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    <title><![CDATA[elDiario.es - Olmo Calvo]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiario.es - Olmo Calvo]]></description>
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      <title><![CDATA[Repaso fotográfico a la lucha por el derecho a la vivienda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/economia/repaso-fotografico-lucha-derecho-vivienda_3_12094358.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/aa448c6d-87e7-4cba-b637-f67a19a5bbfc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Repaso fotográfico a la lucha por el derecho a la vivienda"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De los primeros pasos de la PAH, a las últimas manifestaciones para reclamar que la vivienda deje de ser un negocio</p><p class="subtitle">Del desahucio de Tatiana al drama del alquiler: las imágenes que retratan la lucha por el derecho a la vivienda</p></div>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Olmo Calvo]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Mar 2025 21:40:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Vivienda,PAH - Plataforma de Afectados por la Hipoteca,Sindicato de Inquilinas,Alquiler]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Del desahucio de Tatiana al drama del alquiler: las imágenes que retratan la lucha por el derecho a la vivienda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/economia/desahucio-tatiana-drama-alquiler-imagenes-retratan-lucha-derecho-vivienda_1_12085803.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/924f4cae-aaf1-4fd7-bab7-8af5dc2b69d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_1112538.jpg" width="5315" height="2990" alt="Del desahucio de Tatiana al drama del alquiler: las imágenes que retratan la lucha por el derecho a la vivienda"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El movimiento por la vivienda recobra fuerza ante la emergencia habitacional y plantea nuevas formas de protesta con el mismo objetivo que hace 17 años: garantizar el acceso a un techo digno y asequible</p><p class="subtitle">España construye el mayor número de viviendas tras la burbuja inmobiliaria pero no está claro que eso baje los precios
</p></div><p class="article-text">
        A&iacute;da Quinatoa recibi&oacute; en 2008 una llamada que la dej&oacute; petrificada. El banco la amenaz&oacute; con desahuciarla, pese a que ella pagaba religiosamente su hipoteca. La mujer hab&iacute;a organizado a sus compatriotas ecuatorianos en torno a la asociaci&oacute;n Conadee, donde llevaban tiempo con el foco puesto en la crisis de vivienda que se avecinaba. &ldquo;Fuimos a la oficina con unas 100 personas&rdquo;, recuerda. Hab&iacute;a sido <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/aida-quinatoa-estafa-hipotecaria-prendio_1_1479928.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">v&iacute;ctima de los avales cruzados</a>: &ldquo;Sin saberlo, yo hab&iacute;a avalado a una persona que no conoc&iacute;a y otra me hab&iacute;a avalado a m&iacute;. Era un problema enorme porque, al caer uno, ca&iacute;mos todos&rdquo;, explica. 
    </p><p class="article-text">
        La poblaci&oacute;n migrante, en muchos casos sin una red de apoyo familiar en Espa&ntilde;a, fue la primera que sufri&oacute; las consecuencias de la <a href="https://www.eldiario.es/temas/crisis-financiera/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">crisis financiera</a> e inmobiliaria que se avecinaba. A finales de 2008, ese grupo que se reun&iacute;a cada 15 d&iacute;as para compartir inquietudes, analizar su situaci&oacute;n y entender que los culpables de la situaci&oacute;n que atravesaban no eran ellos, convoc&oacute; una manifestaci&oacute;n desde la embajada de Ecuador en Madrid hasta el Banco de Espa&ntilde;a. &ldquo;Est&aacute;bamos solos, pero &eacute;ramos muchos. Nos acompa&ntilde;aron muchos migrantes de otros pa&iacute;ses, alrededor de 5.000 personas&rdquo;, recuerda A&iacute;da. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La crisis comenz&oacute;, sobre todo, con los <a href="https://www.eldiario.es/temas/desahucios/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">desahucios</a> hipotecarios de las personas ecuatorianas, pero vimos que iba a ocurrir lo mismo con todas las que hab&iacute;an pedido hipotecas, as&iacute; que empezamos a trabajar juntos&rdquo;, recuerda la activista por el derecho a la vivienda Feli Vel&aacute;zquez. En 2009, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca celebr&oacute; su primera Asamblea en Barcelona sobre los cimientos que hab&iacute;a construido el colectivo 'V de Vivienda'. &ldquo;Eran grupos de j&oacute;venes que se manifestaban por todo el Estado bajo el lema 'no vas a tener vivienda en la puta vida&rdquo;. Ya estaban se&ntilde;alando como la burbuja inmobiliaria hab&iacute;a disociado los precios de la econom&iacute;a real&ldquo;, explica el investigador del <a href="https://www.eldiario.es/temas/csic/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">CSIC</a> y del Grupo de Estudios Cr&iacute;ticos Urbanos <a href="https://www.eldiario.es/autores/javier_gil/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Javier Gil</a>. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="El de Tatiana y su familia, en 2011, fue el primer desahucio que frenó la PAH de Madrid. El movimiento social acabó consiguiendo también que su caso fuera la primera dación en pago que aceptó un banco."
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            <span class="title">
                El de Tatiana y su familia, en 2011, fue el primer desahucio que frenó la PAH de Madrid. El movimiento social acabó consiguiendo también que su caso fuera la primera dación en pago que aceptó un banco.                            </span>
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        La crisis hipotecaria y de desahucios llev&oacute; a una suerte de profesionalizaci&oacute;n del movimiento de vivienda, en el que algunas voces ven una de las semillas del 15M, que abarrot&oacute; las calles en 2011. &ldquo;Hab&iacute;a una parte de desobediencia, deteniendo los lanzamientos de gente que no pod&iacute;a pagar, pero tambi&eacute;n se buscaba influir en los medios de comunicaci&oacute;n y en la opini&oacute;n p&uacute;blica. Generar un nuevo relato de la crisis econ&oacute;mica y de quienes eran los responsables y las v&iacute;ctimas. Y, tambi&eacute;n, tratar de cambiar ese modelo legislativo, con las iniciativas legislativas populares&rdquo;, recuerda Gil, que fue durante a&ntilde;os una de las caras visibles del Sindicato de Inquilinas de Madrid. 
    </p><p class="article-text">
        El primer desahucio que par&oacute; la Plataforma en Madrid tiene nombre propio. Aunque Tatiana tuvo a las puertas de su casa el apoyo de decenas de personas. En junio, con la llama del 15 de mayo a&uacute;n encendida, el movimiento Stop Desahucios fren&oacute; su lanzamiento. &ldquo;Una procura olvidar esos momentos&rdquo;, dice 14 a&ntilde;os despu&eacute;s, aunque recuerda que &ldquo;la presi&oacute;n de los movimientos sociales ten&iacute;a un poder incre&iacute;ble&rdquo;. En febrero, el segundo intento del banco de echarla del piso termin&oacute; con la primera daci&oacute;n en pago absoluta, una de las reivindicaciones de las que la PAH hizo bandera en aquellos a&ntilde;os. &ldquo;Se consider&oacute; que hab&iacute;amos ganado a los bancos, pero no fui yo, fue todo el movimiento social&rdquo;, reconoce. 
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                Reunión de la PAH Madrid el 7 de febrero de 2012 en el local de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Madrid                            </span>
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        &ldquo;Desde 2008 a 2011 no hay ciudad mediana donde no hubiera una PAH&rdquo;, explica Diego S&aacute;nz, de la plataforma en Vallecas. La parte m&aacute;s gr&aacute;fica de su actividad eran las acciones que se realizaban all&iacute; donde la amenaza de un desahucio quitaba el sue&ntilde;o. &ldquo;Yo he estado, por lo menos, en 200. Hab&iacute;a &eacute;pocas en las que &iacute;bamos a dar apoyo psicol&oacute;gico a dos o tres al d&iacute;a&rdquo;, a&ntilde;ade Tatiana. Pero no era el &uacute;nico trabajo: &ldquo;Cada d&iacute;a, &iacute;bamos a tres o cuatro bancos para protestar, nos manifest&aacute;bamos, exig&iacute;amos soluciones...&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Lleg&aacute;bamos a la puerta del banco y en dos minutos ten&iacute;amos a los antidisturbios, cuando lo que quer&iacute;amos era hablar para llegar a un acuerdo y que cientos de familias no se quedaran en la calle&rdquo;, relata Feli. Enseguida descubrieron que lo que m&aacute;s molestaba a las entidades era que repartieran octavillas a las puertas de las oficinas abiertas. &ldquo;A base de palos y multas, no paramos&rdquo;, recuerda. 
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                    alt="El 22 de octubre de 2015, un grupo de activistas ocupó una oficina de Bankia en Madrid"
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                El 22 de octubre de 2015, un grupo de activistas ocupó una oficina de Bankia en Madrid                            </span>
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        El 7 de noviembre de 2012, <a href="https://www.eldiario.es/euskadi/amaia-egana-diez-anos-suicidio-puso-nombre-propio-drama-desahucios_1_9696568.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Amaia Ega&ntilde;a</a> se convirti&oacute; en la imagen m&aacute;s tr&aacute;gica de este drama. &ldquo;Fue la primera v&iacute;ctima hipotecaria que se suicid&oacute;&rdquo;, indica la abogada del CAES, <a href="https://www.eldiario.es/autores/alejandra-jacinto-uranga/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Alejandra Jacinto</a>, que durante a&ntilde;os fue una de las encargadas de negociar con las comisiones judiciales. Seg&uacute;n los c&aacute;lculos de la Plataforma, desde el inicio de la crisis hasta el a&ntilde;o 2014, se ejecutaron en Espa&ntilde;a en torno a medio mill&oacute;n de lanzamientos, unos 400.000 de ellos hipotecarios. 
    </p><p class="article-text">
        Aquellos primeros compases de la crisis financiera e inmobiliaria en Espa&ntilde;a, tras a&ntilde;os de especulaci&oacute;n con la vivienda, el activismo iba inventando f&oacute;rmulas para salvar a las vecinas de la calle. &ldquo;No &eacute;ramos conscientes de lo que se nos ven&iacute;a encima, lo que hac&iacute;amos era improvisar&rdquo;, recuerda Feli Vel&aacute;zquez: &ldquo;Recuerdo un desahucio en Villaverde, enfrente de un colegio. En el recreo todo el mundo sali&oacute; a apoyar, incluidas las monjas, que fueron a negociar con la comisi&oacute;n judicial. En otro, con menores, estaban el director y los profesores del instituto de los ni&ntilde;os. Comentaron que les romp&iacute;a el curso y les pedimos que nos lo pusieran por escrito. As&iacute; pudimos pararlo hasta que finalizara el curso&rdquo;, enumera. 
    </p><h2 class="article-text">&ldquo;Nunca m&aacute;s vas a estar sola&rdquo;</h2><p class="article-text">
        &ldquo;Como en crisis anteriores, a la gente le daba verg&uuml;enza decir que no pod&iacute;an pagar la hipoteca, cre&iacute;an que eran los culpables. Poco a poco, se fueron dando cuenta de que ten&iacute;an que ir a un espacio donde se ten&iacute;an que organizar&rdquo;, indica Feli: &ldquo;Al principio hab&iacute;a afectados y afectadas que se acercaban a las asambleas. Muchos romp&iacute;an a llorar, aunque no se atrev&iacute;an a contar. Pero lo m&aacute;s importante que les transmit&iacute;amos es que desde ese momento nunca m&aacute;s iban a estar solas, que nunca m&aacute;s se iban a sentir culpables&rdquo;. Esas redes de apoyo se fueron tejiendo por todo el territorio y ayudaron a la sociedad a entender la magnitud del problema y a cambiar el foco de la culpa. En febrero de 2013, miles de personas salieron a la calle en decenas de ciudades para denunciar el &ldquo;fraude hipotecario&rdquo; y recordar que los desahucios son &ldquo;un crimen&rdquo;. 
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                En febrero de 2013, miles de personas salieron a la calle en decenas de ciudades para denunciar el &quot;fraude hipotecario&quot; y recordar que los desahucios son &quot;un crimen&quot;                            </span>
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        Pese a la respuesta social, en 2014, el a&ntilde;o de las <a href="https://www.eldiario.es/sociedad/union-marchas-dignidad-toma-madrid_1_4971622.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Marchas de la Dignidad</a>, se produjeron en Espa&ntilde;a casi 70.000 desahucios. Como el de Ar&iacute;stides y Mercedes, que entonces ten&iacute;an 58 y 51 a&ntilde;os, con sus dos hijos adolescentes. Ella, reci&eacute;n salida de una operaci&oacute;n de c&aacute;ncer de mama, tuvo que dejar el piso de alquiler en el que llevaban viviendo ocho a&ntilde;os cuando lo compr&oacute; uno de los fondos de inversi&oacute;n que han arrasado buena parte del mercado inmobiliario en la &uacute;ltima d&eacute;cada. 
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                    alt="Mercedes, Arístides y sus dos hijos perdieron su hogar el 15 de diciembre de 2014, después de que un fondo buitre comprara el piso en el que vivían de alquiler"
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                Mercedes, Arístides y sus dos hijos perdieron su hogar el 15 de diciembre de 2014, después de que un fondo buitre comprara el piso en el que vivían de alquiler                            </span>
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        Mientras la organizaci&oacute;n colectiva recog&iacute;as firmas para la iniciativa legislativa popular que la PAH present&oacute; en el Congreso en 2013, y en la que se planteaban cuestiones tan urgentes como la daci&oacute;n en pago, los alquileres sociales y el fin de los desahucios, desde el Gobierno se trat&oacute; de apretar las tuercas a la movilizaci&oacute;n. En 2015, entr&oacute; en vigor la conocida como Ley Mordaza. &ldquo;Desincentiv&oacute; mucho esas pr&aacute;cticas de resistencia pac&iacute;fica que hac&iacute;amos las activistas, al ponernos a las puertas antes de un desahucio, con sanciones por obstrucci&oacute;n a actos judiciales, pero tambi&eacute;n por faltas de respecto a la autoridad, que muchas compa&ntilde;eras no pod&iacute;an permitirse&rdquo;, considera Jacinto. &ldquo;Te ped&iacute;an la documentaci&oacute;n y ya sab&iacute;as que te pon&iacute;an 600 euros de multa&rdquo;, recuerda Feli, que acab&oacute; en el calabozo media docena de veces. &ldquo;No ten&iacute;amos miedo, porque ten&iacute;as todo el apoyo vecinal hasta que te sacaban&rdquo;. 
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                    alt="Año 2015. Policías antidisturbios abren a mazazos la puerta de un piso, propiedad de Bankiam para desahuciar a una familia con tres hijos menores que la había ocupado, pese a que se ofrecieron a pagar un alquiler social"
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            <span class="title">
                Año 2015. Policías antidisturbios abren a mazazos la puerta de un piso, propiedad de Bankiam para desahuciar a una familia con tres hijos menores que la había ocupado, pese a que se ofrecieron a pagar un alquiler social                            </span>
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        &ldquo;A medida que las viviendas que empiezan a acumular los bancos se convierten en un problema para sus balances, [el entonces presidente Mariano] Rajoy transforma la crisis en un nuevo ciclo inmobiliario, con la entrada de los fondos de inversi&oacute;n, basado en los alquileres, que acaba generando una nueva crisis&rdquo;, indica Gil. A ese objetivo contribuyeron la proliferaci&oacute;n de Socimis, una figura creada por el Ejecutivo de Jos&eacute; Luis Rodr&iacute;guez Zapatero, pero que articul&oacute; el PP, o el desembarco de fondos buitre, como Blackstone, a quien Ana Botella vendi&oacute; <a href="https://www.eldiario.es/economia/68-000-euros-vivienda-centro-madrid-si-precio-justo-blackstone-sera_1_11880568.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">1.860 viviendas p&uacute;blicas a precio de saldo</a>. 
    </p><p class="article-text">
        En uno de esos pisos de alquiler social viv&iacute;an Almudena y Rub&eacute;n, con su hija de 11 a&ntilde;os. Por aquella &eacute;poca, pagaban 395 euros al mes a la Empresa Municipal de Vivienda, pero cuando el piso pas&oacute; a manos de un fondo, este subi&oacute; la renta m&aacute;s de un 20%. Ambos en desempleo, no pudieron afrontarlo. El 4 de mayo de 2015, consiguieron frenar su desahucio. 
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                    alt="Almudena vivía con su hija de 11 años y su pareja en un piso público que el Ayuntamiento de Madrid vendió a un fondo buitre en 2014"
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            <span class="title">
                Almudena vivía con su hija de 11 años y su pareja en un piso público que el Ayuntamiento de Madrid vendió a un fondo buitre en 2014                            </span>
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        En el nuevo escenario del mercado de la vivienda que dej&oacute; la crisis apareci&oacute; pronto un nuevo actor: la Sociedad de Gesti&oacute;n de Activos procedentes de la Reestructuraci&oacute;n Bancaria. La SAREB naci&oacute; en 2012 para dar salida a los cad&aacute;veres inmobiliarios de la banca y, aunque no iba a costar ni un euro, la factura acab&oacute; subiendo a <a href="https://www.eldiario.es/economia/sareb-banco-malo-cumple-10-anos-convertido-cementerio-inmobiliario_1_9644162.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">35.000 millones de euros</a>. &ldquo;En algunos casos, las viviendas estaban bien situadas y, en otros, en la Conchinchina. La gente las fue ocupando, porque no ten&iacute;an donde ir&rdquo;, indica Sanz, que recuerda como la 'Obra Social de la PAH' consigui&oacute; recuperar decenas de bloques vac&iacute;os, propiedad de fondos buitre y entidades bancarias. 
    </p><p class="article-text">
        A partir de 2015, la Sareb, en ocasiones con convenios con administraciones p&uacute;blicas, empieza a facilitar alquileres sociales caso a caso. &ldquo;Lo hac&iacute;an por puro pragmatismo: ya que vamos a tener ocupas, que paguen y nos cuiden las casas&rdquo;, indica Diego, que vive en uno de esos bloques recuperados por la PAH en Vallecas. Con todo, la entidad tambi&eacute;n continu&oacute; desahuciando. 
    </p><h2 class="article-text">El Sindicato de Inquilinas</h2><p class="article-text">
        Desde finales de la segunda d&eacute;cada de este siglo, el perfil de las v&iacute;ctimas de desahucios fue cambiando. &ldquo;A partir de 2018-2019, se ven cada vez m&aacute;s desahucios de alquileres, una tendencia que empez&oacute; en 2015&rdquo;, indica Alejandra Jacinto. De hecho, en 2017 se crea el Sindicato de Inquilinas, que ha ido ganando relevancia medi&aacute;tica y social en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, convirti&eacute;ndose en uno de los actores protagonistas en el panorama del movimiento por el derecho a la vivienda. 
    </p><p class="article-text">
        En 2018, el movimiento vecinal, ya capitaneado por el Sindicato de Inquilinas, consigui&oacute; frenar el primer intento de desahucio de <a href="https://www.eldiario.es/madrid/vecinos-inminentes-desahucios-argumosa-madrid_1_1689682.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Argumosa 11</a>, en Lavapi&eacute;s. El edificio se convirti&oacute; r&aacute;pidamente en uno s&iacute;mbolo de la lucha contra la especulaci&oacute;n, escalonado de amenazas de lanzamiento, frenos y ejecuciones. El bloque, en pleno centro de Madrid, puso de manifiesto la ineficacia de las administraciones p&uacute;blicas para ofrecer alternativas habitacionales dignas a sus vecinos, sac&oacute; los colores a Espa&ntilde;a ante la ONU y fue uno de los primeros ejemplos medi&aacute;ticos de lo que acabar&iacute;a por convertirse en la <em>turistificaci&oacute;n</em> de la zona.
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                    alt="Policías antidisturbios rompen el cristal de la puerta de entrada del edificio ubicado en la calle Argumosa, 11 de Madrid, donde decenas de personas intentaban parar el desahucio de 4 familias, el 22 de febrero de 2019"
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            <span class="title">
                Policías antidisturbios rompen el cristal de la puerta de entrada del edificio ubicado en la calle Argumosa, 11 de Madrid, donde decenas de personas intentaban parar el desahucio de 4 familias, el 22 de febrero de 2019                            </span>
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        Con la pandemia lleg&oacute; la moratoria antidesahucios que, seg&uacute;n un informe del Observatori DESCA, ha evitado <a href="https://www.eldiario.es/economia/moratoria-antidesahucios-evitado-expulsar-hogares-58-000-familias-alquiler_1_11885979.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">expulsar de sus hogares a m&aacute;s de 58.000 familias en alquiler</a>. No son todos: m&aacute;s de 135.000 familias se quedaron en la calle por no poder pagar el alquiler, ante la incapacidad de las administraciones p&uacute;blicas de ofrecerles una alternativa. Entre ellas Cruz, que <a href="https://www.eldiario.es/economia/decreto-antidesahucios-llega-evitar-mujer-cuatro-ninos-queden-calle_1_8157207.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">se fue a la calle con sus cuatro nietos</a> en julio de 2021. &ldquo;Se me quedaron todas las cosas all&aacute;. Me sacaron con los ni&ntilde;os, escasamente con los carritos. Fue tremendo. Vivir uno eso... es como si me estuviera pasando ahora&rdquo;, recuerda emocionada. Tras el lanzamiento, entr&oacute; en un piso a trav&eacute;s de la PAH y vive m&aacute;s tranquila. 
