Crítica

'Libertad': Urbizu y la aventura de emprender el camino siempre hacia adelante

En términos simbólicos, podemos establecer un claro paralelismo entre el periplo que emprende Lucía “La Llanera” (Bebe) en Libertad (2021) y las formas del recorrido que el propio Enrique Urbizu, su director, ha delineado durante su carrera. La distancia entre las grandes picas de su trayectoria han tendido a dilatarse, a sortear embrollos y a enconarse en una férrea concepción de la coherencia del oficio que, sin duda, ha puesto bajo amenaza una forma de aproximarse al audiovisual a tumba abierta.

Así, tras escalar la cima mediática con No habrá paz para los malvados (2011), transitamos a un periodo de depresión, empedrado el sendero con obstáculos que obligaban a revirajes y desvíos, antes de iniciar una nueva y lenta subida para levantar Gigantes (2018-2019). “No hay ni trama ni misterio, ni whodunit ni nada que descubrir, solo camino que recorrer”, advertía entonces sobre las características de aquella saga familiar, que bien pueden encajarse ahora a su nueva propuesta.

Ese camino por recorrer se ha probado ya dificultoso, pero el bilbaíno siempre ha mostrado su determinación hollando ese suelo por el que pisaba, sin temor a las consecuencias. Un rasgo de libertad que expone de forma explícita en esta nueva aventura enmarcada en la España de 1807, aún desconocedora de la inminente invasión napoleónica, en torno a una bandolera perseguida por sus antiguos compadres y por las fuerzas legisladoras. Haciendo valer esta filosofía a contracorriente que enarbola su protagonista, el relato se desarrolla en gran medida campo a través, en campo abierto y abriendo el plano.

Cuestión de fondo

La prevalencia del plano general, así como la cadencia ponderada de un montaje que siempre mide el corte con sosiego, implica un manifiesto más contundente que cualquier bando del gobernador Montejo (Luis Callejo) sobre las facciones de bandoleros que pueblan los territorios de la meseta. Siempre huidizo de exposiciones dialogadas, Urbizu opta por dejar que la mirada establezca su propia dirección dentro del cuadro, que trace el sentido de la imagen rebuscando en los detalles. En ese aspecto, Libertad echa a andar con decisión a la deriva, esperando que sean los personajes, y con ellos, los espectadores quienes encuentren sus ritmos y colisionen. Aun reestructurada en su forma seriada, que por sus características predispone a un mayor impacto en el cierre de cada episodio, Libertad elude los golpes rotundos, la explosividad.

A ese respecto, podemos establecer una analogía entre la construcción del relato mismo y la consecución de los duelos que se establecen entre los secuaces de El Lagartijo (Xabier Deive), icónico bribón, y la caballería del gobierno: desnudados de la mítica, se observa la parsimonia en el desenfunde y la carga de pólvora, en el aguante de cada cual cuadrado ante el contrario, tratando de vencer primero a la distancia al colocar cada nuevo disparo. Es una cuestión de resistencia, de paciencia y de fondo, para acertar el tiro; no tanto de rapidez o impulso.

Y si hablamos de fondo e impulsos, ahí reluce la composición de un paisaje donde los secundarios ceban ese gran general sobre el que trabaja el director. Tipos como Óscar Higares o Manolo Caro, enrolados en las tropas de Urbizu ya en la previa Gigantes, dejan huella en este periplo, aun en intervenciones más o menos breves. Incorporan roles inevitablemente trágicos, destinados a la desaparición y a la oscuridad, pero investidos de una dignidad irrenunciable al enfrentarse a la derrota.

Lo es también el gran antagonista de la función, El Aceituno, un arrebatado Isak Ferriz que parece invocar al Warren Oates de Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo García, Sam Peckinpah, 1974); la referencia no debiera tomarse a la ligera, no ya por las rimas entre una historia y otra (ese juego a dos bandas del granuja, esa cabeza cercenada de El Soñador, su eterno compinche), sino por el cariz melancólico y nihilista que asume el personaje, consciente de la condena que pesa sobre él por su propia condición.

La importancia del relato

Como en el cine de Peckinpah, la ética en el corpus de Urbizu se construye en torno a la violencia, no en torno a esa idea de progreso que parece siempre lejana. El futuro indica un tiempo que no le corresponde a ninguno de estos individuos, que ven su mundo agonizar y con ello su código de conducta. La paz se torna ilusión: El Aceituno añora ser respetable, pero no puede; El Lagartijo, ser un señor y disfrutar de sus tierras; para La Llanera, el porvenir se personifica en la figura de su hijo Juan (Jason Fernández), un chico nacido y criado en prisión al que pretende desembarazar de la pesada carga de pecados ajenos. La libertad del título en ocasiones solo se alcanza en la muerte, de ahí que unos y otros estén dispuestos a entregarse a ella, de un modo u otro.

Las muertes construyen leyendas, del mismo modo que lo hacen los narradores al contar sus historias. Los hace sobrevivir más allá de la época, los engrandece. Libertad trabaja sobre este concepto con su estructura narrativa, que se inicia como un relato de linterna mágica en el que “El Inglés” (Jorge Suquet) cuenta a un público advenedizo la historia de La Llanera. Curiosamente, durante su experiencia en España, el escritor se encontrará con la pretensión de unos y otros por ser contados y romantizados -algo que le servirá para conservar la vida en este entorno hostil-, a excepción, precisamente, de su principal objeto de interés, esa mujer poderosa en un mundo de hombres hecha, ella sí, del material sobre el que se modelan los mitos.

El de Bebe es un personaje indescifrable, parca, tajante, pero también tierna, pero ante todo desapegada de ese afán historicista de sus coetáneos. A diferencia del resto de integrantes del universo dramático, no se encamina a un objetivo concreto, material, sino que disfruta de la aventura al raso, a la expectativa. Así, Libertad se construye en torno a su imagen, dejando de lado relecturas socioculturales a toro pasado y centrándose en el viaje, en la experiencia en sí, sin otro fin que la aventura misma que emprende.

Un empeño idealista para un proyecto que, a su vez, se bifurca en dos canales de explotación diferenciados (como largometraje, distribuido por A contracorriente; como miniserie de cinco episodios, expedida al completo por Movistar+). Se desenvuelve sin ataduras claras también en lo estrictamente formal, negándose a encajar en categorías estancas o en refriegas fratricidas sobre su naturaleza original, sobre su pertenencia.

En su ausencia de objetivos evidentes, Libertad peca con gusto de hermética, de agreste, y se deleite antes en el camino que en el fin, en ese hogar soñado siempre lejano. Urbizu se guía por un instinto de la aventura en el que se reconoce a un eterno rebelde.

This browser does not support the video element.

🟢 Si no te quieres perder ninguna de nuestras noticias, suscríbete a nuestros boletines.