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    <title><![CDATA[elDiario.es - Xenia García]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/xenia-garcia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Xenia García]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Se alquila una culpa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/alquila-culpa_132_13077323.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c3367b82-34a2-4ae6-9f01-610aa5993a3f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Se alquila una culpa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Suena el timbre. Es la última visita. El chico recorre el apartamento rápidamente, con una chaqueta resuelta, sin arrugas. Al terminar, me pregunta: ¿Y por qué no lo alquila usted con nosotros como vivienda turística? Ganaría usted cuatro veces más</p></div><p class="article-text">
        Fue mucho antes. Yo estaba al otro lado: a&uacute;n era fr&aacute;gil, c&aacute;ndida. Luchaba contra el ruido de las injusticias. So&ntilde;aba con el soniquete de unas llaves mecerse, las llaves de mi casa. A&uacute;n era becaria. Casi una ni&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fui la primera universitaria de mi familia. Empec&eacute; a currar a los diecisiete. Sin cotizar ni derecho a vacaciones. Haciendo de canguro, dando clases, pasando trabajos por ordenador. De comercial, de dependienta, de gog&oacute;. Conoc&iacute; a un profesor de primaria octogenario que me encarg&oacute; mecanografiar varios de sus manuscritos. Tambi&eacute;n fui becaria en unas cuantas empresas cuando terminaba las clases de la facultad.
    </p><p class="article-text">
        Antes de que la locura inmobiliaria se desatara en Espa&ntilde;a, antes de la primera burbuja, tuve el privilegio de poder comprarme un apartamento cerca del centro. Lo pagu&eacute; con mis ahorros, con un contrato en pr&aacute;cticas y con la ayuda del banco cuando las condiciones de cr&eacute;dito y el Eur&iacute;bor no estaban desorbitados. Hice durante tardes y noches enteras el c&aacute;lculo de c&oacute;mo afrontar la dichosa hipoteca si alguna vez me quedaba en el paro. Tuve pesadillas que contagiaron a mis padres y finalmente decid&iacute; dar el paso. Le&iacute; las escrituras como me le&iacute;a entonces las cartas de amor: oliendo el papel, subrayando las palabras importantes, esas que no entend&iacute;a, poniendo flechas e interrogantes con rotuladores de colores. Pregunt&aacute;ndome qu&eacute; pasar&iacute;a si. Le consult&eacute; todas las dudas a un compa&ntilde;ero abogado que me confes&oacute; no haber conocido nunca a nadie estudiar unas escrituras de aquel modo. Es que es una promesa para toda la vida, le dije.
    </p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as, las inquilinas de ese apartamento me comunicaron que se marchaban. El lugar en el que fui feliz nunca ha estado destinado a vivienda tur&iacute;stica. Me gusta creer que un alquiler de larga duraci&oacute;n y a precio justo distrae mi culpa por tener lo que otros no tienen. Durante las primeras doce horas en las que estuvo publicado el anuncio, recib&iacute; m&aacute;s de doscientos correos de personas desesperadas suplicando por una vivienda digna en una zona de la ciudad que ya casi se destina exclusivamente a <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/digo-barrio-veo-cadaveres_132_12760938.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">los turistas</a>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Leo: Estoy muy interesado. Puedo pagarle varios meses de fianza. Leo: Lo necesito desesperadamente. Leo: Soy responsable. No fumo. No bebo. No hago fiestas. Leo: No me hace falta verlo. Se lo alquilo. Leo: Tengo avalistas. Leo: Tengo trabajo fijo. O soy funcionario. O no tengo mascotas ni pareja. Es una subasta de virtudes para acceder a un derecho b&aacute;sico; un casting de supervivientes.
    </p><p class="article-text">
        Despublico el anuncio del lugar en el que fui feliz a las pocas horas. Organizo las visitas: como si estuviera haciendo algo inmundo, algo imperdonable. Como si yo fuera una inmundicia, imperdonable. Una <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/impostora_132_11546083.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">impostora</a>. Culpable <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/eres-mia_132_12608894.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">por tener</a> en un mundo donde los dem&aacute;s no tienen. Y siempre, cada vez, acabo pregunt&aacute;ndome lo mismo: Si no me da verg&uuml;enza.&nbsp;&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Soy de este barrio. Quiero personas que vivan en él. Cinco embarazos han brotado de ese apartamento en el que yo comencé mi camino en solitario con toda la ilusión. Y me gustaría que fueran muchos, muchos más. O muchas rupturas, muchos llantos, muchas risas, muchas vidas. Que oliera a comida dónde yo aprendí a cocinar. No juergas de fin de semana, no fiestas vacuas, no dinero</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Durante las visitas, ellos me dicen: No es una ratonera. Me dicen: las fotograf&iacute;as son como su apartamento. Me dicen: el suelo es bonito y las ventanas cierran bien. Es luminoso.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n el &uacute;ltimo <a href="https://observatoriodelalquiler.org/provincia/sevilla/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Bar&oacute;metro de Alquiler</a>, el precio medio de la vivienda en Sevilla supera los 950 euros mensuales y el parque de vivienda en alquiler de larga duraci&oacute;n en 2025 ha experimentado m&iacute;nimos hist&oacute;ricos. El problema es tanto de precio como de escasez, sustentado en la tendencia de eliminar la oferta para beneficiarse del <a href="https://archive.is/o/UVfgT/https:/elpais.com/economia/2026-02-02/el-veto-a-los-pisos-turisticos-en-madrid-y-barcelona-no-convence-a-inquilinos-y-caseros.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">alquiler de temporada</a> &mdash;tur&iacute;stico, por habitaciones o por semanas&mdash;, en el que se puede fijar el precio libremente.
    </p><p class="article-text">
        Suena el timbre. Es la &uacute;ltima visita. El chico recorre el apartamento r&aacute;pidamente, con una chaqueta resuelta, sin arrugas. Al terminar, me pregunta: &iquest;Y por qu&eacute; no lo alquila usted con nosotros como vivienda tur&iacute;stica? <a href="https://www.eldiario.es/sevilla/dato-explica-dificultad-alquilar-piso-sevilla-darle-turistico-440-rentable_1_11257558.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Ganar&iacute;a usted cuatro veces m&aacute;s</a>.
    </p><p class="article-text">
        El tipo disfrazado de inquilino comienza a explic&aacute;rmelo: la rotaci&oacute;n, la ocupaci&oacute;n media, las plataformas, la limpieza externalizada. Habla de porcentajes. De optimizaci&oacute;n. De rentabilidad.
    </p><p class="article-text">
        Soy de este barrio. Quiero personas que vivan en &eacute;l. Cinco embarazos han brotado de ese apartamento en el que yo comenc&eacute; mi camino en solitario con toda la ilusi&oacute;n. Y me gustar&iacute;a que fueran muchos, muchos m&aacute;s. O muchas rupturas, muchos llantos, muchas risas, muchas vidas. Que oliera a comida d&oacute;nde yo aprend&iacute; a cocinar. No juergas de fin de semana, no fiestas vacuas, no dinero.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si la culpa es cuesti&oacute;n de clases. O si es el &uacute;ltimo residuo de humanidad en una clase media que se siente verdugo por no querer ser v&iacute;ctima. Y convierto el amasijo de ideales en un agujero negro que se lo lleva todo. En este mecanismo del falso consuelo, me digo que solo quiero alguien que viva en el lugar donde fui feliz. Donde mi hijo aprendi&oacute; sus primeros gateos.
    </p><p class="article-text">
        A veces me siento como <em>Saturno devorando a su hijo</em>, de Goya. Y lo peor no es el hambre. Es haber aprendido a llamarla necesidad. Una generaci&oacute;n que, para sostenerse, acaba engullendo el futuro de la siguiente.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;No siente usted culpa?, le pregunto al tipo. &iquest;Culpa? El tipo de la inmobiliaria se echa a re&iacute;r como si le hubiera contado un chiste en un idioma muerto. En la lengua alemana, la palabra &ldquo;deuda&rdquo; y la palabra &ldquo;culpa&rdquo; comparten el morfema <em>Schuld</em>, como Nietzsche expuso en <em>La genealog&iacute;a de la moral </em>(1887). Culpa y deuda se hermanan. Tanto la deuda como la culpa se cargan. Siempre hay una culpa y una deuda.
    </p><p class="article-text">
        <em>Tengo un piercing en el est&oacute;mago</em>, canta Joaqu&iacute;n Calder&oacute;n en una de sus canciones. Pero lo cierto es que mi remordimiento no baja el precio de la zona, ni detiene la gentrificaci&oacute;n, ni le da una vivienda a los ciento noventa y nueve que hoy se han quedado fuera. Al final, la levadura de la culpa solo es el impuesto revolucionario que la clase media se paga a s&iacute; misma para poder dormir sin pastillas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo siento. Nos hemos vuelto tan culpables que a veces hasta parecemos decentes.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/alquila-culpa_132_13077323.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 18 Mar 2026 20:04:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Se alquila una culpa]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pisos turísticos,Vivienda]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Donde hay forma, hay alma]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/hay-forma-hay-alma_132_12962746.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5fb802ba-50c7-48a9-b4f0-406aced1bced_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Donde hay forma, hay alma"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es decepcionante que a estas alturas de la película una prefiera un directivo que sepa sentarse a la mesa, pedir que le pasen la sal con un por favor y un gracias, y que sepa masticar con la boca cerrada en lugar de un comensal que dé una charla magistral sobre el estado de la nación pero se muestre incapaz de musitar un buenos días</p><p class="subtitle">Mensaje en una botella
</p></div><p class="article-text">
        De las primeras palabras que incluy&oacute; mi hija en su embrionario repertorio fue &ldquo;teta&rdquo;. La pronunciaba con fam&eacute;lica angustia mucho antes de que supiera pronunciar &ldquo;agua&rdquo;, &ldquo;pan&rdquo; o &ldquo;mam&aacute;&rdquo;. No le guardo ninguna inquina. Recuerdo llegar exhausta de la oficina tras mi incorporaci&oacute;n y o&iacute;r su grito de guerra (&iexcl;teta!); soltar la bici y o&iacute;r su grito de guerra (&iexcl;teta!); desprenderme del bolso, deshacerme de los zapatos y escuchar su reclamo continuo para que me sentara junto al vaso de agua fresca que ya mi pareja me ten&iacute;a preparado. Entonces trepaba hasta alcanzar la palabra misma.
    </p><p class="article-text">
        Cuando su mundo se ampli&oacute; y con &eacute;l su vocabulario, empleaba esa misma urgencia para pedir agua, pan o cualquier otra cosa. Y entonces comenz&oacute; la cantinela del &ldquo;&iquest;C&oacute;mo se piden las cosas?&rdquo; o &ldquo;&iquest;Qu&eacute; se dice?&rdquo;, abanderando el <em>Por favor</em> y el <em>Gracias</em> como muletas necesarias para ense&ntilde;ar a los ni&ntilde;os a caminar en sociedad. Pertenezco a una generaci&oacute;n que creci&oacute; con el <em>Gracias</em>, con el <em>Buenos d&iacute;as</em> al entrar en alg&uacute;n sitio, con el <em>Por favor</em> o con el <em>Perd&oacute;n</em>. Un lujo educativo que otorgaba formas y respeto hacia el otro, ya fuera en la vida p&uacute;blica o en la privada.
    </p><p class="article-text">
        Luego vinieron el no hablar con la boca llena, los codos fuera de la mesa, lavarse las manos antes de comer, no tirar papeles al suelo y otras frusler&iacute;as del estilo que muchos de nosotros echamos ahora en falta y de los que yo me cans&eacute;. Hace unos d&iacute;as, una conocida me contaba que su jefa, CEO de no s&eacute; qu&eacute; empresa p&uacute;blica andaluza, vino a amonestarla en p&uacute;blico por algo que pod&iacute;a haber hecho en privado. Consideraba la directiva que mi compa&ntilde;era no estaba sentada como una se&ntilde;orita y as&iacute; se lo recrimin&oacute;, en el patio del colegio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me digo que no debe de ser tan complicado extrapolar esas cuatro normas b&aacute;sicas de cortes&iacute;a que la mayor&iacute;a aprendimos de ni&ntilde;os al entorno laboral. Y no hablo de sentarse como una se&ntilde;orita, que vayan ustedes a saber de qu&eacute; contorsi&oacute;n se trataba, sino del por favor y el gracias.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El liderazgo sin forma —el que no cuida el tono, el tiempo, la palabra, el gesto mínimo— es también un liderazgo sin alma. Forma es llegar a tiempo a una reunión y no quince minutos tarde sin dar una sucinta explicación. Forma es escuchar lo que la otra persona tiene que aportar. Forma es responder un correo, aunque sea con un breve acuse de recibo. Forma es dar las gracias. Es decir: forma es reconocer la existencia de la otra persona como merecedora de nuestro respeto y no la continua ostentación de la superioridad</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Recibo un email. No tiene encabezado ni asunto. Tampoco un buenos d&iacute;as que enmarque la orden, un gracias o por favor. Me viene a la cabeza el libro que estoy releyendo estos d&iacute;as: &ldquo;Donde hay forma hay alma&rdquo;, susurr&oacute; Fernando Pessoa en su <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Libro_del_desasosiego" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">tratado sobre el desasosiego</a> y pienso que desde luego, en el &aacute;mbito laboral, la forma no es mera est&eacute;tica, sino que tambi&eacute;n es &eacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        El liderazgo sin forma &mdash;el que no cuida el tono, el tiempo, la palabra, el gesto m&iacute;nimo&mdash; es tambi&eacute;n un liderazgo sin alma. Forma es llegar a tiempo a una reuni&oacute;n y no quince minutos tarde sin dar una sucinta explicaci&oacute;n. Forma es escuchar lo que la otra persona tiene que aportar. Forma es responder un correo, aunque sea con un breve acuse de recibo. Forma es dar las gracias. Es decir: forma es reconocer la existencia de la otra persona como merecedora de nuestro respeto y no la continua ostentaci&oacute;n de la superioridad.
    </p><p class="article-text">
        Atesoro en la bandeja de entrada de mi experiencia profesional correos electr&oacute;nicos sin un saludo, sin un por favor ni un gracias y, no pocas veces, con un lenguaje descort&eacute;s; algunas conversaciones a gritos y, en definitiva, malos modos maquillados de exigencia en el desempe&ntilde;o del trabajo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por m&aacute;s que no queramos verlo, la forma en que un directivo convoca a una reuni&oacute;n, da una orden, escribe un correo, responde al tel&eacute;fono, se dirige a su equipo o hace la compra, dice m&aacute;s de &eacute;l que todos los <em>cum laude</em> que amontone.
    </p><p class="article-text">
        En esto, como en tantas otras cosas, se confunden churras con merinas y hay quien entiende que el liderazgo debe ser autoridad, prepotencia y un desprecio constante por los otros. Por suerte, tambi&eacute;n he tenido jefes (y jefas) que me han dado la sincera enhorabuena por alg&uacute;n logro fuera del &aacute;mbito profesional o me han tendido la mano cuando la vida me puso piedrecitas, desamueblando con su cortes&iacute;a esos d&iacute;as de estr&eacute;s y ansiedad.
    </p><p class="article-text">
        A menudo el hostigamiento comienza con la lluvia fina del silencio. La mayor&iacute;a de las v&iacute;ctimas de acoso laboral coinciden en que todo comienza con un vac&iacute;o: de palabras, de escucha, de gestos.
    </p><p class="article-text">
        Mi hijo, al que tambi&eacute;n educamos en ese agradecimiento y buenas maneras, sabe diferenciar con apenas diecinueve a&ntilde;os a un buen directivo de uno p&eacute;simo.Y claro que no se trata de aquella expresi&oacute;n que Oscar Wilde puso en boca de uno de sus personajes: <em>Manners before morals </em>(maneras antes que morales) y que apuntaba a la hipocres&iacute;a de las clases altas. No hablo de anteponer las maneras fingidas al aseo moral, pero desde luego desvelan una actitud de fondo cada vez m&aacute;s necesaria.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">No es cuestión de cuna. He conocido CEOs que sabían diferenciar con los ojos cerrados los cubiertos de la carne y los del pescado usando los modales como forma de segregación, pero que luego eran incapaces de notar si estaban trinchando un cerdo o un pollo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Tuve una jefa que ante cualquier propuesta siempre me dec&iacute;a: &ldquo;La idea est&aacute; bien, pero no la veo&rdquo;. Nunca ve&iacute;a nada con nadie, de forma que en lugar de alentar al equipo su modelo de liderazgo nos provocaba un pellizco continuo en el est&oacute;mago.
    </p><p class="article-text">
        Hace unos a&ntilde;os, otro jefe, en lugar de decirme <em>No est&aacute; mal</em>, me solt&oacute;: <em>Has convertido un manifiesto comunista en pura diplomacia florentina</em>. Y no por mero goce a las palabras, que pudiera ser, sino porque tambi&eacute;n hay directivos que saben que no es lo mismo decir una cosa que otra, que no es lo mismo que los emails en el &aacute;mbito laboral tengan prosa &ndash;no siempre se tiene el cuerpo <em>pa </em>prosa, es verdad&ndash;, que las misivas tengan una nervadura s&oacute;lida.
    </p><p class="article-text">
        Es decepcionante que a estas alturas de la pel&iacute;cula una prefiera un directivo que sepa sentarse a la mesa, pedir que le pasen la sal con un por favor y un gracias, y que sepa masticar con la boca cerrada en lugar de un comensal que d&eacute; una charla magistral sobre el estado de la naci&oacute;n pero se muestre incapaz de musitar un buenos d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        No es cuesti&oacute;n de cuna. He conocido CEOs que sab&iacute;an diferenciar con los ojos cerrados los cubiertos de la carne y los del pescado usando los modales como forma de segregaci&oacute;n, pero que luego eran incapaces de notar si estaban trinchando un cerdo o un pollo.
    </p><p class="article-text">
        Les pedimos poco a los que nos dirigen. A m&iacute;, m&aacute;s que de cortes&iacute;a (palabra que remite a las antiguas cortes) me gusta hablar de civismo. Ya, desde hace tiempo, nos basta con un buenos d&iacute;as, buenas tardes, un saludo, un gracias con su punto final y sus may&uacute;sculas bien colocadas, por favor. Donde hay forma, al menos hay un simulacro de alma.Y donde no la hay, qu&eacute; s&eacute; yo. Saludos cordiales.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/hay-forma-hay-alma_132_12962746.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Feb 2026 20:00:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Donde hay forma, hay alma]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Educación,Acoso laboral,Discriminación laboral]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mensaje en una botella]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/mensaje-botella_132_12925027.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/75f01ceb-28f5-492f-9c4b-8fd83987a6e3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mensaje en una botella"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Y como siempre hago, comencé a hurgar en el sentido de aquella imputación: alguien lanzando a mi balcón con evidente pericia –o peor aún, encaramándose en él– las culpas ajenas y que pudiera ser que por eso apareciera boca abajo</p><p class="subtitle">El entusiasmo, etcétera</p></div><p class="article-text">
        A veces ocurren gestos extraordinarios en la m&aacute;s r&iacute;gida cotidianidad. Y digo&nbsp;<em>ocurren</em>&nbsp;porque no se anuncian: corren hacia nosotros, galopan a nuestro encuentro, como una se&ntilde;al. Creo que era una ma&ntilde;ana de s&aacute;bado, o puede que fuera domingo. De lo que s&iacute; estoy segura es de que era junio. La noche anterior hab&iacute;a celebrado mi cumplea&ntilde;os en un local del centro y en mi cuerpo ya solo quedaba ese silencio sordo y resacoso del r&iacute;mel corrido, mientras que en mi cabeza reverberaba con furia la vuelta al caf&eacute; de la ma&ntilde;ana, a ese preparar la semana de reuniones y compromisos varios, a la compra en el supermercado m&aacute;s cercano. 
    </p><p class="article-text">
        Levant&eacute; la persiana y sal&iacute; al balc&oacute;n, esa breve tajada de cielo que muchos de nosotros veneramos en el confinamiento y que yo llen&eacute; de carnosas para cuidar, como quien cuida una coartada, para engatusar el encierro al que nos sometieron. All&iacute;, en el suelo y bajo el sol, como un organismo tenso y erguido, hab&iacute;a un libro. Era un libro anciano, a punto de desmembrarse. Ten&iacute;a una gomilla negra alrededor, una gomilla exactamente igual a las que usaba mi hija para recogerse el pelo en dos trenzas. No me extra&ntilde;&eacute;, pues. Me recre&eacute; en aquel lazo como si fuera una faja o una pajarita y en ese discurrir por no querer reconocer lo ins&oacute;lito, acus&eacute; en silencio a alg&uacute;n profesor exc&eacute;ntrico o a uno de aquellos experimentos habituales que mi hija pon&iacute;a en pr&aacute;ctica con el &aacute;nimo, precisamente, de hundir sus manos en la existencia de las cosas. Me acuclill&eacute; para observarlo m&aacute;s de cerca: &ldquo;La culpa ajena&rdquo;, de la escritora francesa Henri Ardel, editada en 1941. No la conoc&iacute;a. Pero lo sorprendente, lo que ensombreci&oacute; la extra&ntilde;eza de encontrarte un libro en tu balc&oacute;n como si fuera una maceta m&aacute;s era que la culpa, la culpa ajena, estaba boca abajo.
    </p><p class="article-text">
        Record&eacute; entonces aquel cuadro de Mondrian que estuvo colgado al rev&eacute;s durante 77 a&ntilde;os sin nadie saberlo. Toda una vida patas arriba porque, al parecer, no ten&iacute;a una firma que ayudara a determinar el sentido de las l&iacute;neas verticales y horizontales de los colores primarios. As&iacute; que la obra &ldquo;New York City 1&rdquo;, casualmente tambi&eacute;n de 1941, se qued&oacute; del rev&eacute;s durante muchas d&eacute;cadas. Y ya luego no se pudo enderezar.
    </p><p class="article-text">
        Google&eacute; el t&iacute;tulo: &ldquo;la novela gira en torno a una idea central: c&oacute;mo una persona puede cargar con una culpa que no le pertenece&rdquo;. El libro no lo puso mi hija. Supusimos entonces que alguien &ndash;no sabemos qui&eacute;n, no sabemos cu&aacute;ndo, no sabemos para qu&eacute;&ndash; lo lanz&oacute; desde la calle y aterriz&oacute;, erguido boca abajo y envuelto en una gomilla, junto a mi cactus m&aacute;s lustroso. Al abrirlo comprob&eacute; que, en la p&aacute;gina de cortes&iacute;a, en letras manuscritas, alguien hab&iacute;a escrito una sola palabra:&nbsp;<em>Desierto</em>.
    </p><p class="article-text">
        Qu&eacute; obsesi&oacute;n, pens&eacute; entonces, la de querer ver en todo hecho m&iacute;nimamente extraordinario una met&aacute;fora, leer siempre m&aacute;s de lo que ocurre, forzar el s&iacute;mbolo, exigir una historia escondida. Y como siempre hago, comenc&eacute; a hurgar en el sentido de aquella imputaci&oacute;n: alguien lanzando a mi balc&oacute;n con evidente pericia &ndash;o peor a&uacute;n, encaram&aacute;ndose en &eacute;l&ndash; las culpas ajenas y que pudiera ser que por eso apareciera boca abajo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Sorprende que alguien, a estas alturas, se tome la molestia de buscar la calle que figura en un libro, recorra la ciudad y elija, precisamente, mi balcón. Un balcón lleno de carnosas y de cactus donde lanzar una culpa</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Abandon&eacute; el ejemplar en uno de los muebles del sal&oacute;n y segu&iacute; con mi vida. Hasta que, a la semana siguiente, esta vez en la puerta de mi casa, encontr&eacute; otro libro: Geograf&iacute;a Universal, 1935. A este lo palp&eacute; con m&aacute;s cautela, no s&eacute; bien si anhelando encontrar la respuesta a las muchas preguntas que llevaba rumiando o con ese resquemor de estar a punto de activar el detonador de algo m&aacute;s grande. Y lo era.
