Opinión

Los berrinches de María Teresa Campos

EN beneficio de todos, sintonice Telecinco a mediodía y de lunes a viernes para que «Día a día» vuelva a ser el trono de la Reina de las Mañanas, porque así no hay quien pueda. Después del agotador examen de conciencia con el que cerró la pasada temporada -realizado en vísperas de la entrega de los premios de la Academia de TV, para los que era candidata-, la directora del magazín decano ha vuelto a incluir lecciones de ética y deontología profesional en su programa, documentos traspapelados entre corrillos, sucesos, visitas de Terelu, entrevistas a Pajares y Carmina, anuncios de lejía, llamadas telefónicas de Coto Matamoros y politiqueo de trinchera. Con lo fácil que resulta conducir un espacio que va rodado, como demuestra la presentadora suplente cada vez que la titular y fundadora se va de fiesta a la finca Yerbabuena, ésta se ha empeñado en manifestar a diario sus complejos de culpa por hacer el programa que ella misma y sola ha inventado y que sus rivales han copiado, perfeccionándolo, hasta reducir el alcance del original. El drama es que «Día a día» cotiza a la baja sin plantear alternativa, sino, al contrario, compitiendo con idénticos argumentos y prácticamente las mismas herramientas que el resto. No es aplicable aquí lo de los barcos y la honra, tan socorrido para los programas que fracasan, porque esta flota es entera del mismo armador, navega por el mismo mar y su tripulación pesca los mismos atunes.

Siempre se ha caracterizado María Teresa Campos por el personalismo y la exposición desinhibida y en directo de sus experiencias domésticas, familiares y profesionales. No es nuevo que se salga del guión y exprese sus opiniones sobre los contenidos de su espacio o los de la competencia, pero el diagnóstico que realiza estos días no pasa de ser un berrinche camuflado. La Reina de las Mañanas trata de aplicar el ventilador y denunciar los excesos ajenos, pero sin renunciar a su pedacito de escombro, acompañado, eso sí, de su oportuno editorial. Sus últimos lamentos, improvisados en medio del papeleo, suenan disparatados y revelan el tormento de una mujer sometida a las presiones del mercado y, también, al peso del andamio que ha levantado en los últimos años, una estructura de la que, por ahora, no se baja. Para que siga ahí -y para que, sobre todo, se deje de penitencias desenfocadas- hay que verla y apoyarla.