Rufián y Montero o cómo convertir las preguntas clásicas de La Revuelta en ejes del programa de gobierno de la izquierda

Gabriel Rufián e Irene Montero, en La Revuelta
28 de octubre de 2026 00:46 h

No apareció Candela Peña y se la echó de menos. El torbellino que cerró la entrevista con Pedro Sánchez –para siempre ya La Peter– no azotó el paso de Gabriel Rufián e Irene Montero por La Revuelta y el rap de Fernando & Dollar como colofón, interpretando la sintonía del programa, resultó un poco anticlimax. Sobre todo, después de que el momentazo lo dejasen unas preguntas clásicas que parecían ya agotadas. Pero no. Si “comer coño” y “comer culo” se incorporan al programa de la izquierda, las urnas pueden dar un vuelco mayor que el de Brasil. Ya lo dijo Irene: “Felicidad asegurada”.

Pero eso fue casi al cierre. Antes, Rufián & Montero –el orden es el que la propia TVE pone en su hashtag– entraron al teatro como los protas de una buddy movie. “Iban a unir a la izquierda, no ha sucedido”, los presentó David Broncano. Montero entró con una bolsa en la mano. Rufián cargaba una caja de cartón en la que cabría una impresora. “De mudanza”, le dijo al presentador, estirando el running gag del despido que le espera si ganan la derecha y la ultra. Dentro, los regalos: el maletín de diputado del propio Gabriel por si algún día Broncano consigue su acta “yo que sé, del PSOE”. El socialismo sí que fue una constante durante toda la entrevista.

Generosos, como corresponde en campaña, Gabriel e Irene traían también presentes para otros hipotéticos invitados: los candidatos que han sido invitados y que –como recordó hasta Pepa Bueno en el Telediario previo– aún pueden aceptar el convite. “Abascal lo hará porque es un jugón”, afirmo Rufián. Feijóo es harina –con perdón– de otro costal: “Menos gracia que un vaso de agua”. Por eso no quiere mítines en los que la gente cante ni se bese.

Si Sánchez –perdón, La Peter– se apropió del significado del Perro con el galletero que le regaló a Broncano, Irene fue un paso más allá. Sacó de la bolsa, como si fuese un conejo de una chistera, LAS RODILLERAS. Esas que durante tanto tiempo la caverna le ha adjudicado como único mérito. Se las dejó a los líderes de PP y Vox, y no “para que hagan breakdance”, como propuso Grison: las necesitan porque están “arrodillados a Netanyahu y Trump”.

Pero la caja de Rufián todavía guardaba una última sorpresa. Para Abascal, un despertador; para Fejióo, “si viene y palma”, una foto de Pablo Casado. “Mafia pura”, suspiró el de Esquerra, recordando cómo lo defenestraron por mentar los negocios en pandemia del hermano de Ayuso. Irene sacó entonces una correa morada para el galletero que representaba a La Peter en su personalidad de Perro Sanxe. El mensaje quedaba claro. No trajeron el nuevo iPhone, ese que Broncano comparó ante el presidente del Gobierno con Rufián porque “es muy chulo pero no sirve para nada”. “No me hizo ni puta gracia, pero a mis colegas sí”, se resignó Gabriel.

La correa dio el pie para abrir el debate político, con lenguaje de meme. “Es jodido no ser psoeizado, nosotros nos resistimos”. “A veces lo conseguimos”. Había que pasar el trance de explicar por qué otra vez la izquierda había frustrado la esperanza de la papeleta única. “La decepción”, dijo Broncano sin paños calientes. “Se intentó”, afirmó Rufián. “Lo intentamos todo”, apostilló Montero, que recordó sus críticas a un Sumar que le sonaba a que “todo es PSOE”.

Pero se esforzaban en mirar hacia el 29 y no hacia atras: “Yo quiero que le vaya bien al PSOE pero no trabajo para el PSOE”; “Que voten a quien quieran, pero que voten izquierda y progresismo, que lo que viene es salvaje”. “Dicho esto yo quiero repetir, que gobierne el PSOE” pero un PSOE “sometido y controlado” por las fuerzas a su izquierda: el collar del galletero.

La soledad de Montero... y Errejón

Gabriel & Irene –no existe aún tanta química entre ellos como para buscar un shippeo– se sentaron en el sofá ante un público en el que repetía el punki del programa de Sánchez. “¿Qué harían para que un anarquista les votase?”. “Expropiar y nacionalizar empresas estratégicas”, se arrancó Montero hasta que Broncano avisó: “No os calentéis porque esté el punki aquí”.

Se nota que el dúo todavía se está engrasando, pero no se aprecian fricciones. Los tiempos se reparten y los turnos se alternan. No hubo un “déjame hablar a mí”, como aquel que instauró Letizia. Sus discursos se complementaban y sólo disintieron en la inmigración: Rufián apostaba por entrar en el marco de la derecha para afrontar algo que no ve como un problema, sino como “un reto”. Montero atacó a los “auténticos invasores”: pisos turisticos, AirBNB, fondos buitre... el aplauso del público se lo llevó ella.