    </p><p class="article-text">
        Su p&aacute;gina de cortes&iacute;a conten&iacute;a una petici&oacute;n: &ldquo;Si este libro se perdiera como puede suceder, le ruego a quien se lo encuentre que lo sepa devolver en el domicilio, calle Equis, n&ordm; 29. Sevilla, 30-3-1940&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y una dedicatoria: &ldquo;Siempre que veas este sincero p&aacute;rrafo acu&eacute;rdate de tu buena compa&ntilde;era de clase Maruchi&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La calle Equis es la m&iacute;a. En el n&uacute;mero 29, donde antes hubo una casa, ahora hay un bloque de pisos. La casa de esta historia ya no existe, la borr&oacute; el tiempo. Sorprende que alguien, a estas alturas, se tome la molestia de buscar la calle que figura en un libro, recorra la ciudad y elija, precisamente, mi balc&oacute;n. Un balc&oacute;n lleno de carnosas y de cactus donde lanzar una culpa.
    </p><p class="article-text">
        Record&eacute; que desde chica, cada vez que iba al mar, fantaseaba con encontrarme una botella, y dentro, un mensaje escrito por otro, un trozo de vida a millas de distancia. Pero aquel milagro &ndash;quiz&aacute;s por trasnochado&ndash; nunca sucedi&oacute;. Sigo yendo al mar con ese ardor infantil, no crean, mir&aacute;ndolo con esperanza por ver si en alg&uacute;n momento arde el prodigio.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Me digo cada mañana que tengo que buscar al dueño de estos ejemplares. Lo pienso sin mucho detenimiento, como aquel día en el que salí al balcón con una camiseta larga y mis trenzas exudando los efluvios de la fiesta por cumplir años</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven &mdash;escribi&oacute; Leila Guerriero en su monumental libro &ldquo;Zona de obras&rdquo;&mdash; es una forma de trabajo y, creo, un talento de unos pocos privilegiados como ella. Pero tambi&eacute;n es, pienso ahora, una forma de exaltaci&oacute;n. Aquellos dos libros que cayeron del cielo dom&eacute;stico de mi balc&oacute;n parasitaron mi sue&ntilde;o infantil y ya no miro igual el suelo, ni los felpudos, ni las macetas.
    </p><p class="article-text">
        Me digo cada ma&ntilde;ana que tengo que buscar al due&ntilde;o de estos ejemplares. Lo pienso sin mucho detenimiento, como aquel d&iacute;a en el que sal&iacute; al balc&oacute;n con una camiseta larga y mis trenzas exudando los efluvios de la fiesta por cumplir a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        En d&iacute;as como hoy, en semanas como esta donde ante la tragedia se alzan voces diciendo &ldquo;Ah, yo ya sab&iacute;a&rdquo; o &ldquo;Yo ya lo dije&rdquo;, &ndash;o sea, ver en lo que todos miran lo que no todos ven&ndash;&nbsp;me pregunto cu&aacute;ntos mensajes se murieron en esas botellas que no alcanc&eacute; a vislumbrar en mi vida, que no alcanzamos, o cu&aacute;ntos libros tuvieron que llover antes de que yo viera la culpa ajena. Cu&aacute;ntos mensajes murieron antes de que pensara, imaginara, creara a Maruchi. Si la conocen, p&iacute;danle que me escriba. Tengo un libro que devolverle.
    </p><p class="article-text">
        Porque la respuesta a todas estas preguntas siempre es la misma. Pero es una verdad hu&eacute;rfana.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/mensaje-botella_132_12925027.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 21 Jan 2026 19:35:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mensaje en una botella]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El entusiasmo, etcétera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/entusiasmo-etcetera_132_12890315.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b10364e5-deed-4905-ad2c-4ff2b578b5d6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El entusiasmo, etcétera"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es más fácil desear que querer. El deseo vuela libre. El querer, sin embargo, nos alienta a renunciar al ahora por aquello que está por venir. Y es más fácil querer que entusiasmarse</p><p class="subtitle">Mis guarros</p></div><p class="article-text">
        A los Reyes Magos, desde bien peque&ntilde;ita, siempre les ped&iacute; cosas ins&oacute;litas. Sobre todo, desde que una tarde me contaron que tres magos de Oriente, despu&eacute;s de llevarle incienso, mirra y oro al ni&ntilde;o Jes&uacute;s, dejaban sus regalos en cada sal&oacute;n de cada casa de cada ni&ntilde;o mientras dorm&iacute;amos. Eso s&iacute;, me dijeron, como sois tantos, tant&iacute;simos, los padres debemos contribuir y ayudarles.
    </p><p class="article-text">
        Mis cartas a los Reyes eran extra&ntilde;as y comedidas. Al principio &ndash;cre&iacute;a yo&ndash; para poner a prueba esa magia de la que todos hablaban y en la que yo no terminaba de confiar. &iquest;Regalos para todos los ni&ntilde;os? &iquest;Con la ayuda de los padres? Luego, para probarme a m&iacute; misma: &iquest;C&oacute;mo saber que de verdad deseo algo, que lo necesito? &iquest;C&oacute;mo saber de d&oacute;nde viene el entusiasmo que yo ve&iacute;a en los ni&ntilde;os de los anuncios, pero que a m&iacute; apenas me rozaba? &iquest;De d&oacute;nde la certeza de que ansiaba m&aacute;s una mu&ntilde;eca que otra, m&aacute;s un bolso que otro, m&aacute;s un libro que otro, una experiencia m&aacute;s que otra, etc&eacute;tera?
    </p><p class="article-text">
        Este primer amago de introspecci&oacute;n que a todos nos ha supuesto la carta a los Reyes me llev&oacute; un a&ntilde;o a desear, muy bajito y sin apenas un bamboleo de labios: <em>Queridos Reyes Magos, este a&ntilde;o necesito dejar de ser fea.</em> Tendr&iacute;a once a&ntilde;os y era la m&aacute;s escuchimizada y desgarbada de la clase. La m&aacute;s plana y velluda. La m&aacute;s gafotas. La m&aacute;s patosa y distante. La de los dientes torcidos y con el mapa de Espa&ntilde;a en una de las paletas. Me sent&iacute;a un clich&eacute; para ellos y deseaba dejar de serlo. En mi diario tengo p&aacute;ginas repletas de un &ldquo;Que s&iacute;, que soy fea. Y qu&eacute;&rdquo;, que no era sino un atrevimiento tembloroso y poco honesto, un desaf&iacute;o m&aacute;s que a la ni&ntilde;a que era entonces, a la mujer en la que quer&iacute;a convertirme.
    </p><p class="article-text">
        A los trece me encerraba los fines de semana porque me propuse escribir una novela corta. Cuando llegaron las navidades, mi carta a los Reyes Magos estaba repleta de chucher&iacute;as insustanciales que fueran f&aacute;ciles de encontrar: un cintur&oacute;n, unos calcetines, la colonia de don Algod&oacute;n. Etc&eacute;tera. Segu&iacute;a sinti&eacute;ndome fea. La verdadera carta, la que no entregaba a nadie y conten&iacute;a el entusiasmo primigenio, dec&iacute;a: <em>Quiero aprender a escribir</em>. El deseo como pregunta luminosa, no como posesi&oacute;n. Hace unos a&ntilde;os, por fin, <a href="https://www.xeniagarcia.com/kudryavka/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">publiqu&eacute; una novela</a> que saldaba una deuda pendiente: Una ni&ntilde;a fea deseaba tanto una mu&ntilde;eca por Reyes que cuando finalmente se la trajeron corri&oacute; entusiasmada a darle un ba&ntilde;o amoroso en un lebrillo sin reparar en que la mu&ntilde;eca era de cart&oacute;n piedra. Se le deshizo en el agua poco a poco la misma ma&ntilde;ana de Reyes &ndash;dime: &iquest;por qu&eacute; tienes que ser de cart&oacute;n? &ndash;, entren&aacute;ndose de esta forma en la frustraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Es m&aacute;s f&aacute;cil desear que querer. El deseo vuela libre. El querer, sin embargo, nos alienta a renunciar al ahora por aquello que est&aacute; por venir. Y es m&aacute;s f&aacute;cil querer que entusiasmarse.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Nunca les di a mis hijos un catálogo de juguetes para que “circularan” (así llamaban ellos a señalar con un círculo rojo) los objetos de su deseo precisamente por la misma razón: porque es más fácil desear que querer y querer que entusiasmarse. Sí los animé, en cambio, a que escribieran su carta a los Reyes para que bucearan en su deseo y de paso educaran la frustración de las primeras renuncias</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Al a&ntilde;o siguiente le gust&eacute; por primera vez a un chico y cre&iacute; reventar de alegr&iacute;a,&nbsp;pero fue una alegr&iacute;a bald&iacute;a porque ese querer dejar de ser algo obedec&iacute;a a imposiciones externas. Tambi&eacute;n termin&eacute; mi primera novelita. La guard&eacute; en un caj&oacute;n, vendada de t&iacute;pex. Apenas recuerdo la trama, pero a diferencia del deseo anterior, este entusiasmo me sigue acompa&ntilde;ando cada vez que me siento a escribir.
    </p><p class="article-text">
        Hubo otras navidades en las que ped&iacute; ser artista; hacer vibrar con zapatos de <em>bailaora</em> el suelo. No fue un deseo sino un quiero y por eso, aunque mal, he bailado alegr&iacute;as y buler&iacute;as sudando entusiasmo. Otro a&ntilde;o ped&iacute; una hermana. No lleg&oacute;. Luego ser invisible. Al siguiente poder volar. Los entusiasmos navide&ntilde;os son mu&ntilde;ones, miembros fantasmas que florecen en la falta pero cuya semilla arraiga en nosotros regal&aacute;ndonos sus frutos maduros.
    </p><p class="article-text">
        Nunca les di a mis hijos un cat&aacute;logo de juguetes para que &ldquo;circularan&rdquo; (as&iacute; llamaban ellos a se&ntilde;alar con un c&iacute;rculo rojo) los objetos de su deseo precisamente por la misma raz&oacute;n: porque es m&aacute;s f&aacute;cil desear que querer y querer que entusiasmarse. S&iacute; los anim&eacute;, en cambio, a que escribieran su carta a los Reyes para que bucearan en su deseo y de paso educaran la frustraci&oacute;n de las primeras renuncias.
    </p><p class="article-text">
        Reci&eacute;n inaugurado el nuevo a&ntilde;o, en una tasca portuguesa compartida con amigos, escucho restos de la conversaci&oacute;n de la mesa contigua. Tres parejas comparten su experiencia con la moda de los elfos traviesos, esos peque&ntilde;os esp&iacute;as de Pap&aacute; Noel que hacen trastadas cada noche desde el 1 al 24 de diciembre para ali&ntilde;ar los amaneceres de los m&aacute;s peque&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Se me atragant&oacute; el bacalao con nata y tuve que dejarlo a medias. Record&eacute; que hace un par de a&ntilde;os dese&eacute; por Reyes liberarme de esa imposici&oacute;n de terminarlo todo para, a cambio, mecer los pies sobre los proyectos dejados a medias debido a la p&eacute;rdida de entusiasmo.
    </p><p class="article-text">
        Desde entonces estoy aprendiendo a dejar los libros a medias. Conversaciones a medias. Discusiones in&uacute;tiles a medias. Odios a medias. No es desinter&eacute;s ni aburrimiento. No creo. Es por entusiasmo, ese fuego t&iacute;mido e interno que lucha por ser incendio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por entusiasmo tambi&eacute;n hago listas: Esperar el &uacute;ltimo episodio de &ldquo;Stranger Things&rdquo; para verlo con mi hija adereza el entusiasmo. Inventar trastadistas diarias para un elfo inventado mata el entusiasmo. Los calendarios de adviento adormecen el entusiasmo. Cultivar <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/tiempo-tiempo_132_12832779.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un tiempo sin tiempo</a> despierta el entusiasmo. Decir te quiero, abrazar con los ojos, pasear de la mano, pule el entusiasmo. Visitar pa&iacute;ses inventados solivianta el entusiasmo. Escuchar El Kanka hace bailar al entusiasmo. Contener la respiraci&oacute;n durante a&ntilde;os lo ventila. Escuchar que tu hijo ha vuelto a cantar al entrar en la ducha despu&eacute;s de un dolor enorme ba&ntilde;a el entusiasmo. Sentarse en la cubeta a <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/brotaron-amapolas_132_12145634.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">esperar a que broten las amapolas</a>, hace florecer el entusiasmo. <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/arte-perder_132_12065571.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Dejarse llevar por el v&eacute;rtigo del d&iacute;a a d&iacute;a</a>, por la urgencia de la bestia, lo hiere. Leer a Lorrie Moore, a Lispector, a Marguerite Duras, a Leila Guerriero, lo resucita.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Este año, siguiendo mi tradición de deseos inusuales, les había pedido a los Reyes ganas, muchas ganas. Después lo taché y escribí: Hambre. Mucha hambre. Eso quiero yo.
Hambre de paseos; hambre de no aguantar tanto; hambre de risa</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        No por nada el entusiasmo viene del griego, que significa tener un dios dentro, una posesi&oacute;n divina que culmina en el arrebato, un temblor que nace dentro y no fuera, un r&iacute;o interior desbocado donde nadan los tres &eacute;xtasis del tiempo que somos: pasado, presente y futuro.
    </p><p class="article-text">
        Este a&ntilde;o, siguiendo mi tradici&oacute;n de deseos inusuales, les hab&iacute;a pedido a los Reyes ganas, muchas ganas. Despu&eacute;s lo tach&eacute; y escrib&iacute;: Hambre. Mucha hambre. Eso quiero yo.
    </p><p class="article-text">
        Hambre de paseos; hambre de <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/acericos_132_12517135.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">no aguantar</a> tanto; hambre de risa. De golpear la tarima bailando por buler&iacute;as. Hambre de cantar y que me canten; de abrir los ojos por la ma&ntilde;ana y saltar de la cama sin que me pesen los entusiasmos perdidos. Tambi&eacute;n hambre de leer y de no poder resistir luego las ganas de escribir, escribir lo que sea, cuentos, quiz&aacute;s una novela, escribirme a m&iacute; misma, escribirle a mis ganas para soliviantarlas. Hambre de salir a correr, de volar en bicicleta y de levantarme un d&iacute;a a las diez. Hambre de salir a bailar con mi pareja, de hacer el amor, mucho, de perderme, mucho.
    </p><p class="article-text">
        Estas ganas que ahora pido y ans&iacute;o han caminado conmigo siempre. No hab&iacute;a otra forma. Lo he sabido cuando me he acercado al &aacute;rbol y he abierto el resultado de mi cribado de mama: Bi-Rads 2.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nadie nos avisa de que la muerte empieza muchas veces ah&iacute;: en <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/felices-futuros_132_12226033.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la p&eacute;rdida del entusiasmo</a>, a golpe de tarjeta. Por eso a los Reyes Magos, desde bien peque&ntilde;ita, siempre les he pedido cosas extra&ntilde;as. Este a&ntilde;o, que mi revisi&oacute;n de mama me diera una nueva libertad provisional. Ha sido un <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/no-quiero_132_12684686.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Bi-Rads 2</a>. Y es aqu&iacute;, en el s&oacute;tano de mis ganas, donde dormitan todos los entusiasmos que a&uacute;n no he vivido y que no son sino cartas de Reyes no escritas.
    </p><p class="article-text">
        Queridos Reyes Magos: Los Reyes no existen. Es la soberan&iacute;a del entusiasmo sembrado de un largo etc&eacute;tera.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/entusiasmo-etcetera_132_12890315.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 07 Jan 2026 20:36:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El entusiasmo, etcétera]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mis guarros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/guarros_132_12869328.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6afda95f-7f6a-4b0f-a654-2e570adbb427_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mis guarros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es una cuestión estructural y de poder; es la condescendencia, la ceguera y el silencio con que embadurnan los casos de acoso sexual los que ponen en entredicho la palabra de la víctima</p></div><p class="article-text">
        Yo tendr&iacute;a unos trece a&ntilde;os. La primera vez que el traumat&oacute;logo me pidi&oacute; que curvara la espalda hacia adelante para detectar el grado de mi escoliosis, mis bragas empeque&ntilde;ecieron. Se hicieron diminutas en mi cuerpo. Mi espalda arque&aacute;ndose hacia adelante &ndash;&eacute;l detr&aacute;s&ndash; y luego lentamente hacia su posici&oacute;n original &ndash;y &eacute;l detr&aacute;s&ndash;. Mis bragas haci&eacute;ndose cada a&ntilde;o m&aacute;s peque&ntilde;as desde la primera cita en la que me pidi&oacute; desprenderme del sujetador. Y en cada revisi&oacute;n yo eleg&iacute;a cuidadosamente las bragas m&aacute;s grandes y m&aacute;s feas, aquellas que sirvieran de coraza para lo que ven&iacute;a: fuera sujetador, ponte de espaldas, c&uacute;rvate hacia adelante, a ver esa columna, ahora lentamente hacia arriba. Date la vuelta.
    </p><p class="article-text">
        Ten&iacute;a trece a&ntilde;os de timidez y solo dos botones incipientes. Yo sent&iacute;a que hab&iacute;a algo desagradable en todo aquello, algo tan sumamente vaporoso que era imposible describir con palabras sin que mi discurso me hiciera parecer una loca o una hist&eacute;rica. Ya intu&iacute;a la magnitud de la credibilidad y su peso, aunque no conociera la palabra. Tambi&eacute;n porque el doctor era la autoridad (es decir, el poder) entonces.
    </p><p class="article-text">
        Peregrin&eacute; por m&eacute;dicos y hospitales de Sevilla durante meses. Un d&iacute;a, cuando el traumat&oacute;logo se jubil&oacute;, me asignaron un nuevo doctor. Tendr&iacute;a ya los quince, quiz&aacute;s los diecis&eacute;is. Desc&uacute;brete, me pidi&oacute;. Y yo inici&eacute; el protocolo aprendido bien temprano, con mis bragas enormes que hicieran de escudo &ndash;escudo de qu&eacute;, hay que joderse&ndash;: fuera sujetador, media vuelta, brazos curvados, espalda hacia adelante, manos intentando tocar el suelo. Sent&iacute; inmediatamente la turbaci&oacute;n del doctor: &ldquo;No, no, no, chiquilla, no hace falta que te lo quites. Tus v&eacute;rtebras se ven perfectamente con el sujetador puesto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Su desconcierto me hizo sentir sucia y culpable. Sucia por haber sido ni&ntilde;a y guardar silencio. Por tener pechos. Por no darme cuenta antes. Por no preguntar. Por no cuestionar lo que en el fondo intu&iacute;a como cuestionable. Aquella solo fue la primera vez.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Solo cuando el daño se vuelve público, retransmitido o imposible de ocultar, se actúa. Lo que activa la acción no es la ética ni la justicia, sino la audiencia</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        En una comida familiar, tendr&iacute;a ya unos veinte, una se&ntilde;ora de la Obra (t&eacute;rmino codificado para referirse al Opus) me dio una charla por no llevar sujetador, con el argumento de que corresponde a las mujeres poner l&iacute;mite a los instintos animales de los hombres, de los guarros incontrolables. Continu&eacute; sin usar sujetador muchos a&ntilde;os, pero sus palabras me golpeaban el pecho y la cabeza cuando recordaba esas situaciones en las que otras mujeres (y algunos hombres) llamaban guarras a las que vest&iacute;an con menos pudor que ellas, o se dejaban besar m&aacute;s que ellas o se dejaban tocar antes que ellas. Toda una narrativa acorazada para poner en duda la palabra de la v&iacute;ctima por su falta de ejemplaridad. 
    </p><p class="article-text">
        En este pa&iacute;s, adem&aacute;s de ser, hay que parecerlo. Hay que hacer p&uacute;blico el dolor privado, pero cuando ellos quieran. Basta con hacer algo de memoria: en el caso de la violaci&oacute;n grupal durante los Sanfermines de 2016, se tom&oacute; en consideraci&oacute;n un informe de la actividad de la chica tras el suceso por &ldquo;el car&aacute;cter festivo&rdquo; de la v&iacute;ctima. No parec&iacute;a lo que era.
    </p><p class="article-text">
        Hace unos a&ntilde;os, un militante de un partido, que luego fue cargo p&uacute;blico de otro durante veinte a&ntilde;os, termin&oacute; siendo tutor de primaria en un colegio p&uacute;blico. El &uacute;ltimo d&iacute;a de clase antes de las vacaciones de navidad, el docente les pregunt&oacute; a los chiquillos:
    </p><p class="article-text">
        &ndash; Ni&ntilde;os, &iquest;qu&eacute; os apetece ver?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iexcl;Profesor, busque &laquo;Pepa Pig palabrotas&raquo;!
    </p><p class="article-text">
        El profesor hizo la oportuna b&uacute;squeda en la pizarra digital de la clase y durante casi una hora les puso a los ni&ntilde;os un v&iacute;deo tras otro. Guardo todos los enlaces, pero por no aburrir transcribo aqu&iacute; una peque&ntilde;a muestra: &ldquo;La &uacute;nica croqueta que vas a probar t&uacute; es la que tengo como &oacute;rgano reproductor, puta&rdquo;; &ldquo;La coca&iacute;na me hace flipar&rdquo;; &ldquo;Mam&aacute;, &iquest;por qu&eacute; no dejas ya el puto ordenador y nos vamos a la piscina?&rdquo;. Recuerdo el tartamudeo de los ni&ntilde;os al contarlo porque intu&iacute;an que aquello no estaba bien, por m&aacute;s que no supieran ponerle palabras.
    </p><p class="article-text">
        Denunciamos. La direcci&oacute;n del centro afirm&oacute; que el tutor actu&oacute; a petici&oacute;n del alumnado y siempre de buena fe, ya que no conoc&iacute;a el contenido de los v&iacute;deos. Algunos v&iacute;deos fueron visionados dos veces. M&aacute;s tarde, cuando el docente regres&oacute; de una baja m&eacute;dica, conseguimos una tutor&iacute;a. Nos mir&oacute; y con una voz que pretend&iacute;a ser c&oacute;mplice nos dijo: &ldquo;Ustedes ya saben c&oacute;mo son los ni&ntilde;os. A veces se confunden y creen ver cosas que no son&rdquo;. Y volv&iacute; a acordarme de todas las Casandras: mentirosas, locas, exageradas, confusas, conspiradoras.
    </p><p class="article-text">
        La denuncia y la petici&oacute;n del historial de navegaci&oacute;n estuvo meses dando vueltas entre instancias administrativas hasta que cay&oacute; en el olvido y se nos agotaron las fuerzas. Meses despu&eacute;s, una conocida se me acerc&oacute; para preguntarme si el profesor &mdash;antes varios cargos p&uacute;blicos y militante de dos partidos&mdash; se llamaba Fulanito. As&iacute; es, le dije. &ldquo;Trabaj&eacute; con &eacute;l&rdquo;. Y a&ntilde;adi&oacute;: &ldquo;No me dejaba vivir. Tuve que dejar el trabajo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sin duda los silogismos son peligrosos. Por supuesto, no por ser hombre se es un guarro (que dijo Feij&oacute;o). No somos locas. Ni tampoco por profesar esta o aquella postura pol&iacute;tica, o por abanderar esta o aquella sigla o desempe&ntilde;ar esta o aquella profesi&oacute;n. El m&eacute;dico o el profesor podr&iacute;an haber sido alba&ntilde;il y pareciera que as&iacute; nos encajara mejor. Pero es una cuesti&oacute;n estructural y de poder. Es la condescendencia, la ceguera y el silencio con que embadurnan los casos de acoso sexual los que ponen en entredicho la palabra de la v&iacute;ctima. 