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                Desahucio de Cruz y sus 4 nietos del piso en el que vivían ocupando en la calle Maquinilla, 31, Madrid, el 21 de julio de 2021                            </span>
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                </figure><h2 class="article-text">Y ahora, &iquest;qu&eacute;?</h2><p class="article-text">
        &ldquo;La diferencia fundamental [respecto a hace 15 a&ntilde;os] es que no estamos en una situaci&oacute;n de crisis econ&oacute;mica. Aunque el desempleo sigue siendo alto, no hay un mill&oacute;n y medio de parados nuevos cada a&ntilde;o. Adem&aacute;s, el Estado ha tenido una implicaci&oacute;n ante shocks tan fuertes como la Covid para evitar que el impacto fuera tan grande como en el periodo 2008-2014&rdquo;, indica Sanz. Aunque el &uacute;ltimo a&ntilde;o ha supuesto un punto de inflexi&oacute;n, con grandes manifestaciones por el derecho a la vivienda, digna y asequible, en decenas de ciudades &mdash;la pr&oacute;xima, <a href="https://www.eldiario.es/economia/sindicatos-inquilinas-convocan-primera-manifestacion-estatal-vivienda-debe-negocio_1_12062329.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">convocada a nivel estatal</a>, el 5 de abril&mdash; y nuevas formas de desobediencia, como la <a href="https://www.eldiario.es/catalunya/inquilinos-proteccion-oficial-huelga-cobro-ibi-obligados-devolvernoslo_1_11892625.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">huelga de alquileres</a> impulsada por el Sindicato de Inquilinas. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Estamos viendo como se consolidan, expanden y crecen los sindicatos de inquilinas, ante una nueva generaci&oacute;n que no puede acceder a la vivienda en propiedad por sus propios medios y que se enfrenta a un mercado del alquiler salvaje&rdquo;, apunta Gil. El investigador y activista considera que esas nuevas estrategias de acci&oacute;n sindical consolidar&aacute;n los derechos del futuro. A&iacute;da cree que, con el tiempo, se ha ido &ldquo;opacando la lucha social&rdquo;. Pero es optimista: &ldquo;Queda mucho por hacer, pero tengo esperanza. En su momento, ganamos varias batallas. Ahora toca desempolvar y seguir adelante&rdquo;. 
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            <span class="title">
                Manifestación por el derecho a la vivienda del pasado 13 de octubre en Madrid                            </span>
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      <dc:creator><![CDATA[David Noriega, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/economia/desahucio-tatiana-drama-alquiler-imagenes-retratan-lucha-derecho-vivienda_1_12085803.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Mar 2025 21:40:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Del desahucio de Tatiana al drama del alquiler: las imágenes que retratan la lucha por el derecho a la vivienda]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Vivienda,Alquiler,PAH - Plataforma de Afectados por la Hipoteca,Sindicato de Inquilinas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La protesta contra la amnistía en Madrid en imágenes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/protesta-amnistia-madrid-imagenes_3_10678814.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d0228477-4864-4023-a1e4-33511fb58126_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La protesta contra la amnistía en Madrid en imágenes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Alberto Núñez Feijóo asegura que la investidura de Sánchez “es lo contrario de lo que votamos” en las generales y defiende que  “no nos callaremos hasta hablar en unas elecciones”</p><p class="subtitle">Cientos de miles de personas claman contra la amnistía en marchas convocadas por el PP a las que se ha sumado Vox</p></div><p class="article-text">
        La manifestaci&oacute;n convocada por el Partido Popular en Madrid contra la amnist&iacute;a ha concentrado este domingo a m&aacute;s de 80.000 personas, seg&uacute;n la delegaci&oacute;n del Gobierno, mientras que el PP eleva la cifra a casi un mill&oacute;n de participantes. Ante ellos, Alberto N&uacute;&ntilde;ez Feij&oacute;o ha vuelto a defender que &eacute;l es el ganador de las pasadas elecciones y por lo tanto deber&iacute;a ser investido como presidente y no Pedro S&aacute;nchez, a pesar de que no logr&oacute; los apoyos parlamentarios necesarios para hacerlo. <a href="https://www.eldiario.es/politica/decenas-miles-personas-claman-amnistia-marchas-convocadas-pp-sumado-vox_1_10677969.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Feij&oacute;o ha insistido en la repetici&oacute;n electoral</a> y en que har&aacute; todo lo posible para que S&aacute;nchez no saque adelante su acuerdo con los independentistas, que incluye la tramitaci&oacute;n de una ley de amnist&iacute;a. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/protesta-amnistia-madrid-imagenes_3_10678814.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Nov 2023 15:14:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La protesta contra la amnistía en Madrid en imágenes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Protestas,Protestas ciudadanas,Pedro Sánchez,Alberto Núñez Feijóo,PP - Partido Popular,PSOE]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[Las calles gritan "socorro" ante un sentimiento de pasividad de las instituciones por la crisis climática]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/calles-gritan-socorro-sentimiento-pasividad-instituciones-crisis-climatica_1_10519068.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0babf5a0-0605-4f82-8e93-af24f4e6520d_16-9-discover-aspect-ratio_default_1080996.jpg" width="5295" height="2979" alt="Las calles gritan &quot;socorro&quot; ante un sentimiento de pasividad de las instituciones por la crisis climática"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Miles de manifestantes de toda España han reclamado medidas urgentes para acabar con los combustibles fósiles "de una forma rápida, justa y definitiva" a raíz del informe de la ONU que marca un margen de actuación ante la crisis climática: "Los que están en la cima, no se enteran ni del clima"
</p><p class="subtitle">La AEMET anticipa un otoño “muy cálido” tras un verano de temperaturas récord
</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;&iexcl;No es un cambio, es una crisis!&rdquo;, han gritado al un&iacute;sono frente al Congreso de los Diputados los cientos de manifestantes que compon&iacute;an la marcha que ha recorrido el centro de Madrid en la tarde de este viernes bajo el lema &ldquo;&iexcl;Descarbonizaci&oacute;n Ya! R&aacute;pida, justa y definitiva&rdquo;. Seg&uacute;n las organizaciones y plataformas ecologistas convocantes, como Fridays For Future o Alianza por el Clima, se han congregado m&aacute;s de cinco mil personas en las veinte manifestaciones que se estaban celebrando simult&aacute;neamente en toda Espa&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Con fuerza, pero olvidados. Es el sentir general de los activistas por el clima que aseguran ser un movimiento cada d&iacute;a &ldquo;m&aacute;s necesario&rdquo;. Culpan a los estados y las grandes empresas de actuar &ldquo;de forma ociosa ante una crisis clim&aacute;tica que ya es una realidad presente&rdquo; y de ignorar sus gritos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Bajo una pancarta en la que se pod&iacute;a leer &ldquo;El carb&oacute;n, gran mat&oacute;n&rdquo;, Julen (29 a&ntilde;os) y sus amigos han seguido la manifestaci&oacute;n de la capital a buen ritmo, tras la batucada. &ldquo;Es necesaria una aceleraci&oacute;n de la descarbonizaci&oacute;n en nuestro pa&iacute;s y es importante que se haga cuanto antes. Las razones las hemos visto este &uacute;ltimo verano con los sucesos clim&aacute;ticos extraordinarios y da&ntilde;inos tanto para el planeta como <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/sostenibilidad/contaminacion-falta-zonas-verdes-provocan-2-000-muertes-prematuras-ano-andalucia_1_8590656.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">para nuestra salud</a>&rdquo;, sostiene el joven.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Cabecera de la manifestación “¡Descarbonización ya!” en Madrid                            </span>
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        Pere tiene 24 a&ntilde;os. Es activista en Juventud X Clima -organizaci&oacute;n internacionalmente conocida como Fridays For Future-, vive en Mallorca y conoce de primera mano <a href="https://www.eldiario.es/illes-balears/sociedad/entidades-ecologistas-manifiestan-palma-masificacion-turistica-jets-privados_1_10518123.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">las consecuencias que est&aacute;n teniendo los combustibles f&oacute;siles y su uso en los transportes dentro y alrededor de su isla.</a> &ldquo;Los gases de efecto invernadero cada d&iacute;a nos afectan m&aacute;s en todos los sentidos, tanto a nivel sanitario, como econ&oacute;mico y social, y el l&iacute;mite de posibilidad de cambio no est&aacute; lejos. Es vital su reducci&oacute;n para alcanzar los l&iacute;mites establecidos a nivel planetario e intentar revertir el cambio clim&aacute;tico&rdquo;, sostiene.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Varias cabeceras de la marcha reivindicaban en sus pancartas la justicia clim&aacute;tica, algo que para muchos &ldquo;a&uacute;n es posible si nos concienciamos del problema tanto los ciudadanos como aquellos que toman las decisiones&rdquo;, argumenta Memo, un madrile&ntilde;o de 17 a&ntilde;os, mientras descansa durante unos minutos de gritar que &ldquo;no hay un planeta B&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Memo, de 17 años, en la manifestación por el clima de Madrid                            </span>
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        &ldquo;Hay cambios, pero no son suficientes. Muchas empresas est&aacute;n concienciadas con lo necesario que es, por ejemplo, el reciclaje, y ese pensamiento est&aacute; llegando tambi&eacute;n a las instituciones y diferentes gobiernos&rdquo; piensa Julen. Por contra, Memo cree que los cambios por parte de los estados para reducir el impacto de la contaminaci&oacute;n en el planeta, de momento, &ldquo;son pura teor&iacute;a&rdquo;: &ldquo;Las pol&iacute;ticas ambientales actuales son pasos tan peque&ntilde;os que resultan in&uacute;tiles. Necesitamos una acci&oacute;n radical para poder sobrevivir&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las organizaciones ecologistas batallan contra el Estado con la mira puesta en un aumento de los objetivos por el clima, con la petici&oacute;n de que se lleven a cabo acciones reales. Sin embargo, los datos dicen que<a href="https://www.eldiario.es/sociedad/fraccion-grado-tonelada-co2-importa-limitar-calentamiento-global_1_10513107.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> no est&aacute;n bajando las emisiones de CO2, sino que se han incrementado en el &uacute;ltimo a&ntilde;o</a>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Paula, una joven de 22 a&ntilde;os de Granada y compa&ntilde;era de militancia de Pere en Juventud X Clima, piensa que &ldquo;dada la urgencia del problema y la importancia de los impactos que vemos y seguiremos viendo, es el momento de que nos escuchen, sino la crisis ser&aacute; totalmente irreversible&rdquo;. Destaca en conversaci&oacute;n con elDiario.es lo &ldquo;extremamente preocupante&rdquo; que es este problema en Espa&ntilde;a, seg&uacute;n los &uacute;ltimos sucesos climatol&oacute;gicos como las olas de calor, la sequ&iacute;a, o las DANA y piensa que este tipo de escenarios cada vez ser&aacute;n &ldquo;m&aacute;s intensos y frecuentes&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Activista de WWF en la manifestación de Madrid por el clima                            </span>
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        La joven reflexiona recordando los tiempos de pandemia por el COVID: &ldquo;Si en una crisis sanitaria los gobiernos supieron escuchar a los cient&iacute;ficos y profesionales sanitarios, en una crisis clim&aacute;tica, que tambi&eacute;n es un riesgo para nuestra salud, tambi&eacute;n deber&iacute;an hacerlo sin miramientos por otros intereses, como los econ&oacute;micos&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Su compa&ntilde;ero Pere coincide con este pensamiento y argumenta: &ldquo;En las cumbres internacionales por el clima, los estados est&aacute;n muy influenciados por los l&iacute;deres de las petroleras y los grandes empresarios, a los que la explotaci&oacute;n de los recursos les conviene econ&oacute;micamente, y eso es algo que deber&iacute;a acabar. En esas cumbres deber&iacute;a haber ecologistas y no empresarios&rdquo;, sostiene.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Muchas veces siento mucha angustia por este tema, pero tengo claro que también es un sentimiento creado de quienes nos dicen que es culpa de la ciudadanía y que por ello lo tenemos que afrontar nosotros solos, cuando realmente los responsables son ellos</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Paula, 22 años</span>
                                        <span>—</span> Activista de Juventud X Clima
                      </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Paula siente ansiedad y desesperanza por la inacci&oacute;n de los estados que conforman las cumbres del clima: &ldquo;Muchas veces siento mucha angustia por este tema, pero tengo claro que tambi&eacute;n es un sentimiento creado de quienes nos dicen que es culpa de la ciudadan&iacute;a y que por ello lo tenemos que afrontar nosotros solos, cuando realmente los responsables son ellos: los gobiernos por no actuar y las grandes empresas -como las petroleras- que nos utilizan para sus intereses econ&oacute;micos&rdquo;, concluye.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es el grito global de aquellos a los que la crisis clim&aacute;tica les va a afectar de manera m&aacute;s directa durante los pr&oacute;ximos a&ntilde;os: los m&aacute;s j&oacute;venes. Pero, en las manifestaciones, van acompa&ntilde;ados de los que llevan viendo el problema desde hace m&aacute;s de cuatro d&eacute;cadas. Uno de ellos es Jes&uacute;s (70 a&ntilde;os), que se ha desplazado desde Segovia hasta la capital para luchar &ldquo;por aquello que nos afecta a todos&rdquo;: &ldquo;S&oacute;lo hay una cosa clara, como sigamos por este camino nos vamos a extinguir, y adem&aacute;s pronto. No es una opini&oacute;n, es una realidad cient&iacute;fica&rdquo;, sostiene.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Jesús, de 70 años, en la manifestación por el clima de Madrid                            </span>
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        Jes&uacute;s opina que ser&aacute; &ldquo;muy dif&iacute;cil&rdquo; revertir la situaci&oacute;n clim&aacute;tica actual si &ldquo;los poderes siguen rigi&eacute;ndose por intereses capitalistas&rdquo;. Sin embargo, se&ntilde;ala que si sigue yendo a las manifestaciones es porque no pierde la esperanza. &ldquo;Ser&aacute;n los j&oacute;venes los que tengan que seguir nuestra lucha, y ya estamos viendo que gritan todo lo que pueden&rdquo;, concluye.
    </p><p class="article-text">
        A Memo, el joven de 17 a&ntilde;os, la situaci&oacute;n le genera ira, frustraci&oacute;n, tristeza y miedo. Sin embargo, piensa que &ldquo;por suerte, los negacionistas del cambio clim&aacute;tico son una minor&iacute;a&rdquo;, lo que hace que se sienta con fuerzas para seguir alzando la voz y que otros se puedan unir a ella.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>Los j&oacute;venes, motor de la lucha al tomarse el clima como bandera</strong></h3><p class="article-text">
        Para la directora general de Fad Juventud, Beatriz Mart&iacute;n Padura &ldquo;es indiscutible que el protagonismo ejercido por las recientes generaciones de j&oacute;venes en la sensibilizaci&oacute;n y en la acci&oacute;n por la emergencia clim&aacute;tica es uno de esos esfuerzos globales que debemos reconocer&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; lo demuestra el informe &ldquo;<a href="https://www.centroreinasofia.org/publicacion/movimiento-ecologista/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La emergencia de la nueva generaci&oacute;n ecologista juvenil en Espa&ntilde;a desde 2019: el caso de Fridays for Future</a>&rdquo;, publicado por el Centro Reina Sof&iacute;a de Fad Juventud, en el que se narra la constituci&oacute;n, la consolidaci&oacute;n y la permanencia de un movimiento social que empez&oacute; siendo un engranaje de colectivos locales.
    </p><p class="article-text">
        En la pandemia, muchos miembros adolescentes de los grupos activistas por el clima decidieron militar de forma diferente ya que la crisis sanitaria &ldquo;era mucho m&aacute;s importante&rdquo;, se&ntilde;ala Paula. Pero en estos &uacute;ltimos a&ntilde;os, dice, est&aacute;n volviendo a coger fuerza; a revivir.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Miles de personas salen a las calles para reclamar acciones que aseguren la descarbonización"
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                Miles de personas salen a las calles para reclamar acciones que aseguren la descarbonización                            </span>
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        Para Ant&iacute;a, de 18 a&ntilde;os y natural de Ourense, la manifestaci&oacute;n de este viernes en Madrid es la primera marcha por el clima a la que acude. Es su amigo Joan, de la misma edad, quien la ha animado a ir con &eacute;l. Ambos piensan que si hay unidad, hay futuro. &ldquo;Es necesario que todos los j&oacute;venes salgamos a la calle, porque la lucha para que la temperatura del planeta no suba ni un grado m&aacute;s es nuestra&rdquo;, argumenta Joan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El joven piensa que los activistas ecologistas s&iacute; est&aacute;n unidos en cuanto a la acci&oacute;n reivindicativa contra el poder, pero que es necesaria &ldquo;una ambici&oacute;n mucho m&aacute;s conjunta para que los que toman decisiones dejen de pensar que esto no les concierne&rdquo;. &ldquo;Mucha gente de nuestra edad est&aacute; abriendo los ojos sobre el hecho de que la crisis clim&aacute;tica es una realidad y que ya est&aacute; aqu&iacute; -prosigue el asturiano- y si no somos nosotros los que luchamos porque cambie, que seremos los principales afectados en un futuro, nadie lo har&aacute;&rdquo;. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Antía y Joan, de 18 años, en la Plaza Mayor de Madrid esperando a que comience la marcha por el clima                            </span>
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        Por su parte, Ant&iacute;a piensa que se est&aacute; acabando el tiempo de actuaci&oacute;n. &ldquo;Es ahora o nunca. Hay que ser positivos pero tambi&eacute;n tenemos que ser conscientes de que existen cambios que ya no se pueden revertir. Y para aquellas cosas que a&uacute;n se pueden cambiar, parece que no hay nadie al mando. Su actitud hace pensar que est&aacute;n esperando al apocalipsis para escucharnos tanto a nosotros como a los que de verdad saben como cambiar la situaci&oacute;n&rdquo; concluye.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Los j&oacute;venes hemos sido el motor necesario para que se haya dado a conocer el calibre de peligrosidad clim&aacute;tica en el que nos encontramos&rdquo;, asegura Paula, la joven de Granada. &nbsp;&ldquo;Aunque la ciencia y los movimientos ecologistas lleven diciendo m&aacute;s de 40 a&ntilde;os que estamos causando estragos irreversibles a La Tierra, nadie les hac&iacute;a caso. La gente de mi generaci&oacute;n nos sentimos orgullosos por habernos organizado, con la ayuda de las redes sociales, para salir a la calle en masa a gritarlo&rdquo;, a&ntilde;ade en conversaci&oacute;n con elDiario.es
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            <span class="title">
                Jóvenes manifestándose en Madrid en la marcha &quot;Acción por el clima&quot;                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Piensa que Greta Thunberg fue la voz cantante de una lucha olvidada y que, por suerte, su celebridad hizo que mucha gente joven se uniese. &ldquo;Despu&eacute;s de tanto tiempo, parece que alguien por fin nos escucha&rdquo;, sostiene Paula.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>&ldquo;La amenaza es la crisis ecol&oacute;gica, no el ecologismo radical&rdquo;</strong></h3><p class="article-text">
        En el marco jur&iacute;dico espa&ntilde;ol, Ecologistas en Acci&oacute;n, Greenpeace, Oxfam Interm&oacute;n, Fridays For Future y La Coordinadora de Organizaciones para el Desarrollo demandaron al Estado hace tres a&ntilde;os por &ldquo;falta de ambici&oacute;n en la lucha contra el cambio clim&aacute;tico&rdquo; y pidieron al Supremo que obligase al Gobierno a elevar los objetivos de reducci&oacute;n de emisiones de gases de efecto invernadero del 23% al 55% para 2030, algo que <a href="https://www.eldiario.es/sociedad/supremo-rechaza-demanda-ecologistas-gobierno-inaccion-lucha-cambio-climatico_1_10413446.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la justicia rechaz&oacute; el pasado julio</a> en el llamado Juicio por el Clima. 
