'Ravalear', una excelente y afilada serie sobre la crisis de la vivienda y los fondos buitre
Pol Rodríguez, director junto a Isaki Lacuesta de Segundo premio, vio cómo un fondo buitre se quedaba con el restaurante que su familia había gestionado durante 90 años. Can Lluís, en pleno Raval barcelonés, fue durante mucho tiempo un lugar de encuentro de gente del barrio y también de gente del cine como Joaquim Jordá o José Luis Guerín, que disfrutaban de la comida casera que preparaban los padres de Rodríguez.
Compraron el edificio, les echaron, y por si fuera poco, se quedaron la 'marca' que ellos crearon. Can Lluis sigue existiendo bajo otros dueños que han aprovechado la imagen para convertirse en un lugar perfecto para los turistas que abarrotan las calles del Raval. Can Lluis es un ejemplo perfecto de la gentrificación, el problema de la vivienda y la especulación de los fondos buitres.
Aquella herida se ha convertido en una serie. Ravalear, que estrena este 22 de mayo HBO, parte de la experiencia real de Pol Rodríguez pero le aplica la máxima del 'what if', es decir, plantearse qué hubiera pasado si algo hubiera sido distinto. En este caso, Ravalear se plantea lo que podría haber ocurrido si esa familia hubiera luchado con todo para evitar que les echaran. Y con todo es 'con todo'. Ese es el punto de partida de una serie excelente, de lo mejor que se ha producido en España estos años.
La serie que Rodríguez codirige de nuevo con Isaki Lacuesta convierte ese hecho, esa amenaza de desahucio, en una palanca para poner a sus personajes al límite. Ellos deciden que están dispuestos a todo por no permitirlo, y meterán okupas en sus pisos, o comenzarán a realizar acciones en el límite de lo legal, o cayendo directamente en lo ilegal. La serie pregunta hasta dónde está uno dispuesto a llegar por impedir una injusticia, o si el fin justifica los medios. También si hay algo que hacer cuando lo que hay enfrente es un sistema perfectamente diseñado y construido para que unos siempre venzan y otros hinquen rodilla.
Ravalear convierte el drama de la familia en un thriller vibrante, febril y frenético. El uso del montaje y la banda sonora, con sus toques tecno, convierten los momentos más tensos de cada episodio en una coctelera que pone al espectador al borde del sofá. Pero si la serie se eleva más allá del thriller de carga social es por la profundidad de sus personajes, por la intensidad que también trasladan las conversaciones familiares, los encuentros con los especuladores. No es una serie de fuegos artificiales, sino que va construyendo su poder en las relaciones de sus personajes, a los que entiendes a pesar de verles equivocarse y de ser contradictorios.
Consiguen Rodríguez y Lacuesta que uno se siente dentro del Raval, y eso es difícil. No hay nada peor que sentir que algo es de cartón piedra, pero aquí es todo lo contrario. Se nota el cuidado por ser realista, por sentir el barrio. A decisiones de producción (como reconstruir enteramente el restaurante para poder rodar por todas sus esquinas) se suman otras visuales que subrayan esa sensación. Los planos con teleobjetivo desde lejos en donde se ve a los personajes interactuar con la gente del barrio desprender una veracidad que hacen que uno piense si realmente es una cámara oculta o son figurantes contratados. Uno parece que han dejado a Enric Auquer moverse a sus anchas por las calles del Raval y que lo han grabado todo. Algo que se consigue con la decisión de pixelar rostros, algo que los directores confiesan que, en ocasiones es porque realmente no querían aparecer, y en otras se ha jugado esa baza para acrecentar esa idea de realidad.
Auquer es el protagonista absoluto de la ficción, y demuestra que es uno de los mejores actores del audiovisual español. Es un agujero negro al que quieres mirar todo el rato. Traslada la impotencia de su personaje y uno le acompaña hasta su bajada a los infiernos. Uno tiene ganas de abrazarle y darle un tortazo, pero sobre todo de seguir con él. No podría llegar al nivel que llega si no le acompañara un equipo perfecto. María Rodríguez Soto, que coincidió con él en la estupenda película Mamífera, está perfecta como su pareja, y Quim Ávila está destinado a hacer cosas importantes. Aquí clava al hermano formal al frente del restaurante. La familia la completan dos leyendas del audiovisual catalán: Lluïsa Castell y Francesc Orella, patriarcas y cable a tierra para que la serie nunca pierda la empatía.
Porque ese es uno de los principales riesgos que corre la serie, y de lo que quizás se resienta un poco pasado el ecuador, y es que se hace demasiado oscura, demasiado pesimista y hasta un punto cínica. Pero Pol Rodríguez es consciente de ello, y sabe que, al menos no del todo, no puede ser una serie pesimista. Sin hacer spoiler, pero Ravalear deja luz al final del túnel, quizás la solución pase por la colectividad, por organizarnos contra un sistema injusto, aunque en esa coda final que abre la puerta a una segunda temporada también avance que, quizás el monstruo final, solo era más grande y estaba a la vuelta de la esquina (en las instituciones públicas).