CRÍTICA

'The Comey Rule': Trump puede con todos y “el bien” no sirve para combatirle

A falta de dos semanas para que Estados Unidos celebre sus elecciones presidenciales, Movistar estrena este martes la miniserie The Comey Rule. Una producción que cuenta la historia -en forma de tragedia- del ascenso de Donald Trump al despacho oval en 2016. Pero sobre todo, lo que el FBI pudo o no hacer para que aquello sucediera. Y aun más allá, si alguien tuvo realmente margen para frenar lo que parecía imposible y sobre lo que, cuatro años después, seguimos sufriendo las consecuencias. Para ello, la ficción se centra en el que fue el director de la agencia de investigación criminal en ese momento, James Comey. Un hombre que defendió a ultranza la independencia de la institución y su naturaleza apolítica.

Encarnado por Jeff Daniels, se enfrenta como antagonista con un desagradable, desbocado y autoritario Trump al que da vida Brendan Gleeson, con el que conforma un duelo interpretativo elogiable. Junto a ellos, la banda sonora es clave para inducir el tono de tragedia anteriormente comentado, combinado con destellos de épica, sacrificio y patriotismo. No en vano, la serie está basada en el libro del propio exdirector del FBI, A Higher Loyalty. Una historia que no permite la escapatoria al enfrentarse a situaciones que cuesta creer que sucedieron de verdad, y que aún así podrían repetirse si los próximos comicios mantuvieran a la misma persona al frente de la Casa Blanca.

This browser does not support the video element.

Siendo este el punto de partida, la producción se erige como apuesta potente y actual, apoyada por numerosas imágenes de archivo que le confieren aun más realismo. Lástima que para desarrollarlo hayan optado por dividir su contenido en dos únicos capítulos de 95 y 115 minutos de duración, respectivamente. Tras completar el visionado se comprueba que le habría venido bien constar al menos de cuatro episodios. La subdivisión permitiría al público situar y entender mejor quién es quién en este ajedrez de interminables implicados entre fiscales, agentes, ayudantes y un largo etcétera. Y de paso, situarse en unas líneas temporales que aunque son anunciadas con subtítulos, a veces resultan confusas.

Lealtad vs. Independencia

The Comey Rule funciona también como descenso a los infiernos de su protagonista, aunque este abismo tiene más que ver con lo que ocurre a su alrededor y lo que generan sus decisiones; que porque él realmente cambie su forma de ser y entender su trabajo. La serie lo deja claro, presentándole en su inicio como el prototipo de persona “al que todo el mundo quiere”. Tanto por cómo a pesar de su poder hace por aprenderse el nombre de todos los empleados del FBI con los que se cruza cada día, como por el retrato de la familia que nunca deja de acompañarle -Melania ni está ni se le espera-. Nada, aún así, consigue evitar la encerrona a la que le acaba empujando Trump. Una presión que se evidencia en una de las escenas más potentes en las que el ya presidente electo invita a Comey a cenar.

No importa cuánto el personaje de Daniels intenta alejarse de la influencia de Trump, este parece tener como última misión insistirle. Mientras que con Barack Obama estableció unos límites de “no socializar” para que su posible amistad o enemistad no interfiriera en la labor de cada uno, el que fuera el presentador de The Apprentice se salta todas las normas, concesiones y protocolos sin ningún tipo de reparo. El presidente “exige lealtad” poniendo entre la espada y la pared a su comensal. Y si lo hace es porque puede, que es el punto en el que la serie desangela, por cómo no parece haber forma de oponerse. Especialmente por su capacidad y potestad para despedir a todo el que contradiga su palabra o no esté dispuesto a servirle incondicionalmente; ya seas la fiscal general o al equipo que lidera la agencia de investigación criminal de tu país. ¿Qué queda si las vías que fueron creadas para evitar semejantes catástrofes están igualmente desprotegidas?

No se trata de algo nuevo, o que no sepamos, pero está bien volver a evidenciar la forma en la que los bailes de puestos tras las elecciones debilitan al propio sistema. Y al mismo tiempo, a unos ciudadanos que sufren las consecuencias y están sometidos a una violencia sistémica que no solo tiene que ver con la ejecución de crímenes.

Rusia, en el ojo del huracán (ahora también)

The Comey Rule sorprende por momentos por lo tremendamente actual que es. Y no solo porque las próximas elecciones estén a la vuelta de la esquina -que también- si no porque narra algo que sucedió en 2016, no hace ni cuatro años. Siendo más habitual que las ficciones sobre hechos reales ocurran tiempo después, para tomar perspectiva e incluso perder el miedo a poder hablar de ciertos temas; aquí se ha sacado igualmente adelante. Y eso es una muy buena noticia, como lo sería que tuviera la repercusión que merece lo que cuenta.

Volviendo a la ficción, en esta se abordan las primeras investigaciones a Rusia por las presuntas interferencias en las pasadas elecciones y la filtración de correos de Hillary Clinton. Y es lo segundo motivo de revuelo mediático por cómo pudieron entorpecer los comicios. La serie muestra el año de trabajo del FBI sobre el tema, los debates sobre qué hacer con la información que iban obteniendo sabiendo que había mucho en juego. Formando parte de una institución con sus propios códigos éticos y morales, ¿cuál es la mejor forma de proceder si “lo que está bien” puede no terminar siendo “lo mejor”?

Lo relativo a Rusia quedó aparentemente camuflada, pues Trump y el resto de la Administración se dedicaron a negar sus relaciones con Putin. Por supuesto, llevándose por delante a quien osara no perpetuar el mismo discurso. The Comey Rule recrea aquellos encuentros y conversaciones, para terminar advirtiendo que aquella determinante influencia se está repitiendo en el presente 2020. Como si no hubiera cambiado nada y las urnas fueran a volver a ser manipuladas.

Y todo a raíz de una persona que contrasta notablemente con lo que se respira en la Casa Blanca. Si bien las reuniones se tienen por norma en salones impolutos, con tapicerías de lujo, distinguidos menús, mesas y sillones elegantes; la ostentosidad no “combina” nada con el Trump de la serie -ni al que habitualmente vemos en los medios de comunicación-. Como personaje encajaría sentado en la misma mesa que el presidente Snow de Los Juegos del hambre, Claude Frollo de El Jorobado de Notre Dame, y hasta Twynn Lannister de Juego de Tronos. Un banquete que funcionaría como crossover de temidos villanos, y que tiene el terrible “pero” de que uno de ellos no es fruto de la imaginación de nadie, sino que es una persona real; que de hecho preside uno de los países más poderosos del mundo. Por lo que en última instancia, ¿qué hacemos entonces si la verdad y la justicia tampoco pueden salvarnos?