    </p><p class="article-text">
        Hay silencios corporativos que se convierten en cordilleras: cinco meses se tom&oacute; Ferraz para prestarle atenci&oacute;n a las Casandras de Moncloa en el caso Salazar. Seis meses en el caso del secretario general de Torremolinos, a los que siguieron presuntamente el presidente de la Diputaci&oacute;n de Lugo y Javier Izquierdo, secretario de Estudios y Programas de la Ejecutiva Federal. Conviene recordar que la realidad ya nos andaba avisando. No solo hablamos del caso Nevenka ni de todos los presuntos posteriores.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El secreto y el silencio son armas habituales del que abusa</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Si nos cuesta la memoria, siempre podemos tirar un poco de hemeroteca: &ldquo;<a href="http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/10/05/actualidad/1349454276_520810.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Las leyes son como las mujeres. Est&aacute;n para violarlas</a>&rdquo; ; o &ldquo;<a href="http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/07/05/andalucia/1373027223_303955.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El truco est&aacute; en escucharlas como psic&oacute;logo y foll&aacute;rtelas como si te estuviesen pagando</a>&rdquo;, o aquello de &ldquo;<a href="http://elpais.com/diario/2010/10/22/espana/1287698411_850215.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Cada vez que veo esa cara y esos morritos pienso lo mismo, pero no lo voy a decir</a>&rdquo;; o el art&iacute;culo de <em>Diario de Sevilla</em> en septiembre de 2013 de Jos&eacute; Rodr&iacute;guez de la Borbolla, coronado como &ldquo;Celulitis juvenil&rdquo;&nbsp;en clara apolog&iacute;a al muslamen nacional, que fue retirado por el medio.
    </p><p class="article-text">
        Si analizan los &uacute;ltimos casos, tienen algo en com&uacute;n: comportamientos sostenidos o tolerados por din&aacute;micas de poder. Esas mismas estructuras que fallan en la prevenci&oacute;n y en la respuesta. Solo cuando el da&ntilde;o se vuelve p&uacute;blico, retransmitido o imposible de ocultar, se act&uacute;a. Lo que activa la acci&oacute;n no es la &eacute;tica ni la justicia, sino la audiencia.
    </p><p class="article-text">
        Tienen tambi&eacute;n otro patr&oacute;n en com&uacute;n: las v&iacute;ctimas no hablan cuando quieren, sino cuando pueden. A veces ese momento no gusta. Otras veces no se da nunca. Porque saben que tras la c&aacute;rcel del silencio vendr&aacute; el circo de la palabra que las convierte a todas en Casandra, en mentirosas, exageradas, oportunistas, locas, manipuladoras, en veintisiete ni&ntilde;os de nueve a&ntilde;os que no saben lo que vieron ni lo que escucharon.
    </p><p class="article-text">
        Una de las presuntas v&iacute;ctimas del presunto acosador me confes&oacute; entonces, sin que hiciera falta que yo preguntase nada, el porqu&eacute; de su silencio. Le temblaba la voz al cont&aacute;rmelo. El secreto y el silencio son armas habituales del que abusa. El miedo es el arma del poder. Ella sab&iacute;a que su &uacute;nica arma contra el privilegio de &eacute;l era la palabra y sab&iacute;a que no era suficiente. En estas batallas, se desacredita a la que habla y su relato.
    </p><p class="article-text">
        Cada vez que leo un presunto nuevo caso de acoso sexual rumio aquellas palabras y las regurgito. Cre&iacute; que hab&iacute;amos entendido que no son sucesos aislados y que el dolor y la humillaci&oacute;n no tienen fecha de caducidad; que no somos nosotras las que deber&iacute;amos sentir verg&uuml;enza al hablar de ellos. Por eso aqu&iacute; les dejo una peque&ntilde;a muestra de mis guarros. Y si no les gusta, no se preocupen, tengo otros.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/guarros_132_12869328.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 24 Dec 2025 22:31:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mis guarros]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Abusos sexuales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El tiempo sin tiempo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/tiempo-tiempo_132_12832779.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f9a7cd99-4c19-4b93-88a9-4ef575f4eaf1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El tiempo sin tiempo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Durante un mes, mi tiempo ha estado marcado por pequeños gestos que se hicieron grandes al subirme a hombros de gigantes anónimos. En Can Serrat los días se miden de forma diferente</p><p class="subtitle">Digo barrio y veo cadáveres
</p></div><p class="article-text">
        Andaba por aquellos meses escribiendo una novela, sujetando firme los d&iacute;as y tratando de darlos de s&iacute; cuanto pod&iacute;a para revisar emails, responderlos, hacer la compra, ir a la oficina, cumplir con los viajes, someterme a las revisiones m&eacute;dicas, ejercitar aquellas partes del cuerpo que dol&iacute;an, alcanzar los indicadores autoimpuestos, escribir esta columna. Fue en diciembre, hace ahora un a&ntilde;o. Andaba por aquellos meses exprimiendo los d&iacute;as y mis plantas &ndash; y por supuesto no solo ellas&ndash; se resintieron y algunas enfermaron.
    </p><p class="article-text">
        El email que recib&iacute; entonces dec&iacute;a: Ha sido seleccionada para formar parte del programa de residencia internacional de <a href="https://canserrat.org/es/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Can Serrat</a> el pr&oacute;ximo oto&ntilde;o. Can Serrat es una antigua mas&iacute;a catalana en la falda de la monta&ntilde;a de Montserrat comprada en 1989 por once artistas noruegos que brindan tiempo y espacio a artistas de todo el mundo para explorar el proceso de creaci&oacute;n, la investigaci&oacute;n, el di&aacute;logo, la pregunta y sus dudas, la indagaci&oacute;n propia y ajena.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que sin darle muchas vueltas al asunto y ante la estupefacci&oacute;n de algunos compa&ntilde;eros y alg&uacute;n que otro jefe, solicit&eacute; un permiso en mi empresa; as&iacute; que me lo dieron, a pesar de las miradas llenas de preguntas (&iquest;dejar todo un mes de trabajar?, &iquest;parar?); as&iacute; que dije que s&iacute;; as&iacute; que lleg&oacute; el pr&oacute;ximo oto&ntilde;o y el pr&oacute;ximo oto&ntilde;o fue el pasado mes de noviembre.
    </p><p class="article-text">
        Me sub&iacute; a un tren con una maleta cargada de libros, de temor y de ropa para el fr&iacute;o cuando en Sevilla todav&iacute;a acamp&aacute;bamos en el entretiempo. As&iacute; atraves&eacute; Espa&ntilde;a. Lo hice con ese resquemor que nos produce abandonar nuestros d&iacute;as agriamente planificados; lo hice embadurnada de la incertidumbre y el v&eacute;rtigo, claro; ese tener por delante todo un mes para escribir y el espanto de no ser capaz de arar una sola palabra en mi libreta virgen, habituada a hacerlo entre el estr&eacute;s de completar una tarea y otra y la siguiente.
    </p><p class="article-text">
        En el camino a mi propia &Iacute;taca y durante los dos primeros d&iacute;as devor&eacute; <a href="https://www.eldiario.es/cultura/libros/comeras-flores-libros-ano-muestra-maltrato-bulimia-no-son-cosa-adolescentes_1_12792786.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;Comer&aacute;s flores&rdquo;</a>, la &oacute;pera prima de Luc&iacute;a Solla, una historia &iquest;de amor? que adelgaz&oacute; mi piel unos cuantos mil&iacute;metros y <a href="https://www.eldiario.es/cultura/libros/juan-tallon-imposible-sostener-vida-errores-han-hecho-creer_128_12732575.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;Mil cosas&rdquo;</a> de Juan Tall&oacute;n, novela que narra las &uacute;ltimas jornadas de una pareja, Anne y Travis, antes de comenzar a disfrutar las vacaciones de verano, un para&iacute;so cada vez m&aacute;s lejano que convierte sus vidas en una carrera contrarreloj por las mil cosas por hacer, donde lo importante no es el tiempo que tenemos sino el que nos falta para concluir las tareas pendientes. Y, por supuesto, el tiempo que perdemos en ellas.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Comencé a vislumbrar un tiempo que consiste en olvidarse del tiempo, en dejarse hacer, en estar presentes, en dar las gracias. Somos lo que hacemos con nuestro tiempo o, mejor, lo que el tiempo hace de nosotros</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Record&eacute; que hac&iacute;a d&eacute;cadas que no emprend&iacute;a un viaje simplemente para estar. No para hacer mil cosas como Travis y Anne en su existencia hiperactiva. Durante un mes, mi tiempo ha estado marcado por peque&ntilde;os gestos que se hicieron grandes al subirme a hombros de gigantes an&oacute;nimos. En Can Serrat los d&iacute;as se miden de forma diferente: el tiempo en que Yuchen toca el piano en el <em>living</em> de abajo. El tiempo en que frente al fuego Luna me pregunta: &iquest;Qu&eacute; es perderse? &iquest;Y c&oacute;mo saber que una est&aacute; perdida? Yo, tratando de escribir. El tiempo en que Aye me busca para hablarme de los fantasmas de Leila Guerriero mientras paseamos; El tiempo en que Lou se me acerca, me olisquea y se tumba a mis pies. El tiempo en que Ula, mientras bailamos al ritmo de la m&uacute;sica de Grace y Gordon, me cuenta que las l&aacute;grimas de los beb&eacute;s se deslizan a una velocidad m&aacute;s lenta, regidas por otro tiempo que el de los adultos, porque lo importante es que las veamos y nos enternezcan. El tiempo en que Fran me lee un poema y luego otro y otro, porque no hay tiempo aqu&iacute;. Habl&aacute;bamos del <em>Elogio de la Lentitud</em> sin saber que ya estaba escrito. Yo compart&iacute;a mi desasosiego cuando sent&iacute;a que no estaba haciendo, solo siendo. El tiempo de lecturas levantando la vista para encontrarme con la monta&ntilde;a de Montserrat. El tiempo de compartir la sala de escritores con Vero y Caro. De mi primer mate en una pradera con ellas. De mis primeros caracoles a la brasa. De mis primeras cartas recibidas en a&ntilde;os. De las conversaciones con Alejandra, Maceo, Rafa, Ely, Shin. El tiempo del ronroneo del gato Salvador y del sabor de la tarta de rosas de Vlada y de la fortaleza de la mesa de piedra buscando el sol junto a Gizam y del perro cabeceando en el sof&aacute; junto a la chimenea.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Los primeros d&iacute;as me despertaba a las seis de la ma&ntilde;ana. Quiz&aacute;s fuera por el silencio ah&iacute; afuera. Y tambi&eacute;n por el ruido interior de las mil cosas que antes hac&iacute;a. Al poco (dos, tres d&iacute;as quiz&aacute;s), comenc&eacute; a vislumbrar un tiempo que consiste en olvidarse del tiempo, en dejarse hacer, en estar presentes, en dar las gracias. Somos lo que hacemos con nuestro tiempo o, mejor, lo que el tiempo hace de nosotros. Por la noche, ateridos de fr&iacute;o, nos arrebuj&aacute;bamos en torno al fuego y lo sent&iacute;amos venir de puntillas por el pasillo en sombras, subir las escaleras, asomarse a las habitaciones compartidas abriendo alguna que otra puerta entornada. Hasta que el tiempo se convert&iacute;a en uno solo, sent&aacute;ndose en aquella sala donde est&aacute;bamos todos juntos, donde charl&aacute;bamos sin reloj ni cobertura ni redes sociales por las noches, o donde bail&aacute;bamos sin sentir la carga de los cuerpos aplastados por las mil cosas por hacer, ese tiempo que tambi&eacute;n danzaba con nosotros porque no hab&iacute;a nada m&aacute;s bello que urdir. Se nos sub&iacute;a el tiempo a la cabeza y a veces nos d&aacute;bamos cuenta de que era preciso olvidarlo para disfrutarlo. Huir del culto a la velocidad hizo crecer el tiempo mientras jug&aacute;bamos con &eacute;l.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Un camino al infierno empedrado por las miles de tareas pendientes. Un camino al infierno que no es más que desperdiciar el poco tiempo que nos es dado. Las escuché. Y ya de vuelta a las mil cosas por hacer, en puertas de un nuevo año, solo siento agradecimiento por todas aquellas personas que me mostraron el tiempo sin tiempo, ese vivir siendo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Yo he visto ese tiempo, el tiempo que viene de adentro, y ahora no puedo &ndash;no quiero&ndash; olvidarlo. Echo de menos a personas con las he compartido escasamente un mes de mi vida. Ven&iacute;an de distintos lugares del mundo y podr&iacute;a decirse que apenas ten&iacute;amos en com&uacute;n nada m&aacute;s que nuestro mes de noviembre en una mas&iacute;a, nuestro amor por el arte y la perplejidad ante el disfrute de un tiempo sin tiempo que mitig&oacute; mi estr&eacute;s, insomnio y agotamiento, s&iacute;ntomas de esa &ldquo;enfermedad del tiempo&rdquo; que acu&ntilde;&oacute; Dossey en 1982 &ndash;un estadounidense del que no hab&iacute;a o&iacute;do hablar antes, probablemente por falta de tiempo&ndash; para nombrar la neura de los que hemos sido alguna vez yonquis de la adrenalina y sentimos la certeza de que nunca hay tiempo suficiente porque se desvanece y de que tenemos que correr cada vez a mayor velocidad para no perderlo.
    </p><p class="article-text">
        Tengo una planta carnosa en la ventana del ba&ntilde;o que seg&uacute;n los manuales echa una flor blanca de hasta veinticinco cent&iacute;metros de di&aacute;metro y que vive una sola noche. La tengo desde el confinamiento y hace poco estuvo muy enferma. Jam&aacute;s hab&iacute;a florecido y eligi&oacute; mi estancia en Can Serrat para hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        Me pareci&oacute; que la monta&ntilde;a, al igual que la carnosa que florec&iacute;a en mi casa, me hablaban, me dec&iacute;an: Est&aacute;s enferma, tienes la enfermedad del tiempo. Un camino al infierno empedrado por las miles de tareas pendientes. Un camino al infierno que no es m&aacute;s que desperdiciar el poco tiempo que nos es dado. Las escuch&eacute;. Y ya de vuelta a las mil cosas por hacer, en puertas de un nuevo a&ntilde;o, solo siento agradecimiento por todas aquellas personas que me mostraron el tiempo sin tiempo, ese vivir siendo.
    </p><p class="article-text">
        Esta ma&ntilde;ana, camino de la oficina, todos los sem&aacute;foros se me pon&iacute;an en &aacute;mbar y record&eacute; las palabras le&iacute;das en la novela de Juan Tall&oacute;n: &ldquo;el sem&aacute;foro amarillo es la met&aacute;fora de nuestras vidas&rdquo; y comenc&eacute; mi pacto contra el olvido invocando los instantes vividos, tempestuosos, a destiempo, intemporales, como un contratiempo atemperado, porque nunca sabemos si nos conviene acelerar a lo loco o detenernos en seco. Yo, por si acaso, cruzar&eacute; en &aacute;mbar al ritmo de mi propia plegaria salpimentada: que noviembre no termine jam&aacute;s de pasar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/tiempo-tiempo_132_12832779.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 10 Dec 2025 20:29:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El tiempo sin tiempo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estrés,Tiempo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Digo barrio y veo cadáveres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/digo-barrio-veo-cadaveres_132_12760938.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/279567a2-4d13-4416-ba26-eb5bdf8159e0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Digo barrio y veo cadáveres"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Pero esto no son nuggets", dijo la señora en un perfecto inglés americano. A lo que él respondió en perfecto andaluz: "No señora, esto es pollo frito. En la carta pone pollo frito. ¿A que no pone nuggets?"</p></div><p class="article-text">
        Cuando no s&eacute; qu&eacute; escribir, salgo a caminar por mi barrio. Fue hace una semana. Iba a ser un paseo vaporoso, de una ingravidez pasajera que me empujara a sobrevivir una tarde ins&iacute;pida, dej&aacute;ndome llevar.
    </p><p class="article-text">
        Pas&eacute; cerca de los veladores de un bar de toda la vida (mi memoria abigarrada diciendo: &iquest;la vida de qui&eacute;n?) donde el camarero serv&iacute;a un plato de pollo frito a una pareja. &ldquo;Pero esto no son <em>nuggets&rdquo;</em>, dijo la se&ntilde;ora en un perfecto ingl&eacute;s americano. A lo que &eacute;l respondi&oacute; en perfecto andaluz: &ldquo;No se&ntilde;ora, esto es pollo frito. En la carta pone pollo frito. &iquest;A que no pone <em>nuggets</em>?&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Me hubiera gustado intervenir, decirle a la se&ntilde;ora que aqu&iacute; no hay pepitas de pollo, pero soy una cobarde. As&iacute; que continu&eacute; mi camino.
    </p><p class="article-text">
        Donde antes estaba el cine B&eacute;cquer y fui a ver <em>Instinto B&aacute;sico</em>, ahora hay un D&iacute;a donde compro leche, papel higi&eacute;nico, caf&eacute;; un supermercado donde durante el confinamiento los vecinos llenaban carros de papel higi&eacute;nico y latas; que abre los domingos. Muchos domingos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Donde antes estaba El Bigote &ndash;un bareto resurgido de la memoria&ndash; y nos tom&aacute;bamos la primera ca&ntilde;a del viernes al solecito hace no tantos a&ntilde;os, acaban de dar lustre a tres nuevos apartamentos tur&iacute;sticos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Donde antes estaba la tienda de muebles en la que compr&eacute; la primera mesita de noche cuando me fui de casa de mis padres, ahora hay un Hach&oacute;dromo, una franquicia donde desestresarse lanzando hachas.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Donde antes estaba la agencia de viajes Rainbow Travel, ahora hay otra, otra pizzería de porciones. Donde antes estaba La Bruja con sus escaleras angostas enfilando a un averno luminoso y fui a conciertos y bailé con los ojos cerrados y las ganas abiertas, ahora hay apartamentos turísticos. Y donde estaba Muebles Ávila, ahora hay otro bar</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Donde antes estaba El Rinconcito de Feria, ahora hay, tambi&eacute;n, apartamentos tur&iacute;sticos. Donde antes estaba el cine Alameda y un vest&iacute;bulo en colores madera y una hamburgueser&iacute;a y una librer&iacute;a y una mugre con olor de adolescente, ahora no hay nada. Iba a haber algo, me digo. Sali&oacute; en todos los medios, pero lo cierto es que no hay nada.
    </p><p class="article-text">
        Donde antes estaba El Kafka y bailamos hasta el amanecer algunos s&aacute;bados, ahora hay apartamentos tur&iacute;sticos. Donde antes estaba Cosm&eacute;tica Eva ahora hay un locker. Donde antes estaba el Gabinete del Doctor Letamendi, una tiendita de alquiler de DVDs, ahora hay una pizzer&iacute;a de porciones. Donde antes estaba la agencia de viajes Rainbow Travel, ahora hay otra, otra pizzer&iacute;a de porciones. Donde antes estaba La Bruja con sus escaleras angostas enfilando a un averno luminoso y fui a conciertos y bail&eacute; con los ojos cerrados y las ganas abiertas, ahora hay apartamentos tur&iacute;sticos. Y donde estaba Muebles &Aacute;vila, ahora hay otro bar.
    </p><p class="article-text">
        Donde antes hab&iacute;a un zapatero, ahora hay locker. Donde antes estaba Electricidad Feria y mi marido compraba bombillas siendo un ni&ntilde;o, ahora hay una pizzer&iacute;a. Donde antes estaba el Kilo y la abuela compraba retales, ahora hay un restaurante liban&eacute;s. Donde antes estaba la Librer&iacute;a Baena, sobrevive, inerme, la Librer&iacute;a Baena.
    </p><p class="article-text">
        Donde antes estaba El Mato, un negocio de confecciones a medida que dicen que acu&ntilde;&oacute; aquello de <em>M&aacute;s barato que en el Mato</em>, ahora hay una tienda vintage, despu&eacute;s de haber sido Mr Cake y otras tantas cosas.
    </p><p class="article-text">
        Donde antes estaba Splash Ib&eacute;rica, una tienda de zapatos con alza para que los tipos bajos parecieran m&aacute;s altos, ahora est&aacute; Masaltos. Algunos m&aacute;s altos fueron: Mick Jagger, Tom Cruise, Carlos Baute, Jos&eacute; Mar&iacute;a Aznar, Nicolas Sarkozy, Vlad&iacute;mir Putin.
    </p><p class="article-text">
        Donde antes estaba Noctalia y compr&eacute; mi primer colch&oacute;n de matrimonio, ahora hay un Carrefour Express que abre los domingos.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Digo barrio y veo cientos de candados con combinaciones paralíticas de esta cárcel en la que nos convertimos; digo barrio y veo gente obedeciendo la voz de Google Maps, todos buscando lo mismo; digo barrio y veo lockers y lavanderías porque aquí todos están de paso, mientras escucho las plegarias de los pocos privilegiados que aún quedamos</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Si lo piensan, la escena no tiene nada de especial. Ocurre en la mayor&iacute;a de nuestras <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/ciudad-cansados_132_11298402.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ciudades</a> y bastar&iacute;a con hacer un breve recorrido por aquellos lugares en los quiz&aacute;s fuimos plenos sin aspavientos y advertimos, por supuesto, mucho tiempo despu&eacute;s: ir al cine, comprar el pan reci&eacute;n hecho, arreglar unos zapatos rojos que guardabas y vuelven a llevarse, escudri&ntilde;ar telas estampadas, preguntarle a la farmac&eacute;utica por aquel dolorcito, que te despachen fruta, o&iacute;r el griter&iacute;o en los columpios.
    </p><p class="article-text">
        Leyendo sobre las ciudades me top&eacute; con un poema de Precious Arinze que podr&iacute;a traducirse como &ldquo;El pasado no siempre es una puerta que se pueda cruzar.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Digo barrio y tras su puerta veo el gent&iacute;o buscando trufas blancas bajo la tierra, pero ya no hay tierra; pepitas de oro en el lecho de un r&iacute;o de alojamientos, pero tampoco hay r&iacute;o; perlas en el interior de unas ostras que no son ostras sino mejillones y caracoles.
    </p><p class="article-text">
        Digo barrio y veo cientos de candados con combinaciones paral&iacute;ticas de esta c&aacute;rcel en la que nos convertimos; digo barrio y veo gente obedeciendo la voz de Google Maps, todos buscando lo mismo; digo barrio y veo lockers y lavander&iacute;as porque aqu&iacute; todos est&aacute;n de paso, mientras escucho las plegarias de los pocos privilegiados que a&uacute;n quedamos. Y s&iacute;, claro, hay d&iacute;as en que nos resultan tan molestos como el zumbido de una mosca un verano pegajoso, inaudibles nuestras plegarias bajo el pelot&oacute;n de un ej&eacute;rcito que arrasa calles que antes fueron comercios de barrio y patios de vecinos o qu&eacute; s&eacute; yo.