El de Esquerra, que tuvo que defender que sigue siendo indepe porque se lo notan menos tras tanto tiempo en Madrid –“todavía no he estado en el Retiro”– asegura que hace un año que avisó al Gobierno de que tocaba ponerse duros con la vivienda para evitar lo que está pasando justo ahora. La respuesta: “No somos cubanos. Y ahora mira cómo estamos”.

Fue el momento más mitinero. Los dos candidatos encadenaron propuestas: bajar el alquiler un 40%, prohibir la especulación, “una familia, una casa”, “es un derecho como el agua”. Y tras todo eso, un salario mínimo a 1.800 euros y una jornada laboral de 30 horas. Parecía que Montero volvía a querer asaltar los cielos, porque acto seguido insistió en expropiar las empresas estratégicas, “que antes eran públicas”, algo a lo que el PSOE “nunca se atreverá”.

Broncano tachaba items en su papel. Inmigración, vivienda... tocaba el feminismo, “lo mejor que tiene este país”, aseguró, firme, Montero, que no dejó pasar la oportunidad de recordar aquella frase de Sánchez, cuando criticó que determinados comportamientos del movimiento “molestaban a mis amigos de 40 y 50 años”. Mencionó el pecado pero no el pecador.

“El feminismo ha frenado al fascismo”, añadió Rufián, con ese tono que pone a veces como si hablase para la posteridad. Fue entonces cuando dejó ver desde cuándo viene la conexión entre ambos. “Esta persona –señaló a Irene– ha tenido a 40 o 45 nazis, o taraos, en su casa, con sus hijos escuchando cómo le insultaban. Y todo el mundo callado, incluso alguna izquierda que estaba en auge. Y yo me acuerdo de que estaba en el Congreso y estaba ella, que era ministra aún, y estaba siempre sola, la prensa estaba en otra bancada. Volvia a su casa y tenía 40 nazis llamándole de todo, con sus hijos, y no tenía a nadie diciéndole: 'Joder, Irene, ¿cómo estás?' Y aguantó, así que yo me siento muy orgulloso de estar aquí a su lado”. “Él sí venía todos los días”, confirmó Montero.

El que no iba era Errejón “por la cuenta que le traía”. La mención de Broncano al antiguo compañero, acusado de agresión sexual, cayó como un jarro de agua fría. A Rufián ese comportamiento le sorprendió “un diez sobre diez”. La cara de Irene decía otra cosa. “Yo creo que lo sabía bastante gente. A veces pasa eso, que es una cosa que hemos criticado las feministas”.

Sexo oral: 1,5

En ese mood y con un nuevo aviso de lo que esperaba si venía la derecha, llegó el momento de las preguntas clásicas. Tras añadir la de “¿eres más machista o más racista?” –Rufían más machista; Montero, lo contrario– tocó el dinero. Sólo se la llegó a plantear a Rufián: “Un poco más que antes, tengo unos 40.000 pavos porque he escrito un libro”. Allí lo llevaba, también, en una caja que ya parecía el bolso de Mary Poppins: Cómo ganar a los fachas. Leer antes de votar. De lo que se hace con él después, ni una pista.

Ese fue el momento de la otra pregunta, ya sabéis, la del sexo en el último mes y las puntuaciones: “Follar un punto, pettin 0,6, masturbación 0,5...”. Como buena feminista, Montero impugnó la escala: “Yo pondría 1,5 al sexo oral, porque es mucho más difícil encontrar un tío que te coma bien el coño que...”. “¿Y comer culo?”, terció Rufián en un debate que ya estaba reivindicando la “justicia histórica” porque “históricamente se han comido muchos menos coños que pollas”.

Entre carcajadas, Ricardo Castella trataba de organizar: “Vamos a necesitar un excel para hacer esa tabla”. “Comer culo, el nuevo programa de la izquierda”, proponía Grison. “Perdona, pero felicidad asegurada con estas dos incorporaciones”, se defendía Montero. “Joder, yo me chupas el perineo y te doy todos mis bienes”, le respondió con su característica sonrisa. Hacía tiempo que no había ni rastro del Hombre Mágico.

Lo siguiente fue ordenar prioridades, sobre todo en campaña: comer, dormir, follar. Irene pone de primera comer; Rufián, dormir. Miguel Campos, desde el control, escribía en la pantalla: “La vivienda han sido 30 segundos de entrevista”. Reconducir no fue complicado, bromas aparte, al recordar que había “familias viviendo en habitaciones” o “gente que no se puede separar porque no puede tener dos casas”. “Este gobierno ha hecho cosas bien –rompió una lanza Rufián– pero de nada sirve si la gente sigue viviendo en zulos a precio de palacios”. Y, como cierre de tanta risa, una reflexión: “Ahora mismo [esto] lo estará viendo gente que dirá: 'Ah, qué majos, pero yo estoy jodido'”. Tras el récord absoluto de La Peter, la audiencia dirá mañana cuántos eran. Y el 29N, a cuántos pudieron convencer. Sí, es jodido no ser psoeizado. Y que no salga Candela Peña. Seguro que ella también votaría a favor del 1,5...

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