    </p><p class="article-text">
        Los jueces entendieron que el Plan Nacional Integrado de Energ&iacute;a y Clima aprobado por el Gobierno, que contemplaba medidas y objetivos desde 2021 hasta 2030, supon&iacute;a &ldquo;integrarse en el compromiso asumido por la Uni&oacute;n Europea&rdquo; y descartaron obligar al ejecutivo a endurecer sus t&eacute;rminos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Jaime Doreste, abogado de las organizaciones en el Juicio por el Clima y activista de Ecologistas en Acci&oacute;n, entiende la decisi&oacute;n del Supremo como &ldquo;un ejemplo del principio de la separaci&oacute;n de poderes&rdquo; y como una &ldquo;aplicaci&oacute;n estricta de lo que dice la ley de la justicia en lo contencioso administrativo&rdquo;, algo que respeta como jurista. Sin embargo, asegura que, en relaci&oacute;n a la evoluci&oacute;n jurisprudencial del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, otros tribunales supremos europeos -como el de Holanda, el Franc&eacute;s o el Alem&aacute;n- han asegurado &ldquo;el deber de tutela de los derechos fundamentales por parte de los gobiernos, lo que permite a los jueces revisar la suficiencia de las medidas clim&aacute;ticas de cada estado&rdquo;.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">La doctrina que está llevando a cabo en esta sentencia, tiene que ver con una interpretación de la justicia con un ojo ideológico muy conservador</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Jaime Doreste</span>
                                        <span>—</span> Abogado de las organizaciones ecologistas en el llamado Juicio por el Clima
                      </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Doreste se&ntilde;ala que &ldquo;en el fallo del Juicio por el Clima no aparece en ning&uacute;n momento este matiz&rdquo;, por lo que han pedido que se haga un complemento de sentencia. Seg&uacute;n el jurista a&uacute;n no han recibido respuesta ante esta petici&oacute;n, por lo que tiene pocas esperanzas de que les den la raz&oacute;n en alg&uacute;n momento. Es por ello por lo que, dice, el fallo del Supremo y la falta de actividad en esta causa, &ldquo;tiene que ver con una interpretaci&oacute;n de la justicia con un ojo ideol&oacute;gico muy conservador&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por otra parte,  el abogado reacciona con &ldquo;verg&uuml;enza y bochorno&rdquo; a la publicaci&oacute;n de la &uacute;ltima Memoria Anual de la Fiscal&iacute;a General del Estado, en la que este &oacute;rgano denomina a organizaciones ambientales espa&ntilde;olas como Futuro Vegetal y Rebeli&oacute;n o Extinci&oacute;n como &ldquo;ecologismo radical&rdquo; y las incluye dentro de un apartado sobre terrorismo por acciones &ldquo;amenazantes&rdquo;.&nbsp;En los &uacute;ltimos d&iacute;as,<a href="https://www.eldiario.es/politica/fiscalia-niega-considere-terroristas-grupos-ecologistas-evalua-riesgos_1_10506787.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> la Fiscal&iacute;a ha negado que considere terroristas a los grupos ecologistas y, dice, &ldquo;solo eval&uacute;a riesgos&rdquo;</a>. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Fragmento de la última memoria anual de la Fiscalía General del Estado en el que califica a los grupos ecologistas como &quot;amenaza&quot;                            </span>
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        &ldquo;A ning&uacute;n detenido en alguna manifestaci&oacute;n no comunicada o a causa de un deterioro de inmuebles p&uacute;blicos se les ha procesado, por lo que esta inclusi&oacute;n es, como m&iacute;nimo, prematura. En segundo lugar, ninguno de los hechos puede ser enmarcado dentro de un delito de terrorismo. En el activismo ecologista lo que menos nos representa es la violencia o la amenaza. Esto supone un importante salto de escala en la criminalizaci&oacute;n y desprestigio de este movimiento simplemente por un aumento de su actividad, cuando el movimiento ecologista es m&aacute;s que necesario en estos momentos&rdquo; concluye el abogado. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Paula del Toro, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/calles-gritan-socorro-sentimiento-pasividad-instituciones-crisis-climatica_1_10519068.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Sep 2023 07:29:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las calles gritan "socorro" ante un sentimiento de pasividad de las instituciones por la crisis climática]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Manifestaciones,Crisis climática,Emisiones CO2,Cumbre del Clima,Clima]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Villamanta, zona cero de la DANA en Madrid, cinco días después: “Esto parece una zona de guerra y estamos solos"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/villamanta-zona-cero-dana-madrid-cinco-dias-despues-parece-zona-guerra-solos_1_10499889.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a54fb67d-c6ce-4133-b592-ab9592ebd147_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Villamanta, zona cero de la DANA en Madrid, cinco días después: “Esto parece una zona de guerra y estamos solos&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Vecinos, el Ayuntamiento de la localidad y Protección Civil aúnan fuerzas para volver a la normalidad mientras intentan alejar los recuerdos de aquella noche: "En cuestión de segundos los coches empezaron a flotar. No teníamos escapatoria. Tuvimos mucho, mucho miedo”</p><p class="subtitle">La Guardia Civil halla los cadáveres de los dos hombres desaparecidos en Madrid durante la DANA
</p></div><p class="article-text">
        Barro, escombros, solidaridad. Tres palabras definen el paisaje de Villamanta, un municipio de poco m&aacute;s de 2.700 habitantes al suroeste de la Comunidad de Madrid y zona cero de la DANA que azot&oacute; el pasado fin de semana la regi&oacute;n. Un arroyo de 200 metros de ancho que alimentaba de humedad y color el paisaje local se convirti&oacute; el domingo en una pesadilla para todos los vecinos aumentando su caudal &ldquo;de forma desproporcionada&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La ma&ntilde;ana de este viernes, cinco d&iacute;as despu&eacute;s de las fuertes lluvias, la Guardia Civil ha encontrado en Aldea del Fresno &ndash;a 10 kil&oacute;metros de Villamanta&ndash; los cad&aacute;veres de las dos personas que murieron arrastradas por las aguas y segu&iacute;an desaparecidas. Se trata de un hombre de unos 50 a&ntilde;os, padre de una familia que logr&oacute; ser rescatada, y otro var&oacute;n de 83. El primer cuerpo ha sido localizado por los buzos en las inmediaciones del Puente de la Pedrera, destrozado por el temporal. El segundo se encontr&oacute; 200 metros m&aacute;s all&aacute;, en el mismo r&iacute;o. 
    </p><p class="article-text">
        Se llama Arroyo Grande a pesar de que es muy poco caudaloso. O por lo menos lo era hasta la noche del pasado 3 de septiembre, cuando las fuertes precipitaciones desbordaron las estad&iacute;sticas y el r&iacute;o. Casi una semana despu&eacute;s, el agua ha bajado, pero queda el rastro de aquella noche de incertidumbre y miedo en los destrozos que la fuerza del agua ha dejado a su paso. Algunas casas han resistido bajo medio metro de lodo durante casi una semana, muchas a&uacute;n no son habitables.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Algunos vecinos en una de las casas afectadas por la DANA en Villamanta, pueblo de Madrid."
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            <span class="title">
                Algunos vecinos en una de las casas afectadas por la DANA en Villamanta, pueblo de Madrid.                            </span>
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        Una de ellas es la de Roberto, de 38 a&ntilde;os, que decidi&oacute; hace un a&ntilde;o mudarse desde el centro de la capital junto a su mujer y su hija de tres a&ntilde;os a Villamanta. Una casa baja bautizada como &ldquo;Agua Mansa&rdquo;, nombre que no transmit&iacute;a iron&iacute;a hasta hace unos d&iacute;as, cuando tuvieron que salir corriendo y con lo puesto de su nuevo hogar, ahora arrasado por el agua.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Salimos a pasear por la tarde y el r&iacute;o estaba ya crecido, pero no pensamos que llegar&iacute;a a tanto. Est&aacute;bamos despiertos de milagro, ya que eran alrededor de las doce de la noche, cuando de repente se fue la luz. Ah&iacute; me di cuenta de que estaba empezando a entrar agua en el jard&iacute;n. Salimos los tres corriendo de casa y, en ese momento, el muro del jard&iacute;n se nos vino encima, haciendo que el agua nos llegase por las rodillas y r&aacute;pidamente hasta la cadera&rdquo;, cuenta Roberto mientras recoge algunos escombros de su patio.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Parte del muro del jardín de la casa &quot;Agua Mansa&quot; de Roberto, vecino de Villamanta."
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            <span class="title">
                Parte del muro del jardín de la casa &quot;Agua Mansa&quot; de Roberto, vecino de Villamanta.                            </span>
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        &ldquo;Conseguimos saltar a la casa del vecino, pero cuando &iacute;bamos a salir a la puerta para buscar ayuda en la carretera, su muro tambi&eacute;n se cay&oacute; &ndash;prosigue&ndash;. En cuesti&oacute;n de segundos los coches empezaron a flotar. No ten&iacute;amos escapatoria. Por suerte un vecino nos ayud&oacute; a salir hasta la carretera. Tuvimos mucho, mucho miedo&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El techo provisional de Roberto y su familia es un local del pueblo, ya que su casa ha quedado totalmente inhabitable. Otras cuatro familias llevan casi cinco d&iacute;as viviendo con vecinos y amigos. <a href="https://www.eldiario.es/sociedad/inundaciones-riadas-espana-7000-millones-indemnizaciones-tres-decadas-seguros_1_10488314.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">De sus indemnizaciones, seg&uacute;n los vecinos, se va a encargar la entidad p&uacute;blica del Consorcio de Compensaci&oacute;n de Seguros</a>.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Coche aplastado contra un árbol por la fuerza del agua del pasado domingo el río de Villamanta.                            </span>
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        Al otro lado del r&iacute;o est&aacute; Tom&aacute;s, de 64 a&ntilde;os. Vive junto a su padre, que lleva su mismo nombre, de 89 a&ntilde;os. Su casa llama la atenci&oacute;n desde lejos, ya que es la &uacute;nica cercana a uno de los puentes que han quedado parcialmente derrumbados por la fuerza del agua. La verja met&aacute;lica y el muro que perimetraba su parcela han desaparecido entre el lodo. En su lugar hay escombros, un puente improvisado a base de pal&eacute;s de madera para poder llegar hasta la puerta de la vivienda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La corriente se ha llevado 150 metros de valla y dos veh&iacute;culos que ten&iacute;amos&rdquo;, explica, y rememora lo sucedido esa noche. &ldquo;El peor momento fue cuando se desprendi&oacute; parte del puente que nos conecta con el pueblo y una ola de cuatro metros vino hacia nuestra casa. Pensamos que nuestra puerta &ndash;una puerta de acero corredera de cinco metros&ndash; aguantar&iacute;a, pero el agua comenz&oacute; a filtrarse y lleg&oacute; a superar los dos metros de altura dentro de mi garaje, lo que se convirti&oacute; en medio metro de barro al d&iacute;a siguiente&rdquo;, cuenta el hijo.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Tomás, vecino de Villamanta, en la puerta de su casa.                            </span>
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        &ldquo;Acabamos con la casa totalmente rodeada de agua. Sab&iacute;amos que la casa ten&iacute;a buenos cimientos y no ten&iacute;amos miedo de un derrumbe, pero la puerta delantera tambi&eacute;n se abri&oacute; y comenzaron a entrar troncos grandes y maleza, por lo que apuntalamos todas las puertas posibles&rdquo;, narra Tom&aacute;s, el padre. Ambos cuentan que, en ese momento, solo pod&iacute;an desear que dejase de llover porque aquello &ldquo;parec&iacute;a el Mississippi&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Jos&eacute;, de 75 a&ntilde;os, arrastra a duras penas dos maletas llenas de barro. En ellas lleva los &uacute;nicos enseres que han quedado en su casa de la urbanizaci&oacute;n de Los Olivos, a tres minutos del pueblo de Villamanta y a escasos metros del caudal del r&iacute;o. Es su segunda residencia y, despu&eacute;s de haber limpiado todo lo que pod&iacute;a, se las lleva a su casa de la capital con el gesto cansado y la cabeza gacha.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                José, vecino de Villamanta, camino a su casa con dos maletas embarradas.                            </span>
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        &ldquo;Mi mujer y yo estuvimos tres horas y media subidos en el tejado de nuestra casa mientras llov&iacute;a. Sab&iacute;amos que si nos qued&aacute;bamos dentro nos pod&iacute;a llevar la corriente; ten&iacute;a tanta fuerza...&rdquo;, recuerda camino de su coche. &ldquo;Los truenos eran constantes y nos tapamos como pudimos. Al cabo de un buen rato, cuando el agua comenz&oacute; a bajar, llegaron los bomberos a socorrernos. Afortunadamente &ndash;contin&uacute;a&ndash; hac&iacute;a unas horas que mi hija hab&iacute;a decidido irse a Madrid junto a su marido y mis nietos. Si llega a pasarles algo yo no s&eacute; qu&eacute; hubiese hecho&rdquo;, concluye con un hilo de voz.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">La colaboraci&oacute;n vecinal, clave para la recuperaci&oacute;n del municipio</h3><p class="article-text">
        Bruno (21 a&ntilde;os) y su grupo de amigos han sido los &ldquo;h&eacute;roes sin capa&rdquo; para muchos vecinos del pueblo. Llevan d&iacute;a y noche sacando palos, troncos, lodo y escombros de los alrededores de su zona durante casi una semana para ayudar a los perjudicados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; nos lo cuenta el joven junto a su padre, Gabriel, de 60 a&ntilde;os, mientras miran las marcas que ha dejado el agua en la bodega de su casa: &ldquo;En cuesti&oacute;n de minutos pasamos de la normalidad al brutalismo. Empez&oacute; a entrar agua por el sumidero del garaje y de pronto los coches flotaban como si fuesen <em>kleenex</em> en el mar. Nuestra casa es alta, porque tenemos debajo la bodega, y cuando nos quisimos dar cuenta ten&iacute;amos el agua a dos pelda&ntilde;os de la puerta&rdquo;, cuenta el joven. Dos amigos interrumpen su relato para pedirle la carretilla que llevan usando estos d&iacute;as para mover cascotes de un sitio a otro.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Gabriel y Bruno en el garaje de su casa, en Villamanta.                            </span>
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        &ldquo;Vinieron los bomberos a sacarnos los dos metros de lodo que ten&iacute;amos en el garaje y se fueron, el resto lo han hecho entre los m&aacute;s de 30 amigos de mis hijos, que tienen entre 18 y 25 a&ntilde;os, parti&eacute;ndose el lomo desde hace d&iacute;as. Me los como a besos porque son ellos los que nos han salvado la vida&rdquo;, se emociona el padre.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Las excavadoras que hay tambi&eacute;n son nuestras, de los vecinos &ndash;contin&uacute;a Bruno&ndash;. Son propiedad de empresas de le&ntilde;a que est&aacute;n ayudando con su propia maquinaria, porque si no podemos estar aqu&iacute; tres semanas rodeados de barro, que al final se queda seco y se vuelve una piedra&rdquo; argumenta el joven.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Varios vecinos de Villamanta recogiendo escombros junto a operarios del Ayuntamiento del municipio."
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                Varios vecinos de Villamanta recogiendo escombros junto a operarios del Ayuntamiento del municipio.                            </span>
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        Padre e hijo salen de casa hacia el supermercado. Se han alimentado durante cuatro d&iacute;as de bocadillos. A los pocos minutos, pasa un grupo de chicos j&oacute;venes con una carretilla llena de garrafas de agua mineral. Las llevan al otro lado del r&iacute;o, all&iacute; donde las personas mayores a&uacute;n no se han podido desplazar hasta el centro del pueblo para comprar.
    </p><p class="article-text">
        A la hora de comer, el centro c&iacute;vico de la plaza de Villamanta comienza a llenarse de vecinos. En muchas casas del pueblo se puede dormir y estar tranquilo bajo un techo, pero no en todas es posible cocinar porque los electrodom&eacute;sticos han quedado totalmente estropeados, explica Milagros, una vecina de 77 a&ntilde;os que ha llevado hasta el edificio com&uacute;n una olla grande de jud&iacute;as blancas con chorizo para repartirlas.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Milagros y otros vecinos repartiendo comida en el centro cívico de Villamanta.                            </span>
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        &ldquo;Ayer hicimos tantos macarrones que sobr&oacute; un poco. Hoy hemos hecho cusc&uacute;s, guisos calentitos y empanadillas. Otros traen agua o alimentos precocinados para los que prefieran llev&aacute;rselo a casa. Nos hemos organizado bastante bien. Estamos colaborando con todo lo que podemos pero necesitamos muchas manos m&aacute;s para ayudar a todos los que lo necesitan. Hay casas destrozadas, pero nos estamos ocupando de que, por lo menos, nadie pase hambre&rdquo;, resume la vecina.
    </p><h3 class="article-text"><strong>&ldquo;Necesitamos medios y ayuda desde las instituciones&rdquo;</strong></h3><p class="article-text">
        Muchos afectados, como Sinuh&eacute; Lozano, vecino de Villamanta y efectivo de Protecci&oacute;n Civil en el pueblo, achacan el desbordamiento del r&iacute;o y sus consecuencias a una mala gesti&oacute;n de los residuos y malezas por parte de la Confederaci&oacute;n Hidrogr&aacute;fica del Tajo por &ldquo;no haber limpiado el cauce&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde el Ayuntamiento de Villamanta coinciden con este argumento: &ldquo;Hace 20 d&iacute;as nos pusimos en contacto con la Confederaci&oacute;n Hidrogr&aacute;fica del Tajo por la cantidad de maleza que ten&iacute;a el r&iacute;o. Ellos son los responsables de limpiarlo y sab&iacute;amos que algo iba a pasar porque hab&iacute;a tantas plantas que hasta los puentes estaban colapsados a pesar de que apenas hab&iacute;a agua. No hemos recibido respuesta por su parte en ning&uacute;n momento&rdquo;, defiende Patricia Solano, concejala de educaci&oacute;n en el Ayuntamiento de este municipio.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Una vecina pasea para ver la zona en la que un puente de Villamanta se derrumbó por el agua.                            </span>
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        Solano asegura que no pueden calcular el tiempo que va a ser necesario para que el municipio vuelva a la normalidad: &ldquo;Estos primeros d&iacute;as hemos tenido que ordenar las prioridades minuto a minuto, porque el problema ha sido de tal magnitud que no tenemos ning&uacute;n protocolo de actuaci&oacute;n. En primer lugar, pusimos a todos a salvo y nos preocupamos de que aquellos vecinos que no pod&iacute;an volver a sus casas tuvieran una alternativa. Ahora queda el desescombro, pero no estamos preparados para ello&rdquo;, se&ntilde;ala la concejala.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Necesitamos ayuda, y la estamos pidiendo tanto a la Comunidad de Madrid como al Gobierno porque todo lo que tenemos son voluntarios, [...] en poco tiempo todos los escombros se convertirán en insalubridad y olores</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Patricia Solano</span>
                                        <span>—</span> Concejala de educación del Ayuntamiento de Villaplana
                      </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Este pueblo, de menos de 3.000 habitantes, apenas tiene operarios en su Ayuntamiento, por lo que estos d&iacute;as han tenido que doblar turnos y ni siquiera as&iacute; es suficiente: &ldquo;Necesitamos ayuda, y la estamos pidiendo tanto a la Comunidad de Madrid como al Gobierno porque todo lo que tenemos son voluntarios. Entendemos que todo tiene su tiempo, pero la necesitamos urgentemente porque en poco tiempo todos los escombros se convertir&aacute;n en insalubridad y olores. No llegamos a todo&rdquo;, concluye la responsable de educaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como primer paso hacia la normalidad, el curso escolar ha logrado comenzar este viernes, aunque con ciertas particularidades. Los t&eacute;cnicos de edificaci&oacute;n de inmuebles de educaci&oacute;n de la Comunidad de Madrid dieron el pasado jueves el visto bueno al colegio pero no a la &ldquo;Casita de ni&ntilde;os&rdquo;, una guarder&iacute;a. Es por ello que en las clases de primaria tambi&eacute;n han tenido que meter a los de Infantil y a los m&aacute;s peque&ntilde;os. Fruto de esta extra&ntilde;eza, tanto los ni&ntilde;os como los profesores &ldquo;han tenido una jornada desbordada&rdquo;, seg&uacute;n Patricia, una madre del pueblo.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                El centro cívico de Villaplana, lleno de voluntarios.                            </span>
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        Los vecinos entienden que el proceso de aseguramiento, protecci&oacute;n y reconstrucci&oacute;n del terreno lleva su tiempo y que hay prioridades, pero se quejan de que la presidenta de la Comunidad de Madrid, <a href="https://www.eldiario.es/politica/amp-ayuso-pedira-declaracion-zona-catastrofica-municipios-suroeste-afectados-dana_1_10486034.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Isabel D&iacute;az Ayuso, haya pedido la declaraci&oacute;n del municipio como zona catastr&oacute;fica</a> &ldquo;y despu&eacute;s no mueva un dedo por los afectados&rdquo;. &ldquo;Aqu&iacute; nos estamos apoyando entre nosotros, con ayuda del Ayuntamiento. Llevamos una semana as&iacute;, con las carreteras cortadas, los puentes derruidos y gente aislada&rdquo;, se&ntilde;ala Roberto, que opina que este tipo de situaciones deber&iacute;an servir para que todos los municipios que est&eacute;n en estas condiciones se preparen para ello.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tom&aacute;s, el vecino de la casa al otro lado del r&iacute;o, tambi&eacute;n se queja de la poca atenci&oacute;n que est&aacute;n recibiendo. &ldquo;Aqu&iacute; a&uacute;n no han venido los bomberos ni nos han hecho un acceso para poder ir al pueblo. Mi hermana y mis dos sobrinos cruzaron el otro d&iacute;a el r&iacute;o nadando para asegurarse de que est&aacute;bamos bien y ten&iacute;amos comida. Adem&aacute;s, hay vecinos que ya est&aacute;n denunciando saqueos por las noches. Por suerte lo material no nos importa; estamos vivos&rdquo;, a&ntilde;ade.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Excavadora de un vecino de Villaplana, voluntario para recoger escombros."