    </p><p class="article-text">
        Escribe Arinze un &uacute;ltimo verso turbador: &ldquo;Escucha, que no haya sangre no es prueba suficiente de que nada haya muerto (<em>Look, the absence of blood is not enough to prove that nothing died</em>)&rdquo;. Cuando no s&eacute; sobre qu&eacute; escribir salgo a caminar por mi barrio. Solo que mi barrio ya no es un barrio. Lo s&eacute; porque &uacute;ltimamente solo veo cad&aacute;veres al doblar cualquier esquina. Y luego, nada.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/digo-barrio-veo-cadaveres_132_12760938.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 12 Nov 2025 19:43:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Digo barrio y veo cadáveres]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los ángulos muertos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/angulos-muertos_132_12724205.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7332c9ad-8da4-494c-86da-dcc42a2b9e84_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los ángulos muertos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo que se gesta en cada uno de nuestros ángulos muertos, no importa lo escondido que permanezca, se nos subleva un día. Porque siempre estuvo ahí</p></div><p class="article-text">
        No lo vi venir. Lo dice con pesar, con el remordimiento de no haber abonado lo suficiente sus a&ntilde;os. Le recito entonces el inicio de un cuento de Pedro Ugarte que le&iacute; sobrecogida hace a&ntilde;os &ndash;<em>Enanos en el jard&iacute;n</em>&ndash;, que dice: &ldquo;De Elsa yo sab&iacute;a lo que puede saber un hombre de su esposa: algo menos cada d&iacute;a&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Algo menos cada d&iacute;a es lo que sabemos los unos de los otros, le digo. Apenas unos mil&iacute;metros es la longitud inicial de ese algo. Algo menos que al ser tan poco no llega a alarmarnos. Algo tan nimio, tan poca cosa, que para qu&eacute; preocuparse. Cuando lo conoc&iacute; le gustaba viajar, me dice mi amiga. Cuando lo conoc&iacute; nos compart&iacute;amos. Y viaj&aacute;bamos. Viaj&aacute;bamos juntos, incluso en el sof&aacute; deshilachado, porque a &eacute;l tambi&eacute;n le gustaba. Pero eso fue antes de estas cuatro palabras: algo menos cada d&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando yo era una cr&iacute;a pensaba que el intermitente del coche era el salvoconducto para girarlo. Si no usabas el intermitente, el coche simplemente no pod&iacute;a cambiar de direcci&oacute;n. Las ruedas no giraban. Eso cre&iacute;a mi cabeza infantil, cuya simplicidad del mundo dur&oacute; todav&iacute;a algunos a&ntilde;os. Luz parpadeante a la derecha para girar a la derecha. Luz parpadeante a la izquierda para girar a la izquierda. Y todo estaba bien, en orden y en calma, porque mi padre siempre accionaba la palanca en el momento perfecto, oportuno, exacto. Y entonces las ruedas viraban y el universo segu&iacute;a su curso sin mayores sobresaltos.
    </p><p class="article-text">
        Una tarde de diciembre, tendr&iacute;a yo unos seis o siete a&ntilde;os, &iacute;bamos los cuatro en coche a hacer recados. Mis padres entraron en una tienda de peque&ntilde;os electrodom&eacute;sticos. Tardamos un minuto, dijeron. Sesenta segundos tienen una vida distinta si es primavera o si es invierno. En la puerta del local, un rey mago ofrec&iacute;a caramelos a cambio de deseos infantiles, mientras nosotros esper&aacute;bamos en el coche y lo observ&aacute;bamos a trav&eacute;s de la ventanilla. Nosotros &eacute;ramos primavera. No recuerdo bien c&oacute;mo ocurri&oacute;, pero luego supe que en la vida hay simultaneidades indescifrables, un no verlo venir, de modo que a la vez que mis padres entraban en el coche con sus paquetes una ma&ntilde;ana de invierno, mi hermano y yo sal&iacute;amos de &eacute;l oliendo la promesa de las flores y la yerba y los caramelos.
    </p><p class="article-text">
        Mientras habl&aacute;bamos con el rey para que nos diera algunos Sugus, aquel d&iacute;a de recados en plenas navidades descubr&iacute; tres cosas. La primera: que bajo la barba blanca del tipo que se cre&iacute;a rey no hab&iacute;a ni una sola arruga, pero s&iacute; vellos negros que yo quer&iacute;a tocar; el segundo descubrimiento: que era imposible que aquel rey mago pudiera retener todos los deseos de todas las infancias y sus jardines. Menos a&uacute;n hacerlos realidad. La tercera epifan&iacute;a sobrevino cuando mis padres, sin percatarse de que nos hab&iacute;amos bajado del coche mientras ellos sub&iacute;an, se marchaban avenida Luis Montoto abajo sin &ndash;&iquest;c&oacute;mo demonios era posible, eh?&ndash; sin poner el intermitente izquierdo para incorporarse en su correspondiente carril.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Desde que fui testigo del primer giro sin intermitente me obsesioné en constatar con esmero quién los ponía. Ya no en el coche, claro, sino en la vida. Quién arrojaba un parpadeo a la izquierda o a la derecha para facilitar la comprensión en los otros, ese anticipo tan necesario para la convivencia. O quién exhibía su luz derecha para girar a la izquierda y provocar desconcierto, que también los hay</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Nuestra orfandad dur&oacute; apenas unos minutos, claro, el tiempo necesario para que, seg&uacute;n nos contaron, pap&aacute; pensara un &ldquo;Qu&eacute; callados van los ni&ntilde;os&rdquo;, para que mam&aacute; dijera un &ldquo;Qu&eacute; callados van&rdquo;, para que uno mirara por el espejo retrovisor sin vernos y para que ella gritara asustada un &ldquo;&iexcl;Los ni&ntilde;os!&rdquo;, mientras forzaban un cambio de sentido sin intermitente.
    </p><p class="article-text">
        Desde que fui testigo del primer giro sin intermitente me obsesion&eacute; en constatar con esmero qui&eacute;n los pon&iacute;a. Ya no en el coche, claro, sino en la vida. Qui&eacute;n arrojaba un parpadeo a la izquierda o a la derecha para facilitar la comprensi&oacute;n en los otros, ese anticipo tan necesario para la convivencia. O qui&eacute;n exhib&iacute;a su luz derecha para girar a la izquierda y provocar desconcierto, que tambi&eacute;n los hay.
    </p><p class="article-text">
        Nadie me explic&oacute; entonces que hay lugares del coche donde ni los espejos ni los avisos alcanzan. Esos &aacute;ngulos muertos donde metemos nuestras verg&uuml;enzas para no verlas, nuestras listas de tareas pendientes para no verlas, nuestros desamores para no verlos.
    </p><p class="article-text">
        Si una busca en Google qu&eacute; son los &aacute;ngulos muertos, la IA &ndash;que ya aparece como primera respuesta certera a todas y cada una de nuestras preguntas&ndash; nos lanza la definici&oacute;n de &aacute;ngulo muerto y c&oacute;mo esquivarlos.
    </p><p class="article-text">
        Las instrucciones son precisas y universales: ajustar los espejos laterales correctamente para optimizar la visi&oacute;n perif&eacute;rica; girar la cabeza para verificar la presencia de otros veh&iacute;culos o personas; inclinar el cuerpo para mirar directamente a las &aacute;reas de los puntos ciegos; mantener la vigilancia constante y -voil&agrave;- usar los intermitentes con la debida antelaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Lo que se gesta en cada uno de nuestros &aacute;ngulos muertos, no importa lo escondido que permanezca, se nos subleva un d&iacute;a. Porque siempre estuvo ah&iacute;. Aparece en nuestro camino sin previo aviso y se planta frente a nosotros, como un monstruo reci&eacute;n nacido, como una estaci&oacute;n de servicio abandonada cuando necesitamos combustible.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Y entonces se da cuenta de que fue desde el inicio, desde ese algo menos cada día que no vio, que no vemos, ovillados como andamos en el ángulo muerto del otro, hasta que nos descubrimos un día buscando enanitos por el jardín. Como locos. Y allí la dejé, nadando con brazadas torpes por el océano de coches heridos, en el punto exacto donde ya no me veía</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Hay tardes como hoy en las que la luz del atardecer me recuerda a todos los intermitentes doblegados y durante unos minutos vuelvo a sentirme una ni&ntilde;a sola apretando en el pu&ntilde;o un caramelo, mientras me reprimo el deseo de tocar las barbas oscuras que hay bajo todas las dem&aacute;s postizas y observo c&oacute;mo las horas desaparecen por el horizonte.
    </p><p class="article-text">
        El problema no es ya omitir los intermitentes. El problema es que nos quedamos obnubilados observando nuestros propios pasos, las piedritas del asfalto, nuestras propias ruinas. El problema, como en muchos otros casos, es no ver. O andar demasiado ocupados para querer hacerlo. Muchos de nuestros problemas actuales podr&iacute;an evitarse usando los intermitentes, s&iacute;, girando la cabeza de vez en cuando &ndash;a un lado y al otro&ndash;, no crey&eacute;ndonos conductores tan diestros, ajustando nuestros retrovisores y mirando con atenci&oacute;n. En lugar de hacer caso a las recomendaciones que todos conocemos, preferimos no ver, pasar por alto, para que cuando estallen las desgracias, podamos decir que no las vimos venir, que no las pudimos anticipar.
    </p><p class="article-text">
        Hace poco le&iacute; un librito maravilloso al que llegu&eacute; escudri&ntilde;ando mi &aacute;ngulo muerto: &ldquo;El accidente&rdquo; de Blanca Lacasa condensa en setenta p&aacute;ginas una historia de enamoramiento y desconcierto entre dos personas que no se vieron en sus respectivos retrovisores y para cuando quisieron darse cuenta ya hab&iacute;a ocurrido el accidente. &ldquo;(...) ella no sale de ese &aacute;ngulo muerto. Porque eso es justo lo que es: un &aacute;ngulo muerto, que es esa zona que no se puede ver pero que est&aacute;. Esa &iacute;nfima parte en la que pasan cosas, donde se escriben tantas veces los peores accidentes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La soluci&oacute;n, quiz&aacute;s, sea prestar m&aacute;s atenci&oacute;n a nuestros &aacute;ngulos muertos. A los &aacute;ngulos muertos donde aguarda la ara&ntilde;a que tememos, donde aguarda la palabra exacta que buscamos, donde aguarda con los ojos abiertos el ni&ntilde;o que fuimos y que quiere volver de a ratos, el olor a infancia, donde aguarda la amenaza a la enfermedad, a la muerte, donde aguarda el s&iacute;ndrome del nido vac&iacute;o. Donde tambi&eacute;n aguardan los cribados del c&aacute;ncer de mama y el acoso escolar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No estar&iacute;a escribiendo sobre esto si mi amiga no me hubiera compartido aquella confidencia. Pero ya no me escucha. Olvid&oacute; poner los retrovisores, girar la cabeza, activar el intermitente.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;No lo vi venir, me insiste.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Y desde cu&aacute;ndo no viaj&aacute;is?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Hace a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Hace a&ntilde;os?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;S&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;A&ntilde;os?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;S&iacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Pero &iquest;no le gustaba viajar?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Le gustaba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Y ya no le gusta?
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Ya no.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;Desde cu&aacute;ndo?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y entonces se da cuenta de que fue desde el inicio, desde ese algo menos cada d&iacute;a que no vio, que no vemos, ovillados como andamos en el &aacute;ngulo muerto del otro, hasta que nos descubrimos un d&iacute;a buscando enanitos por el jard&iacute;n. Como locos. Y all&iacute; la dej&eacute;, nadando con brazadas torpes por el oc&eacute;ano de coches heridos, en el punto exacto donde ya no me ve&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/angulos-muertos_132_12724205.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 29 Oct 2025 20:44:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los ángulos muertos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Yo no quiero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/no-quiero_132_12684686.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/59e9b040-dcd6-4966-82b0-a30f7471ebdb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Yo no quiero"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Quiero que se hable de abandono, no de error; quiero unos tiempos de espera dignos y razonables; quiero ser yo quien maneje la ansiedad que me genera la posibilidad de la muerte y no la desidia por nuestras vidas. Y quiero ver el vaso como me dé la gana</p><p class="subtitle">El puto</p></div><p class="article-text">
        Yo no quiero: que un cuarto de mi pecho vague incierto en un quir&oacute;fano durante meses; no quiero levantarme una ma&ntilde;ana templada, caminar media hora hasta la consulta privada para una revisi&oacute;n rutinaria y sentir, de pronto, un fr&iacute;o ardiente. Que los ojos de mi doctor se hagan peque&ntilde;os. Yo no quiero aprender a interpretar una tos, un evadir la mirada, atender a una voz que siempre fue firme temblar como la barbilla de un ni&ntilde;o sobre los dos puntos, como el agua mansa molestada por una piedra distra&iacute;da. Yo no quiero descifrar diagn&oacute;sticos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dos puntos: &ldquo;No me gusta. No me gusta lo que he visto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Yo no quiero <a href="https://www.xeniagarcia.com/carceles-de-azucar/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ganar el primer premio de relatos de la Fundaci&oacute;n Montele&oacute;n</a>, recibir un laurel de 6.000 euros y pensar: qu&eacute; regalo hacerme, qu&eacute; capricho darme. Y luego, a las pocas semanas, despertarme un d&iacute;a y escuchar aquellas palabras como un umbral abierto: &ldquo;No me gusta lo que he visto&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo no quiero indagar, googlear para saber que un <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/BI-RADS" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">BI-RADS 0</a> es una prueba no concluyente que necesita de otra prueba diagn&oacute;stica. Que un BI-RADS 1 es negativo; que un BI-RADS 2 requiere de un seguimiento anual; que un BI-RADS 3, en cambio, requiere de biopsia y de un &ldquo;seguimiento de intervalo corto&rdquo;; que la categor&iacute;a 4 tiene distintas subcategor&iacute;as en funci&oacute;n de la malignidad; que en el BI-RADS5 &ndash;con una probabilidad mayor al 95% de hallazgos malignos&ndash; la actitud recomendada es &ldquo;tomar acciones apropiadas&rdquo;; que el BI-RADS6 es el nombre de la malignidad demostrada.
    </p><p class="article-text">
        Yo no quiero escuchar tras los dos puntos: BI-RADS5. Pero lo escucho. Y es ah&iacute;, en ese momento, cuando comienza una t&iacute;mida epifan&iacute;a, la revelaci&oacute;n que otorga el conocimiento, ese que le han negado a unas 2.000 (dicen) mujeres en Andaluc&iacute;a. Ese instante en que tu pez&oacute;n comprende; tus galact&oacute;foros comprenden; los l&oacute;bulos que se asemejan a p&eacute;talos de una margarita comprenden; los bulbos diminutos que produjeron el alimento de tus hijos, comprenden; los ductos donde convergen los l&oacute;bulos, lobulillos y bulbos, esos mismos que ahora te muestran en una mamograf&iacute;a repletos de calcificaciones y que le ponen nombre al peligro &ndash;BI-RADS5&ndash; comprenden; las areolas y vasos sangu&iacute;neos comprenden; los nodos linf&aacute;ticos, los frijoles bajo el brazo comprenden.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">El doctor me explica el precio de mi enfermedad con paciencia. Únicamente estando en esta silla de esta consulta de esta tarde repetida pueden vislumbrarse las sábanas del hospital, las curas, los temores, el cansancio, los agujeros</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Ese umbral de consciencia lo atravieso una tarde diferente, pero similar a todas las dem&aacute;s. Un pasillo que engendra ratas y cangrejos. Y es ah&iacute;, en el preciso momento en que todo tu cuerpo lo sabe, cuando la enfermedad cobra nombre; es ah&iacute; cuando ya es imposible no saber. Es el <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/primperan_132_10589456.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">a&ntilde;o 2022</a> y cuando le suplico a mi doctor que me traten por la p&uacute;blica, me explica que una cosa es el protocolo (&ldquo;tomar acciones apropiadas, inmediatas&rdquo;) y otra bien distinta los tiempos de espera. Voy a la p&uacute;blica. No puedo saberlo entonces, pero a los diecis&eacute;is meses, cuando mi herida ya est&aacute; pr&aacute;cticamente cicatrizada y mi cuenta saqueada, a&uacute;n no me habr&aacute;n citado.
    </p><p class="article-text">
        Yo no quiero ser una de esas cuatro mujeres que luego fueron 2.000 y que en realidad no se sabe cu&aacute;ntas somos. Porque muchas callamos. Porque mis cuentos pagaron mi intervenci&oacute;n, tuve suerte. Mi nombre no engrosa la monta&ntilde;a de afectadas. Pienso: Yo no quiero tener que comprar la suerte, subastarla, ponerle precio.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo por aquellos d&iacute;as un pensamiento at&aacute;vico: Yo no quiero que mi hija sea madre sin madre. No quiero ser una teta. No quiero ser la ausencia de una teta. Yo no quiero tener que volver a esperar diecis&eacute;is meses para una mamograf&iacute;a tras haberme tenido que someter a una cuadrantectom&iacute;a por la privada porque en la p&uacute;blica el apellido de mi pecho derecho hubiera sido much&iacute;simo m&aacute;s largo, much&iacute;simo m&aacute;s peligroso.
    </p><p class="article-text">
        Yo no quiero m&aacute;s homil&iacute;as. Las patra&ntilde;as esgrimidas por todos los gobiernos de que la salud no tiene precio. La salud no tiene precio. No: la salud no tiene precio. Tiene precio la enfermedad. Tiene precio el miedo. Tiene precio la espera. Aunque no solo. Tambi&eacute;n est&aacute; aquella otra cantinela del esfuerzo, el urbanismo de la lozan&iacute;a. A lo mejor no te curas porque no lo has deseado lo suficiente, porque has visto el vaso medio vac&iacute;o, como dijo hace unas semanas la <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/consejera-andaluza-salud-victimas-diagnostico-tardio-cancer-no-veais-vaso-medio-vacio_1_12651708.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">consejera de Salud</a>.
    </p><p class="article-text">
        El doctor me explica el precio de mi enfermedad con paciencia. &Uacute;nicamente estando en esta silla de esta consulta de esta tarde repetida pueden vislumbrarse las s&aacute;banas del hospital, las curas, los temores, el cansancio, los agujeros.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Yo no quiero que me den un neceser de terciopelo, ni que le ofrezcan un menú a la carta a mi acompañante, ni unas zapatillas, ni un camisón. Yo no quiero, a la mañana siguiente, con el pecho vendado, el suero, los puntos frescos, irme a mi casa porque cada día en el hospital cueste 300 euros. No quiero</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Yo no quiero pagar por la biopsia 1.032 euros convenientemente desglosados: 40 euros por la anatom&iacute;a patol&oacute;gica, 40 euros por los marcadores post-bag, 952 euros por la biopsia con aguja gruesa. Me dijeron que la aguja gruesa era buena se&ntilde;al, porque los tumores m&aacute;s agresivos requieren de una aguja fina. Yo no quiero buenas se&ntilde;ales. Yo no quiero que me tomen doce muestras, ninguna concluyente. Yo no quiero doce agujeros en mi pecho derecho. Un coladero.
    </p><p class="article-text">
        Yo no quiero pagar 260 euros por una resonancia de mama, la prueba concluyente que ratifica el diagn&oacute;stico. En quince d&iacute;as, un arp&oacute;n que est&aacute; inclu&iacute;do en el precio de la cuadrantectom&iacute;a: 3.200 euros. Venga, casi hemos terminado, ya no queda nada, me dice el Doctor Uno mientras incrusta lentamente el arp&oacute;n en mi pecho derecho. Me dice que va a doler. Duele. Lo dejan en esa posici&oacute;n toda la noche, sujeto con un esparadrapo. Me lo ponen sin anestesia. Permanece ah&iacute; sin anestesia. La boca del Doctor Dos dice que soy valiente, que me porto bien. Celebra mi sometimiento, pero en el fondo no tengo elecci&oacute;n: la m&aacute;quina me tiene atrapada por el pecho. No mires, me dice el Doctor Dos. Tengo la cabeza gacha y mi vista clavada en el suelo, un suelo brillante, con vetas luminosas de una cl&iacute;nica privada pagada con mis cuentos. Yo no quiero el arp&oacute;n, pero hay que indicarle al cirujano el camino correcto a la ma&ntilde;ana siguiente cuando me duerma sobre la mesa helada. Hay que convertir mi Bi-Rads5 en un sendero orlado con las m&aacute;ximas certezas posibles, cuando cualquier enfermedad &ndash;ya se sabe&ndash; es un viaje hacia lo incierto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo no quiero ir a una corseter&iacute;a y preguntar por un sujetador prot&eacute;sico. Una coraza con la que convivir&eacute; durante los pr&oacute;ximos meses, una coraza ortop&eacute;dica color carne o color blanco, nada de color negro que te haga olvidar lo que es. Yo no quiero pagar 90 euros por un sujetador que sujete la ausencia.
    </p><p class="article-text">
        Yo no quiero que me den un neceser de terciopelo, ni que le ofrezcan un men&uacute; a la carta a mi acompa&ntilde;ante, ni unas zapatillas, ni un camis&oacute;n. Yo no quiero, a la ma&ntilde;ana siguiente, con el pecho vendado, el suero, los puntos frescos, irme a mi casa porque cada d&iacute;a en el hospital cueste 300 euros. No quiero.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La semana que viene tengo de nuevo mi revisión. No hay palabras certeras –no lo suficiente– para expresar el miedo que derrama nuestros cuerpos al tumbarnos sobre la camilla –primero un brazo, luego el otro– mientras el gel frío nos cala los huesos. Deseenme suerte. Porque diligencia hace mucho que no hay</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Yo no quiero un vaho hecho de intenciones: la de aplicar la inteligencia artificial en el cribado del c&aacute;ncer de mama (si en lugar de la negligencia mantenida los &uacute;ltimos a&ntilde;os es la inteligencia artificial la responsable, &iquest;a qui&eacute;n reclamamos?); la de volver a bajar de 50 a 45 a&ntilde;os para el cribado; la de revisar un protocolo que no funcionaba, que no funciona, que seguir&aacute; sin funcionar porque <a href="https://www.eldiario.es/politica/ultima-hora-actualidad-politica-directo_6_12653421_1115802.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">faltan radi&oacute;logos</a> y sobran <a href="https://www.boe.es/buscar/doc.php?id=BOE-A-1997-9021" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">leyes </a>para permitir conciertos, privatizaci&oacute;n parcial y externalizaci&oacute;n del sistema sanitario p&uacute;blico. Yo no quiero que con mi salud jueguen al escondite, a pies quietos, a la gallinita ciega.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Saben? Yo no quiero 19 de octubre, ni octubres rosas, ni camisetas rosas, gorras rosas, lazos rosas. Hace unos meses, presentando &ldquo;Simios ap&oacute;stoles&rdquo; de Juan Bonilla, subray&eacute; varias veces una cita que dec&iacute;a: &ldquo;Esos que dicen que el tiempo pone cada cosa en su sitio&hellip; &iquest;no se dan cuenta de que la &uacute;nica misi&oacute;n del tiempo es precisamente quitarles el sitio a todas las cosas?&raquo;. Y eso es, sin m&aacute;s, lo que nos robaron a miles de mujeres. Nuestro tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Yo no quiero ser una teta y tres cuartos, qu&eacute; va. Pero, si a pesar de todo, he de ser una teta y tres cuartos; si a pesar de todo un TAC con contraste es la &uacute;nica prueba que vaticina la actividad de las c&eacute;lulas cancer&iacute;genas que otras pruebas diagn&oacute;sticas no consiguen ver; si a pesar de todo una biopsia con doce muestras, doce pinchazos en el pecho derecho no es suficiente, entonces, entonces s&iacute; quiero: quiero que me informen a su debido tiempo; quiero pagar impuestos y que no me desgraven el gimnasio ni el veterinario de mi coneja; quiero que se hable de <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/puto_132_12648797.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> abandono, no de error</a>; quiero unos <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/andalucia-lidero-2022-tiempo-espera-alto-ver-especialista-123-dias_1_10096131.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">tiempos de espera dignos y razonables</a>; quiero ser yo quien maneje la ansiedad que me genera la posibilidad de la muerte y no la desidia por nuestras vidas. Y quiero ver el vaso como me d&eacute; la gana.
