Opinión

Cuando es mejor lo bueno que ya se ha visto, que lo malo por alargarse

En el mundo de la ficción televisiva sólo parece haber una cosa que sea más difícil que lograr que una serie triunfe: que mantenga el éxito en el tiempo sin perder la esencia ni dejarse llevar por la inercia. O dicho de otra forma, que no “aproveche” tener una gran acogida para alargarse y así beneficiarse del seguimiento del público.

En los últimos días, dos ejemplos muy distintos han hecho que los fans de dos series se hayan replanteado si no hubiera sido mejor que las historias que les engancharon tiempo atrás hubiesen terminado entonces sin la necesidad de prolongarse más de lo necesario.

A nivel internacional nos referimos a Por trece razones, que el pasado viernes día 5 estrenó su cuarta y última temporada en Netflix tras haberse convertido en una serie muy distinta a la que empezó siendo, siguiendo el caso de Hannah Baker y arriesgando a hablar y a sumergirse en temas que hasta ahora eran prácticamente tabú en televisión.

A nivel nacional este mismo lunes día 8 emitió su último capítulo Vis a Vis: El Oasis, y sin importar si la llamamos spin-off, o serie secuela, o nueva temporada; en lo que parece haber consenso es que ha sido una tanda de capítulos que no hace justicia a su propia historia, y que el riesgo de querer alejarse de las Maca y Zulema presidiarias no ha salido tan bien como su etapa dentro de la cárcel.

Como decimos, encontrar el éxito en la ficción televisiva es muy complicado. Por eso en estos años vivimos una “fiebre revival” de un montón de series que esperan repetir lo que lograron hace 10 ó 20 años. Y por eso, cuando cadenas, productoras, o creativos encuentran un diamante en bruto que gusta a la gente, en ocasiones alargan tanto su tiempo sacándole brillo que acaban por despojarle de su forma original.

De ser las más premiadas a pasar casi desapercibidas

Por trece razones y Vis a Vis son, simplemente, los dos últimos ejemplos de cómo en ocasiones es mejor que una serie se despida cuando debe, sin alargar de forma forzada su duración y sus tramas. Aunque en la ficción actual cueste desprenderse de un tesoro que ya tiene una marca, y sobre todo un público detrás.

Los antecedentes son numerosos, y de hecho hace sólo tres meses ya analizamos cómo dos de las series más premiadas de la última década como son The Walking Dead y Homeland Homelandhabían querido alargar el éxito de su propuesta inicial y por el camino se habían diluido con más pena que gloria. Hasta los más fans de Perdidos Perdidos(que me perdonen) reconocen que la serie perdió su rumbo y se basó tanto en crear intriga abriendo enigmas que cuando se despidió no pudo solucionarlo todo, dejando interrogantes abiertos.

Algo similar ocurrió con una de las series que más impactó y triunfó con su primera temporada como True Detective, que luego desapareció al perder a Matthew McConaughey y Woody Harrelson como protagonistas y cambiarlos por Colin Farrell y Rachel McAdams. Y aunque en su tercera tanda se quitó de encima un poco de polvo con Mahershala Ali, no recuperó su brillo original.

La pérdida de protagonistas se erige como un factor clave. En España siempre se bromea con que la mítica 7 Vidas realmente despegó cuando Toni Canto salió del reparto y sus tramas dejaron de centrarse en cómo se había despertado tras tanto tiempo. A la inversa, las últimas temporadas de CSI: Las Vegas tuvieron muchos cambios de reparto, y dejaron claro que el tirón no era cosa de la fórmula, sino de los personajes: Grissom era mucho Grissom, y aunque las dos temporadas de Fishburne estuvieron bien, en cuanto se fue el reparto principal casi por completo la serie se resintió.

En un contexto muy diferente, y comprensible, lo cierto es que House of cards no fue la misma tras la necesaria y comprensible salida de Kevin Spacey. La fuerza de los Underwood se perdió por el camino cuando sólo el personaje de Claire lideró la última temporada, que se alejó de la brillantez que había ofrecido antes la serie.

Algo similar ocurrió con Dos hombres y medio cuando perdió a Charlie Sheen (aunque también fuera un poco necesario, en este caso por la salud del actor) y en menor medida con Misfits, una ficción que sorprendió al principio y aburrió según iba ampliando su universo y cambiando de protagonistas.

Despedirse en lo más alto, y cuando mandaba la idea original

Lo cierto es que ningún género se libra de este mal endémico, tampoco la animación. Para muchos de sus fans, Los Simpson ya tienen más temporadas “malas” que “buenas”. La familia de Springfield es quizás el mayor ejemplo de cómo seguir viviendo de un público cosechado a lo largo de mucho años que le tiene tanto cariño a la serie que no deja de verla, pese a saber que sus mejores días quedaron ya muy atrás.

En menor media ocurrió algo similar con Orange is the New Black, una serie que se llevó casi todos los premios posibles pero que se alargó tanto que se convirtió en una ficción diferente, con excusas para mantener su universo carcelario y a la vez la doble vida fuera de prisión. Y sin salir del tema, con Prison Break, cuya primera temporada fue una revolución pero luego fue más irregular que sorprendente.

Esta última fue un ejemplo de lo que mencionábamos al principio de caer en la fiebre por las reanudaciones. Y lo cierto es que en su caso no le fue mal del todo. Si lo comparásemos con Velvet, Antena 3 supo cerrar su serie cuando estaba en lo más alto, y después Movistar+ intentó aprovechar su sello, pero ni se aproximó al mismo éxito con Velvet Colección. A la inversa encontramos el ejemplo de La casa de papel, que tras pasar sin relumbrón por el abierto se convirtió en un fenómeno mundial en Netflix. Precisamente a ella se dirigen muchos ojos, ahora que ha acabado su cuarta temporada, para preguntarse si no se estará alargando más de la cuenta.

Para concluir, quizás algunos hayan echado de menos en esta lista a una ficción como Los Serrano. Pero nos resistimos a incluirla porque, cuando el camino de una serie se acaba, lo importante es valorar toda su trayectoria y no sólo su final. Ni tan siquiera ese final.