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            <span class="title">
                Excavadora de un vecino de Villaplana, voluntario para recoger escombros.                            </span>
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        &ldquo;Si esto no es una emergencia, &iquest;en qu&eacute; van a invertir los recursos?&rdquo;, incide Gabriel.&nbsp;&ldquo;No nos falta de nada para salir del paso, entre los vecinos y el Ayuntamiento poco a poco vamos pasando el d&iacute;a a d&iacute;a. Lo que necesitamos es que venga la Comunidad de Madrid o la Unidad Militar de Emergencias con maquinaria pesada para quitarnos todos estos escombros. Lo que hace una semana era un para&iacute;so natural a media hora de Madrid hoy parece una zona de guerra&rdquo;, concluye.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Paula del Toro, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/villamanta-zona-cero-dana-madrid-cinco-dias-despues-parece-zona-guerra-solos_1_10499889.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 Sep 2023 20:26:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Villamanta, zona cero de la DANA en Madrid, cinco días después: “Esto parece una zona de guerra y estamos solos"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[DANA,lluvia,Madrid,Comunidad de Madrid,Meteorología]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La vida más allá de las noticias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/vida-noticias_1_10455837.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a8593553-8b8a-407d-a308-87377cfd2fb0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La vida más allá de las noticias"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la cuarta y última entrega de Solo Gráficos, la selección de fotografías más importantes de la primera mitad del año contadas por su autor, Olmo Calvo narra el nacimiento de su segunda hija, Olea</p><p class="subtitle">Cómo iniciar a niñas y niños en la lectura: sin obligar, a su ritmo y con variedad de opciones</p></div><p class="article-text">
        La cuarta y &uacute;ltima fotograf&iacute;a que he seleccionado no es una imagen que haya publicado. Tampoco la hice por encargo. Es un recuerdo familiar, el nacimiento de Olea, nuestra segunda hija. Un reconocimiento de lo cotidiano. De la vida m&aacute;s all&aacute; de las noticias. Creo que no hay nada m&aacute;s com&uacute;n y a la vez extraordinario que un parto. Es algo que nos iguala a todos. Como la muerte. Todos nacemos y morimos. Probablemente sea la foto m&aacute;s importante que he hecho durante los primeros seis meses del a&ntilde;o. Y no s&oacute;lo porque sea mi hija, sino porque representa la vida. Fabiola, mi compa&ntilde;era, dando a luz a Olea mientras dos matronas y una auxiliar de enfermer&iacute;a la asisten. Cinco mujeres en una habitaci&oacute;n. Meses de esfuerzo de Fabiola que culminan con un peque&ntilde;o llanto que inunda la sala y nos dibuja una amplia sonrisa empapada de l&aacute;grimas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las primeras fotos que hice durante un parto fueron en 2013. En 2012 me dieron el Premio Internacional Luis Valtue&ntilde;a de Fotograf&iacute;a Humanitaria que, entre otras cosas, implicaba hacer un reportaje de alguno de los proyectos de la ONG M&eacute;dicos del Mundo, organizadora del concurso. El que m&aacute;s me llam&oacute; la atenci&oacute;n era el que estaban desarrollando en Bolivia para disminuir la alta mortalidad materno infantil que hab&iacute;a en el pa&iacute;s. Para ello ayudaban a construir salas con adecuaci&oacute;n cultural en el Hospital Boliviano Espa&ntilde;ol de Patacamaya, y fomentaban el trabajo conjunto de m&eacute;dicos y parteras. All&iacute;, gracias al equipo de la ONG, de los trabajadores y, por supuesto, de las mujeres embarazadas que me permitieron documentar sus vidas, hice fotos en muchos partos. Algunos fueron en las salas con adecuaci&oacute;n cultural, otros en paritorios y uno, que fue por ces&aacute;rea, en un quir&oacute;fano. 
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de aquel trabajo no volv&iacute; a fotografiar un parto hasta el a&ntilde;o 2020, cuando naci&oacute; Iria, nuestra primera hija. Est&aacute;bamos en plena pandemia de la COVID-19 y, junto a Fabiola, estuvimos haciendo un reportaje sobre su embarazo durante el confinamiento. Se llam&oacute; 'Esperando a Iria' y lo hicimos dentro del proyecto Covid Photo Diaries. Desde el 17 de marzo hasta el 27 de mayo estuvimos publicando en Instagram una foto diaria. La &uacute;ltima fue del parto, aunque d&iacute;as despu&eacute;s lo completamos con un autorretrato de los tres juntos. Ese 27 de mayo intent&eacute; fotografiar el nacimiento de mi hija lo mejor posible, pero no fue f&aacute;cil. Primero por la pandemia y despu&eacute;s porque se trataba de una situaci&oacute;n en la que deb&iacute;a estar, quer&iacute;a estar. Mientras estrechaba la mano de Fabiola con cada contracci&oacute;n, mientras le daba &aacute;nimos y ve&iacute;a como poco a poco asomaba la peque&ntilde;a cabeza de Iria, ten&iacute;a que pensar d&oacute;nde colocarme para molestar lo menos posible y poder hacer las fotos.
    </p><p class="article-text">
        Tres a&ntilde;os despu&eacute;s volvimos al Hospital Cl&iacute;nico San Carlos, quiz&aacute; a la misma sala de dilataci&oacute;n que en 2020, para el nacimiento de Olea. All&iacute; hice la foto que os presento hoy. 
    </p><p class="article-text">
        El 10 de junio hac&iacute;a ya siete d&iacute;as que Fabiola hab&iacute;a salido de cuentas y en cualquier momento pod&iacute;a ponerse de parto. Yo, entre otras cosas, trataba de llevar la c&aacute;mara siempre conmigo. No quer&iacute;a perder la oportunidad de hacer unas buenas fotos del nacimiento de mi segunda hija. Ese d&iacute;a luc&iacute;a el sol y, al atardecer, decidimos ir a pasear por el centro de Madrid. Est&aacute;bamos esperando el autob&uacute;s cuando Fabiola sinti&oacute; un l&iacute;quido bajando por su pierna. En ese momento ella se fue directamente al hospital y yo regres&eacute; a casa con Iria. Poco despu&eacute;s Fabiola me llam&oacute;: se hab&iacute;a roto la bolsa y se quedaba ingresada. Prepar&eacute; todo y llev&eacute; a nuestra hija con mi suegra. Despu&eacute;s, de nuevo en casa, cog&iacute; la mochila que ten&iacute;amos preparada y seleccion&eacute; el material fotogr&aacute;fico que me iba a llevar: un cuerpo de c&aacute;mara con un &uacute;nico objetivo, un 35 mm f1.8, varias bater&iacute;as con su cargador y tres tarjetas de memoria. 
    </p><p class="article-text">
        Una vez en el hospital, junto a Fabiola, y sabiendo que todo iba bien, me puse a caminar por la habitaci&oacute;n. Lo que m&aacute;s me llam&oacute; la atenci&oacute;n fue un gran cartel donde se prohib&iacute;a grabar audios, v&iacute;deos o hacer fotograf&iacute;as sin permiso. A&uacute;n no sabr&iacute;a si podr&iacute;a hacer fotos, pero, obviamente, no era lo m&aacute;s importante. 
    </p><p class="article-text">
        Durante las primeras horas estuvimos despiertos, las contracciones provocadas por la oxitocina eran constantes. De madrugada Fabiola pidi&oacute; que le administraran anestesia epidural y poco despu&eacute;s pudimos dormir algunas horas. Ya por la ma&ntilde;ana las trabajadoras de ese turno nos despertaron. Fue entonces cuando les coment&eacute; mi deseo de hacer fotos durante el nacimiento de mi hija. Me dijeron que s&iacute;, estaban todas de acuerdo. 
    </p><p class="article-text">
        Fabiola a&uacute;n ten&iacute;a que dilatar varios cent&iacute;metros, por lo que sal&iacute; del hospital a tomar un caf&eacute;. No me dio tiempo casi a terminarlo cuando me llam&oacute;. Todo hab&iacute;a ido m&aacute;s r&aacute;pido de lo esperado. En breve comenzar&iacute;a a empujar. Regres&eacute; inmediatamente. Me coloqu&eacute; junto a ella y le cog&iacute; la mano. Fueron alrededor de 45 minutos. Cuando Olea empez&oacute; a asomar la cabeza yo fui a coger mi c&aacute;mara intentando no estorbar. Me coloqu&eacute; en el que cre&iacute;a que era el mejor lugar. Fabiola se hab&iacute;a puesto de lado y agarraba la estructura de la cama y una de sus piernas para hacer m&aacute;s fuerza. Despu&eacute;s de hacer un par de fotos me di cuenta de que me hab&iacute;a equivocado de sitio. Ten&iacute;a una gran ventana de fondo, y cuando nuestra hija saliese, la pondr&iacute;an inmediatamente sobre Fabiola. Desde donde estaba no podr&iacute;a fotografiarlo. 
    </p><p class="article-text">
        La habitaci&oacute;n era lo suficientemente espaciosa para atender un parto, pero no para que un fot&oacute;grafo estuviese movi&eacute;ndose por ella buscando el mejor encuadre. Esper&eacute; y, en un instante, me cambi&eacute; de ubicaci&oacute;n con el permiso del equipo m&eacute;dico. Ahora s&iacute;. Ajust&eacute; el ISO, el diafragma y la velocidad y dispar&eacute; en r&aacute;faga. Momentos despu&eacute;s Olea naci&oacute; y una de las matronas la coloc&oacute; inmediatamente sobre el pecho de Fabiola. Madre e hija se fundieron en un mismo llanto. Yo tambi&eacute;n lloraba mientras segu&iacute;a haciendo fotos. 
    </p><p class="article-text">
        En un momento la enfermera y la otra matrona levantaron a Olea para limpiarla. Yo di un par de pasos r&aacute;pidos hacia el cabecero de la cama, encuadr&eacute; y CLIC&hellip; hice la foto que pod&eacute;is ver hoy. Despu&eacute;s dej&eacute; la c&aacute;mara para besar a Fabiola y ver de cerca a mi hija. Pero no pens&eacute;is que ya no hice m&aacute;s fotos. Un poco m&aacute;s tarde fotografi&eacute; a Olea comiendo por primera vez de los pechos de su madre y, al rato, c&oacute;mo la pesaban y med&iacute;an. Como dec&iacute;a al principio, im&aacute;genes comunes, pero a la vez extraordinarias. Que se repiten d&iacute;a y noche a lo largo de todo el mundo y que permiten que la vida siga.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/vida-noticias_1_10455837.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Aug 2023 20:06:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La vida más allá de las noticias]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Embarazo,Maternidad,familias,Hospitales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una noche en el edificio "Dignidad" antes de su intento de desalojo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/noche-edificio-dignidad-desalojo_1_10419773.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/99080415-4878-4b4d-9581-23f18e3911d8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una noche en el edificio &quot;Dignidad&quot; antes de su intento de desalojo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la tercera entrega de Solo Gráficos, la selección de fotografías más importantes de la primera mitad del año contadas por su autor, Olmo Calvo relata la noche que pasó con los vecinos del inmueble antes de que se presentase la policía con una orden desahucio</p><p class="subtitle">De la PAH a Desokupa: cómo la derecha ha utilizado la ocupación para cambiar el relato sobre el derecho a la vivienda</p></div><p class="article-text">
        Durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os, cada vez que hay elecciones, un fantasma recorre los discursos de los partidos pol&iacute;ticos y los medios de comunicaci&oacute;n de derechas: la okupaci&oacute;n. Un tema en torno al que surgen bulos y medias verdades. El Partido Popular y Vox, y diferentes programas de televisi&oacute;n, de radio y peri&oacute;dicos, intentan &ndash;y muchas veces consiguen&ndash; crear alarma social y generar miedo presentando una realidad distorsionada que afecta a muy poca gente: <a href="https://www.eldiario.es/catalunya/98-ocupaciones-denunciadas-catalunya-2022-pisos-vacios_1_10236965.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la okupaci&oacute;n de viviendas particulares</a>. Una problem&aacute;tica absolutamente ajena a la mayor parte de la poblaci&oacute;n, s&oacute;lo presente en sus vidas mientras escuchan a alguno de los pol&iacute;ticos o periodistas que la promueven. Y durante estas &uacute;ltimas elecciones no ha sido diferente. 
    </p><p class="article-text">
        Algo diametralmente opuesto a lo que sucede con los desahucios, <a href="https://www.eldiario.es/economia/caseros-multiplican-exigencias-inquilinos-seguros-impago-avales-ver-movimientos-bancarios_1_10238320.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un aut&eacute;ntico drama a nivel nacional</a> que rara vez consigue la repercusi&oacute;n que merece. Ese es el verdadero problema de la vivienda en Espa&ntilde;a. Una necesidad b&aacute;sica, un derecho, que se ha convertido en un bien de mercado m&aacute;s, con el que se especula hasta niveles delirantes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo empec&eacute; a hacer fotos relacionadas con los desahucios en 2011, cuando la reci&eacute;n conformada Plataforma de Afectados para la Hipoteca (PAH) en Madrid, convoc&oacute; su primera concentraci&oacute;n para intentar detener un desahucio; el de Tatiana Roeva y Anuar Jalil en el barrio de Tetu&aacute;n. El d&iacute;a 15 de junio de ese a&ntilde;o, cientos de personas rodearon el edificio donde viv&iacute;a la pareja. Cuando llegu&eacute; al lugar, casi no se pod&iacute;a cruzar la calle de la cantidad de gente que hab&iacute;a. Me sorprendi&oacute; el poder de convocatoria de la PAH. Ese d&iacute;a pasaron muchas cosas, la m&aacute;s importante, que se consigui&oacute; parar el desahucio. Otra, muy relevante para mi vida, que decid&iacute; que iba a intentar cubrir toda la actualidad relacionada con desahucios que pudiese. Me pareci&oacute; que era el tema que resum&iacute;a perfectamente la crisis pol&iacute;tica y social que est&aacute;bamos viviendo en esos momentos. Miles de trabajadores humildes, muchos de ellos migrantes, estaban perdiendo sus casas despu&eacute;s de quedarse sin trabajo. Las hab&iacute;an comprado a unos precios desproporcionados y en un momento en que los bancos daban los cr&eacute;ditos de una manera absolutamente irresponsable. Y ahora muchas familias no s&oacute;lo se quedaban sin un lugar donde vivir, sino que, en la mayor&iacute;a de los casos, segu&iacute;an debiendo a los bancos cantidades impagables, por lo que estaban condenadas en vida. Eran esclavas de sus deudas. Pero el tema tambi&eacute;n ten&iacute;a un componente esperanzador y muy ilusionante; la solidaridad y el apoyo mutuo que se empez&oacute; a tejer entre las personas afectadas. La PAH no par&oacute; de crecer, y surgieron asambleas de vivienda en muchos barrios.
    </p><p class="article-text">
        Durante los siguientes cinco a&ntilde;os document&eacute; todos los desahucios y asambleas que pude. No era f&aacute;cil, porque en esa &eacute;poca ten&iacute;a varios trabajos para vivir. Coordinaba la fotograf&iacute;a del peri&oacute;dico Diagonal, hac&iacute;a fotos como aut&oacute;nomo para fundaciones y empresas, y por las noches, era t&eacute;cnico de iluminaci&oacute;n en teatros y salas de Madrid. En 2012 present&eacute; una selecci&oacute;n de diez fotograf&iacute;as al Premio Internacional de Fotograf&iacute;a Humanitarias Luis Valtue&ntilde;a con el t&iacute;tulo &ldquo;V&iacute;ctimas de los desahucios&rdquo;. El trabajo result&oacute; ganador y consigui&oacute; cierta visibilidad. Desde entonces he estado siempre vinculado al tema. Aunque con el tiempo me distanci&eacute; por cuestiones personales y profesionales, casi todos los a&ntilde;os he seguido cubriendo alg&uacute;n desahucio y proponiendo su publicaci&oacute;n en los diferentes medios con los que he colaborado. Es el caso de la foto que os presento hoy. 
    </p><p class="article-text">
        El 26 de mayo estaba previsto el desahucio de 18 familias, 43 personas incluyendo muchos menores, de un edificio okupado en M&oacute;stoles, Madrid. El edificio fue construido por una inmobiliaria que quebr&oacute; y termin&oacute; en manos de Bankia. Posteriormente esta entidad corri&oacute; la misma suerte, fue recuperada y saneada por el Estado y posteriormente absorbida CaixaBank. El edificio, despu&eacute;s de todo ese recorrido, pas&oacute; a integrar los activos de Sareb, el &ldquo;banco malo&rdquo;. Y, poco despu&eacute;s, en 2014, fue okupado por activistas de la plataforma ciudadana STOP Desahucios M&oacute;stoles, para dar una alternativa habitacional a personas vulnerables. Desde entonces ha cumplido una funci&oacute;n social. Pero el a&ntilde;o pasado el inmueble sali&oacute; a subasta y lo compr&oacute; Midtown Capital Partners, una inmobiliaria de Miami, Estados Unidos. Lo vendieron con decenas de personas vulnerables viviendo en su interior. Yo me enter&eacute; de lo que suced&iacute;a gracia a <a href="https://www.publico.es/sociedad/edificio-dignidad-mostoles-prepara-desalojo-nueve-anos-refugio-familias-desahuciadas.html#analytics-tag:listado" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un estupendo art&iacute;culo del periodista Jairo Vargas</a>. Y propuse hacer la cobertura del intento de desahucio a eldiario.es, donde me dijeron que s&iacute; les interesaba. 
    </p><p class="article-text">
        En este tipo de situaciones lo ideal es pasar la noche dentro de los pisos, junto a las personas afectadas. Lo primero de todo para conocer a las personas, y despu&eacute;s para estar dentro en caso que la polic&iacute;a rodee el edificio e impida el acceso. A m&iacute; me ayud&oacute; Alberto Astudillo, gran compa&ntilde;ero, que lleva haciendo fotos en desahucios los mismos a&ntilde;os que yo. 
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a 25 de mayo por la noche llegu&eacute; al edificio &ldquo;Dignidad&rdquo;, como as&iacute; lo hab&iacute;an bautizado las vecinas y vecinos. Estaba diluviando y ya hab&iacute;a varios activistas y periodistas all&iacute;. Se esperaba una noche larga. Algunas de las personas afectadas se hab&iacute;an ido por miedo y a los menores los hab&iacute;an llevado a lugares seguros. Mientras, otras personas afectadas pasaban las horas recogiendo sus cosas, ofreciendo caf&eacute; caliente y preparando la resistencia. El portal estaba lleno de cosas para dificultar la entrada de la comisi&oacute;n judicial. 
    </p><p class="article-text">
        Yo estuve hablando con algunos vecinos, recorriendo las escaleras de arriba para abajo, identificando los mejores lugares para poder hacer fotos, pero a eso de las 3 de la ma&ntilde;ana me tumb&eacute; en el suelo de un piso y me ech&eacute; a dormir abrazado a la bolsa de mi c&aacute;mara. Fue poco tiempo, pero el suficiente como para sentirme algo descansado. Cuando me levant&eacute;, fui a casa de Jos&eacute; Antonio Garc&iacute;a, 71 a&ntilde;os, y Luisa Montiel, 55 a&ntilde;os, una pareja que lleva viviendo all&iacute; casi desde el principio. Hablando con Jos&eacute; me cont&oacute; que antes estuvo viviendo en la plaza Mayor de Madrid durante muchos a&ntilde;os. Algo se encendi&oacute; en mi cabeza. No pod&iacute;a ser. Cuando llegu&eacute; a Madrid en el a&ntilde;o 2001 para estudiar fotograf&iacute;a, uno de los trabajos que hice para clase fue un reportaje sobre personas sin hogar. Todo indicaba que le hab&iacute;a hecho fotos en ese momento de mi vida. Se lo dije y seguimos hablando. Y, efectivamente, al llegar a casa revis&eacute; mi archivo &ndash;en este caso impreso en papel&ndash; y comprob&eacute; que 20 a&ntilde;os antes, en 2003, le hab&iacute;a retratado en la plaza Mayor. Jos&eacute; Antonio, una persona mayor sin hogar hab&iacute;a encontrado un lugar donde vivir gracias al movimiento por una vivienda digna. 