    </p><p class="article-text">
        La semana que viene tengo de nuevo mi revisi&oacute;n. No hay palabras certeras &ndash;no lo suficiente&ndash; para expresar el miedo que derrama nuestros cuerpos al tumbarnos sobre la camilla &ndash;primero un brazo, luego el otro&ndash; mientras el gel fr&iacute;o nos cala los huesos. Deseenme suerte. Porque diligencia hace mucho que no hay. Y si al final el tiempo pone algo en su sitio, que sea esto: que no vuelva a haber un solo cuerpo esperando diecis&eacute;is meses para saberse vivo. Y no, disc&uacute;lpenme. Yo no quiero.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/no-quiero_132_12684686.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 15 Oct 2025 19:13:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Yo no quiero]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cáncer de mama,Sanidad pública]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El puto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/puto_132_12648797.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/605f7ad8-7eaf-486a-a4d1-be276690ebcd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El puto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay lecciones que se aprenden desde la cuna, como la que me enseñó que si quería hablar por mí misma y no en boca de otros tenía que encontrar mis propios términos. Por eso yo digo genocidio y no masacre</p><p class="subtitle">Hemeroteca - Eres mía</p></div><p class="article-text">
        Digamos que fue entonces. Hace pocos a&ntilde;os, en una comida familiar, confes&eacute; mi pecado: Cl&aacute;vale un tenedor. Esas fueron las palabras que pronunci&eacute;. Fue en la &eacute;poca de los primeros mandos a distancia, cuando cambi&aacute;bamos de canal solo por el placer de sentirnos poderosos en la lejan&iacute;a; la &eacute;poca de los primeros juguetes teledirigidos para ni&ntilde;os; la &eacute;poca de las primeras mu&ntilde;ecas peponas para futuras madres.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; anda? &iquest;Qu&eacute; tendr&aacute; dentro? Eso me pregunt&oacute; un d&iacute;a mi hermano lleno de curiosidad por los mecanismos que hac&iacute;an moverse a aquel robot oscilante que le hab&iacute;an tra&iacute;do los Reyes.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No s&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;No?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ni idea.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Vemos lo que tiene dentro?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Vale. Cl&aacute;vale un tenedor a ver &mdash;le susurr&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Mi hermano lo hizo. Le clav&oacute; el tenedor en el costado y su amigo emiti&oacute; un quejido, desliz&aacute;ndose por el piso, perdiendo nitidez, hasta desinflarse por completo. Lo castigaron. &Eacute;l nunca dijo que yo fui la art&iacute;fice de la idea y yo nunca confes&eacute;. Durante aquellos d&iacute;as, aprend&iacute; a vislumbrar el inmenso poder de la palabra: Cl&aacute;vale un tenedor. Desde entonces, la palabra <em>tenedor </em>me sopla culpa con el sonido estridente de un globo al desinflarse.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Para mí la palabra puto nunca fue un insulto. Cuando alguien la pronunciaba, yo saboreaba una tetina de goma menguando, yo veía el acuno de las noches, yo escuchaba a mi madre cantar &#039;Qué bonita que es mi niña cuando duerme&#039;</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Mucho antes, mucho, yo era una beb&eacute;. Para dormir, para evadirme del mundo, necesitaba mi chupe. Pero pasaba el tiempo, all&iacute;, agazapado en una esquina, y el chupe comenz&oacute; a deformar mis dientes. Mis padres probaron de todo. Lo &uacute;ltimo, ir cortando progresivamente la tetina del chupete para que cada vez hubiera menos a lo que agarrarse &ndash;ese acostumbrarse progresivamente a la ausencia, a la falta&ndash; hasta que apenas qued&oacute; algo que chupar. Y mi padre, entiendo que desde la desesperaci&oacute;n, dec&iacute;a de vez en cuando: Vamos a quitarle a la ni&ntilde;a ese puto chupe. Ese puto chupe.
    </p><p class="article-text">
        Yo casi no hablaba. Mi primer s&iacute;ndrome de abstinencia devino en quedarme con el adjetivo en lugar de usar el nombre de las cosas que dol&iacute;an. El adjetivo, tan denostado en literatura (el adjetivo, cuando no da vida, mata), fue mi salvoconducto. As&iacute; que, en las primeras noches de ayuno, en aquel desacostumbrarse que de adulta resulta tan familiar, lloraba, suplicaba. Yo apenas hablaba. Mi vocabulario del mundo conten&iacute;a solo un pu&ntilde;ado de palabras: pap&aacute;, mam&aacute;, pan, puto. Yo lloraba por el puto.
    </p><p class="article-text">
        Para m&iacute; la palabra <em>puto </em>nunca fue un insulto. Cuando alguien la pronunciaba, yo saboreaba una tetina de goma menguando, yo ve&iacute;a el acuno de las noches, yo escuchaba a mi madre cantar <em>Qu&eacute; bonita que es mi ni&ntilde;a cuando duerme</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo, de chica, dec&iacute;a <em>Colacado</em> en lugar de Cola Cao, porque decid&iacute; a&ntilde;adir la &ldquo;de&rdquo; a todas las palabras que me sonaban a participio. Vengo de las palabras de mi infancia. <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/no-aguantas-septiembre_132_10509504.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">De los jarambeles, de la leche que mamaste, del est&oacute;mago agilao y de la habitaci&oacute;n hecha una zah&uacute;rda</a>.
    </p><p class="article-text">
        Cre&iacute; hasta bien mayor que se dorm&iacute;a a la <em>interperie</em> porque mi abuela lo dec&iacute;a, mi madre lo dec&iacute;a, mis t&iacute;as lo dec&iacute;an. As&iacute;, por una fidelidad f&eacute;rrea a las ra&iacute;ces, perd&iacute; mi primera apuesta. Se dice <em>interperie</em>. Entonces aprend&iacute; que tengo un paisaje repleto de palabras que son solo m&iacute;as.<em> Interperie. Cl&aacute;vale un tenedor. El puto</em>.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">“Somos las palabras que usamos. Nuestra vida es eso”, defendía Saramago, consciente de la importancia del vocabulario. Supongo que por eso yo digo el puto, yo digo jarambeles, yo digo zahúrda</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Tuve un amor al que le dije: <em>Techo</em> de menos. No s&eacute; si lo entendi&oacute;. Porque eso era lo que ocurr&iacute;a: un desvanecimiento de toda cubierta sobre mi cabeza, un abismarme sin remedio, un dormir al raso sintiendo el fr&iacute;o en la cara, abrazando la b&oacute;veda celeste.
    </p><p class="article-text">
        A veces, me acuerdo de <em>El puto</em> cuando leo el peri&oacute;dico. La regla es hacernos creer que tenemos la palabra cuando en realidad es la palabra la que nos viene peligrosamente dada por otros. Abandonemos el gesto de dibujar las comillas agitando nuestros dedos en el aire. Ese salvoconducto embustero que creemos que nos justifica: <em>Ya otro lo dijo</em>. Quiz&aacute;s seamos eso. Nada m&aacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Unas cuantas palabras. &ldquo;Somos las palabras que usamos. Nuestra vida es eso&rdquo;, defend&iacute;a Saramago, consciente de la importancia del vocabulario. Supongo que por eso yo digo el puto, yo digo <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/no-aguantas-septiembre_132_10509504.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">jarambeles</a>, yo digo zah&uacute;rda. Supongo que por eso yo digo violencia machista, no intrafamiliar; yo digo asesinato, no da&ntilde;o colateral; yo digo recorte, no flexibilidad; digo inversi&oacute;n en servicios p&uacute;blicos, no gasto; digo violaci&oacute;n, no abuso. Y por eso yo digo genocidio, no masacre.
    </p><p class="article-text">
        Hay lecciones que se aprenden desde la cuna, como la que me ense&ntilde;&oacute; que si quer&iacute;a hablar por m&iacute; misma y no en boca de otros ten&iacute;a que encontrar mis propios t&eacute;rminos. Y que hay palabras que son como catedrales, majestuosas y llenas de lustre. Otras son como capillas de un pueblito perdido, discretas, desnudas. Otras, castillos en el aire. Hay palabras, en cambio, que son como tumbas yermas que cavamos con nuestras u&ntilde;as y que intentamos evitar para no caer en ellas. Pero caemos. Como aquella ni&ntilde;a que lloraba por el puto, caemos. Como la mujer que escribe y se resiste a nombrar la masacre, seguimos cayendo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/puto_132_12648797.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Oct 2025 19:01:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El puto]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Genocidio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Eres mía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/eres-mia_132_12608894.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0593db02-e57a-414e-87a6-8b39f886dcb5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Eres mía"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tengo una cicatriz en el cuello y otra en el pecho. La tercera no se ve, pero créanme, la tengo. Es una de esas cicatrices con rebaba que provoca cierta náusea tocar. Afortunadamente nadie la toca. Afortunadamente yo no la veo</p></div><p class="article-text">
        Tengo dos hijos. Qu&eacute; bien, la parejita. Eso que <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/dicen_132_11779178.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">nos dec&iacute;an</a>. Tengo una escoliosis de cuarenta grados. Una L4 y una L5 que a veces me comprimen, me gritan al o&iacute;do para que pare. Y yo, claro, paro.
    </p><p class="article-text">
        Tengo una carrera y dos m&aacute;steres, decenas de cursos: de dise&ntilde;o, de creatividad, de acoso laboral, de contrataci&oacute;n, de escritura creativa, de ingl&eacute;s, alem&aacute;n, franc&eacute;s, de macram&eacute; en el colegio de monjas. Un manojo de libros escritos. Algunos de ellos publicados. Tengo dos s&iacute; quiero, un no rotundo y cientos de <em>no s&eacute;</em>. Los <em>no s&eacute; </em>acostumbran a sedimentarse en ese intersticio que hay entre mi L4 y mi L5. Los <em>no s&eacute;</em> duelen.
    </p><p class="article-text">
        Tengo una lengua libre encadenada a un paladar. Tengo una historia fallida y algunas vidas ganadas. Tengo <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/no-hablar-noche-si-noche_132_11816370.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un h&aacute;bito</a> y un vicio. O muchos, muchos vicios.
    </p><p class="article-text">
        Tengo algunos sesgos y prejuicios. Por ejemplo: creo que quien presume de no apegarse a nada se aferra, en secreto, a esa misma idea de desapego.
    </p><p class="article-text">
        Tuve el sue&ntilde;o de ser bailaora. Lo sustitu&iacute; por el de la escritura. Mis pies siendo mis manos, los palos siendo las palabras, los silencios siendo los silencios. Tengo a menudo el eco de las palabras de Foster Wallace tiempo antes de que se ahorcara en 2008: &ldquo;La tarea de la buena escritura es la de darle calma a los perturbados y perturbar a los que est&aacute;n calmados&rdquo;. Tengo una <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/tarea_132_10945909.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">tarea </a>y una perturbaci&oacute;n. Tengo un <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/arte-perder_132_12065571.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">arte del perder</a> que perfecciono cada d&iacute;a.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Tengo un álbum de fotos repleto de huecos, de fotografías arrancadas, de fotografías desaparecidas, olvidadas. Esos agujeros constituyen un álbum propio que también tengo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Tengo un &eacute;xodo de deseos fallidos, de hormigas guerreras que recorren mi cuerpo como en aquella pel&iacute;cula, <em>La Marabunta</em>, arras&aacute;ndolo todo.
    </p><p class="article-text">
        Tengo un r&iacute;o que, a veces, al cruzarlo a nado, seco. Me dijeron una vez que se debe a que tengo una culpa, dos culpas, una monta&ntilde;a de culpas. Hay d&iacute;as que la escalo y observo todo lo que tengo desde la cumbre, convenci&eacute;ndome de que soy afortunada: soy tan sumamente afortunada de todo lo que tengo, que.
    </p><p class="article-text">
        A veces tengo un hambre voraz, un agujero que me hace llenar un vac&iacute;o que no hace sino dilatarse con cada bocado. Otras veces tengo desgana. Desgana por la comida, desgana por el aire, desgana por las calles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tengo una cicatriz en el cuello y otra en el pecho. La tercera no se ve, pero cr&eacute;anme, la tengo. Es una de esas cicatrices con rebaba que provoca cierta n&aacute;usea tocar. Afortunadamente nadie la toca. Afortunadamente yo no la veo. Ser&aacute; porque tambi&eacute;n tengo los restos de miop&iacute;a que me regal&oacute; la edad.
    </p><p class="article-text">
        Tengo un &aacute;lbum de fotos repleto de huecos, de fotograf&iacute;as arrancadas, de fotograf&iacute;as desaparecidas, olvidadas. Esos agujeros constituyen un &aacute;lbum propio que tambi&eacute;n tengo.
    </p><p class="article-text">
        Tengo una casa, un trabajo, varios jefes. Un buen pu&ntilde;ado de amigos. Veinticuatro horas al d&iacute;a. Tengo un proyecto de vida, un proyecto de muerte.
    </p><p class="article-text">
        Tengo un brocal y un pozo. Una declaraci&oacute;n de amor nunca dicha. Una cafetera estropeada, desmembrada, que suplica por una reparaci&oacute;n cada ma&ntilde;ana a las 7 cuando yo le imploro mi dosis diaria. Se debe, en parte, a que tengo una dignidad l&iacute;quida, una perseverancia que a veces falla como la cafetera, espurreando caf&eacute;, yaciendo en la encimera de la cocina que tengo, sin presi&oacute;n suficiente.
    </p><p class="article-text">
        Tengo una vida sencilla y algunos dogmas poco higi&eacute;nicos. No coger taxis si puedo caminar, aunque la caminata implique muchos kil&oacute;metros, es uno de ellos. Un reloj que me cuenta los pasos &ndash;los diez mil diarios como m&iacute;nimo&ndash;, las pulsaciones, las extras&iacute;stoles, la masa corporal, la calidad del sue&ntilde;o. Tengo un buen pu&ntilde;ado de lugares comunes, algunos clich&eacute;s, un carrete de fotos avergonzantes que s&oacute;lo le he ense&ntilde;ado a mi marido.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Él ya tenía muchas cosas. Una casa en la playa; un coche brillante; un chalé en el centro; un trabajo excitante; muchos viajes a sus espaldas; una percha impecable, versátil, resistente. Tenía también una tumba en el pecho. Y sus palabras y mi estupor prendieron fuego a una áspera convicción: no, no poseemos aquello que tenemos, sino que en realidad la melancolía de lo que creemos poseer nos construye</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Tengo una circunstancia en la que me reflejo como en un espejo de feria y me devuelve la imagen deforme de una ni&ntilde;a en el Pol&iacute;gono San Pablo, en el Parque Alcosa, en El Cerro del &Aacute;guila, en los Pajaritos. No s&eacute; en cu&aacute;l de esos lugares germin&oacute; esta furia que tengo, esta rabia impune que &uacute;nicamente se alivia cuando coacciono a las palabras para que salgan a trompicones. Es entonces cuando la presi&oacute;n arterial se equilibra y el trance desaparece; as&iacute; que tambi&eacute;n, tambi&eacute;n tengo un trance.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; hacemos, realmente, con todo aquello que tenemos? &iquest;Qu&eacute; hacemos con los despojos, con lo que archivamos en cajones rec&oacute;nditos de nuestra casa para que no lo vean las visitas? &iquest;Con lo que arrojamos a nuestros propios contenedores de reciclaje?
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo una noche luminosa en la que, siendo a&uacute;n muy joven, cuando no ten&iacute;a nada de lo que aqu&iacute; he escrito, un hombre mayor que yo me dijo: Eres m&iacute;a. M&iacute;a. Yo.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l ya ten&iacute;a muchas cosas. Una casa en la playa; un coche brillante; un chal&eacute; en el centro; un trabajo excitante; muchos viajes a sus espaldas; una percha impecable, vers&aacute;til, resistente. Ten&iacute;a tambi&eacute;n una tumba en el pecho. Y sus palabras y mi estupor prendieron fuego a una &aacute;spera convicci&oacute;n: no, no poseemos aquello que tenemos, sino que en realidad la melancol&iacute;a de lo que creemos poseer nos construye. Ese lidiar con lo que creemos que poseemos (del lat&iacute;n <em>poss&#301;d&#275;re</em>, que significa ocupar y sentarse sobre lo deseado para establecerse como due&ntilde;o), ese lidiar con la invasi&oacute;n del espacio oscuro de los objetos que nos hablan, de sentarnos sobre lo que se puede o sobre lo que nos dejan para que no nos deje. Eres m&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Tengo un tarro donde meto los silencios rotundos y las palabras desquiciadas para que duelan menos, el mismo tarro revoltoso que agito en momentos de desconcierto, justo antes de destaparlo, antes de liberar los sonidos para que asciendan furiosos y desordenados, esparci&eacute;ndose en un baile col&eacute;rico. Al fondo de ese mismo tarro, como un t&aacute;lamo de tierra lodosa, tengo las cenizas de un ser querido.
    </p><p class="article-text">
        La posesi&oacute;n es un peligro vivo que nunca basta. Eres m&iacute;a. Desde aquellas palabras c&iacute;tricas, en los d&iacute;as m&aacute;s desenfadados hago recuento. Y de pronto caigo en que tambi&eacute;n tengo una certeza que me mordisquea los dedos gordos de los pies mientras duermo. Sus incisivos son apenas perceptibles por los dem&aacute;s, pero s&iacute;: hay una certeza que me taladra la casa, el trabajo, los dos s&iacute; quiero, el brocal y el pozo, la cordillera de culpas, las ganas, la cafetera, y que me grita una epifan&iacute;a desde su ardor m&aacute;s infantil: de todo eso, de todo lo que tengo, lo que me hace soportable es saquear mi propia vida y el convencimiento de que nada de lo enumerado &ndash;nada, angustiosamente nada&ndash; es m&iacute;o. Ni yo de nadie. Pero eso nunca se lo dije.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/eres-mia_132_12608894.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 17 Sep 2025 18:51:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Eres mía]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Todo por no estar distraídos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/no-distraidos_132_12545099.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4b1e7b60-0707-46e2-8eeb-2367afe5b4a4_16-9-discover-aspect-ratio_default_1124162.jpg" width="6213" height="3495" alt="Todo por no estar distraídos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Andábamos desconociéndonos, distraídos, ya sin nostalgia ni morriña, distraídos, manteniéndonos en la danza, en lo no vigilado, sin decir ninguno de los dos que la plenitud se pierde en el momento en que se quiere asegurada</p><p class="subtitle">Opinión - Somos acericos
</p></div><p class="article-text">
        Una vez fui joven y me enamor&eacute; de un hombre bueno. Yo era joven, una anciana. El hombre bueno escanciaba la mirada sobre mi cuerpo. Despertaba en las ma&ntilde;anas oliendo a m&uacute;sica y cantando como un pan de espelta, salvaje como el trigo salvaje de ese pan energ&eacute;tico que aporta menos calor&iacute;as. Me hac&iacute;a, a veces, un caf&eacute; bien cargado. Lo urd&iacute;a a escondidas, recre&aacute;ndose en el adem&aacute;n de preparar los hilos para el telar que quiz&aacute;s un d&iacute;a trenzar&iacute;amos, pero sin que se notara el gesto. Para m&iacute; era importante que el hombre obrara sin aspavientos. Y que no todo tuviera nombre. Que fuera el nuestro un telar desprevenido, que no perdiera las hilachas por el uso.
    </p><p class="article-text">
        Regresaba a la cama y dec&iacute;a: &ldquo;Morenita, hay caf&eacute; reci&eacute;n hecho&rdquo;. Y digo bien: &eacute;l dec&iacute;a <em>Hay</em>, no <em>Tienes</em>; no <em>Te he hecho</em>; no <em>Te he preparado</em>, como si la bienvenida a un nuevo d&iacute;a apareciera por voluntad propia y el caf&eacute; fuera una entidad preexistente. Porque el hombre bueno sab&iacute;a que yo no era nada hasta inundar mi cuerpo de un torrente de cafe&iacute;na y &eacute;l me deseaba siendo un todo. Antes de aquello, al amanecer, yo trepaba la axila del hombre bueno y lo indagaba desde abajo, distra&iacute;da, mientras &eacute;l se escoraba hacia mi cuerpo con un <em>Buenos d&iacute;as</em> antes de escuchar mis quejas: &ldquo;Ay, muero de sue&ntilde;o&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Yo era joven, una anciana, el cansancio me mataba.
    </p><p class="article-text">
        Una vez me enamor&eacute; de un hombre bueno. Lo recuerdo como una polaroid suave, h&uacute;meda y resbaladiza. Poco n&iacute;tida. Una polaroid apenas revelada que merec&iacute;a un lugar fresco y que adquiri&oacute; sus colores m&aacute;s brillantes con los a&ntilde;os, cuando ya no &eacute;ramos los mismos. Yo era joven y pensaba que ten&iacute;a tiempo. Yo era joven y me comportaba como una foto digital almacenada en cualquier otra memoria, un fogonazo de furia, de deseo, de atrevimiento. Me hab&iacute;an dicho que los hombres buenos eran tediosos en lugar de alegres; que eran aquellos que sosten&iacute;an la trama, pero que no la incendiaban. Y yo los cre&iacute;. Y por eso ansiaba prender fuego en los colores o ser la llama misma, vayan ustedes a saber. Lo cierto es que quem&eacute; la polaroid y al hombre bueno. Lo quem&eacute; todo.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a, antes de aquello, el hombre bueno me dijo: &ldquo;Escribe. Te quiero libre&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y yo escrib&iacute;. Y publiqu&eacute; mi primer libro. Y mi segundo. Y mi tercero. Y fui libre. Y en las ra&iacute;ces de las palabras brot&oacute; como una plaga la sensaci&oacute;n ind&oacute;mita de estar perdi&eacute;ndome algo ah&iacute; afuera. Y el afuera fue dentro. Y el dentro, un abismo concentrado en la p&eacute;rdida futura, en la consciencia aterradora de la posibilidad muriendo, en el &aacute;nimo de ponerle nombre a nuestro baile despoj&aacute;ndolo de vida.
    </p><p class="article-text">
        Record&eacute; aquel texto de Clarice Lispector que me hace temblar como el amante que tiembla contigo, como amasar el pan de espelta, como los muertos. Cada vez que lo leo: &laquo;&Eacute;l buscaba y no ve&iacute;a, ella no ve&iacute;a que &eacute;l no hab&iacute;a visto que ella estaba all&iacute;. Sin embargo todo fue un error, y hab&iacute;a la gran polvareda de las calles, y cuanto m&aacute;s se equivocaban, m&aacute;s quer&iacute;an con aspereza, sin una sonrisa&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Fui libre. Conoc&iacute; hombres que me leyeron relatos en la misma almohada donde descansaban mis sue&ntilde;os. Que deletreaban en silencio mi nombre arrastrando las s&iacute;labas&ndash; borrachos, despacio, dibuj&aacute;ndome con sus palabras&ndash; mientras modelaban mi cuerpo con apenas un aliento.
    </p><p class="article-text">
        Otros me susurraron al o&iacute;do un viento lozano, mientras plegaban las tablas de mi falda arrugada sumergiendo la mano que naufragar&iacute;a fiera y hambrienta. Esos mismos dedos que desvirgaron mis ilusiones construidas con hilos de seda con las que tej&iacute; la malla que &ndash;cre&iacute;a yo&ndash; amortiguar&iacute;a ca&iacute;das venideras.
