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'Creedme (Unbelievable)': la serie que reafirma la necesidad del “yo sí te creo, hermana”

Con solo tres ingredientes -un buen reparto, la crónica de un suceso dramático y saltos temporales en la narración-, Netflix suele tener suficiente para añadir una serie más a su catálogo. Los mismos tres ingredientes que podrían servir como reclamo de Creedme (CreedmeUnbelievable, su nueva miniserie: Toni Collette y Merritt Wever como pareja de policías, un true crime digno de contar en torno a la violación, y los espacios y personajes suficientes para cerrar 8 capítulos electrizantes; y sin embargo, la serie sería un producto del montón si no fuera por los detalles, por la obsesión de contar lo justo y necesario del horror, y por hacerlo minimizando cualquier posible daño a las víctimas. Si hay un objetivo principal en Creedme Creedmees el de poner en evidencia la necesidad del “yo sí te creo, hermana”, y lo cumple con creces.

“Empecemos de nuevo desde el principio”, le dice un agente por cuarta vez en el mismo día denuncia una violación a Marie Adler (Kaitlyn Dever), la protagonista de Creedme. La policía quiere todos los detalles del incidente que ha tenido lugar esa noche: 'qué llevaba puesto el agresor, de qué color eran sus ojos, con qué te ató las manos, de dónde sacó el condón que usó, cómo sabías que te estaba haciendo una foto, qué hacías despierta a las 4 de la mañana, a quién llamaste después de lo ocurrido, habías bebido Marie, te habías drogado'. Preguntas repetitivas que, como resulta obvio para el espectador, se hacen difíciles de contestar para quien acaba de vivir una experiencia traumática.

A continuación un examen médico exhaustivo. Y vuelta a empezar, una y otra vez las mismas preguntas, ahora por escrito. Porque así funciona el primer capítulo: como una exposición tan flagrante como dolorosa de las malas prácticas que utiliza la policía para interrogar a una víctima de agresión sexual. Y también como prueba definitiva de que esta vez Netflix no va a descolgarse con sensacionalismos retorcidos, sino que la producción ha puesto en el centro de la narración cinematográfica el relato en primera persona de la víctima. En Creedme, descubrimos a una Marie -que podría ser cualquier otra mujer en su misma situación- aterrorizada y vulnerable, intentado demostrar que ha sido violada sin tener ninguna prueba más que su voz, frente a una autoridad que prefiere pensar lo fácil, lo que menos trabaja va a darles: que se lo están inventado.

Hay dos motivos por lo que Creedme resulta especialmente sobrecogedora. Primero, porque este primer capítulo nos muestra como la presión de estos sucesivos interrogatorios, sumados a los juicios de quienes la rodean -“así no es como se comporta una mujer violada”- provocan tal culpabilidad en ella que acaba renunciando a la verdad: declara que se lo inventó, que nunca la violaron. Durante todo el capítulo, Marie Adler nos está haciendo una pregunta -'¿De verdad merece la pena denunciar una violación?'- y el final nos responde de forma contundente con un “no, nadie va a escucharte, no pasará nada”.

Segundo, porque esta es una historia real que sucedió entre 2008 y 2011 en Washington y Colorado (EEUU). Fueron dos periodistas, Ken Armstrong y T. Christian Miller, quienes sacaron a la luz los hechos a través de una investigación periodística en 2015, con la que ganarían después un premio Pulitzer -el galardón de mayor prestigio en esta profesión-. El libro en el que se basa la serie está editado en España por Libros del KO.

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Una increíble historia de violación

Bajo el nombre de An Unbelievable Story of Rape (en España distribuido con el título Creedme y editado por Libros del KO), el texto original pretendía denunciar las consecuencias de una cultura de la violación tan extendida que es capaz de normalizar situaciones como la que vivió Marie.

“Muchos detectives evitarían los delitos sexuales si pudieran”, escribieron en el reportaje, haciendo referencia a la falta de recursos para entender, por ejemplo, por qué es habitual que no haya una absoluta coherencia en un relato de violación. También plasmaron el estigma que rodea a estas víctimas, el proceso de revictimización -todos los obstáculos psicológicos, judiciales y sociales que hay que superar para denunciar- y en definitiva, el contraste entre la gravedad de los delitos de agresión sexual y la poca atención que se les dedica.