    </p><p class="article-text">
        El tiempo pasaba y ya se pod&iacute;a ver la luz del amanecer filtrada por un manto de nubes grises en el exterior. Los polic&iacute;as antidisturbios no hab&iacute;an llegado durante la noche. Eso era una buena se&ntilde;al. Pero la gente estaba muy nerviosa. Yo segu&iacute;a junto a Jos&eacute; cuando, en un momento dado, sac&oacute; un cigarrillo. Levant&eacute; la c&aacute;mara y cuando encendi&oacute; el mechero &hellip; CLIC, hice la foto que pod&eacute;is ver hoy. Eran las 7 de la ma&ntilde;ana. Durante las siguientes horas llegaron muchas personas para apoyar a los vecinos del edificio &ldquo;Dignidad&rdquo;, y varios periodistas. La polic&iacute;a segu&iacute;a sin aparecer.&nbsp;Finalmente lleg&oacute; la comisi&oacute;n judicial y las personas afectadas consiguieron llegar a un acuerdo. No iba a haber desahucio. Pero era s&oacute;lo una victoria parcial. Lo aplazaron durante algo m&aacute;s de mes y medio. Hasta el 17 de julio. Ese d&iacute;a no pude estar para documentar la resistencia de los inquilinos y activistas mientras varias unidades de polic&iacute;as antidisturbios rodeaban el lugar y, esta vez s&iacute;, ejecutaron el mandato judicial. <a href="https://www.eldiario.es/madrid/decenas-antidisturbios-desahucian-17-familias-edificio-dignidad-mostoles_1_10383876.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Jos&eacute; Antonio y 42 personas m&aacute;s se quedaban sin hogar.</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/noche-edificio-dignidad-desalojo_1_10419773.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Aug 2023 19:56:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una noche en el edificio "Dignidad" antes de su intento de desalojo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La evacuación de Igor y su mujer minutos antes de un ataque de la artillería rusa durante la sangrienta batalla de Bajmut]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/evacuacion-igor-mujer-minutos-ataque-artilleria-rusa-durante-sangrienta-batalla-bajmut_1_10406408.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/de6e9108-5812-424e-9a8c-4fee4679911a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La evacuación de Igor y su mujer minutos antes de un ataque de la artillería rusa durante la sangrienta batalla de Bajmut"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la segunda entrega de Solo Gráficos, la selección de fotografías más importantes de la primera mitad del año contadas por su autor, Olmo Calvo relata lo que rodeaba a su objetivo tras la instantánea tomada en Ucrania</p><p class="subtitle">Huida de Bajmut bajo el fuego ruso que no cesa: “No me creo que esté vivo”
</p></div><p class="article-text">
        La guerra en Ucrania es uno de los temas informativos m&aacute;s importantes de los dos &uacute;ltimos a&ntilde;os. <a href="https://www.eldiario.es/internacional/ano-invasion-rusa-ucrania_1_9980248.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Desde que el ej&eacute;rcito ruso invadiese Ucrania</a> el 24 de febrero de 2022 ha habido 25.000 v&iacute;ctimas civiles y 6,3 millones de refugiados. Las cifras hablan por s&iacute; solas. 
    </p><p class="article-text">
        A lo largo de este a&ntilde;o y medio he viajado en tres ocasiones con elDiario.es para documentar esta realidad tristemente hist&oacute;rica. La primera de ellas fue s&oacute;lo unos d&iacute;as despu&eacute;s del inicio de la invasi&oacute;n. El ej&eacute;rcito ruso entr&oacute; un jueves y yo, junto con mi compa&ntilde;ero V&iacute;ctor Honorato, estaba mandando <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/sopa-caliente-confusion-espera-tren-refugiados_1_8787015.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">el primer reportaje el domingo desde la localidad polaca de Przemy&#347;l</a>. Fueron unos d&iacute;as muy intensos de trabajo desde la frontera.
    </p><p class="article-text">
        Poco despu&eacute;s regres&eacute;, en esta ocasi&oacute;n con la intenci&oacute;n de recorrer gran parte de Ucrania y contar como se estaba viviendo la guerra en diferentes lugares. La primera parte de la cobertura la hice junto a mi compa&ntilde;era Gabriela S&aacute;nchez y la segunda junto a Mari&aacute;ngela Paone. Durante semanas recorrimos el pa&iacute;s en trenes y coches: Le&oacute;pilis, Kiev, Jarkiv, Dnipro, Zaporiyia, Odesa&hellip; hablando con decenas de personas, entrando en barrios completamente destruidos por misiles y piezas de artiller&iacute;a, intentando transmitir a los lectores lo que suced&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        A mi regreso a Madrid no sabr&iacute;a si volver&iacute;a a Ucrania, bien porque el conflicto finalizase de alguna manera, o porque el peri&oacute;dico no volviese a enviarme. Pero, este a&ntilde;o, cuando se acercaba la fecha en la que se cumplir&iacute;a un a&ntilde;o de la invasi&oacute;n, Gabriela S&aacute;nchez me llam&oacute;&hellip; regres&aacute;bamos a Ucrania. Este viaje fue diferente. Tuvimos algo de tiempo para prepararlo mejor y, sobre todo, fuimos todo el rato de la mano de Bohdan, nuestro conductor y traductor, nuestro <em>fixer</em>. 
    </p><p class="article-text">
        En las anteriores coberturas normalmente trabaj&aacute;bamos con diferentes <em>fixer</em>, dependiendo de las zonas a las que fu&eacute;semos. Pero en esta ocasi&oacute;n, desde que entramos a Ucrania hasta que salimos, estuvimos con Bohdan. &Eacute;l es un peque&ntilde;o empresario de la regi&oacute;n de Le&oacute;polis. Habla espa&ntilde;ol perfectamente, adem&aacute;s de ucraniano y ruso. La primera noche la pasamos en su casa, a la que llegamos completamente empapados por la lluvia tras cruzar el paso fronterizo de Medyka. A la ma&ntilde;ana siguiente hicimos un reportaje con el testimonio de sus vecinos y conocidos, y despu&eacute;s preparamos todo lo necesario para nuestro largo viaje: unos 3.400 kil&oacute;metros en coche, desde Le&oacute;polis hasta Odesa, pasando por Kiev, Bucha, Jarkiv, Kramatorsk, Chasiv Yar o Jers&oacute;n. Casi siempre buscando las historias de los civiles, de los vecinos que viv&iacute;an en lugares arrasados por la artiller&iacute;a rusa. 
    </p><p class="article-text">
        Fue en un lugar as&iacute; donde hice la foto que os presento hoy. Llev&aacute;bamos ya tres d&iacute;as trabajando en Kramatorsk y en otra localidad m&aacute;s cercana al frente de Bajmut, Chasiv Yar. En ese tiempo hab&iacute;amos hablado con decenas de personas en un local donde se reun&iacute;an los pocos vecinos que a&uacute;n quedaban para pasar las horas, cargar sus tel&eacute;fonos m&oacute;viles o recoger algo de comida y le&ntilde;a; con un militar que hab&iacute;a vivido en Espa&ntilde;a durante a&ntilde;os y hab&iacute;a regresado a Ucrania para luchar; y con una se&ntilde;ora que cuidaba a una mujer muy mayor, con discapacidad, y que se pasaba todo el d&iacute;a sola en un viejo apartamento desde donde se escuchaban constantemente las explosiones. 
    </p><p class="article-text">
        Ese d&iacute;a quer&iacute;amos contar la historia de las personas evacuadas por la guerra. Aunque parezca incre&iacute;ble hay mucha gente que no abandona su casa, pese a que la artiller&iacute;a est&eacute; destruyendo todo su barrio, y resiste hasta el &uacute;ltimo momento. Alguna incluso hasta que es demasiado tarde para huir y termina muerta bajo los escombros. Para ello fuimos al &ldquo;punto de invencibilidad&rdquo; de Chasiv Yar. Los &ldquo;puntos de invencibilidad&rdquo; son lugares de encuentro y aprovisionamiento para la poblaci&oacute;n civil puestos en marcha por el Gobierno ucraniano. 
    </p><p class="article-text">
        En ese lugar nos encontramos con Vlad, voluntario que ayudaba a evacuar a los civiles. Nos coment&oacute; que justo ten&iacute;a que ir a buscar a una pareja de personas mayores cerca de all&iacute;. Gabriela, Bhodan y yo le seguimos. Cuando llegamos nos encontramos un edificio de dos plantas parcialmente destruido, con tablas de madera tapando todas las ventanas. Entramos por un pasillo oscuro y Vlad y otro voluntario llamaron a una puerta. Una mujer mayor abri&oacute; r&aacute;pidamente. Detr&aacute;s estaba Igor, su marido, con problemas de visi&oacute;n. Mientras tanto, no paraban de escucharse explosiones lejanas. Ella sali&oacute; primero y, despu&eacute;s, uno de los voluntarios cogi&oacute; del brazo a Igor para guiarlo hasta el exterior. Yo iba justo delante de &eacute;l, me adelant&eacute; y me agach&eacute; esperando que se acercaran, levant&eacute; la c&aacute;mara y clic&hellip; hice esta foto de c&oacute;mo sal&iacute;an. 
    </p><p class="article-text">
        Ya en el exterior los voluntarios ayudaron a Igor a subir a la furgoneta, donde le esperaba su mujer sentada en la parte de atr&aacute;s. No les dio tiempo a arrancar el motor cuando escuchamos un silbido y momentos despu&eacute;s una fuerte explosi&oacute;n. Esta vez s&iacute; hab&iacute;a ca&iacute;do muy cerca. Los voluntarios visiblemente nerviosos se montaron inmediatamente en el veh&iacute;culo y salieron de all&iacute;. Nosotros ten&iacute;amos el coche un poco m&aacute;s lejos. Sin perder ni un minuto empezamos a caminar y, cuando apenas hab&iacute;amos recorrido unos metros, volvimos a escuchar otro silbido sobre nuestras cabezas, esta vez m&aacute;s cerca. S&oacute;lo nos dio tiempo a tirarnos al suelo y otra fuerte explosi&oacute;n retumb&oacute; a nuestro alrededor. 
    </p><p class="article-text">
        Por suerte no nos pas&oacute; nada. Nos incorporamos llenos de barro y fuimos lo m&aacute;s r&aacute;pido que pudimos al coche para regresar al &ldquo;punto de invencibilidad&rdquo; y seguir el reportaje sobre evacuados de Chasiv Yar y Bajmut. Desde all&iacute; seguimos a Vlad por una carretera que estaba a tiro de la artiller&iacute;a rusa. &Iacute;bamos muy r&aacute;pido. Recorrimos los 30 kil&oacute;metros hasta Kramatorsk y, una vez all&iacute;, paramos a las puertas de un gran local acondicionado para recibir evacuados. All&iacute; pudimos sentarnos tranquilamente y conocer muchas historias de toda la gente que iba llegando. Por el momento estaban a salvo.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/evacuacion-igor-mujer-minutos-ataque-artilleria-rusa-durante-sangrienta-batalla-bajmut_1_10406408.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 14 Aug 2023 20:22:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La evacuación de Igor y su mujer minutos antes de un ataque de la artillería rusa durante la sangrienta batalla de Bajmut]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ucrania,Crisis Ucrania,Guerras,Rusia,Vladímir Putin,Volodímir Zelenski]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sanidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/sanidad_1_10406259.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ee3b1bad-b9f5-46c5-aaa8-12702dd071dd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sanidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El fotógrafo Olmo Calvo selecciona algunas de las imágenes más importantes que ha tomado durante la primera mitad del año y cuenta la historia que hay detrás de ellas</p><p class="subtitle">La manifestación por la sanidad pública en Madrid del 12 de febrero, en imágenes</p></div><p class="article-text">
        Cuando desde elDiario.es me pidieron que seleccionase cuatro fotograf&iacute;as que hubiese hecho a lo largo de los seis primeros meses del a&ntilde;o, y escribiese un texto sobre cada una de ellas, mi cabeza se llen&oacute; de dudas&hellip; &iquest;qu&eacute; cosas hab&iacute;a documentado con mi c&aacute;mara? &iquest;Eran suficientemente importantes? &iquest;Ser&iacute;a capaz de contar la historia que hab&iacute;a detr&aacute;s de cada imagen?
    </p><p class="article-text">
        Inmediatamente, y de manera inconsciente, hice un repaso mental de las historias que hab&iacute;a cubierto durante ese tiempo. Y constat&eacute;, una vez m&aacute;s, algo que repito muy a menudo: &ldquo;Uno hace las fotos que puede, no las que quiere&rdquo;. A veces la limitaci&oacute;n viene por los encargos que te hacen, otras por cuestiones personales y en ocasiones por lo que te dejan hacer. En mi caso se sumaron varios condicionantes: durante semanas estuve haciendo un mismo tema, la guerra en Ucrania, gran parte de los encargos que hice fueron entrevistas, absolutamente necesarias pero alejadas de la acci&oacute;n de las calles, y, a nivel personal, el d&iacute;a 11 de junio naci&oacute; Olea, mi segunda hija, algo que me absorbi&oacute; desde mucho antes del parto. Por lo tanto, las im&aacute;genes que ir&eacute; mostrando a lo largo de estas cuatro semanas, no son una selecci&oacute;n de las mejores fotograf&iacute;as de la primera mitad del a&ntilde;o, o de las noticias m&aacute;s populares, sino simplemente cuatro instant&aacute;neas que yo pude hacer y que, considero, cuentan cosas importantes.
    </p><p class="article-text">
        La primera de todas es una fotograf&iacute;a de una de las manifestaciones a favor de la sanidad p&uacute;blica que hubo en Madrid. <a href="https://www.eldiario.es/madrid/lucha-sanidad-publica-vuelve-calles-madrid-plena-crisis-atencion-primaria_1_9944628.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Concretamente la que se celebr&oacute; el pasado 12 de febrero</a>. La sanidad lleva siendo noticia mucho tiempo por diferentes motivos. Pero hay uno que se repite a lo largo de los a&ntilde;os: las denuncias de sindicatos, asociaciones profesionales y organizaciones sociales por<a href="https://www.eldiario.es/madrid/consulta-sanidad-madrilena-mesa-votacion-gente-nota-destrozo-publico_1_10132565.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> la falta de recursos y su progresiva privatizaci&oacute;n</a>.
    </p><p class="article-text">
        Una marea blanca que viene de lejos. En 2012, ante el plan de privatizar la gesti&oacute;n de hospitales y centros de salud del Gobierno de la Comunidad de Madrid, en manos de Ignacio Gonz&aacute;lez del Partido Popular,<a href="https://www.eldiario.es/sociedad/sanidad-marea-blanca-privatizacion_1_5849548.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> miles de personas salieron a las calles para protestar</a>. Las manifestaciones fueron hist&oacute;ricas y finalmente Javier Fern&aacute;ndez-Lasquetty, consejero de Sanidad, tuvo que renunciar a su plan y dimitir el 27 de enero de 2014.
    </p><p class="article-text">
        Nueve a&ntilde;os despu&eacute;s, con una presidenta de la Comunidad de Madrid tambi&eacute;n del Partido Popular, sus intenciones siguen siendo las mismas, precarizar y privatizar. Y la gente ha vuelto a responder, en esta ocasi&oacute;n desbordando la plaza de Cibeles. El d&iacute;a 12 de febrero, en la manifestaci&oacute;n en defensa de la sanidad p&uacute;blica, hubo 250.000 personas seg&uacute;n la Delegaci&oacute;n de Gobierno, y un mill&oacute;n seg&uacute;n los organizadores.
    </p><p class="article-text">
        Yo ese d&iacute;a me levant&eacute; temprano para ir a la manifestaci&oacute;n. Siempre que puedo intento llegar un rato antes de la hora de inicio. En esta ocasi&oacute;n la protesta empezaba a las 12 horas, y yo poco despu&eacute;s de las 11 ya estaba haciendo las primeras fotos. Hab&iacute;a cuatro lugares desde donde partir&iacute;an diferentes columnas para juntarse, a las 13 horas, en la Plaza de Cibeles. Escog&iacute; Nuevos Ministerios porque me gustaban las fotos que podr&iacute;an hacer a lo largo de ese recorrido. Despu&eacute;s de cubrir cientos de manifestaciones en esta ciudad, y de ver las fotos de muchas compa&ntilde;eras y compa&ntilde;eros a lo largo de los a&ntilde;os, puedes llegar a prever cosas as&iacute;. Adem&aacute;s, siendo la columna que sal&iacute;a desde la zona norte, tendr&iacute;amos la luz del sol ilumin&aacute;ndonos frontalmente todo el tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Las otras cabeceras saldr&iacute;an desde Legazpi, sur, Plaza de Espa&ntilde;a, oeste, y hospital de la Princesa, este.
    </p><p class="article-text">
        Desde el principio sab&iacute;a que la foto m&aacute;s importante era la que intentar&iacute;a hacer desde el Palacio de Cibeles. Todas las otras im&aacute;genes eran necesarias: pancartas, gente gritando, detalles&hellip; para documentar c&oacute;mo se desarrollar&iacute;a la protesta, pero la foto general desde Cibeles era imprescindible. Se trataba del lugar m&aacute;s alto justo en la plaza donde confluir&iacute;an las cuatro marchas. Isabel D&iacute;az Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, intentaba constantemente quitar importancia a las protestas y deslegitimar a convocantes y asistentes. Por lo que una imagen que pudiese mostrar la gran afluencia prevista servir&iacute;a para demostrar el apoyo masivo a la convocatoria. Pero no sab&iacute;a si me dejar&iacute;an hacerla. No obstante, compr&eacute; dos entradas para el mirador p&uacute;blico que hay en la torre, una de 13:00 a 13.30 horas y otra de 13:30 a 14:00 horas.
    </p><p class="article-text">
        No era la primera vez que hac&iacute;a algo as&iacute; para trabajar.<a href="https://www.eldiario.es/madrid/directo-ultima-hora-manifestacion-sanidad-publica-madrid_6_9707044.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> El 13 de noviembre de 2022</a> hubo una manifestaci&oacute;n pr&aacute;cticamente igual: en defensa de la sanidad p&uacute;blica, con cuatro columnas y final en la Plaza de Cibeles. Las cifras de asistentes fueron de 200.000 seg&uacute;n Delegaci&oacute;n de Gobierno y 670.000 seg&uacute;n los organizadores.
    </p><p class="article-text">
        En aquella ocasi&oacute;n plane&eacute; la cobertura exactamente igual, pero en vez de ir con la columna norte, fui con la columna sur. Todo fue bien durante la manifestaci&oacute;n, pero cuando intent&eacute; subir al mirador de Cibeles con mi entrada, un polic&iacute;a municipal encargado de la seguridad del edificio, despu&eacute;s de ver mi equipo fotogr&aacute;fico, me pregunt&oacute;, &ldquo;&iquest;eres periodista?&rdquo;. Yo, intuyendo por qu&eacute; me hac&iacute;a la pregunta, le contest&eacute;, &ldquo;soy una persona&rdquo;, a lo que &eacute;l me respondi&oacute;, &ldquo;persona y periodista. No puedes pasar&rdquo;. Mientras tanto decenas y decenas de personas, no periodistas, pasaban el control de seguridad y sub&iacute;an al mirador con su entrada. Yo segu&iacute; insistiendo una y otra vez, pero me encontraba con la misma respuesta. Hasta que apareci&oacute; un superior. &Eacute;l me habl&oacute; de una manera mucho m&aacute;s educada y me dijo que podr&iacute;a pasar pero que deber&iacute;a dejar absolutamente todo mi equipo en una taquilla. Yo me negu&eacute;, y despu&eacute;s de discutir un rato, &eacute;l me dijo: &ldquo;Puedes subir con tu equipo, pero d&eacute;jame tu DNI. Voy a apuntar todos tus datos y si publicas alguna foto hecha desde el mirador, y mis superiores me dicen algo, iniciaremos un proceso sancionador en tu contra&rdquo;. Era un aut&eacute;ntico abuso. Una vez arriba hice fotos con mi equipo y, lo primero que hice, fue mandarlas al peri&oacute;dico. Hab&iacute;an subido otros muchos compa&ntilde;eros fotoperiodistas, pero a todos les hab&iacute;an obligado a dejar sus c&aacute;maras abajo. Los polic&iacute;as de Cibeles ten&iacute;an &oacute;rdenes de no dejar pasar periodistas.
    </p><p class="article-text">
        Yo no sab&iacute;a si har&iacute;an lo mismo en esta ocasi&oacute;n. Estuve toda la manifestaci&oacute;n pensando en qu&eacute; suceder&iacute;a en el momento de intentar subir al mirador.