    </p><p class="article-text">
        Porque tambi&eacute;n encontr&eacute; hombres que me empujaron al vac&iacute;o. Sin un titubeo. Con una sonrisa. Hombres que nunca se fueron porque jam&aacute;s estuvieron. Aunque regresen de tanto en tanto. Dej&aacute;ndome flores una vez al a&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Acarici&eacute; locuras de hombres cuerdos por las que perd&iacute; el juicio. Y existencias que quise convertir en demencias. So&ntilde;&eacute; hombres con mirada de lunes y lengua de s&aacute;bado noche. 
    </p><p class="article-text">
        Pasaron los a&ntilde;os. Ya no era tan joven. Yo ten&iacute;a la polaroid del tipo bueno prendida en la puerta del frigor&iacute;fico por un im&aacute;n que me regal&oacute; uno de aquellos otros hombres en uno de aquellos otros viajes.
    </p><p class="article-text">
        Era jueves y la v&iacute;spera de uno de los puentes m&aacute;s t&oacute;rridos que ha vivido nuestro pa&iacute;s. Era jueves y me fui a las fiestas de La Bella en Lepe para escuchar al G-5. No a Brasil, China, India, M&eacute;xico y Sud&aacute;frica, no, sino a Kiko Veneno, Muchachito, Tomasito, El Canijo de Jerez y Diego Rat&oacute;n. Y all&iacute;, en una porci&oacute;n de cielo donde el c&eacute;sped no crec&iacute;a, me encontr&eacute; de nuevo con el hombre bueno. Me mir&oacute; con otros ojos y me habl&oacute; con un silencio nuevo.
    </p><p class="article-text">
        Cantamos juntos <em>Badajoz</em>, <em>Sancti Petri Boulevard</em> y <em>El porro</em>. Yo ten&iacute;a un chicle en el zapato, como cantaba Kiko Veneno. Cargu&eacute; con un chicle en el zapato varios a&ntilde;os y quiz&aacute;s por eso mis pasos fueron a menudo lentas alternativas. Nos miramos. Con el coraz&oacute;n hecho rebanadas de pan de espelta. Se acuclill&oacute;, me cogi&oacute; la sandalia y oje&oacute; el chicle. No lo frot&oacute;. &ldquo;Hubiera bastado con descalzarte y caminar&rdquo;, dijo el hombre bueno. &ldquo;Pero yo te quer&iacute;a libre&rdquo;, me repiti&oacute;. Record&eacute; de nuevo el texto de Lispector que continuaba: &laquo;Aprendieron entonces que, si no se est&aacute; distra&iacute;do, el tel&eacute;fono no suena, y que es necesario salir de casa para que la carta llegue, y que cuando el tel&eacute;fono finalmente suena, el desierto de la espera ya ha cortado los hilos. Todo, por no estar m&aacute;s distra&iacute;dos&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Creo que en mi casa son&oacute; el tel&eacute;fono. Y lleg&oacute; una carta. All&iacute; me esperaba el libro de cuentos de Lara Moreno <em>Ning&uacute;n amor est&aacute; vivo en el recuerdo</em>. Pero yo no quer&iacute;a volver. And&aacute;bamos desconoci&eacute;ndonos, distra&iacute;dos, ya sin nostalgia ni morri&ntilde;a, distra&iacute;dos, manteni&eacute;ndonos en la danza, en lo no vigilado, sin decir ninguno de los dos que la plenitud se pierde en el momento en que se quiere asegurada. Ni tampoco que, al fin y al cabo, poco importa si bailamos con un chicle pegado a la suela del zapato. Lo que importa es bailar, sentir el cuerpo vibrando dentro de otro cuerpo, siempre y cuando miremos donde nadie mira, siempre y cuando aniquilemos nuestra propia mugre, siempre y cuando caminemos hacia ese otro lugar que permita la llegada del amor inesperado, aunque en ese instante no lo notemos, de distra&iacute;dos que estemos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/no-distraidos_132_12545099.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 20 Aug 2025 18:23:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Todo por no estar distraídos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Somos acericos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/acericos_132_12517135.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1f9c9e5a-f9d8-4bfd-99ea-8f600dc30989_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Somos acericos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Hay cierta rebeldía en el gesto subversivo de bajar los brazos? ¿Aguantamos desde la supervivencia o desde la comodidad de nuestro sofá desgastado? Aguantamos, no sé cómo, pero aguantamos</p><p class="subtitle">Si no podés con la vida, probá con la vidita</p></div><p class="article-text">
        Aguantamos. No s&eacute; c&oacute;mo, pero aguantamos: colas interminables en cines, museos, baretos del centro donde antes nos dej&aacute;bamos improvisar las noches de tregua. Aguantamos las listas de espera, la cola del paro, de Hacienda, la matanza de la democracia, de la <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/abran-ojos_132_11259295.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">sanidad</a>, de la educaci&oacute;n p&uacute;blica.
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos el insomnio amodorrado bajo la lengua, neurastenia, enfermedades end&eacute;micas, problemas de salud mental, estr&eacute;s cr&oacute;nico. 
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos que nuestra prole tenga cada <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/junta-concede-privada-grado-veto-universidades-publicas-jaen-granada_1_12432428.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">vez menos opciones en las universidades p&uacute;blicas y m&aacute;s en las privadas</a>. Que para que estudien el grado de Ingenier&iacute;a Biom&eacute;dica, el de Ciencia de Datos e Inteligencia Artificial, el M&aacute;ster en Inteligencia Artificial aplicada a la Salud o un Programa de Doctorado en Arquitectura, tengamos que pagar. Y si no, tendr&aacute;n que lidiar con el ejemplo de todas las Noelias N&uacute;&ntilde;ez, todos los &Aacute;ngeles Batalla o todos los Ignacios Higuero invent&aacute;ndose florituras curriculares. 
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos que un medio como El Pa&iacute;s censure a periodistas como Ana Iris Sim&oacute;n o Daniel Gasc&oacute;n; ruedas de prensa sin preguntas y preguntas sin libertad de prensa.
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos &ndash;sin saber que aguantamos&ndash; <a href="https://www.jotdown.es/2025/06/sin-mujeres-al-mando-en-los-medios-de-comunicacion-y-todos-tan-tranquilos/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">que no haya mujeres </a>al frente de los medios de comunicaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos que nos sirvan el caf&eacute; fr&iacute;o o que haya caf&eacute; para todos. Nos aguantamos las ganas de esa cerveza porque no toca, las ganas de ese trozo de pizza porque no toca, de ese v&oacute;mito, de la c&oacute;pula reseca que lubricamos achicando sue&ntilde;os. Aguantamos la risa y las l&aacute;grimas. Aguantamos la muerte de esa amiga, de ese compa&ntilde;ero del cole, la desaparici&oacute;n del primer amor, y del segundo, y del tercero. Aguantamos el sexo sin amor, el amor sin ganas, el amor sin amor. &iquest;Qui&eacute;n no aguanta?
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Aguantamos ser flor de un día, ser silla de piedra, ser polvo enamorado. Aguantamos la espantosa espera del mes de descanso cada año y que nos diga Feijóo que las vacaciones están sobrevaloradas</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Aguantamos la carcajada tap&aacute;ndonos la boca: que no se vean los dientes torcidos ni la lengua pastosa de tanto aguante, que no se vean las manchas de caf&eacute; sobre el esmalte de tanta flema que gastamos; aguantamos el llanto carcelero presion&aacute;ndonos con sa&ntilde;a el lagrimal, que no se vierta el r&iacute;o en el que a veces nos convertimos, que no nos derramemos.
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos un mundo sin poes&iacute;a, la fiereza de nuestros latidos achicando el hast&iacute;o, la algarab&iacute;a mentirosa que nos distrae de la certeza de <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/romperse_132_12337178.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">sabernos rotos</a>; tambi&eacute;n aguantamos que la <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/pobres-feos_132_11738802.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">pobreza</a> nos parezca fea y la belleza bondadosa.
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos el uso de pesticidas, la negaci&oacute;n del cambio clim&aacute;tico, los cuarenta y cinco grados a la sombra, las <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/no-hablar-noche-si-noche_132_11816370.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">DANAS</a>. Aguantamos cacer&iacute;as migrantes por las calles de nuestro pa&iacute;s con un encogernos de hombros.
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos ser flor de un d&iacute;a, ser silla de piedra, ser polvo enamorado. Aguantamos la espantosa espera del mes de descanso cada a&ntilde;o y que nos diga Feij&oacute;o que las vacaciones est&aacute;n sobrevaloradas. Que no sepa Feij&oacute;o que el t&eacute;rmino vacaciones lleg&oacute; al diccionario mucho antes que a la neolengua de las empresas, cuando en 1739 los acad&eacute;micos las definieron como &ldquo;suspensi&oacute;n temporal de un negocio, de los estudios o de un trabajo&rdquo; aunque solo los arist&oacute;cratas pod&iacute;an darse el lujo.
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos. No s&eacute; c&oacute;mo, pero aguantamos: <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/si-no-podes-vida-proba-vidita_132_12412970.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la mediocridad en el hacer, en el ser, en el saber</a>, ese quedarnos a medio camino que elogia al mediocre y se&ntilde;ala al disidente, al que exuda bilis de tanto aguante. Tantos <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/instrucciones-matar-persona-creativa_132_11702129.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">jefes-corcho</a> que aguantamos.
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos que se desperdicien mil millones de toneladas de alimentos cada a&ntilde;o y aguantamos las colas del hambre de Gaza. Aguantamos masacres de ni&ntilde;os y ni&ntilde;as, gente hambrienta y destrucci&oacute;n masiva. Aguantamos terapias que nos ense&ntilde;en a aguantar m&aacute;s. <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/dicen_132_11779178.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Que nos digan</a> qu&eacute; puede o no aguantarse, que nos adiestren en aguantar la respiraci&oacute;n ante el olor a pus entrenando nuestra pituitaria.
    </p><p class="article-text">
        No aguantamos que se publique un libro que narre el asesinato de dos criaturas, pero aguantamos programas de televisi&oacute;n basura, entrevistas basura, tertulias basura sobre ellos, como si el dolor que reclama silencio lo debiera hacer solo en alguno de sus formatos.
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos que nuestro barrio rebose de apartamentos tur&iacute;sticos, lavander&iacute;as, lockers y tiendas de souvenirs donde antes hab&iacute;a fruter&iacute;as, comercios familiares, librer&iacute;as. Aguantamos <a href="https://www.eldiario.es/sevilla/vpo-ricos-ayuntamiento-sevilla-desata-polvareda-social-ofertar-pisos-publicos-350-000-euros_1_12123473.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">pisos &ldquo;VPO para ricos&rdquo; en Sevilla</a>.
    </p><p class="article-text">
        Aguantamos la nostalgia de aquellos que &eacute;ramos cuando no aguant&aacute;bamos y as&iacute; vamos aguantando las ganas de no aguantarnos, la desesperaci&oacute;n de no aguantarnos, el &eacute;xtasis de no aguantarnos.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">No iba a hacerlo: no iba a nombrar a Lucre, esta amiga, periodista, colega que muchos aquí seguimos llorando y cuyo duelo prolongamos porque nos hacen falta muchas Lucres, muchas, muchas Lucres para aguantar tanto aguante, todos los días</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Ayer vi a una mujer que gritaba en la calle, agitando los brazos: Somos todos unos acericos. &iexcl;Unos acericos!
    </p><p class="article-text">
        Llevaba de la mano a un chiquillo que ser&iacute;a su nieto, lo arrastraba calle abajo. Tendr&iacute;a unos setenta, quiz&aacute;s ochenta, y se gan&oacute; la vida &ndash;o el vivir&ndash; cosiendo. Unos acericos, eso es lo que somos. Y aqu&iacute; est&aacute; la gracia y certeza de la poes&iacute;a popular, aqu&iacute; est&aacute; la sabidur&iacute;a aut&eacute;ntica del vivir: que ya somos todo aquello que alguna vez dijimos que no aguantar&iacute;amos y que cada una de esas renuncias ha cavado un agujero en nosotros; que aguantamos creyendo que habr&aacute; quiz&aacute;s una recompensa y sin embargo &ndash;&iexcl;sin embargo!&ndash;; que nos caben todos y cada uno de esos pu&ntilde;ales reprimidos, cientos de agujeros, agujas de todos los tama&ntilde;os, alfileres con cabezas perladas o diminutas, alfileres comunes, alfileres con forma de T, alfileres de punta de bolsa, de cabeza de vidrio, de Par&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Aguantar cada embiste que nos impone la vida &ndash;que nos imponen otros&ndash; no solo hace de nuestro h&iacute;gado un colador, sino que embadurna nuestra epidermis de una capa de resignaci&oacute;n que a m&iacute; me parece peligrosa y hasta detestable. No iba a hacerlo: no iba a nombrar a <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/lucre_132_12443865.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Lucre</a>, esta amiga, periodista, colega que muchos aqu&iacute; seguimos llorando y cuyo duelo prolongamos porque nos hacen falta muchas Lucres, muchas, muchas Lucres para aguantar tanto aguante, todos los d&iacute;as, muchas Lucres que en plena crisis del periodismo construyan un diario con la ilusi&oacute;n del ni&ntilde;o que erige un castillo de arena, que denuncien, que participen en el AMPA, que escriban, que hagan proselitismo de la alegr&iacute;a, que tomen la palabra y la risa y que haciendo honor a la etimolog&iacute;a italiana del t&eacute;rmino, esa que trae la reminiscencia de un guante de hierro que agarre las cosas con fiereza, nos ayude a no aguantar.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Hay cierta rebeld&iacute;a en el gesto subversivo de bajar los brazos, como dicen algunos? &iquest;Aguantamos desde la supervivencia o desde la comodidad de nuestro sof&aacute; desgastado? Eso es lo que me digo mientras me desga&ntilde;ito cantando con mis hijos en el concierto de Residente, <a href="https://www.youtube.com/watch?v=LUk73pUe9i4" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;levanta el vaso y a brindar por el aguante&rdquo;</a>, ellos saltando al ritmo con la juventud incrustada en los ojos mientras yo me aguanto las ganas de llorar, mientras me saco, como lo intento cada vez que escribo, algunas de las f&iacute;bulas clavadas en el cuerpo. Somos acericos. Y entonces s&iacute;, Lucre. Entonces la pena se desborda. Y entonces, amiga, &iquest;sabes qu&eacute;? Que ya no me aguanto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/acericos_132_12517135.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 06 Aug 2025 18:51:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Somos acericos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Andalucía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Si no podés con la vida, probá con la vidita]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/si-no-podes-vida-proba-vidita_132_12412970.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f16c8752-cdcf-49e2-b762-68a40a82ac19_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Si no podés con la vida, probá con la vidita"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada vez que estiro una colcha —incluso en los días más torpes, incluso cuando me da igual porque he de volar a la oficina o porque tengo esta u otra preocupación—, vuelvo a aquellos días de enseñanza callada: hay cosas que deben hacerse bien, aunque nadie las vea</p></div><p class="article-text">
        Una vez tuve seis a&ntilde;os y no sab&iacute;a hacer la cama, no sab&iacute;a hacer pr&aacute;cticamente nada, pero hab&iacute;a una brisa desafiante en tenerlo todo por aprender que me levantaba la falda y el flequillo, un vac&iacute;o que me hac&iacute;a cosquillas, un no saber que no sab&iacute;a que me volv&iacute;a despreocupada y soberbia. Las manos de mi abuela entraban en la habitaci&oacute;n cada ma&ntilde;ana para interrogar las s&aacute;banas y yo no hac&iacute;a otra cosa m&aacute;s que mirarla hacer, en silencio. Sus manos bailaban sobre las s&aacute;banas arando la noche y yo permanec&iacute;a junto a la puerta observando cada movimiento &ndash;ahora esta arruga, ahora esta otra&ndash;, escoltando ese deslizar la mano una y otra vez por los mismos rincones hasta no dejar rastro de oscuridad.
    </p><p class="article-text">
        Una vez tuve seis, quiz&aacute;s fueran siete, y me dijo: Ahora t&uacute;. Y entonces pens&eacute; que sab&iacute;a, que bastaba con observar durante un tiempo esa pulcritud en los movimientos para instruirse en cualquier cosa. Y yo no sab&iacute;a que no sab&iacute;a. Y ella no cej&oacute; hasta ense&ntilde;arme a hacer la cama sin dejar ni una sola arruga: las esquinas dobladas con precisi&oacute;n geom&eacute;trica, las mantas alineadas con una especie de fervor, como si en ello le fuera la dignidad del d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Ahora t&uacute;, me dijo. Y a veces sal&iacute;a regular, y a veces sal&iacute;a bien, y a veces sal&iacute;a peor. Y cuando no sal&iacute;a yo escond&iacute;a mi propia mediocridad bajo la colcha, al fin y al cabo, ella era vieja y los viejos no pueden estar en todo, no pueden verlo todo, y qu&eacute; m&aacute;s da una arruga, a ver, qu&eacute; m&aacute;s daba, casi estaba hecha, si una va a acostarse otra vez en la misma cama febril, entre las mismas s&aacute;banas, habitando el mismo hueco, si lo que no se ve no existe y la arruga la tapaba la colcha. Y entonces ella llegaba con sus babuchas oscuras y levantaba el cobertor exactamente en el lugar preciso en el que yo hab&iacute;a dejado la falla, se&ntilde;alando con el dedo: Casi casi, <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/no-aguantas-septiembre_132_10509504.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>jo&iacute;a por culo</em></a>. 
    </p><p class="article-text">
        A veces a&ntilde;oro aquellos d&iacute;as en los que una se sab&iacute;a nieta por encima de hija, amiga, prima o hermana. Por aquel tiempo no lo entend&iacute;a del todo, pero ahora s&eacute; que mi abuela paviment&oacute; la excelencia alisando las s&aacute;banas de su cama en una liturgia que a veces repito. Cada vez que estiro una colcha &mdash;incluso en los d&iacute;as m&aacute;s torpes, incluso cuando me da igual porque he de volar a la oficina o porque tengo esta u otra preocupaci&oacute;n&mdash;, vuelvo a aquellos d&iacute;as de ense&ntilde;anza callada: hay cosas que deben hacerse bien, aunque nadie las vea.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">En el instituto tuve un compañero que siempre me decía, orgulloso, que él estudiaba para un cinco. ¿Cómo se estudia para un cinco?, le insistía yo. Pero nunca respondió a mis preguntas y pronto los cinco fueron asignaturas pendientes</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        No hay nada de malo en querer deslizar las manos por las s&aacute;banas hasta dejarlas inmaculadas. Eso me digo. No hay nada de malo en desear lo mejor, en disfrutar de hacer bien las cosas, aunque a veces nos quedemos en el camino o precisamente por esa misma raz&oacute;n, en esa mitad de la monta&ntilde;a que los romanos llamaban <em>mediocris</em>, como un <em>casi </em>eterno, &uacute;ltimamente retumbando en mis o&iacute;dos como una terrible melod&iacute;a: un pisito de <em>casi </em>dos habitaciones; un sueldo <em>casi </em>digno; un <em>casi </em>amor, <em>casi </em>amante, <em>casi </em>padre, <em>casi </em>madre, un descafeinado. 
    </p><p class="article-text">
        El <em>casi </em>como estado hiriente del ser.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Se puede ser casi un hombre? &iquest;Se puede ser casi miserable? &iquest;Casi feliz? &iquest;Y una casi madre, casi amante, casi escritora, casi hija, <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/impostora_132_11546083.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">casi mujer</a>?
    </p><p class="article-text">
        En el instituto tuve un compa&ntilde;ero que siempre me dec&iacute;a, orgulloso, que &eacute;l estudiaba para un cinco. &iquest;C&oacute;mo se estudia para un cinco?, le insist&iacute;a yo. Pero nunca respondi&oacute; a mis preguntas y pronto los cinco fueron asignaturas pendientes.
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos tiempos veo arrugas por todos lados. Leer los titulares de cualquier peri&oacute;dico (unos m&aacute;s que otros) es una org&iacute;a de mediocridad. En la oficina, en el gimnasio, en la clase pol&iacute;tica, en el hospital. Un pa&iacute;s entero estirando mal las s&aacute;banas, una dictadura de lo mediocre, una mediocracia que nos anima a apoltronarnos en el sof&aacute; para convencernos de que veamos lo inadmisible como suficiente, o a&uacute;n peor, como inevitable.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s por eso, son frecuentes los recuerdos de las tardes de domingo; las comidas interminables; ese darme unos duros por debajo de la mesa como si fuera tr&aacute;fico de contrabando a escondidas de ojos inquisidores.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">A veces me abandono al goce de dejar las huellas sobre ese lugar donde se duerme, donde se muere, donde se hace el amor, donde se da a luz. Las sábanas no deberían ser un sepulcro de nada. Pero lo son</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Hay un fragmento de <em>La uruguaya</em> de Pedro Mairal que me resuena: &ldquo;Entend&iacute; que prefer&iacute;a tocar bien el ukelele que seguir tocando mal la guitarra, y eso fue como una nueva filosof&iacute;a personal. Si no pod&eacute;s con la vida, prob&aacute; con la vidita&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Al protagonista de <em>La uruguaya </em>se le hab&iacute;a quedado grande esa vida que hab&iacute;an construido juntos &ndash;a qui&eacute;n no le pas&oacute; alguna vez&ndash;, una vida demasiado compleja en su esencia y quiz&aacute;s por ello se qued&oacute; a medio camino, en esa mediocridad. Yo creo que mi abuela prob&oacute; con la vidita. Pero incluso en la vidita, me ense&ntilde;&oacute;, hay que hacer bien la cama. 
    </p><p class="article-text">
        A veces me abandono al goce de dejar las huellas sobre ese lugar donde se duerme, donde se muere, donde se hace el amor, donde se da a luz. Las s&aacute;banas no deber&iacute;an ser un sepulcro de nada. Pero lo son.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, cuando puedo, hago la cama como me ense&ntilde;&oacute; mi abuela. Hay que hacerla con garra, con resistencia, con la punta de los dedos de tu abuela, con el h&iacute;gado, con el coraz&oacute;n. Hay que hacerla con s&aacute;banas de hilo y de franela. Cuando hace fr&iacute;o o cuando el calor aprieta. Porque incluso la vidita necesita ser vivida sin arrugas. Porque estirar una s&aacute;bana es, a veces, lo m&aacute;s cercano que tenemos a resistir.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/si-no-podes-vida-proba-vidita_132_12412970.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 25 Jun 2025 19:15:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Si no podés con la vida, probá con la vidita]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuarenta minutos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/cuarenta-minutos_132_12376201.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fae4bbf4-6f3a-4190-ae5c-c085a70acce4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuarenta minutos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Necesito todos los días un mínimo de 40 minutos antes de poder meterme en la cama. Me roban 40 minutos de vida diarios. Y siento que quizás envejecer sea esto: ir recogiendo tus trocitos por aquí y por allí cuando amenaza el crepúsculo</p></div><p class="article-text">
        Ella pregunta: edad, y yo no respondo.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de a&ntilde;os retrasando la visita al oftalm&oacute;logo, me decido finalmente. Hace dieciocho a&ntilde;os que me oper&eacute; de miop&iacute;a y que dej&eacute; de escudri&ntilde;ar el mundo entornando los ojos para ver de lejos. Se me revel&oacute; un prodigioso universo con l&iacute;mites definidos. Fueron unas semanas con sabor a infancia, ese tiempo en el que casi cada hallazgo sorprende y entusiasma por la novedad. Recuerdo que uno de mis primeros relatos fue sobre una chica miope que se mov&iacute;a por el mundo con un t&iacute;mido tanteo.
