca a la normalidad

No fue hasta tres días antes de que dos descargas definitivas de 2.000 voltios circularan por su cuerpo y achicharraran sus órganos vitales, el 24 de enero de 1989, que Ted Bundy (nacido Theodore Robert Cowell; el apellido con el que pasaría a la historia era el de su padrastro, habiendo sido engendrado en una relación juvenil de su madre), reconoció la autoría de más de una treintena de asesinatos de mujeres diseminados en siete estados. Desde el 16 de agosto de 1975, fecha en que se produce la primera de sus detenciones, en adelante, negaría cualquier implicación por más que las pruebas se revelasen suficientes para fallar tres penas capitales en dos procesos diferentes. Envuelta en un sugestivo ruido blanco analógico, la voz taimada, por momentos altisonante, que oímos a lo largo de los 4 episodios de esta docuserie no plantea en ningún momento un cambio en aquella estrategia.

Hay que tenerlo claro: los casetes que sirven de reclamo, grabados por los periodistas Stephen Michaud y Hugh Aynesworth en 1980, no aportan ningún detalle novedoso sobre su historial delictivo, cuyas escenas procura circunvalar. Sus diálogos deambulan por lo frívolo, lo inane incluso. Tampoco el contenido en sí mismo resulta trascendente a título informativo; no en vano, las palabras que oímos acabaron en buena medida transcritas en las páginas de The Only Living Witness: The True Story of Serial Killer Ted Bundy, editado tres años después de que el par de escritores y el “asesino de estudiantes” se citaran.

Ahora bien, es esa sensación de insipidez que transmite el por entonces huésped del corredor de la muerte floridano la causante del desasosiego. No será hasta los minutos finales cuando retumbe la palabra “necrofilia” y será por boca de uno de los entrevistados. Hasta entonces, solo queda la tibia narración que el homicida concierta en tercera persona para conocer hipotéticas motivaciones y modus operandi, y los testimonios contrastados, a veces enfrentados, de periodistas, investigadores, testigos y allegados. Si Las cintas de Ted Bundy no reproducen el sufrimiento infligido por el criminal (ese que cualquier aficionado a, digamos, la antropología ya conocerá por la vasta bibliografía al respecto) es porque este los ha eludido con astucia.

Porque Bundy es quien arma la columna vertebral del relato, quien decreta la cronología capitular. Michaud y Aynesworth advierten de las dificultades para encontrar respuesta a sus preguntas durante el tiempo que compartieron con este “Jack El Destripador” contemporáneo. Sabía cómo embaucar, manteniendo su modélica coraza de joven convencional, opacando las aristas que menos le interesaba que se vieran. Ni traumas, ni despechos, ni parafilias, solo una inexpugnable normalidad.

Acostumbrado a manipular material incendiario (véase la trilogía Paradise Lost), Joe Berlinger aprovecha la inteligencia narrativa del sujeto y, tomando distancia, extraña el dictado narrativo que impone la parca impoluta. El montaje se recrudece y interpreta el subtexto de las palabras que Ted escogía con cuidado, elaborando una poética sucia a partir de películas domésticas, fotografías forenses y materiales de fuentes diversas, como tratando de descubrir los cadáveres, en este caso simbólicos, que oculta bajo la alfombra.

Las excusas para la masacre o la masacre como excusa

En su primera aproximación al largometraje de ficción, la irregular pero reivindicable El libro de las sombras. Blair Witch 2 (Book of Shadows: Blair Witch 2, 2000), Berlinger proponía un juego metacinematográfico basado en el impacto real que su predecesora, El proyecto de la bruja de Blair (Blair Witch Project, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), había tenido en la audiencia. Es decir, haciendo manifiesto el carácter icónico que en un mínimo lapso de tiempo había obtenido una baratija de apenas 60.000 dólares rodada en Video8. Más allá de la trama sobrenatural de rigor -que Artisan se esforzó por potenciar en el corte final-, el realizador hacía correr la sangre al retratar una sociedad ávida por capitalizar una mitología hasta desproveerla de sentido. El filme original quedaba reducido a pretexto para dar rienda suelta a obsesiones, justificar pulsiones, sacar rédito de la agenda.

El cuarto capítulo, “Arde, Bundy, arde”, hallamos un cambio estructural sensible. Para entonces, Las cintas de Ted Bundy dejan paso a las cintas de las televisiones. Eso nos permite observar la teatralización que el mentado hace de su propia ignominia, disfrutando del circo mediático en que se convierten sus juicios. Pero él no es el único en buscar un lucro en su carnicería: podemos ver vanagloriarse a Ken Katsaris, otrora sheriff del condado de Leon, al recordar cuando convocó a los medios de comunicación para escenificar la imputación por homicidio; a periodistas bramando entre la maraña de cables y focos por ser los primeros en dar parte de las declaraciones; incluso Michaud no es capaz de disimular un vergonzoso orgullo por haber sido él quien pudo sacar algo parecido a una confesión.

Aunque sin duda, las imágenes más truculentas que se nos plantan ante las córneas son las que se produjeron a las afueras del centro penitenciario donde el depredador sería ejecutado: adolescentes que toman como excusa el inminente ajusticiamiento para agarrarse tremenda cogorza; avispados empresarios que agotaron un mercadotecnia ideal para la ocasión... Un ambiente festivo en torno a una muerte (en este caso, dictaminada en un tribunal) que parece denotar una falta de empatía con las víctimas tan rampante como la que los psicólogos diagnosticaron al malhechor.

La conexión que se realiza entre estas manifestaciones populares y las últimas palabras públicas de Bundy, donde culpó a la pornografía de sus desviaciones, resulta demoledor en la misma medida que lo es el mensaje de Sufjan Stevens al compararse con John Wayne Gacy, Jr. Contracitando al juez Edward D. Cowart, quien lo condenara por su “total indiferencia por la vida humana”, el matarife aseguraba que no era una bestia: “Soy una persona normal y corriente”. La monstruosidad de sus actos es incuestionable, pero diríase que para Berlinger lo peor es que, en efecto, era uno más. Que desde el lanzamiento del documental en Netflix el debate en redes sociales se centre no en sus delitos sino en su sensualidad refrendaría esta tesis.

Complemento a Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile, el biopic que el propio Berlinger ha concebido con un adecuado Zac Efron, este documental decepcionará a quienes buscan rasgos desconocidos en la biografía en los que agarrarse para explicar su malsana excepcionalidad. Conversaciones con asesinos quizás no aporte nada nuevo sobre Ted Bundy, pero tal vez sí sobre el mundo que lo convirtió en estrella.