    </p><p class="article-text">
        Para mi sorpresa los mismos polic&iacute;as que me hab&iacute;an impedido el paso tres meses antes y que me hab&iacute;an advertido de las posibles consecuencias de publicar mis fotos, ten&iacute;an una actitud completamente diferente. Esta vez fueron muy amables y nos dejaron hacer nuestro trabajo. Pude subir con mi c&aacute;mara y hacer la foto que quer&iacute;a. Cuando llegu&eacute; hab&iacute;a mucha gente, turistas y algunos compa&ntilde;eros fotoperiodistas. Yo quer&iacute;a hacer la foto desde el centro de la terraza para tener una composici&oacute;n lo m&aacute;s equilibrada y sim&eacute;trica posible. Esper&eacute; a que hubiese un hueco, me met&iacute;, alc&eacute; la c&aacute;mara y CLIC&hellip; hice la foto que os presento hoy.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/sanidad_1_10406259.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 12 Aug 2023 20:06:53 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sanidad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Manifestaciones,Sanidad pública,Madrid,Privatizaciones,Sanidad privada,PP - Partido Popular]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La espera de Lyudmila por la Justicia un año después de la liberación de Bucha: "Mataron a mi marido en el patio de casa"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/espera-lyudmila-justicia-ano-despues-liberacion-bucha-mataron-marido-patio-casa_1_10097121.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8f3ba0e8-2d2d-43a2-af95-9a10d81453c7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La espera de Lyudmila por la Justicia un año después de la liberación de Bucha: &quot;Mataron a mi marido en el patio de casa&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El marido de Lyudmila Kizilov fue asesinado cuando salió unos minutos del sótano a hacer una llamada. Es uno de los casos investigados como posibles crímenes de guerra en Bucha</p><p class="subtitle">Cuando tu madre está bajo los escombros: 24 horas de angustia en el rescate de un edificio atacado por Rusia en Zaporiyia</p></div><p class="article-text">
        De pie sobre una explanada en la que apenas queda nada, en la calle Yablunska de Bucha, Lyudmila Kizilov se&ntilde;ala distintos puntos de lo que fue su hogar. La mujer desciende las escaleras del profundo s&oacute;tano donde se refugi&oacute; junto a su marido durante los primeros d&iacute;as de ocupaci&oacute;n rusa en la simb&oacute;lica ciudad. Y rompe a llorar: &ldquo;Valery, &iquest;por qu&eacute;? &iquest;por qu&eacute; te dej&eacute; subir?&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el s&oacute;tano no hab&iacute;a cobertura y Valery Kizilov, su marido, necesitaba hacer una llamada. El hombre subi&oacute; y ella le esper&oacute; bajo tierra. Cinco minutos despu&eacute;s, Lyudmila escuch&oacute; un disparo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llevaba d&iacute;as escuch&aacute;ndolos y no le dio gran importancia. Hasta que empezaron los gritos. &ldquo;Alguien se acerc&oacute; al s&oacute;tano. En ruso, dec&iacute;a: &lsquo;Qui&eacute;n est&aacute; en el s&oacute;tano, sal de all&iacute;&rsquo;. Hablaba de una forma muy agresiva. &lsquo;Sal del s&oacute;tano o metemos una granada, te matamos&rsquo;&rdquo;, recuerda Lyudmila. Ella sali&oacute; y se encontr&oacute; un soldado ruso armado. &ldquo;Le dije que no hab&iacute;a nadie m&aacute;s dentro y le pregunt&eacute; por mi marido. Por qu&eacute; no hab&iacute;a vuelto. Por qu&eacute; hac&iacute;a tiempo que no ven&iacute;a, pero &eacute;l no me respondi&oacute;. Solo me dijo que volviese al s&oacute;tano y me prohibi&oacute; salir de all&iacute;&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Lyudmila en el sótano donde estaba cuando asesinaron a su marido."
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                Lyudmila en el sótano donde estaba cuando asesinaron a su marido.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Aterrorizada, descendi&oacute; las escaleras hasta regresar a la oscuridad del s&oacute;tano. Lyudmila temblaba. Sent&iacute;a que hab&iacute;a pasado algo, pero se lo quitaba de la cabeza. &ldquo;Quiz&aacute; le est&aacute;n interrogando&rdquo;, se dec&iacute;a. Estaba muy preocupada, pensaba que estaba pasando algo, que no pod&iacute;a salir, que los rusos estaban en el pueblo, recordaba aquel disparo al que intentaba restar importancia. Pas&oacute; horas sola, angustiada entre sus pensamientos. Hasta que anocheci&oacute;. Hasta que no pudo m&aacute;s y decidi&oacute; salir en busca de su marido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cogi&oacute; la linterna y, consciente del riesgo, subi&oacute; las escaleras. Sab&iacute;a donde sol&iacute;a salir su marido a hablar por tel&eacute;fono y se empez&oacute; a dirigir hacia all&iacute;, arrastr&aacute;ndose por el suelo. Ten&iacute;a miedo de levantarme. Se mov&iacute;a con cuidado por debajo de las ventanas, cuenta. Comprob&oacute; que el vallado de su casa estaba roto. &ldquo;Segu&iacute; buscando. La casa tiene dos salidas y, cuando me acerqu&eacute; a la otra, encontr&eacute; a mi marido. Estaba muerto. Su cuerpo estaba tirado en el suelo. Ten&iacute;a un disparo en la cabeza&rdquo;, relata Lyudmila, en el sof&aacute; de la casa de su hijo, donde vive en la actualidad.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Lyudimla sale de la casa de su hijo, donde vive actualmente, para llevar comida a sus animales en la vivienda que quedó arrasada por la guerra                            </span>
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        &ldquo;Era de noche. Silencio total. Y yo estaba ah&iacute;, delante del marido, que estaba tumbado. Hab&iacute;a mucha sangre y yo estaba junto a &eacute;l, sola&rdquo;, recuerda la mujer, rota en l&aacute;grimas. Pas&oacute; toda la noche all&iacute;, paralizada, junto al cad&aacute;ver de su marido. &ldquo;Le puse las manos en buena posici&oacute;n, le cubr&iacute; la sangre con arena. Me qued&eacute; con &eacute;l, tocando su cabeza, d&aacute;ndole caricias y pidi&eacute;ndole perd&oacute;n por no evitar que saliese del s&oacute;tano&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El asesinato de Valery Kizilov es uno de los casos investigados por la Fiscal&iacute;a General de Ucrania como posibles cr&iacute;menes de guerra. El Gobierno ucraniano calcula que 637 civiles fallecieron en Bucha durante la ocupaci&oacute;n rusa. 1.400 murieron en los alrededores. &ldquo;Ucrania utilizar&aacute; su sistema judicial nacional para hacer rendir cuentas a &rdquo;la mayor&iacute;a de los asesinos y terroristas rusos&ldquo;, declar&oacute; Volod&iacute;mir Zelenski el pasado viernes en un acto que conmemor&oacute; el aniversario de la liberaci&oacute;n de la ciudad. El presidente record&oacute; que el pa&iacute;s se est&aacute; apoyando en la Corte Penal Internacional para buscar Justicia. 
    </p><h3 class="article-text">Una base enfrente de casa</h3><p class="article-text">
        El 5 de marzo de 2022, los soldados rusos obligaron a Lyudmila a caminar hasta la casa de su vecino, Vitaly Zivotovski, convertida en base de las tropas rusas, seg&uacute;n su relato, que coincide con la informaci&oacute;n publicada por el <a href="https://www.nytimes.com/2022/12/22/video/russia-ukraine-bucha-massacre-takeaways.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">New York Times</a> con im&aacute;genes de las c&aacute;maras de seguridad que sit&uacute;an la vivienda de Zivotovski como un punto clave de las tropas rusas durante los primeros d&iacute;as de ocupaci&oacute;n en Bucha.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me soltaron en el s&oacute;tano de una forma brutal. Me dejan all&iacute; con el vecino y con su hija. Los rusos ocupaban toda la casa y hab&iacute;a un punto de mando. En la habitaci&oacute;n grande hicieron el hospital. La casa estaba rodeada de veh&iacute;culos militares&hellip;&rdquo;, recuerda Lyudmila. Desde el s&oacute;tano, donde permaneci&oacute; hasta el 9 de marzo, escuchaba &oacute;rdenes lanzadas por los soldados rusos. Dos de ellos se apodaban Flakon y Uran, indica, coincidiendo con las grabaciones a las que accedi&oacute; el NYT.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Evacuaci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        El 8 de marzo, su hija, que viv&iacute;a en otra zona de Bucha, fue a buscar a su madre. &ldquo;No sab&iacute;a qu&eacute; estaba pasando, d&oacute;nde estaba yo. Ella ya sab&iacute;a que su padre hab&iacute;a muerto, pero hac&iacute;a tiempo que no lograba contactar conmigo&rdquo;, explica Lyudmila. La hija ten&iacute;a planes de evacuarse junto a su familia pero no lo har&iacute;a sin su madre, por lo que atraves&oacute; el pueblo a pesar de la ocupaci&oacute;n rusa. &ldquo;Pas&oacute; al lado de toda la gente muerta, que estaba en las calles, para ir buscarme. Hab&iacute;a muchos controles rusos y era muy peligroso. Iba con una s&aacute;bana blanca en la espalda&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lleg&oacute; a la casa de Vitaly y pregunt&oacute; por su madre. Los rusos le dijeron que estaba en el s&oacute;tano. &ldquo;Cuando sal&iacute; y la vi, volv&iacute; a entrar en estado de <em>shock</em>, volv&iacute; a sentir mucho p&aacute;nico al ver que mi hija hab&iacute;a venido hasta aqu&iacute;. Me daba miedo que la disparasen a ella tambi&eacute;n, que se pusiese en peligro al venir a esa zona, que estaba lleno de soldados rusos&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La hija pregunt&oacute; a los rusos si le permit&iacute;an llevarse a su madre. Ellos dijeron que s&iacute;. Pero Lyudmila vio que el cuerpo de su marido segu&iacute;a tirado en el mismo sitio donde lo hab&iacute;a visto por &uacute;ltima vez. Los rusos le ofrecieron enterrar ellos el cuerpo y ella acept&oacute;. &ldquo;Le di la pala a los rusos y les ense&ntilde;&eacute; el sitio donde pod&iacute;an enterrarle. Ellos excavaron un hoyo. Les di una manta roja, lo envolvieron en ella y lo enterraron en el patio de su casa.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                El lugar del patio de la casa de Lyudmila donde fue enterrado su marido.                            </span>
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        Despu&eacute;s de recoger algo de ropa en casa, huy&oacute; a otra zona de Bucha, m&aacute;s tranquila. Quer&iacute;an viajar a Kiev al d&iacute;a siguiente. &ldquo;Nos dejaron salir por una calle secundaria, porque la que se utiliza habitualmente estaba llena de personas muertas&hellip;&rdquo;. Lograron llegar a la capital ucraniana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A principios de abril de 2022, las tropas rusas retrocedieron y el ej&eacute;rcito ucraniano recuper&oacute; Bucha. Pero entonces, Lyudmila a&uacute;n tem&iacute;a volver a casa. Evit&oacute; hacerlo hasta el 22 de abril, cuando le mandaron una foto en la que aparec&iacute;a el cuerpo de su marido exhumado en el patio de su casa. &ldquo;No entend&iacute;a qui&eacute;n lo hab&iacute;a hecho y volv&iacute;&rdquo;, sostiene la mujer, quien luego entendi&oacute; el proceso emprendido por las autoridades ucranianas para identificar los cuerpos e investigar los cr&iacute;menes de guerra. &ldquo;Justo ese d&iacute;a, a mi llegada, hab&iacute;an enviado un coche con varios cuerpos. Nos dieron la direcci&oacute;n de varias morgues y le encontramos. Segu&iacute;a envuelto con la misma manta roja&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Lyudmila, frente a la tumba de su marido, asesinado durante la ocupación rusa en Bucha                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Tras la identificaci&oacute;n, el d&iacute;a 27 de abril, recuperaron el cuerpo de Valery, y la familia pudo celebrar el entierro oficial, en el cementerio de Bucha. Poco menos de once meses despu&eacute;s, Lyudmila visita la tumba de su marido. A&uacute;n no tiene una l&aacute;pida. Sobre una monta&ntilde;a de arena, se levanta una cruz de madera, con una foto de Valery Kizilov. &ldquo;Perdona, que no te he tra&iacute;do nada&rdquo;, dice frente a la tumba. La mujer acaricia la imagen de su marido y rompe a llorar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Valery muri&oacute; a los 69 a&ntilde;os. Trabaj&oacute; casi toda su vida como aut&oacute;nomo en Bucha, donde regentaba una cafeter&iacute;a y una tienda de alimentaci&oacute;n. &ldquo;Era muy activo, guapo, fuerte, con salud buena, un hombre listo, con estudios&rdquo;, describe su mujer, con una sonrisa mojada por las l&aacute;grimas. Ense&ntilde;a la foto de su pasaporte y busca en su m&oacute;vil una de los dos juntos, captada uno de esos d&iacute;as cualquiera que ahora recuerda extraordinarios.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gabriela Sánchez, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/espera-lyudmila-justicia-ano-despues-liberacion-bucha-mataron-marido-patio-casa_1_10097121.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 04 Apr 2023 20:47:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La espera de Lyudmila por la Justicia un año después de la liberación de Bucha: "Mataron a mi marido en el patio de casa"]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La presentación del proyecto de Yolanda Díaz, en imágenes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/presentacion-proyecto-yolanda-diaz-imagenes_3_10090227.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/890eeeef-827e-49e4-9fdc-da4ef46debec_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La presentación del proyecto de Yolanda Díaz, en imágenes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Al multitudinario acto de Sumar, celebrado en el Polideportivo Magariños de Madrid, han acudido personalidades como Ada Colau, Íñigo Errejón, Alberto Garzón, Mónica García o Jorge Javier Vázquez, entre otros</p><p class="subtitle">Yolanda Díaz presenta su proyecto para unir a la izquierda: “Quiero ser la primera presidenta de España”
</p></div><p class="article-text">
        Yolanda D&iacute;az <a href="https://www.eldiario.es/politica/yolanda-diaz-presenta-proyecto-unir-izquierda-quiero-primera-presidenta-espana_1_10089914.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ha anunciado este domingo su candidatura</a> para las pr&oacute;ximas elecciones generales: &ldquo;Quiero ser la primera presidenta de mi pa&iacute;s, quiero ser la primera presidenta de Espa&ntilde;a&rdquo;. En el multitudinario acto del proyecto Sumar, celebrado en el Polideportivo Magari&ntilde;os de Madrid, la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo ha asegurado que puede ser &ldquo;&uacute;til para nuestro pa&iacute;s&rdquo;: &ldquo;Por eso, humildemente, voy a dar un paso adelante&rdquo;. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/presentacion-proyecto-yolanda-diaz-imagenes_3_10090227.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 02 Apr 2023 13:45:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La presentación del proyecto de Yolanda Díaz, en imágenes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Yolanda Díaz,Sumar,Alberto Garzón,Ada Colau,Mónica García]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Descargas eléctricas, el himno de Rusia y gritos de "viva Putin": los centros de detención rusos durante la ocupación de Jersón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/descargas-electricas-himno-rusia-gritos-viva-putin-centros-detencion-rusos-durante-ocupacion-jerson_1_10029113.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f2c64832-162e-4fcd-8b86-7af05b1b803a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Descargas eléctricas, el himno de Rusia y gritos de &quot;viva Putin&quot;: los centros de detención rusos durante la ocupación de Jersón"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un grupo de investigadores de crímenes de guerra concluyó a principios de marzo que una red de al menos 20 centros de tortura en la región de Jersón fue "planeada y financiada directamente por el Estado ruso"</p><p class="subtitle">Diario clandestino de una adolescente ucraniana durante la ocupación rusa de Jersón
</p></div><p class="article-text">
        La artiller&iacute;a lanzada desde el otro lado del r&iacute;o Dni&eacute;per resuena en los alrededores de una peque&ntilde;a tienda de ultramarinos de Jers&oacute;n, mientras Tatiana Dmitrona sale del comercio a paso lento, abrazada a una barra de pan. Con una bolsa en su otra mano, pasa por delante de un port&oacute;n metalizado coronado con alambre de cuchillas, y contin&uacute;a el camino hacia su vivienda. El rugido de las explosiones ya no le asusta, pero los gritos desgarradores, escuchados cada d&iacute;a desde el sal&oacute;n de su casa durante <a href="https://www.eldiario.es/internacional/rusia-dice-retirado-tropas-ciudad-ucraniana-jerson_1_9702260.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">los meses de ocupaci&oacute;n rusa en la ciudad</a>, no llegan a dejar de sonar en su cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Los constantes chillidos proced&iacute;an del otro lado del port&oacute;n gris, del otro lado del muro situado frente a la casa de Tatiana, desde donde la mujer de 75 a&ntilde;os escuchaba los aullidos de dolor de hombres y mujeres encerrados en uno de los centros donde oficiales rusos detuvieron y torturaron a civiles ucranianos, seg&uacute;n la Fiscal&iacute;a regional de Jers&oacute;n. Un grupo de <a href="https://www.reuters.com/world/europe/torture-chambers-ukraines-kherson-financed-by-russian-state-investigators-2023-03-02/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">investigadores de cr&iacute;menes de guerra</a> concluy&oacute; a principios de marzo que una red de al menos 20 centros de tortura en la regi&oacute;n de Jers&oacute;n, al sur de Ucrania, fue &ldquo;planeada y financiada directamente por el Estado ruso&rdquo;. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Tatiana camina hacia su casa, situada frente a uno de los centros de detención rusos.                            </span>
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        Detr&aacute;s de las paredes de uno de esos centros, grit&oacute; Viacheslav Lukashchuk. Su sonrisa remolona, la que dice ser su se&ntilde;a de identidad, no logra ocultar el dolor de los siete d&iacute;as que pas&oacute; detenido por las autoridades rusas durante la ocupaci&oacute;n de Jers&oacute;n. Junto a una cancha de baloncesto donde acaba de jugar una pachanga, Lukashchuk muestra un v&iacute;deo. En la pantalla aparece la bandera rusa. Los colores blanco, azul y rojo preceden a la imagen de un grafiti plasmado en un muro de Jers&oacute;n durante los d&iacute;as de ocupaci&oacute;n: &ldquo;Gloria a las tropas ucranianas&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Un hombre, de espaldas, agarra un rodillo y lo sumerge en un cubo de pintura verde. Empieza a borrar la inscripci&oacute;n, mientras una voz en <em>off </em>habla de &ldquo;v&aacute;ndalo&rdquo;, de &ldquo;pintada extremista&rdquo; y de &ldquo;arrepentimiento&rdquo;. En la parte inferior de la pantalla, un r&oacute;tulo advierte de que se trata de la televisi&oacute;n difundida por la autoproclamada autoridad rusa en Jers&oacute;n durante los meses de ocupaci&oacute;n. El joven, con aspecto demacrado, dice ante la c&aacute;mara: &ldquo;Me siento culpable por esto y en el futuro esto no volver&aacute; a pasar&rdquo;.&nbsp;
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=x8j2f86" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
         Viacheslav guarda su tel&eacute;fono de nuevo y tuerce su sonrisa. &ldquo;Este soy yo&rdquo;, dice el joven ucraniano de 27 a&ntilde;os, casi seis meses despu&eacute;s de la grabaci&oacute;n forzada del v&iacute;deo por parte de los funcionarios rusos. Tras siete d&iacute;as de cautiverio, en los que asegura haber sido v&iacute;ctima de tortura y pr&aacute;cticas abusivas, sus carcelarios le permitieron volver a casa con la condici&oacute;n de tachar, delante de la c&aacute;mara, una de sus habituales pintadas de apoyo a Ucrania. El v&iacute;deo fue difundido como parte del aparato de propaganda rusa en la regi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Pero Viacheslav insiste en empezar por el principio. Cuenta su detenci&oacute;n despacio, en un relato plagado de detalles. El 12 de septiembre de 2022, su hermana le avis&oacute; de que &ldquo;los rusos&rdquo; se acercaban a su casa. Durante las semanas anteriores, hab&iacute;a realizado distintas pintadas por la ciudad en apoyo a las fuerzas armadas ucranianas, una estrategia impulsada por civiles de Jers&oacute;n para evidenciar su resistencia a la ocupaci&oacute;n, que finaliz&oacute; en noviembre del a&ntilde;o pasado cuando Kiev recuper&oacute; la ciudad.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Vratislav denuncia haber sido víctima de tortura durante la ocupación rusa de Jersón.                            </span>
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        Sab&iacute;a que podr&iacute;a tener consecuencias. Eran diez militares, recuerda. &ldquo;Preguntaron directamente por m&iacute;&rdquo;, dice el joven. Requisaron la documentaci&oacute;n de todas las personas que estaban en su casa en ese momento: &eacute;l, su madre, su novia, su hermana y un amigo. &ldquo;Registraron nuestros tel&eacute;fonos. En una conversaci&oacute;n con mi novia, vieron que hab&iacute;amos comentado algo de la muerte de un colaborador &ndash;un ciudadano de Jers&oacute;n que colaboraba con la ocupaci&oacute;n rusa&ndash;&rdquo;. Empezaron los golpes: &ldquo;Un militar ruso me dio con el codo en la cabeza. Me dio otro golpe, ca&iacute; al suelo. Me levant&eacute;, me dio otra vez. Y otra vez. Me empez&oacute; a golpear en las piernas, me pusieron de rodillas, me pegaban por todas las partes&rdquo;. Su familia contemplaba la escena en el sal&oacute;n de su casa, sin poder hacer nada.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Posible tortura en el sal&oacute;n de su casa</h3><p class="article-text">
        Un militar ruso sali&oacute; de la habitaci&oacute;n de Viacheslav con una camisa, de estampado militar, en la mano. &ldquo;&iquest;De qui&eacute;n es esto?&rdquo;, pregunt&oacute;, recuerda el joven. &ldquo;Era m&iacute;a, de cuando hice el servicio militar obligatorio antes de la guerra.&nbsp;Y se lo dije&rdquo;, relata. Le golpearon a&uacute;n m&aacute;s. &ldquo;Me acusaban de muchas cosas y no era capaz ni de entender por qu&eacute;. Me culparon de ser colaborador del Ej&eacute;rcito y de enviar coordenadas de las posiciones rusas&rdquo;, cuenta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Estaban sacando los cuchillos. Me amenazaban con que iban a cortarme las orejas delante de mi familia, dentro de mi casa. Cuando me cog&iacute;an la oreja, yo me resist&iacute;a para evitarlo, pero me ataron las manos. Me acosaban de nuevo, me hac&iacute;an preguntas. Me preguntaban qui&eacute;n recaudaba dinero para las tropas ucranianas. Met&iacute;an y sacaban las balas de la pistola, presion&aacute;ndome todo el tiempo&rdquo;, recuerda el joven.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Uno de ellos se acerc&oacute;. Puso la pierna entre el cuello y el pecho. Estaba presionando, intentando asfixiarme. Despu&eacute;s se calm&oacute; un poco, pero luego se fij&oacute; en una bolsa de pl&aacute;stico que estaba cerca. Me la puso encima de la cabeza. Y cerr&oacute; la bolsa. Sent&iacute;a que me asfixiaba&rdquo;, contin&uacute;a. &ldquo;Al principio me estaba apretando el cuello con las manos, pero luego me cogi&oacute; de la garganta, como si intentase arrancarme la nuez. Tiraba y tiraba&rdquo;, dice el ucraniano. 