    </p><p class="article-text">
        Desde que eliminaron mi miop&iacute;a, saludo a quien quiero saludar y no a todo el mundo por temor a parecer antip&aacute;tica o engre&iacute;da, como sol&iacute;a hacer antes cuando me olvidaba las gafas.
    </p><p class="article-text">
        Pues hace unos d&iacute;as visit&eacute;, por fin, a mi oftalm&oacute;loga.
    </p><p class="article-text">
        Ella pregunta de nuevo:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Edad.
    </p><p class="article-text">
        Y yo respondo:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Cuarenta y nueve. Me escuecen much&iacute;simo los ojos.
    </p><p class="article-text">
        Me explora, me reconoce, mira a trav&eacute;s de mis pupilas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Tienes nosequ&eacute;-titis.
    </p><p class="article-text">
        &mdash; Ah. Vaya. &iquest;Grave?
    </p><p class="article-text">
        &mdash; Nada importante. Basta con hacerte todas las noches una limpieza palpebral.
    </p><p class="article-text">
        &mdash; &iquest;Una limpieza palpebral? &iquest;Todas las noches?
    </p><p class="article-text">
        La oftalm&oacute;loga no comprende mi pesar, apuesto a que tampoco lo comparte con sus escasos treinta, al&eacute;grate, mujer, al menos este a&ntilde;o te libras de las gafas de cerca &mdash;y sonr&iacute;e, &iquest;por qu&eacute; sonr&iacute;e?&mdash;; tu condici&oacute;n de miope en el pasado est&aacute; retrasando tu presbicia futura, dice mientras me muestra en qu&eacute; consiste la limpieza palpebral. Coge una gasa, se levanta moderadamente uno de los p&aacute;rpados y comienza a deslizar el ap&oacute;sito con una destreza envidiable, primero a un lado, luego al otro, y vuelta a empezar.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Recuerda: todas las noches antes de acostarte. S&oacute;lo son diez o doce minutos.
    </p><p class="article-text">
        De vuelta a casa, con la pupila dilatada y sin apenas ver por d&oacute;nde camino, me doy cuenta de que ya no saludo ni sonr&iacute;o a diestro y siniestro como hac&iacute;a hace dieciocho a&ntilde;os, a pesar de no reconocer a nadie, ni a m&iacute; misma en algunos tramos, satisfecha al sentir que quiz&aacute;s sea debido a que ya me importa menos lo que otros puedan pensar de m&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Llego a casa y hago las cuentas:
    </p><p class="article-text">
        Diez o doce minutos de limpieza palpebral.
    </p><p class="article-text">
        Cinco minutitos para la loci&oacute;n que supuestamente frenar&aacute; la ca&iacute;da del pelo provocada por el estr&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Diez minutitos de estiramientos prescritos por mi traumat&oacute;loga para mejorar los dolores de mi hernia discal y la escoliosis. Un breve saludo al sol y perro boca abajo a los pies de la cama, ante la mirada divertida de mi pareja.
    </p><p class="article-text">
        Cinco minutitos para limpiarme el cutis en profundidad y ponerme alguna crema.
    </p><p class="article-text">
        Otros cinco para lavar la f&eacute;rula de descarga, coloc&aacute;rmela, y de esta manera no hacerme polvo la dentadura al dormir.
    </p><p class="article-text">
        Repaso mentalmente la lista y la comparto con mi pareja. Todav&iacute;a me quedan por a&ntilde;adir algunas tareas para mitigar los efectos de la perimenopausia, pero me estoy resistiendo a formalizarlo.
    </p><p class="article-text">
        Necesito todos los d&iacute;as un m&iacute;nimo de cuarenta minutos antes de poder meterme en la cama, le digo. Me roban cuarenta minutos de vida diarios. Y siento que quiz&aacute;s envejecer sea esto: ir recogiendo tus trocitos por aqu&iacute; y por all&iacute; cuando amenaza el crep&uacute;sculo, ponerlos todos juntos y bien colocados junto a tu almohada, cerrar los ojos, olvidarte de ese desmembramiento paulatino y levantarte horas m&aacute;s tarde, no muchas, horas m&aacute;s bien escasas en realidad porque la espalda no te permite dormir como antes, reconstruirte de nuevo para a lo largo del d&iacute;a ir dejando caer partes de tu cuerpo que luego recompondr&aacute;s cuidadosamente cuando llegue la noche, hasta que no haya mucho m&aacute;s que recomponer ni retener ni nada.
    </p><p class="article-text">
        Ser&aacute; porque ese apego y cari&ntilde;o se debe, como dice Mill&aacute;s, a que al final el juguete que m&aacute;s nos gusta es nuestro propio cuerpo, y verdaderamente no hay nada como nuestro cerebro, nuestras manos, nuestros ojos y dientes, nuestra boca, nuestro todo, para poder disfrutar de la vida como cuando &eacute;ramos chiquillos. A lo sumo, quiz&aacute;s, el cuerpo del otro, aunque eso es algo que merecer&iacute;a una reflexi&oacute;n m&aacute;s profunda.
    </p><p class="article-text">
        Comparto con mi madre el hallazgo e intuyo que est&aacute; haciendo recuento de sus propios trocitos. Me sirvo una copa de vino que me sabe diferente, m&aacute;s placentero, y como no puedo dirigir la mirada a ning&uacute;n objeto en el que recrearme, me limito a permanecer en el balc&oacute;n disfrutando de la copa de vino, a pesar del calor.
    </p><p class="article-text">
        Este fin de semana me he regalado dos d&iacute;as de playa <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/juego-silla_132_12185889.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">con mis amigas del colegio</a>. Celebramos los cincuenta y que aunque perdamos muchos trocitos, hay todav&iacute;a algunos bien adheridos a las ni&ntilde;as que fuimos. Sobre la toalla de una de ellas, cuando todas fueron a nadar, he descubierto de reojo un coraz&oacute;n latiendo desbocado, cuajado de extras&iacute;stoles.
    </p><p class="article-text">
        Pienso: no soy una mujer que se ponga nerviosa con facilidad. Todo lo contrario. Cuando me ocurren cosas similares, intento siempre encontrar una raz&oacute;n veros&iacute;mil y sencilla. Huyo de todo retorcimiento innecesario, aunque s&eacute; que &ndash;tal y como dice mi madre&ndash; llegar&aacute; un d&iacute;a en que los cuarenta minutos ser&aacute;n cincuenta, y luego sesenta, hasta que empieces a pensar que el tiempo es un artificio, una man&iacute;a in&uacute;til. 
    </p><p class="article-text">
        Que no merece la pena invertir ni un minuto en sacarle brillo a nada ni masticar tant&iacute;simo los recuerdos, y que aun as&iacute;, lo har&aacute;s. Que lo har&aacute;s porque hay gestos que son rituales, y rituales que son resistencia. Y porque quiz&aacute;s, al final, eres como el cronopio de Cort&aacute;zar que descubre una flor solitaria en medio de los campos, y en lugar de arrancarla, te pones de rodillas a su lado y juegas con ella, y le acaricias los p&eacute;talos y hueles su perfume y te recuestas bajo ella y te vas quedando dormida pl&aacute;cidamente, hasta que desaparezca tu bronceado y dejes de escuchar a lo lejos &ldquo;&iexcl;Boli&ntilde;as!&rdquo; y regrese la lluvia, hasta que vuelvan a asomar las canas y escuches otra vez esa cancioncita de &ldquo;All I want for Christmas is you&rdquo;, y sobre todo, aunque lo que hayas visto hoy no sea una flor sino un coraz&oacute;n con latidos extras y vac&iacute;os. Y te tiembla la mentira cuando te recuerdas que aqu&iacute; se viene a <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/arte-perder_132_12065571.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ir perdiendo trocitos</a> y que cuarenta minutos, al fin y al cabo, tampoco es que sea para tanto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/cuarenta-minutos_132_12376201.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 11 Jun 2025 15:28:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cuarenta minutos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Romperse]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/romperse_132_12337178.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3e936a32-cb7d-4b3f-8a4a-a9019949c53d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Romperse"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Cuándo se rompen las cosas que terminan? ¿Las que se acaban? ¿Al final? ¿O acaso están rotas mucho antes?</p><p class="subtitle">OPINIÓN - Y punto
</p></div><p class="article-text">
        Aquella fue la primera vez.
    </p><p class="article-text">
        Partida, la quiero partida.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l nunca dec&iacute;a&nbsp;<em>rota</em>. Tendr&iacute;a unos tres a&ntilde;os, o puede que rozara ya los cuatro. Est&aacute;bais en la cocina: &eacute;l sentado en su trona, haciendo volar sus piececitos del veintid&oacute;s; t&uacute;, al otro lado de una cocina roja, con tus zapatillas del cuarenta, ambos mirando embelesados el apartamento en silencio, la cocina roja latiendo como un coraz&oacute;n en llamas en una &eacute;poca en la que las cocinas eran color madera, o formica, o pastel.
    </p><p class="article-text">
        Tocaba el postre:
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&iquest;C&oacute;mo quieres la pera?
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l ten&iacute;a frenillo y no pronunciaba la erre. Por eso nunca preguntaba que por qu&eacute; ten&iacute;ais una cocina roja si todas las que ol&iacute;an a pan eran color madera, o color formica, o color pastel. Por eso nunca dec&iacute;a rota, porque hab&iacute;a palabras que se le enredaban bajo la membrana de la lengua y ah&iacute; quedaban, aturdidas. Y &eacute;l se pon&iacute;a triste, como si en lugar de palabras le administraran una medicaci&oacute;n sublingual, como si las palabras al salir salvaran de algo.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l ten&iacute;a frenillo y no pronunciaba la erre.
    </p><p class="article-text">
        T&uacute; ten&iacute;as amargura por la ruptura reciente y no pronunciabas muchas otras letras.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l ten&iacute;a frenillo y cuatro a&ntilde;os y no sab&iacute;a interrogar, y por eso ante la pregunta de c&oacute;mo la quieres, respirando el aire afilado que t&uacute; exhalabas, te dijo:
    </p><p class="article-text">
        &ndash;Partida, la quiero partida.
    </p><p class="article-text">
        Empu&ntilde;as entonces el cuchillo con unas manos inexplicables, el mismo cuchillo que tras la separaci&oacute;n qued&oacute; a este lado del mundo, talando la fruta que se precipita sobre el plato como el &aacute;rbol ca&iacute;do y que antecede al estruendo doloroso que ya conoces, a la vibraci&oacute;n que sacude el aire y que obliga a protegerse del estallido mientras que cavilas, all&iacute;, de pie, en medio de una cocina roja, si de verdad un &aacute;rbol que cae en un bosque no hace ning&uacute;n ruido a menos que haya alguien cerca para o&iacute;rlo.
    </p><p class="article-text">
        T&uacute;, que siempre has estado cerca para o&iacute;r los &aacute;rboles caer.
    </p><p class="article-text">
        Ocurre en ese momento un titubeo, tu hijo diciendo que no, que la pera partida no, que entera, mam&aacute;, no la rompas. Tu hijo bregando con su frenillo como si, al pronunciar por fin bien, pudiera reparar lo imposible. Partida no. Rota no. Fracturada no.
    </p><p class="article-text">
        Aquella fue la primera vez: explicarle que hay cosas que no pueden repararse ni pegarse. Es m&aacute;s: que, a veces, quedarse rota es la &uacute;nica forma de estar viva.
    </p><p class="article-text">
        Hoy has vuelto de viaje. Una de tus mejores amigas te llama para contarte que su matrimonio se le ha escurrido entre los dedos, que se ha estrellado en el suelo de la cocina, que se ha hecho a&ntilde;icos, que no sabe c&oacute;mo recomponerlo. Y t&uacute; te acuerdas de tu hijo llorando, suplicando arreglar aquella fruta que t&uacute; partiste en dos, cuando &eacute;l a&uacute;n no sab&iacute;a formular la pregunta primigenia: &iquest;Cu&aacute;ndo se rompen las cosas que terminan? &iquest;Las que se acaban? &iquest;Al final? &iquest;O acaso est&aacute;n rotas mucho antes?
    </p><p class="article-text">
        Le cuentas a tu amiga que estuviste en Madrid en la presentaci&oacute;n del &uacute;ltimo poemario de Vanessa Simonka <em>De presencia y aire</em>. Que ella, con una voz firme, sostuvo entre sus manos un tiempo roto y dijo: &ldquo;Creo en el entusiasmo y en romperse por dentro&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Miras a tu alrededor: la maleta con la que viajaste tiene el asa rota.
    </p><p class="article-text">
        La cremallera de la chaqueta no cierra.
    </p><p class="article-text">
        La pantalla del m&oacute;vil est&aacute; quebrada.
    </p><p class="article-text">
        Pero la casa huele a pino y a tierra. Suena el tel&eacute;fono y de nuevo aquella pregunta insoportable: la s&uacute;plica de reparar lo irreparable.
    </p><p class="article-text">
        Hoy se te hizo a&ntilde;icos la tarde en un lamento tan grave como el ruido de un &aacute;rbol ca&iacute;do y tuviste la tentaci&oacute;n de pegarla. En los trozos que se desmembraron de la puesta de sol regresa con fuerza una &uacute;nica sospecha, y te sorprendes al escucharte recitar aquel verso de Manuel Astur: &ldquo;Quedar&aacute; entero quien se sepa partido&rdquo;. Y sientes que s&iacute;, pero sin embargo, sin saber bien por qu&eacute;, tomas una pera del frutero, la lavas y la despedazas a peque&ntilde;os bocados, desgarr&aacute;ndola con los incisivos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/romperse_132_12337178.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 29 May 2025 03:30:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Romperse]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Y punto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/punto_132_12299360.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7a9463ac-e946-4cfd-9ff8-1cfc0d2c8505_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Y punto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La rendija de la puerta como una herida supurando a un mundo desconocido –si hay zapatos, por qué no una falda, por qué no unas medias, por qué no una blusa con escote–, las Adidas haciendo aguas por todos lados y dejándole siempre los dedos arrugados de vergüenza, pudor e ilegitimidad</p></div><p class="article-text">
        Antes se llamaba Pablo y era un gato de peluche tricolor, dulce, rollizo, con la mirada vac&iacute;a de preocupaciones. Mi hija ten&iacute;a unos cuatro a&ntilde;os cuando lo bautiz&oacute; y ambos se hicieron inseparables: Pablo y ella siempre juntos, en el parque, en la clase, en fiestas de cumplea&ntilde;os, en las puertas del sue&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Una ma&ntilde;ana, antes de la guarde, le dije: No te olvides de Pablo. Lo cogi&oacute; en brazos cobij&aacute;ndolo como si amenazara tormenta y contest&oacute;: Es Blanca. Antes era Pablo. Ahora es Blanca.
    </p><p class="article-text">
        Nos inclinamos sobre el libro del desconcierto intentando buscar alguna pista. Le preguntamos por el motivo: &iquest;ten&iacute;amos que hacer algo?, &iquest;proceder de alguna otra forma? &iquest;Acaso era posible que todo hubiera ocurrido durante la noche sin nosotros siquiera intuirlo? Ella abri&oacute; mucho los ojos y torci&oacute; el gesto. Antes era Pablo y ahora es Blanca. Punto.
    </p><p class="article-text">
        Una se pasa los d&iacute;as intentando escuchar el crujido que nos hace mudar del antes al ahora con la est&uacute;pida certeza de que algo encontrar&aacute;: una se&ntilde;al, un suspiro, un llanto, una miaja que nos gu&iacute;e al momento crucial donde se bifurc&oacute; el camino y dejamos de ser para ir siendo.
    </p><p class="article-text">
        Eso les cuento a M. y a Paco en una cafeter&iacute;a de Huelva y M. r&iacute;e achinando unos preciosos ojos azules llenos de marejada a punto de contarme su antes. Antes: Paco y M. se conocieron con doce a&ntilde;os, all&aacute; por 1972. Se cruzaban diariamente en una de las esquinas del estadio Colombino de Huelva, M. calzando las Adidas con las que Paco (y yo) so&ntilde;aba por inalcanzables; M. convirti&eacute;ndose en uno de los mejores jugadores del Recreativo; M. chulesco, lig&oacute;n, refinado en sus andares, tremendo gato tricolor; M. y Paco haci&eacute;ndose hermanos de vida, deshojando veranos y noches de Risk en el piso que compartieron, noches de Risk conquistando pa&iacute;ses y anhelos; M. con un secreto que encharcaba de culpa sus Adidas de ni&ntilde;o de doce, de trece, de catorce, de diecisiete: un secreto que consist&iacute;a en desechar las zapatillas deportivas cuando estaba a solas y sustituirlas por los tacones de su madre, a escondidas, antes de abrir esa cancela, mucho antes; la rendija de la puerta como una herida supurando a un mundo desconocido &ndash;si hay zapatos, por qu&eacute; no una falda, por qu&eacute; no unas medias, por qu&eacute; no una blusa con escote&ndash;, las Adidas haciendo aguas por todos lados y dej&aacute;ndole siempre los dedos arrugados de verg&uuml;enza, pudor e ilegitimidad.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La semana que viene lo intento. Cuando resuelva esto. Cuando resuelva lo otro. Hasta que se enamora de una mujer e intenta ahogar su compulsión travesti en el agua de unos zapatos que ya no sabe si son deportivas o de tacón –eso me cuenta con un trago de otra agua, obligando a la nostalgia a resbalar por su faringe y empujarla hasta el estómago–, esa pulsión que poco tenía de sexual y tanto de identitaria</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Antes, mucho antes, lleg&oacute; su plenamar: el agua llegando al momento m&aacute;s alto de la marea, cuando con diecisiete a&ntilde;os engancha el sue&ntilde;o de dejarse el pelo largo, y &ndash;&iexcl;oh!&ndash; se lo deja, y &ndash;&iexcl;oh!&ndash; los rizos se desbocan y M. descubre que la imagen que le ofrece el espejo junto con ese cosquilleo de los rizos sobre los hombros es su otro yo melanc&oacute;lico y oculto tantos a&ntilde;os, ese yo que no es otro sino uno mismo. Antes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me cuenta que entonces comienza una d&eacute;cada dolorosa, de profunda languidez, sobreviviendo gracias a la ficci&oacute;n de los libros donde cada cual vive las vidas como le da la gana sin tribunal de g&eacute;nero, identidad, orientaci&oacute;n o sexo. Eso me cuenta. Todo el paisaje embadurnado de culpa. Una plantaci&oacute;n entera de culpa. Eso me cuenta. La semana que viene lo intento. Cuando resuelva esto. Cuando resuelva lo otro. Hasta que se enamora de una mujer e intenta ahogar su compulsi&oacute;n travesti en el agua de unos zapatos que ya no sabe si son deportivas o de tac&oacute;n &ndash;eso me cuenta con un trago de otra agua, obligando a la nostalgia a resbalar por su faringe y empujarla hasta el est&oacute;mago&ndash;, esa pulsi&oacute;n que poco ten&iacute;a de sexual y tanto de identitaria. M. esquiv&aacute;ndose a s&iacute; misma, renunciando a s&iacute; misma para congraciarse &iacute;ntimamente consigo mismo y conservar as&iacute; algo de cordura; M. desarrollando dos identidades paralelas a ambos lados del espejo en el que se asom&oacute; durante a&ntilde;os en estricta soledad.
    </p><p class="article-text">
        Antes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todo esto ocurri&oacute; hace mucho tiempo. Hay vidas que se entienden mejor cuando se cuentan, aunque a veces se necesite toda una vida para aprender a vivirla.
    </p><p class="article-text">
        Me dice: Eres una mujer, pero nadie te ve como tal. Eres un hombre, pero nadie te ve como tal. No hay verdad absoluta en la identidad porque se construye en la continua interacci&oacute;n con los otros y los d&iacute;as nos vuelven accidente, una irregularidad del terreno que fuimos. Y entonces ocurre: las expectativas de los dem&aacute;s, el haber sido nombrados por otros nos convierten en extra&ntilde;eza y sus cinceles golpean nuestra personalidad para desechar el material aparentemente bald&iacute;o y tallar as&iacute; nuestra identidad. A veces se tarda toda una vida en aprender a vivir.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Nos tomamos el último café. Hace calor. El sol atraviesa la cristalera de la cafetería y nos ciega a ratos. Ese sol que te devuelve a la infancia y también puede matarte</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Antes: Paco no supo qu&eacute; hacer con la confesi&oacute;n en un principio. Solo entendi&oacute; la disonancia, me cuenta, el d&iacute;a que a&ntilde;os despu&eacute;s a causa del c&aacute;ncer, mientras se pasaba la mano por la cabeza en un gesto aut&oacute;mata, se le desprendi&oacute; el pelo formando una alfombra mullida a sus pies. Se mir&oacute; en el espejo sin reconocerse, como un extra&ntilde;o enfrentado a otro. Y entonces lo supo. Antes.
    </p><p class="article-text">
        Antes: el d&iacute;a que Mariano fue Marian para el mundo rondaba los 50. Ella fue compartiendo ese otro yo con su esposa, sus padres, su jefe, sus amigos &iacute;ntimos, sus dos hijos, con todos aquellos que encarnaban las expectativas de lo que M. deb&iacute;a ser, mientras M. continuaba perdiendo los jirones de lo que era.
    </p><p class="article-text">
        Nos tomamos el &uacute;ltimo caf&eacute;. Hace calor. El sol atraviesa la cristalera de la cafeter&iacute;a y nos ciega a ratos. Ese sol que te devuelve a la infancia y tambi&eacute;n puede matarte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si hablar es hacer, como dec&iacute;a Agust&iacute;n Garc&iacute;a Calvo y la lengua tiene el poder de modelar la realidad, Paco y Marian, a lo largo de estas m&aacute;s de tres horas, le han sacado brillo a su antes compartido durante cincuenta a&ntilde;os. Antes de despedirnos con un abrazo, Paco me habla de la canci&oacute;n que le compuso a Marian cuando el agua de sus zapatos encharc&oacute; los suyos: &laquo;Pero seas quien seas/ para m&iacute; siempre ser&aacute;s:/ mi hermano del alma/ mi deuda de vida/ mi sabio indolente/ mi mejor amiga./ Mi hermana del alma/ mi deuda de vida/ mi sabia indolente/ mi mejor amiga&raquo;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Antes del &uacute;ltimo abrazo, Marian comparte conmigo el poema que le escribi&oacute; a Paco: &laquo;No tengo la palabra/Solo la voz que canta/y en mi coraz&oacute;n se queda&raquo;.
    </p><audio controls controlsList="nodownload">
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</audio><p class="article-text">
        Hay veces que me preguntan que por qu&eacute; escribo.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces recuerdo las palabras de Virginia Woolf en&nbsp;<em>Las olas:&nbsp;</em>&laquo;A nada debemos dar nombre, no sea que al hacerlo lo alteremos. Dejemos que todo exista, que exista esta orilla, que exista esta belleza&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A veces escribo por el m&aacute;s bello espect&aacute;culo de ver a dos personas felices si&eacute;ndolo. Por eso, y porque una ma&ntilde;ana de primavera Pablo fue Blanca. Una gata de peluche tricolor, dulce, rolliza, con la mirada vac&iacute;a de preocupaciones. Y en ese gesto m&iacute;nimo estaba todo lo dem&aacute;s: la orilla, la belleza, la verdad sin nombre. Y punto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/punto_132_12299360.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 14 May 2025 19:01:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Y punto]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Felices futuros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/felices-futuros_132_12226033.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/13020e7d-53f0-421c-8648-a3983e0dc1c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Felices futuros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A veces las personas que cambian el mundo abren un tomo de las Páginas Blancas y llaman cada tarde, desde la misma cabina, a un número de teléfono</p></div><p class="article-text">
        Ocurri&oacute; hace una semana, mi hija saliendo del instituto, yo esper&aacute;ndola en la puerta con el nervio de la prisa oblig&aacute;ndome a sacudir la pierna derecha contra el asfalto, mi hija tom&aacute;ndome de la mano con los ojos h&uacute;medos &ndash;no de llanto, no de desconsuelo&ndash;, yo con las pupilas deshidratadas, ara&ntilde;adas por el hast&iacute;o, o por el cansancio, o por la rutina de unos d&iacute;as iguales a otros, iguales a los siguientes, iguales a los que los precedieron. Iguales.