Tanto en la investigación periodística como en la serie de Netflix, existe una historia paralela a la de la joven que es imprescindible para comprender un relato que resuena en nosotras como un grito de auxilio. En 2011, dos detectives de Colorado, Grace Rasmussen (Toni Collette) y Karen Duvall (Merritt Wever), comienzan una investigación conjunta y exhaustiva al darse cuenta de que se estaban produciendo diferentes casos de violación que siempre seguían un mismo patrón: las víctimas eran atadas a la cama, fotografiadas y obligadas a ducharse. En la escena del crimen no quedaba nada, ni rastro del agresor. La forma obvia en la que esta investigación acaba ligándose a la violación de Marie es parte de lo esperado, pero es que en Creedme, y esto es siempre un punto a favor, los spoilers importan poco o nada. Lo que importa ocurre en las conversaciones, en los planos detalle, en las caras de las protagonistas y en el simple hecho -pero tan poco común- de haber elegido todos estos elementos con precisión y sentido.

Cosas que importan, cosas que no

Es una serie sobre violaciones en la que no se muestran cuerpos desnudos de mujeres, donde se opta por preservar su intimidad, en la que tampoco importa su físico -no hay una edad, ni color de piel, ni belleza normativa que las una- ni que se comporten de una forma específica, porque ninguna violación es igual ni afecta de la misma forma, nos repiten. Además, el relato del agresor, que sí estaba en la investigación original, no es importante en absoluto; el de ellas es el esencial, y la dificultad de contarlo, el motor de la narración, el fin último de la historia.

Sin embargo, la mirada feminista que se percibe a la hora de reconstruir este relato en forma de serie -Susannah Grant como guionista, Sarah Timberman como productora y Lisa Chodolenko como directora- no se limita a la forma de representar el dolor y la violencia, sino que se reproduce en todos los niveles. Pues si el retrato de la estructura patriarcal de los procedimientos policiales ocupa el primer capítulo -rodado con colores fríos, con una imagen aséptica y hostil como la propia comisaría en la que Adler testifica una y otra vez-, la relación casi cómica entre las agentes Rasmussen y Duvall sirve de contrapeso emocional -también en la paleta cromática, la fotografía se vuelve cálida, serena, incluso más nítida-. Nos ofrecen un modelo alternativo de trabajo policial, no solo en el tratamiento de los casos de violencia sexual, sino como representantes de un cuerpo público.

Frente al arquetipo noir del tipo duro, agresivo, cerebral y con una evidente incapacidad para establecer vínculos o empatizar con nadie, las policías de Creedme representan un modelo mucho más humano que respeta el dolor de las víctimas en todas sus formas; no por casualidad, uno de los fantasmas que recorre la investigación es la posibilidad que el violador sea un policía, pues existe una elevada correlación entre violencia doméstica y agresión sexual, y las agentes repiten un dato flagrante: el 40% de los policías ha sido denunciado violencia de género sin que esto tuviera consecuencias reales.

“No era su trabajo convencerme: era mi trabajo llegar al fondo del asunto, y no lo hice”, dijo arrepentido frente cámaras años después uno de los agentes que interrogó a Marie Adler (interpretado por Eric Lange). Y aquí está el último elemento que convierte la serie en uno de los mejores productos de Netflix: ‘Creedme’ es estremecedora porque no vemos a un demonio misógino en este policía, sino a un hombre común que ha cometido un pequeño error dentro de un sistema patriarcal.

En su conjunto, la serie no está narrando un caso aislado, ni una monstruosidad; más bien sirve como respuesta a la lógica del abogado de La Manada, que puso un detective privado a la víctima para demostrar que hacía vida normal después de haber sido violada, y a la de quienes acusaron de “locas vengativas” a las mujeres que han denunciado ser acosadas sexualmente por Plácido Domingo por no hacerlo a través de la justicia institucional, pero también a la de quienes rozan la obsesión por recalcar el mínimo porcentaje de denuncias falsas en los casos de violencia de género. Una respuesta que les dice: sois cómplices.