    </p><p class="article-text">
        Parece necesitar soltar todo, cada detalle de los abusos y posibles torturas sufridos antes de llegar al centro de detenci&oacute;n. &ldquo;Luego se acercaban todos, sacaban los cuchillos, me pegaban con el arma. Bromeaban entre ellos a mi costa: 'venga, que ser&iacute;a mi cuarta oreja'. Otro contestaba: 'la m&iacute;a, la sexta'&rdquo;, detalla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hasta que, cuenta Viacheslav, un agente del servicio de inteligencia ruso entr&oacute; de nuevo en el sal&oacute;n: &ldquo;Es nuestro. Vamos a llev&aacute;rnoslo&rdquo;. Le dijeron que cogiese un gorro. No sab&iacute;a para qu&eacute;. Pronto lo descubrir&iacute;a.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">El centro de tortura</h3><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de obligarle a visitar distintos puntos donde hab&iacute;a pintado grafitis, que tuvo que borrar y sustituir por una &ldquo;Z&rdquo; roja [el s&iacute;mbolo atribuido al Ej&eacute;rcito del Kremlin], Viacheslav lleg&oacute; al centro de detenci&oacute;n. &ldquo;Me metieron en una habitaci&oacute;n oscura. Me dejaron ah&iacute; y me dijeron: 'te quedas ah&iacute; quieto o disparamos'. Pensaba que me iban a matar&rdquo;, recuerda el ucraniano, a quien cortaron la goma que sujetaba su pantal&oacute;n para que se le cayese. &ldquo;Me dec&iacute;an: 'Estos hombres llevan mucho tiempo sin estar con una mujer. Te van a follar'&rdquo;, relata. Despu&eacute;s de golpearle una decena de veces con una porra en las piernas, le metieron en su celda, siempre seg&uacute;n su relato. Era una c&aacute;mara con tres camas, donde deb&iacute;an dormir siete personas, por lo que deb&iacute;an hacer turnos para descansar.
    </p><p class="article-text">
        Lukashchuk cometi&oacute; un error: mirar a los ojos a uno de los soldados rusos: &ldquo;Me dijo: '&iquest;Por qu&eacute; me est&aacute;s mirando?'. Uno de los agentes me golpe&oacute; en la espalda y me ca&iacute; dentro de la habitaci&oacute;n. No sab&iacute;a qu&eacute; hacer, c&oacute;mo comportarme, entonces pregunt&eacute; a los compa&ntilde;eros de celda. Hasta llegu&eacute; a preguntar si me pod&iacute;a sentar en la cama. Todo me daba miedo&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pronto supo c&oacute;mo deb&iacute;a comportarse los prisioneros para reducir las posibilidades de ser agredido. Seg&uacute;n la experiencia de Viacheslav, los detenidos no pod&iacute;an mirar a la cara ni a los ojos del personal del centro, que sol&iacute;a ir con el rostro semicubierto con pasamonta&ntilde;as negro. Lo primero que deb&iacute;a hacer a su llegada, le dijo un compa&ntilde;ero, era aprenderse el himno de Rusia. &ldquo;Cuando entraban agentes del centro, todos ten&iacute;amos que levantarnos y mirar la ventana. Y todos ten&iacute;amos que gritar a la vez: 'Gloria a Putin, gloria a Shoig&uacute; [Sergu&eacute;i Shoig&uacute;, ministro de Defensa ruso] y gloria a Rusia&rdquo;, explicita.&nbsp;
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                Boris, otro de los hombres detenidos en el centro, que asegura haber sido torturado                            </span>
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        En otro punto de la ciudad, Boris (nombre ficticio), otro civil que asegura haber pasado por el mismo centro de detenci&oacute;n, relata la misma din&aacute;mica: &ldquo;Siempre ten&iacute;amos que decir 'gloria a Putin, gloria Shoig&uacute; y gloria a Rusia'. Te obligaban a aprender el himno de Rusia...&rdquo;. &Eacute;l fue detenido, precisamente, por negarse a dec&iacute;rselo a unos agentes rusos en el exterior del centro. &ldquo;Vivo cerca de este centro y, la primera vez, me pararon y me obligaron a decirlo. No lo hice y me encerraron&rdquo;, recuerda. La primera vez fue detenido cinco d&iacute;as. La segunda, 24 horas. Luego, fue trasladado a otro centro ubicado en los alrededores de la ciudad, donde estuvo un mes. 
    </p><p class="article-text">
        Se agacha y levanta su pantal&oacute;n. Boris muestra las marcas que a&uacute;n guarda de sus d&iacute;as en las prisiones rusas. Las aprieta con sus dedos. A&uacute;n sale pus de las costras. &ldquo;Esto me lo hicieron con descargas el&eacute;ctricas. Todav&iacute;a no est&aacute; curado&rdquo;, sostiene el hombre, quien asegura tener las mismas heridas en su espalda.  
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Las marcas de la pierna de Boris (nombre ficticio) tras pasar por el centro de detención. Según asegura, los soldados rusos se lo hicieron con descargas eléctricas"
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                Las marcas de la pierna de Boris (nombre ficticio) tras pasar por el centro de detención. Según asegura, los soldados rusos se lo hicieron con descargas eléctricas                            </span>
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        &ldquo;A veces te tumbaban en el suelo, pon&iacute;an una toalla h&uacute;meda en la cara, conectan un cable en la mano y otro sobre el pene. Y, entonces, encienden la corriente. Cuando vert&iacute;an agua sobre la toalla, sent&iacute;a que me ahogaba. No hay palabras para describir c&oacute;mo duele&rdquo;, detalla Boris para ejemplificar la tortura que asegura haber sufrido en el mismo centro que Viacheslav. Ambos hombres, desconocidos entre s&iacute;, calculan que hab&iacute;a unos 130 detenidos en el momento en el que pasaron por este centro. 
    </p><p class="article-text">
        Salir de la celda exig&iacute;a un ritual. &ldquo;Los hombres me explicaron que, cuando abr&iacute;an los agentes, ten&iacute;amos que salir al pasillo, ponernos el gorro en los ojos para no ver nada. Ten&iacute;amos que salir, agachados y con las manos a la espalda. Preparados para que te llevasen a alg&uacute;n sitio&rdquo;, contin&uacute;a Viacheslav. As&iacute; fue como le trasladaron a los despachos donde, el primer d&iacute;a, fue interrogado en dos ocasiones. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En cada sala vi manchas de sangre en las paredes. Me hicieron varias fotos y me revisaron todos los tatuajes. Luego pasaban las im&aacute;genes de los tatuajes por una especie de esc&aacute;ner, en el ordenador, para comprobar si coincid&iacute;an con algunos s&iacute;mbolos&rdquo;, dice. En los interrogatorios le preguntaban por los nombres de militares, jueces, polic&iacute;as. Le ped&iacute;an direcciones, informaci&oacute;n sobre las posiciones ucranianas&hellip; Dijo no saber ninguna de las respuestas, cuenta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La segunda vez, me dijeron: 'Si no nos dicen nada que nos interese, nos ocupamos de tu madre. Pero no dije nada&rdquo;, recuerda. Tras ese interrogatorio,Viacheslav Lukashchuk pas&oacute; siete d&iacute;as encerrado en el centro sin salir de la celda. Al s&eacute;ptimo d&iacute;a, le llamaron. &ldquo;Sal&iacute;, me agach&eacute;, me puse el gorro, puse mis manos por detr&aacute;s. Algunos me dec&iacute;an que deb&iacute;a bajar la cabeza al m&aacute;ximo, pero un soldado me dijo que por qu&eacute; agachaba tanto la cabeza&rdquo;, rememora, evidenciando su miedo a cualquier movimiento que pudiese molestar. &ldquo;Me bajaron a la primera planta. Uno de los agentes me levant&oacute; la gorra para que yo pueda ver. Vi que ten&iacute;a mi pasaporte y me pregunt&oacute;: &lsquo;&iquest;Qu&eacute; tal? &iquest;Has acogido al mundo ruso? &iquest;Ya est&aacute;s de acuerdo con el mundo ruso? &iquest;Quieres volver a casa?&rdquo;, cuenta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Le dijo que s&iacute;, que quer&iacute;a volver a casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de acudir a borrar otra pintada de apoyo a las fuerzas ucranianas, la que sale reflejada en el v&iacute;deo publicado en medios rusos, el joven fue abandonado en un punto m&aacute;s o menos pr&oacute;ximo a su casa. Primero camin&oacute; hasta casa de su novia, quien hab&iacute;a sido retenida durante un d&iacute;a, para comprobar que estaba bien. Lo estaba y, juntos, fueron a su vivienda: &ldquo;Vi que mi madre estaba recogiendo algo al lado de casa. Cuando vi que era ella estaba feliz. Estir&eacute; los brazos. Se dio la vuelta y, al ver que estaba delante, se puso de rodillas y se puso a llorar. Ya estaba en casa&rdquo;.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gabriela Sánchez, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/descargas-electricas-himno-rusia-gritos-viva-putin-centros-detencion-rusos-durante-ocupacion-jerson_1_10029113.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 Mar 2023 21:33:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Descargas eléctricas, el himno de Rusia y gritos de "viva Putin": los centros de detención rusos durante la ocupación de Jersón]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ucrania,Crisis Ucrania,Rusia,Vladímir Putin,Guerras,Volodímir Zelenski]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Desfile de blindados, la tienda de Vardan y un té entre las bombas: una mañana en la calle que lleva al frente de Bajmut]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/desfile-blindados-tienda-vardan-bombas-manana-calle-lleva-frente-bajmut_1_10023960.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/18fc1e5f-c130-4fcf-8d06-2251b74e52c6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Desfile de blindados, la tienda de Vardan y un té entre las bombas: una mañana en la calle que lleva al frente de Bajmut"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ante el avance ruso en Bajmut, la situación de los vecinos que permanecen en las zonas colindantes de Chasiv Yar, donde los bombardeos son constantes, es cada vez más incierta</p><p class="subtitle">Qué está pasando en Bajmut y qué importancia tiene en la guerra de Ucrania</p></div><p class="article-text">
        Una caja bien embalada, protegida bajo una mesa robusta, guarda la antigua y valiosa vajilla de la madre de Lyudmila. Desde que los bombardeos se multiplicaron en Chasiv Yar, una de las localidades m&aacute;s pr&oacute;ximas al <a href="https://www.eldiario.es/internacional/pasando-bajmut-importancia-guerra-ucrania_1_10010848.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">frente de Bajmut</a>, la mujer de 63 a&ntilde;os empaquet&oacute; las elegantes piezas de porcelana sovi&eacute;tica, de las que &ldquo;ya no se encuentran&rdquo;, para evitar su p&eacute;rdida en caso de bombardeo. La se&ntilde;ora llam&oacute; a un grupo de voluntarios para trasladar a sus mascotas a lugar m&aacute;s seguro. Pero ella se qued&oacute;. 
    </p><p class="article-text">
        Lyudmila no se ha ido de su hogar, localizado en una carretera secundaria que dirige a la <a href="https://www.eldiario.es/internacional/huida-bajmut-fuego-ruso-no-cesa-no-creo-vivo_1_9996211.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">asediada ciudad de Bajmut</a> desde Chasiv Yar, un camino por donde el trasiego de blindados ucranianos es constante, un objetivo habitual de los proyectiles rusos, ubicado en la segunda l&iacute;nea de frente. A su alrededor varias casas han sido da&ntilde;adas por el impacto de artiller&iacute;a. A unos metros de la puerta de su hogar, los mordiscos dibujados en la carretera por los proyectiles rusos recuerdan el riesgo ligado a su permanencia.&nbsp; El incesante fuego cruzado sacude las paredes y el suelo de su vivienda.
    </p><p class="article-text">
        Un vecino grita y alerta del mayor riesgo despertado en la zona, pero la se&ntilde;ora no reacciona a sus advertencias. Lyudmila, enfundada en una bata de estar en casa, bebe un sorbo m&aacute;s de una de las pocas tazas de t&eacute; que no ha protegido de la guerra. Habla de un restaurante de sushi donde trabaj&oacute; su hija. Y luego recuerda a la protagonista de una conocida obra de ballet.&nbsp;
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         &ldquo;No tengo miedo. Ya he vivido mis a&ntilde;os, he vivido bien, no tengo miedo&rdquo;, repite la sexagenaria, sentada en la mesa que corona un sal&oacute;n oscuro ante la falta de gas y electricidad. Se preocupa por su porcelana y por sus mascotas, pero no teme por su propia vida.
    </p><p class="article-text">
         Est&aacute; preparada para lo que pueda pasar. &ldquo;No salgo a ninguna parte. Ahora nos atacan mucho, en cualquier momento puede caer aqu&iacute; y no habr&aacute; nada ya&rdquo;, reflexiona con rotundidad, mientras se mueve acelerada por la casa en busca de algo de comida que poner sobre la mesa. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La ofensiva rusa, encabezada&nbsp;<a href="https://www.eldiario.es/internacional/minas-sal-mercenarios-wagner-feroces-combates-batalla-pequena-ciudad-ucraniana-soledar_1_9854404.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">por el grupo de mercenarios Wagner</a>, ha logrado avanzar lentamente en las &uacute;ltimas semanas en un intento de rodear Bajmut con un asalto desde el este, el norte y el sur. Se trata de una ciudad situada al noreste de la regi&oacute;n de Donetsk que ha sido, desde el pasado verano, foco de una encarnizada y costosa batalla que ha da&ntilde;ado la localidad, como muestran numerosas im&aacute;genes de edificios calcinados y destruidos. 
    </p><p class="article-text">
        Hay explosiones constantes y combates callejeros en algunas &aacute;reas, pero las fuerzas ucranianas todav&iacute;a controlan la ciudad. Las autoridades ucranianas han dicho que seguir&aacute;n defendiendo a Bajmut por ahora.&nbsp;Este lunes, tras una reuni&oacute;n del Estado Mayor, la presidencia de Zelenski inform&oacute; de que los altos mandos abogaron por continuar la defensa de Bajmut y fortalecer &ldquo;a&uacute;n m&aacute;s&rdquo; las posiciones ucranianas all&iacute;. M&aacute;s tarde,&nbsp;<a href="https://www.president.gov.ua/en/news/okupant-ubivaye-za-sam-fakt-sho-mi-ukrayinci-za-odne-slovo-p-81473" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en su discurso nocturno</a>, el presidente dijo que los principales generales acordaron por unanimidad continuar, &ldquo;no retirarse&rdquo; y reforzar las defensas ucranianas.
    </p><p class="article-text">
        De caer Bajmut, el frente podr&iacute;a desplazarse a localidades pr&oacute;ximas como Chasiv Yar, cuya posici&oacute;n m&aacute;s elevada podr&iacute;a favorecer la defensa de las tropas ucranianas, apuntan algunos analistas. Las autoridades tratan de convencer a los civiles que a&uacute;n permanecen en la ciudad para ser evacuados, pero cientos de habitantes, la mayor&iacute;a ancianos, se niegan. Muchos no pueden ni refugiarse en los s&oacute;tanos de sus edificios, ya que a excepci&oacute;n de aquellos que pertenecen a viviendas unifamiliares, est&aacute;n ocupados por los soldados ucranianos desplegados para defender Bajmut. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Un tanque ucraniano atraviesa una calle de Chasiv Yar, donde vive Lyudmila, con dirección a Bajmut"
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            <span class="title">
                Un tanque ucraniano atraviesa una calle de Chasiv Yar, donde vive Lyudmila, con dirección a Bajmut                            </span>
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        Lyudmila, y tantas otras vecinas, siguen en sus trece. Cuenta que su hija se encuentra en una ciudad ocupada por las tropas rusas -que prefiere no detallar por razones de seguridad-, que la escribe preocupada y la insiste en la evacuaci&oacute;n. Y ella vuelve a decirle que no. Que quiere quedarse en la casa donde naci&oacute; su madre y donde la vio morir. 
    </p><p class="article-text">
        Pero las l&aacute;grimas de Lyudmila se despiertan cuando habla su nieta. Cuando la se&ntilde;ora la menciona, el caparaz&oacute;n fabricado para resistir el rev&eacute;s de la guerra parece agrietarse por unos segundos. Qu&eacute; ganas tiene de verla otra vez. La joven, de 28 a&ntilde;os, huy&oacute; a Rusia, no por razones ideol&oacute;gicas sino por necesidad: &ldquo;Quer&iacute;a proteger a sus hijos y all&iacute; ten&iacute;a familiares que pod&iacute;an ayudarla&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Lyudmila prepara el té en su cocina de leña                            </span>
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        Desde Mosc&uacute;, su nieta celebra haber podido hablar con su abuela hace dos d&iacute;as. &ldquo;Estoy muy preocupada por ella. La amo mucho&rdquo;, dice la veintea&ntilde;era a elDiario.es a trav&eacute;s de mensaje. Tambi&eacute;n le pide que salga del agujero negro en el que se encuentra, pero su abuela mantiene su decisi&oacute;n. &ldquo;Mi nieta me dice 'Abuela te quiero mucho, quiero verte mucho. Si te pasa algo voy a ir, voy a quitar escombros con mis manos, voy a buscarte&rsquo;&rdquo;, detalla Lyudmila desbordada de emoci&oacute;n. &ldquo;Se me quema el alma con todo lo que est&aacute; pasando&rdquo;.&nbsp;Pero la mujer se retira las l&aacute;grimas r&aacute;pidamente y corre a sonre&iacute;r: &ldquo;&iquest;M&aacute;s t&eacute;?&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Lyudmila dice no pasar hambre gracias a la ayuda humanitaria. Si algo le falta, acude a la tienda de Vardan. En esa misma calle convertida en una ruta de entrada y salida al frente de Bajmut, una peque&ntilde;a mesa de madera se tambalea ante el paso acelerado de los blindados con direcci&oacute;n a la ciudad asediada por las tropas rusas. Sobre ella hay una decena de botellas de refrescos y bebidas energ&eacute;ticas. Nadie espera tras el mostrador improvisado, para encontrar al tendero hay que llamar a la puerta de un peque&ntilde;o habit&aacute;culo construido a base de ladrillo y madera. En su interior, dos hombres comen un plato caliente, y una barra acumula varias barras de pan y pizzas precocinadas. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                La tienda de Vardan, próxima al frente de Bajmut                            </span>
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        Es la peque&ntilde;a tienda creada en plena guerra por Vardan Hosryan, un hombre armenio de 48 a&ntilde;os. En verano, un bombardeo arras&oacute; la finca y el ganado con los que se ganaba la vida. En oto&ntilde;o, construy&oacute; este peque&ntilde;o espacio junto a su casa para tratar de salir adelante en medio de la contienda. &ldquo;Casi no gano nada, porque tambi&eacute;n regalamos el pan a muchos vecinos o les cargamos el tel&eacute;fono, pero al menos intentamos hacer algo&rdquo;, dice el hombre. 