    </p><p class="article-text">
        Mi hija de catorce le susurra a la arenilla de mis ojos: Mam&aacute;, tengo una historia que te va a encantar. Y encanta. Lo hace como el hechizo del canto de sirenas que quiebra la voluntad m&aacute;s f&eacute;rrea de la prisa, de la productividad, de la apat&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Era viernes, en la puerta de uno de los institutos p&uacute;blicos m&aacute;s antiguos de nuestro pa&iacute;s, donde estudi&oacute; <a href="https://www.eldiario.es/sevilla/reivindicando-encarnacion-aguila-primera-mujer-saco-bachillerato-espana_1_12105398.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Encarnaci&oacute;n del &Aacute;guila</a>, la primera mujer en sacarse el bachillerato en Espa&ntilde;a y donde estudiaron tambi&eacute;n B&eacute;cquer, Manuel Machado, Luis Cernuda y Severo Ochoa, por citar algunos. A mi hija le pido que guarde en sus o&iacute;dos la m&uacute;sica de sus muros porque no somos hijos de nuestro tiempo, sino del tiempo que antes agotaron otros.
    </p><p class="article-text">
        Era viernes. Como aquel viernes de 1983 en el que a Kiko P. su profesor de literatura &ndash;&eacute;l con la misma edad de mi hija ahora&ndash; le encomend&oacute; una tarea: hacer una entrevista. Sobre su pupitre, el libro abierto por la <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Generaci%C3%B3n_del_27" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Generaci&oacute;n del 27</a>, por la biograf&iacute;a de <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_Guill%C3%A9n" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Jorge Guill&eacute;n</a>, el augurio de leer que el poeta viv&iacute;a en M&aacute;laga, exactamente en la misma ciudad a la que acaba de mudarse Kiko P.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">A veces, una soledad se achica abrazando a otra. Un viernes y otro y otro más. Hasta que llegó la tarde en que el latido y el futuro se deshicieron en la garganta del adolescente. Fue cuando escuchó al otro lado estas tres palabras: Jorge quiere conocerte</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Que la soledad es un acicate para seg&uacute;n qu&eacute; cosas me lo cuenta Kiko frente a un caf&eacute; en la Alameda 42 a&ntilde;os despu&eacute;s. &iquest;C&oacute;mo se le llama a este brillo en los ojos que sobrevive a la noche del tiempo? La encomienda del profe de literatura se hizo entonces designio en el chaval de catorce a&ntilde;os: cada viernes a las seis de la tarde abr&iacute;a las P&aacute;ginas Blancas en la cabina que hab&iacute;a junto al colegio y marcaba tantos n&uacute;meros como le daba la calderilla del bolsillo para encontrar y entrevistar al poeta: Guill&eacute;n J.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Podr&iacute;a hablar con Jorge Guill&eacute;n?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No, aqu&iacute; no hay ning&uacute;n Jorge. Hay Juan. Hay Jose. Hay Jes&uacute;s. Hay Jon&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Unos cuantos viernes despu&eacute;s, veinticinco nombres despu&eacute;s, cuando el plazo para entregar la tarea ya hab&iacute;a vencido y conocer al poeta se hab&iacute;a cristalizado como su motivo de los viernes, una voz dulce descolg&oacute; el tel&eacute;fono. Se trataba de Irene Mochi-Sismondi, su segunda esposa. Me cuenta Kiko que durante los pocos segundos que transcurrieron desde su pregunta a la primera respuesta, latido y futuro le oprimieron la garganta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Jorge Guill&eacute;n andaba ya muy enfermo. Su &aacute;nimo no le permit&iacute;a entrevistas ni grandes fiestas, le dijo Irene, pero para Kiko la tarea dej&oacute; de ser importante y aquel adolescente de ojos h&uacute;medos continu&oacute; llamando cada viernes a eso de las seis para interesarse por la salud del poeta. Charlaba un rato con su esposa. A veces, una soledad se achica abrazando a otra. Un viernes y otro y otro m&aacute;s. Hasta que lleg&oacute; la tarde en que el latido y el futuro se deshicieron en la garganta del adolescente. Fue cuando escuch&oacute; al otro lado estas tres palabras: Jorge quiere conocerte.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Yo busco a Kiko y sé que he mandado a su yo de catorce años de vuelta a esas tardes de viernes en la cabina, a ese crepúsculo de cinco horas y cinco amigos hechizados por ese otro canto de sirena que le hace contar un recuerdo como si fuera un sueño</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        El 17 de mayo de 1983, Jorge Guill&eacute;n recibi&oacute; en su casa a Kiko y cuatro de sus amigos con el <em>loro </em>al hombro<em>, </em>aquel radiocasete con bobina, dos carretes y un almac&eacute;n de hasta 80 minutos de m&uacute;sica. A las cinco de la tarde. Sus noventa a&ntilde;os le hab&iacute;an provisto de una p&aacute;tina de prudencia, as&iacute; que les rog&oacute; no grabar aquella entrevista que dur&oacute; cinco horas. Cinco horas con Jorge Guill&eacute;n mientras compart&iacute;a las an&eacute;cdotas vividas con sus amigos de la Generaci&oacute;n del 27 y otros poetas, nombres que no olvidar&iacute;an. D&aacute;maso Alonso. Garc&iacute;a Lorca. Juan Ram&oacute;n Jim&eacute;nez. Alberti. Emilio Prados. Altolaguirre.
    </p><p class="article-text">
        A veces las personas que cambian el mundo abren un tomo de las P&aacute;ginas Blancas y llaman cada tarde, desde la misma cabina, a un n&uacute;mero de tel&eacute;fono. Lo hacen sin sentir la derrota, fijando sus pupilas &uacute;nicamente en los n&uacute;meros que quedan por marcar. A veces las personas que cambian el mundo lo hacen sin la conciencia de estar haciendo nada majestuoso, s&oacute;lo con la sencillez de un gesto, como lo es contar su historia a una clase llena de chavales de catorce a&ntilde;os con los ojos secos.
    </p><p class="article-text">
        Todos podemos construir un pilar en el futuro de otro. Jorge Guill&eacute;n lo hizo en el de Kiko. Sus ojos se humedecieron aquella tarde. Kiko lo hizo en el de mi hija, que me cant&oacute; su historia un viernes nada m&aacute;s salir del aula. Mi hija lo hace en m&iacute; continuamente. Yo busco a Kiko y s&eacute; que he mandado a su yo de catorce a&ntilde;os de vuelta a esas tardes de viernes en la cabina, a ese crep&uacute;sculo de cinco horas y cinco amigos hechizados por ese otro canto de sirena que le hace contar un recuerdo como si fuera un sue&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Nadie nos avisa nunca, pero la muerte enra&iacute;za en nosotros con la p&eacute;rdida del entusiasmo y con este encogerse de hombros que nos deforma la chepa. Tambi&eacute;n con la sequedad de los ojos. Por eso yo siempre busco historias contadas tras unos ojos h&uacute;medos.
    </p><p class="article-text">
        Antes de marcharse de su casa, Jorge Guill&eacute;n les regal&oacute; uno de sus libros con esta dedicatoria: &ldquo;A mis amigos conocidos y por conocer: Miguel &Aacute;ngel, Jes&uacute;s, Francisco, Sergio y Javier, dese&aacute;ndoles felices futuros.&rdquo; Y para que su profesor de literatura los creyera, les recit&oacute; un poema con la voz temblorosa que Kiko grab&oacute; en su caja de pl&aacute;stico y que hoy me regala como una alhaja que desnuca el futuro: &iquest;Habr&aacute; un fin al saber? / Nunca, nunca. Se est&aacute; siempre al principio / De una curiosidad inextinguible / Frente a infinita vida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/felices-futuros_132_12226033.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 16 Apr 2025 20:00:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Felices futuros]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El juego de la silla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/juego-silla_132_12185889.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0a1c42c0-4488-4457-bfc1-d2632c43bd74_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El juego de la silla"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A las mujeres nos adiestran en la obediencia y en la competición entre nosotras bajo la coartada de la mejora personal: la piel más tersa, el cabello más brillante, el cuerpo más elástico, la mejor madre, la mejor esposa. Si corríamos más, si éramos más bellas, más sexis, más ágiles, más tiernas, más listas, encontraríamos un lugar en este nuevo mundo</p><p class="subtitle">Y brotaron amapolas
</p></div><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s todo comenzara en ese punto, no lo s&eacute; con certeza. En la intuici&oacute;n de que fuimos estafadas en vida y en muerte, esa obsesi&oacute;n por el pensamiento binario imperante empe&ntilde;ado en reducir la realidad a solo dos soluciones posibles de la ecuaci&oacute;n que es vivir, negando la complejidad y rob&aacute;ndonos la riqueza de alternativas: no solo en nuestra concepci&oacute;n de lo masculino y femenino, por poner un ejemplo, sino en todo el discurso y pensamiento occidental, maniatado por el juicio binario que nos condena a una castraci&oacute;n sensorial sin precedentes. El bien y el mal, lo bello y lo feo, la ciencia y la m&iacute;stica, el cuento frente a la novela, lo masculino y lo femenino.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s todo comenzara en ese punto, en esas conversaciones llenas de ara&ntilde;azos, cuando nos dijeron: Muy bien, pero no hay lugar para todas. No hay sitio para todas las hijas de las primeras madres trabajadoras, para todas las hijas de la emancipaci&oacute;n de la mujer, de las primeras p&iacute;ldoras anticonceptivas, de las primeras mujeres divorciadas. No hay lugar para todas en las oficinas, en los comit&eacute;s de direcci&oacute;n, en la vida p&uacute;blica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nos lo cre&iacute;mos. Y no es que no lo hubiera, pero comenzamos entonces a jugar al juego de la silla, ya saben, todos los respaldos hacia dentro dibujando un c&iacute;rculo imperfecto, ese dar vueltas alrededor siempre al acecho, temiendo el momento en el que se detuviera la m&uacute;sica que otro pon&iacute;a, mirando de soslayo para que fuera otra la que se quedara sin un lugar donde habitarse. Nos lo cre&iacute;mos. A las mujeres nos adiestran en la obediencia y en la competici&oacute;n entre nosotras bajo la coartada de la mejora personal: la piel m&aacute;s tersa, el cabello m&aacute;s brillante, el cuerpo m&aacute;s el&aacute;stico, la mejor madre, la mejor esposa. Si corr&iacute;amos m&aacute;s, si &eacute;ramos m&aacute;s bellas, m&aacute;s sexis, m&aacute;s &aacute;giles, m&aacute;s tiernas, m&aacute;s listas, encontrar&iacute;amos un lugar en este nuevo mundo.
    </p><p class="article-text">
        Bebimos del mito que sosten&iacute;a que la amistad entre mujeres era imposible, que nuestra naturaleza &ndash;y no lo social, y no lo cultural&ndash; nos hizo ser competitivas, recelosas y desconfiadas con las dem&aacute;s mujeres. Bebimos del mito de la literatura repleta de traidoras, brujas y enemigas, en lugar de tomar como referentes la amistad plasmada entre mujeres libres en los muros de la antig&uuml;edad m&aacute;s remota, mujeres que se cuidan y caminan del brazo, se siguen unas a otras, trabajan, descansan y participan juntas en rituales. Me lo cre&iacute; durante a&ntilde;os y todo ese tiempo alarde&eacute; de mi fidelidad a un concepto de amistad que me amputaba partes del cuerpo.
    </p><p class="article-text">
        Con 19 a&ntilde;os me escap&eacute; de casa de mis padres para ir a ver a mi novio canadiense a Toronto. Durante los d&iacute;as previos hice la maleta a escondidas en casa de mi amiga. Mi amiga me acompa&ntilde;&oacute; al aeropuerto. En casa de una amiga y con amigas vi por primera vez una pel&iacute;cula de dos rombos por error, <em>Las edades de Lul&uacute;</em>. Fui a varias clases de preparaci&oacute;n al parto en Bilbao con otra buena amiga que exhalaba e inhalaba conmigo como si estuviera pariendo. Fue una amiga la que me sostuvo tras el divorcio. Otra amiga la que me acompa&ntilde;&oacute; al hospital cuando lo necesit&eacute;. Con una amiga hice mi primer viaje fuera de Espa&ntilde;a. La primera vez que confes&eacute;: No soy feliz, fue con una amiga.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres hemos encontrado huecos donde habitarnos. Hemos sido hermanas de sangre en los patios de los colegios, c&oacute;mplices en los ba&ntilde;os de las discotecas, aliadas en las salas de espera de los hospitales, pero no todas lo sab&iacute;amos. Hemos aprendido a leernos en las miradas, a sostenernos en el caos, a reencontrarnos en la risa compartida. Hemos necesitado nuestro tiempo, claro. Parece que la palabra <em>fraternidad</em> no era posible aplicarla a las mujeres y hasta 2018 no acept&oacute; la RAE el t&eacute;rmino <em>sororidad</em>. Al contrario de lo que dec&iacute;a el actor Antonio Gamero &ndash;&ldquo;Yo a los amigos nunca les cuento mis problemas ni mis enfermedades. Que los divierta su puta madre&rdquo;&ndash;, yo hace tiempo que con mis amigas comparto miserias y miedos.
    </p><p class="article-text">
        Pienso a menudo en aquellos tiempos en los que se nos hizo creer que otra mujer era la culpable de no recibir lo que merec&iacute;amos. A mi hija adolescente le he le&iacute;do por cap&iacute;tulos todos mis diarios donde hablaba una y otra vez de ellas. Espero que mis pozos hayan alumbrado algunos de sus recelos. Descubr&iacute; la amistad femenina en toda su amplitud muy tarde, hace apenas dos d&eacute;cadas. Fue una noche de verano en la que de pronto ces&oacute; la m&uacute;sica y no hab&iacute;a sillas suficientes. Se detuvo, as&iacute; sin m&aacute;s, para dar paso al canto de las chicharras. Cuando fui a buscar mi hueco, ya no hab&iacute;a ninguna libre. Yo hab&iacute;a dejado de ser r&aacute;pida por aquellos d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        He hecho alguna buena amiga a la edad en la que ya no se hacen amigas, eso es cierto, aunque creo que nunca con el mismo ardor con el que perpetramos la amistad en la infancia y adolescencia. Mis amigas y yo nos vemos poco, pertenecemos a mundos diferentes, vivimos en ciudades diferentes, con religiones distintas y opciones pol&iacute;ticas que no siempre se parecen. Pero compartimos una patria: la amistad. Y cada vez que nos encontramos &ndash;unas cuantas quedadas al a&ntilde;o, alg&uacute;n viaje, varias llamadas&ndash; volvemos a sostener la bandera de las ni&ntilde;as so&ntilde;adoras que fuimos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con ellas comparto la ch&aacute;chara de la vida, esas conversaciones aparentemente livianas que no hacen sino regalar profundidad a los brillos del mundo que habitamos. Mis amigas y yo guardamos ch&aacute;charas en los bolsillos y las sacamos en cada encuentro. A veces nos basta con un mensaje fugaz, una risa compartida en el momento preciso, un <em>&iquest;te acuerdas?</em> o un llanto que abre una grieta en el tiempo y nos devuelve intactas. No hay tronos ni podios. Hay veces en las que cesa la m&uacute;sica, es cierto, pero en este pacto silencioso nos basta con el canto de las chicharras, como el latido de la tierra.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/juego-silla_132_12185889.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 02 Apr 2025 20:08:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El juego de la silla]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Y brotaron amapolas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/brotaron-amapolas_132_12145634.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5dd26cd1-d4c1-41d9-9f0e-77fbeca2a4b8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Y brotaron amapolas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando la realidad no nos gusta, tenemos dos opciones: reinventarla o amoldarnos a ella. La primera es más trabajosa, la segunda nos convierte en súbditos</p></div><p class="article-text">
        Yo invento. No mucho. Intento hacerlo un poco cada d&iacute;a. Salgo a la calle y me detengo en los cruces, subo a los autobuses, escucho conversaciones ajenas, labro la ciudad durante, al menos, un par de horas diarias. Lo suficiente para permitir que salten chiribitas y que la vida me sorprenda en cualquier gesto cotidiano, lo suficiente para ara&ntilde;ar la tierra y que se desmigaje entre los dedos, lo suficiente para que la polvareda me entre en los ojos y me ciegue permiti&eacute;ndome descubrir en la realidad cosas que la realidad no tiene. En esos momentos, me dice un amigo, la mirada se me vuelve desafiante y entonces recuerdo el poema de Gloria Fuertes: &ldquo;Me dijeron: / &ndash;O te subes al carro / O tendr&aacute;s que empujarlo. / Ni me sub&iacute; ni lo empuj&eacute;. / Me sent&eacute; en la cubeta / y alrededor de m&iacute;, / a su debido tiempo / brotaron las amapolas.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Dice la RAE que inventar viene de invento (a simple vista no aclara mucho, bien es verdad) y que adem&aacute;s de descubrir algo nuevo o desconocido tambi&eacute;n significa decir algo como verdadero sin serlo. Inventar tiene algo de adue&ntilde;arse del mundo y ararlo, de hacer surcos en su cerro m&aacute;s bald&iacute;o para cultivarlo luego.
    </p><p class="article-text">
        Yo invento. No mucho. Mi padre lo ha hecho toda la vida. Yo tendr&iacute;a unos cinco a&ntilde;os, quiz&aacute;s seis. Lo s&eacute; porque al poco comenc&eacute; a escribir diarios, esas libretas donde mentimos con m&aacute;s furia que en otro tipo de relato ficcional y no he encontrado nada sobre aquellos d&iacute;as. Mi padre me mostraba el artilugio, un cepillo de dientes con un motorcito anejo. Hac&iacute;a cosquillas en las enc&iacute;as y yo achinaba los ojos. No entend&iacute;a el juguete. Est&aacute;bamos en los ochenta. El cepillo de dientes el&eacute;ctrico se patent&oacute; &ndash;no fue mi padre&ndash; all&aacute; por el a&ntilde;o 2000.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Inventar es encontrar una realidad que otros no echan en falta. Igual que se escribe desde la grieta, se inventa desde ella. Y si hace falta muy poco para que algo se rompa, se requiere de varias generaciones para aprender a repararlo</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Me gustaba visitarlo en su taller, un local alquilado en el Cerro del &Aacute;guila y custodiado por un mapa de Espa&ntilde;a pintado con chinchetas de colores en el que marcaba los lugares donde durante diez a&ntilde;os hab&iacute;a vendido la tolva que invent&oacute; y patent&oacute;. Por aquellos tiempos se ganaba la vida poniendo a punto las m&aacute;quinas de una panader&iacute;a y un d&iacute;a hizo eso: detenerse. Ni subirse al carro ni empujarlo. Escudri&ntilde;ar el proceso. Ver c&oacute;mo intervenir en &eacute;l. Observar a trav&eacute;s de una rendija c&oacute;mo mejorar su realidad.
    </p><p class="article-text">
        A&ntilde;os despu&eacute;s invent&oacute; un juguete: una tabla con ruedas y vela para tirarnos cuesta abajo por la Sevilla de los noventa. Este invento no serv&iacute;a para nada y su aparente inutilidad era para m&iacute; su mayor belleza. A&ntilde;os despu&eacute;s, alguien patent&oacute; la <em>carrovela</em>.
    </p><p class="article-text">
        Hace un tiempo ech&oacute; en falta m&aacute;s sol en el sal&oacute;n de su casa. Mont&oacute; un complejo sistema de espejos en el patio, un campo de girasoles que bailaban al ritmo de la luz y la reflejaban a trav&eacute;s de la ventana del sal&oacute;n. Transform&oacute; una estancia sombr&iacute;a en un sol&aacute;rium.
    </p><p class="article-text">
        Inventar es encontrar una realidad que otros no echan en falta. Igual que se escribe desde la grieta, se inventa desde ella. Y si hace falta muy poco para que algo se rompa, se requiere de varias generaciones para aprender a repararlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pienso: todos hemos sido alguna vez la invenci&oacute;n de alguien.
    </p><p class="article-text">
        Pienso: todos hemos rumiado realidades y hemos deseado convertirlas en otra cosa.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Durante años tarareé una melodía en bucle: no quiero parecerme a mis padres. Esa canción adolescente que terminamos creyéndonos hasta que hemos vivido lo suficiente como para mirar atrás no desde la altivez sino desde el agradecimiento</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Pienso: hay recuerdos que para m&iacute; tienen la misma m&uacute;sica que la primera medio verdad accesoria que se arrojan los amantes, esa que es casi una verdad completa, casi una mentira completa. Pero la misma a la que volver&aacute;n una y otra vez sin tener clara su naturaleza, desconcertados del todo porque fue tambi&eacute;n la que abri&oacute; una fisura en su mundo para obligarlos a mirar de otra forma y descubrir una realidad m&aacute;s honda en el gesto cotidiano.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os tarare&eacute; una melod&iacute;a en bucle: no quiero parecerme a mis padres. Esa canci&oacute;n adolescente que terminamos crey&eacute;ndonos hasta que hemos vivido lo suficiente como para mirar atr&aacute;s no desde la altivez sino desde el agradecimiento.
    </p><p class="article-text">
        Ahora s&eacute; que busco historias que amasen la harina m&aacute;s lentamente y empujen la masa para obtener la proporci&oacute;n id&oacute;nea y el tiempo preciso; que busco extra&ntilde;ezas y el cosquilleo de aquel primer cepillo el&eacute;ctrico sobre la enc&iacute;a, yo con los ojos almendrados de admiraci&oacute;n y risa; que busco la pendiente ideal donde el viento desordene mi pelo como hac&iacute;a cuando era ni&ntilde;a y me lanzaba subida a aquel artefacto sin nombre &ndash; mitad tabla, mitad vela, mitad ruedas&ndash;; que busco meterme el rayo de sol intemporal en el bolsillo de un invierno helado cada vez que visito la casa de mis padres. Ah&iacute; reside la semilla de mi escritura y de lo que soy.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la realidad no nos gusta, tenemos dos opciones: reinventarla o amoldarnos a ella. La primera es m&aacute;s trabajosa, la segunda nos convierte en s&uacute;bditos. Mi padre se ha llevado inventando toda la vida. Pero la ense&ntilde;anza mayor ha sido el placer de inventar por el mero hecho de hacerlo. La felicidad que se siente al descubrir los pespuntes de nuestro entorno y no tener miedo de cortar algunos hilos. Sin duda, me parezco a mi padre. Yo invento. A veces. No mucho. Un poco cada d&iacute;a. Sin embargo, en otros momentos como hoy, me siento en la cubeta junto a &eacute;l a esperar que broten las amapolas. Y cr&eacute;anme. Siempre brotan. Sonrojadas y felices.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xenia García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/brotaron-amapolas_132_12145634.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Mar 2025 20:29:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Y brotaron amapolas]]></media:title>
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