    </p><p class="article-text">
        Su socio, el azer&iacute; Ravshan, se encarga del suministro de productos del peque&ntilde;o comercio improvisado, as&iacute; como de otras tiendas de Chasiv Yar. Cada dos d&iacute;as viaja a Kiev, donde compra los alimentos para vender en la localidad pr&oacute;xima al frente. Hace una semana, viv&iacute;a en Bajmut, donde regentaba un bazar que qued&oacute; destrozado como consecuencias de las constantes explosiones de la zona. &ldquo;Por eso decid&iacute; irme. All&iacute; ya no se puede estar&rdquo;, dijo el hombre hace una semana. Ahora, su amigo armenio le acoge en su casa. &ldquo;Como los rusos y los ucranianos, dicen que los armenios y los azer&iacute;s somos enemigos, pero mira: eso todo es pol&iacute;tica. Tenemos diferentes opiniones, pero nos queremos y respetamos&rdquo;, sostiene Ravwan en referencia al hist&oacute;rico conflicto entre Armenia y Azerbaiy&aacute;n por el control del territorio de Nagorno Karabaj. 
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                Varios soldados acuden a la tienda de Vardan, en Chasiv Yar                            </span>
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        Cerca de la tienda de Vardan, el lento caminar de un anciano contrasta con la acelerada marcha de los veh&iacute;culos militares que circulan por las calles embarradas de este punto de Chasiv Yar. Se dirige al &aacute;rea de la ciudad a la que recomiendan no aproximarse: el canal. Su vivienda est&aacute; ubicada en esta zona de la localidad, azotada de manera a&uacute;n m&aacute;s intensa por el fuego ruso. 
    </p><p class="article-text">
        El constante rugido de los bombardeos le empuj&oacute; a huir y alojarse a un kil&oacute;metro de distancia, en casa de una familiar. Pero todos los d&iacute;as camina hasta un terreno en el que a&uacute;n mantiene a sus perros. &ldquo;Voy a darles de comer&rdquo;, sostiene el se&ntilde;or, de unos setenta a&ntilde;os, mientras contin&uacute;a sus pasos, descompasados con el incesante sonido de las detonaciones. 
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                Un anciano camina a paso lento, a pesar del rugido de los bombardeos, hacia el lugar donde guarda a sus perros, para darles de comer.                            </span>
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        De esa misma peligrosa zona, del canal, procede Gregorio. &Eacute;l pedalea m&aacute;s acelerado con direcci&oacute;n a uno de los escasos puntos de suministro de agua de la localidad. Sin acceso a agua en su casa, utiliza su bicicleta para llenar varias garrafas, a pesar del riesgo. &ldquo;Nunca se sabe cu&aacute;ndo va a caer. Da igual estar aqu&iacute;, que all&iacute;. Ahora todo es peligroso&rdquo;, asume el hombre antes de despedirse acelerado para volver a su hogar. 
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                    alt="Gregorio sobre la bicicleta en la que busca recoger agua ante la falta de suministro en su casa."
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                Gregorio sobre la bicicleta en la que busca recoger agua ante la falta de suministro en su casa.                            </span>
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        En la vivienda de Lyudmila todo parece en calma a pesar de la tensi&oacute;n del exterior. Bajo la mesa de la cocina de le&ntilde;a, junto a una aspiradora, sigue escondida la caja de sus tesoros. &ldquo;Todo era de mi madre. Lo hemos guardado para que no se destruya, porque en la vida no se puede comprar algo parecido&rdquo;, dice empe&ntilde;ada en salvar la vajilla. No importa si no es ella quien vuelva a disfrutarla. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; guarda con tanto cuidado la vajilla? Quiz&aacute; es una pregunta sin importancia, pero &iquest;quiere regal&aacute;rsela a alguien?&rdquo;. Lyudila sonr&iacute;e. Sus ojos vuelven a encenderse: &ldquo;No es ninguna pregunta tonta. Es para mi nieta&rdquo;. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gabriela Sánchez, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/desfile-blindados-tienda-vardan-bombas-manana-calle-lleva-frente-bajmut_1_10023960.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Mar 2023 21:16:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Desfile de blindados, la tienda de Vardan y un té entre las bombas: una mañana en la calle que lleva al frente de Bajmut]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Crisis Ucrania,Ucrania,Rusia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los soldados ucranianos de la sangrienta batalla de Bajmut, más allá del frente: “Nunca sabemos si volveremos”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/soldados-sangrienta-batalla-bajmut-frente-ultimo-dia_1_10005263.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d97c107b-89df-487b-a1a5-0caf51cdf72d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los soldados ucranianos de la sangrienta batalla de Bajmut, más allá del frente: “Nunca sabemos si volveremos”"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Durante sus periodos de descanso en posiciones clandestinas próximas al frente, los soldados movilizados en Bajmut recuperan fuerzas hasta volver a la disputada ciudad, casi asediada por Rusia</p><p class="subtitle">Diario clandestino de una adolescente ucraniana durante la ocupación rusa de Jersón</p></div><p class="article-text">
        Fuman un cigarrillo en mallas t&eacute;rmicas verde militar mientras toman el primer caf&eacute; del d&iacute;a a las puertas de una casona blanca ubicada a unos 25 kil&oacute;metros de Bajmut. En el interior de la vivienda, convertida en base en la retaguardia de una de las brigadas movilizadas en la ciudad ucraniana casi cercada por las tropas rusas, varios militares limpian sus armas en una extensa habitaci&oacute;n compartida, mientras otros descansan sobre colchones tirados en el suelo. Sus miradas huecas y cansadas cuentan m&aacute;s que sus escuetas palabras sobre lo vivido en el frente, pero tambi&eacute;n sobre los miedos despertados cuando cae la adrenalina del campo de batalla. 
    </p><p class="article-text">
        Aquiles (alias militar) acaba de despertarse despu&eacute;s de una noche de idas y venidas a Bajmut. A su lado, el jefe de la brigada, toma varias pastillas para bajar la fiebre y calmar una tos ronca y seca. El soldado, de 33 a&ntilde;os, no ten&iacute;a experiencia militar m&aacute;s all&aacute; del servicio obligatorio y ahora forma parte de las brigadas desplegadas en Bajmut, la ciudad del Domb&aacute;s casi rodeada por Rusia tras meses de feroces combates calle a calle. Es, dice, la misi&oacute;n m&aacute;s dura de las que le han sido encomendadas desde que el 25 de febrero de 2022, el d&iacute;a siguiente del inicio de la invasi&oacute;n rusa, se presentase voluntario para unirse a las filas del Ej&eacute;rcito ucraniano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 16 de febrero de este a&ntilde;o fue destinado a Bajmut y ya parece habituado a conducir mientras llueven granadas a su alrededor. Logra mantener la concentraci&oacute;n en la carretera pese el sonido de los proyectiles, cargado de comida y armamento para trasladar a la primera l&iacute;nea, pero Aquiles no se acostumbra a volver acompa&ntilde;ado. Cuando lo hace, suele significar malas noticias: traslado de heridos. La noche anterior regres&oacute; de Bajmut a las tres de la madrugada, pero no fue especialmente dif&iacute;cil: &ldquo;Volv&iacute; solo&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Un soldado descansa en una de las bases creadas en los alrededores del frente de Bajmut, desde donde los militares entran y salen del frente."
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            <span class="title">
                Un soldado descansa en una de las bases creadas en los alrededores del frente de Bajmut, desde donde los militares entran y salen del frente.                            </span>
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        &ldquo;Los rusos disparan a todo lo que se mueve. Observan y, cuando ven un coche, disparan. A menudo caen las granadas, pero no se puede esquivar. Si cae en el coche, cae en el coche. Nunca sabes si vas a volver. Por eso respiramos tranquilos en cuanto salimos de all&iacute;... en el punto en el que ya nos sentimos m&aacute;s seguros&rdquo;, sostiene Aquiles, sentado en la cocina improvisada en la edificaci&oacute;n ocupada desde el mediados de febrero, 
    </p><p class="article-text">
        -Y, al entrar en Bajmut, &iquest;uno se acostumbra a ese miedo?
    </p><p class="article-text">
        -Cada vez que cruzo siento miedo. Nunca sabemos si volveremos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Es el infierno&rdquo;, dice Artem (nombre ficticio). Fuma de manera incesante en la entrada verde del lugar habilitado para la base que, hace dos d&iacute;as, abandonaron de forma repentina tras la llamada de un superior, con el objetivo de trasladarse varios kil&oacute;metros m&aacute;s lejos del frente. Ninguno de ellos formula la palabra &ldquo;retirada&rdquo;, insisten en la necesidad de resistir como si entonasen la letra de una canci&oacute;n pegadiza. Temen decir algo que pueda perjudicarles, alguna informaci&oacute;n que beneficie al enemigo, pero reconocen que la situaci&oacute;n es &ldquo;muy dif&iacute;cil&rdquo; en Bajmut. 
    </p><p class="article-text">
        Los soldados, agotados y hastiados, describen una batalla peligrosa para defender el este de Ucrania. Primero, un bombardeo incesante con armamento pesado ruso, seguido por el avance de tanques y soldados de infanter&iacute;a, cuyo trabajo consiste en despejar cualquier unidad ucraniana que pueda quedar en pie.&nbsp;Los combates son entonces cuerpo a cuerpo, entre el sonido de fondo de distinto tipo de artiller&iacute;a. &ldquo;Cae por todas partes, es terror&iacute;fico&rdquo;, dice Artem.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Soldado combatiente en Bajmut durante sus ratos de descanso en un edificio a unos 30 km del frente de guerra.                            </span>
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        Cuando salen del frente, intentan reponer fuerzas y descansar, a sabiendas de que el tel&eacute;fono puede sonar en cualquier momento. Lejos de los mayores riesgos, Artem empieza a hablar de su mujer. Hace meses, el militar fue a visitar a su entonces novia, quien viv&iacute;a en Le&oacute;polis tras ser evacuada de Donetsk. En el hotel donde se quedaron, se chocaron con una tienda de anillos de matrimonio: &ldquo;Pens&eacute; que era una se&ntilde;al&rdquo;. Se casaron en medio de la contienda. &ldquo;Hay que vivir&rdquo;, reflexiona el militar. 
    </p><p class="article-text">
        Eso, vivir, es lo que ha tratado de hacer Arseny durante los &uacute;ltimos dos d&iacute;as de permiso. En la estaci&oacute;n de tren de Kramatorsk, bromea y se abraza con una joven cargada con una mochila. Es su novia, a la que conoci&oacute; hace cinco meses a trav&eacute;s de una aplicaci&oacute;n de citas cuando a&uacute;n viv&iacute;a en Kiev, antes de ser enviado al frente, donde trabaja como personal sanitario de primeros auxilios en primera y segunda l&iacute;nea. 
    </p><p class="article-text">
        Tras una visita de un fin de semana a la ciudad de Donetsk, los j&oacute;venes se despiden en los minutos previos a la partida de un tren con direcci&oacute;n a Kiev. &ldquo;Lo &uacute;nico que hace olvidar el horror de Bajmut es el sexo y el alcohol&rdquo;, bromea sonriente, el soldado de la Brigada 241, tras pasar un fin de semana ajeno al horror de la contienda a la que vuelve a dirigirse. 
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            <span class="title">
                Arteseny se despide de su novia en la estación de tren de Kramatorsk, antes de volver al frente, donde es médico de primeros auxilios en primera y segunda línea.                            </span>
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        El joven no es m&eacute;dico ni militar profesional, pero el segundo d&iacute;a de la invasi&oacute;n rusa se present&oacute; voluntario para alistarse. Tras varias formaciones de primeros auxilios en contextos de guerra, Arseny recorre en una ambulancia blindada las zonas accesibles de la peligrosa ciudad de Bajmut. Sus turnos se alargan durante 24 horas. 
    </p><p class="article-text">
        Suele encontrarse en la segunda l&iacute;nea de frente, el llamado &ldquo;punto de evacuaci&oacute;n&rdquo; a donde los soldados lesionados son trasladados recibir primeros auxilios y, posteriormente, si lo requiere, ser trasladados a otros puntos sanitarios distribuidos ya fuera de la localidad. Las heridas m&aacute;s comunes a tratar, dice, son heridas provocadas por el impacto de minas, explosiones de artiller&iacute;a o congelaciones. 
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                Arseny, tras despedir a su novia en la estación de tren de Kramatorsk                            </span>
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        Bojdan fue uno de los heridos atendidos en uno de los puntos de evacuaci&oacute;n de la segunda l&iacute;neas. Su brigada combate de forma directa con el bando ruso: &ldquo;Nuestra funci&oacute;n es destruir grupos numerosos del enemigo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Result&oacute; herido a mediados de febrero: &ldquo;Estaba en la trincheras y dispararon con lanzagranadas. Un compa&ntilde;ero result&oacute; herido y tuve que hacerle los primeros auxilios, le traslad&eacute; a otro lugar y volv&iacute; para recoger su armamento, que hab&iacute;a quedado all&iacute;. En ese momento volvieron a disparar, y result&eacute; herido con un fragmento&rdquo;, recuerda el militar sentado sobre la cama de un hospital de Kramatorsk donde espera recibir el alta ya casi recuperado. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Pod&iacute;a andar pero sab&iacute;a que, si tocaba alg&uacute;n &oacute;rgano pod&iacute;a producir una hemorragia y puede ser muy peligroso, as&iacute; que ten&iacute;a que desplazarme m&aacute;s r&aacute;pido para no perder el conocimiento&rdquo;. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Foto: Olmo Calvo                            </span>
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        El hombre quiere volver al frente, pero primero regresar&aacute; a Le&oacute;polis, su lugar de residencia, para pasar un tiempo con su madre: &ldquo;Estoy cansado. Necesito desintoxicarme de la guerra&rdquo;. El soldado lleva nueve a&ntilde;os movilizado, pues se alist&oacute; como voluntario en la contienda iniciada en el Domb&aacute;s en 2014, donde estuvo herido en dos ocasiones. 
    </p><p class="article-text">
        Situada en la regi&oacute;n de Donetsk, Bajmut se interpone en el camino de cualquier avance ruso, pero en las &uacute;ltimas semanas las tropas del Kremlin han dado pasos que estrechan a&uacute;n m&aacute;s el cerco. La ciudad est&aacute; casi rodeada. Los ucranianos a&uacute;n se resisten a retirarse, pero tampoco lo descartan. En la &uacute;ltma semana, Volodim&iacute;r Zelenski reconoci&oacute; que la situaci&oacute;n en la batalla m&aacute;s dura del este era &ldquo;muy complicada&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        En la &uacute;ltima semana, las tropas rusas han estrechado el cerco sobre la estrat&eacute;gica ciudad de Bajmut. Aunque el ej&eacute;rcito ucraniano resiste, comienza a admitir la posibilidad de una retirada &ldquo;limitada&rdquo; y &ldquo;controlada&rdquo;, informa la agencia Efe. &ldquo;Las fuerzas ucranianas parecen estar estableciendo las condiciones para una retirada controlada de partes de Bajmut&rdquo;, indic&oacute; este s&aacute;bado el Instituto para el Estudio dela Guerra (ISW).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Otro de los soldados enviados a Bajmut, toma un café en su base de la retaguardia, ubicada en los alrededores de la disputada ciudad.                            </span>
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        El centro anal&iacute;tico recuerda que las fuerzas rusas luchan para capturar Bajmut, que lleg&oacute; a contar con cerca de 70.000 habitantes antes del conflicto, desde mayo de 2022. El asesor presidencial ucraniano, Aleksander Rodnyanskyi, ha admitido esta semana que Kiev podr&iacute;a optar por ceder posiciones en Bajmut en caso de extrema necesidad. Rodnyanskyi tambi&eacute;n ha reconocido que Ucrania ha fortificado un &aacute;rea al oeste de Bajmut de tal manera que incluso si sus tropas comienzan a retirarse, las fuerzas rusas no podr&iacute;an tomar r&aacute;pidamente toda la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Unos kil&oacute;metros m&aacute;s all&aacute;, a 17 del frente, Denys (nombre ficticio) acaba de salir de la disputada ciudad. Hace su &uacute;ltima guardia en Chasiv Yar antes de intentar descansar en uno de los s&oacute;tanos de la ciudad, ocupados ya por militares ucranianos. Las autoridades han solicitado a la poblaci&oacute;n civil la evacuaci&oacute;n de esta localidad, la m&aacute;s pr&oacute;xima al frente donde el intercambio de artiller&iacute;a es incesante. Analistas se&ntilde;alan la posibilidad de que Chasiv Yar se convierta en escenario de la siguiente batalla clave en la zona, en caso de una hipot&eacute;tica ca&iacute;da de la disputada Bajmut. Seg&uacute;n la prensa estadounidense, la Casa Blanca aconsej&oacute; a Kiev renunciar a Bajmut, recomendando al Ej&eacute;rcito ucraniano replegarse varios kil&oacute;metros con el argumento de que en Chasiv Yar la altitud es mayor, por lo que ser&iacute;a m&aacute;s f&aacute;cil de defender.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Est&aacute; pr&aacute;cticamente rodeada por los rusos&rdquo;, reconoc&iacute;a Denys hace tres d&iacute;as, con el rostro serio. Saca su m&oacute;vil y muestra un v&iacute;deo de edificios afectados por el intercambio de artiller&iacute;a, grabado en un veh&iacute;culo blindado que recorre a gran velocidad las calles de la localidad. Abre el mapa y empieza a se&ntilde;alar los distintos puntos donde ya hay presencia del Ej&eacute;rcito del Kremlin: &ldquo;La pinza est&aacute; a punto de cerrarse, pero de momento intentamos resistir, pero no sabemos por cuanto tiempo&rdquo;. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gabriela Sánchez, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/soldados-sangrienta-batalla-bajmut-frente-ultimo-dia_1_10005263.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Mar 2023 21:38:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los soldados ucranianos de la sangrienta batalla de Bajmut, más allá del frente: “Nunca sabemos si volveremos”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Crisis Ucrania]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Diario clandestino de una adolescente ucraniana durante la ocupación rusa de Jersón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/diario-clandestino-adolescente-ucraniana-durante-ocupacion-rusa-jerson_1_10003655.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/929bca87-ff2d-445f-9d33-32d655de36dc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Diario clandestino de una adolescente ucraniana durante la ocupación rusa de Jersón"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Verónika, una niña de 15 años, vivió más de ocho meses de ocupación en Jersón. Para no perder la cabeza, cuenta, se desahogaba en un diario cuyo contenido ha compartido con elDiario.es</p><p class="subtitle">Cuando tu madre está bajo los escombros: 24 horas de angustia en el rescate de un edificio atacado por Rusia en Zaporiyia</p></div><p class="article-text">
        El 24 de febrero, Veronika necesitaba canalizar el p&aacute;nico provocado por el inicio de una situaci&oacute;n que nunca crey&oacute; que vivir&iacute;a: empezaba la guerra. Desde Jers&oacute;n, quer&iacute;a intentar ordenar los pensamientos arremolinados en su cabeza. Sacarlos para asimilarlos, pero tambi&eacute;n guardarlos para no olvidarlos y, alg&uacute;n d&iacute;a, contar con detalle c&oacute;mo vivi&oacute; los meses de ocupaci&oacute;n rusa en Jers&oacute;n. La adolescente, de 15 a&ntilde;os, se puso a escribir.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El primer d&iacute;a de la invasi&oacute;n, empez&oacute; a vomitar sus vivencias y reflexiones en su propio m&oacute;vil. Tiempo despu&eacute;s, cuando las tropas rusas se asentaron en Jers&oacute;n y los encuentros con sus militares eran m&aacute;s habituales, la adolescente tem&iacute;a que sus cr&iacute;ticas a las autoproclamadas autoridades de la regi&oacute;n cayesen en manos inadecuadas. Los registros de tel&eacute;fonos, con los que los soldados rusos buscaban encontrar aliados del Ej&eacute;rcito ucraniano, eran frecuentes, relata la adolescente. Para no perderlo, cogi&oacute; el cuaderno en el que antes de la contienda sol&iacute;a plasmar sus aprendizajes de coreano, una lengua que le apasiona. Esa peque&ntilde;a libreta de tonos marrones se convirti&oacute; en su particular diario de la resistencia. 
    </p><p class="article-text">
        En la peque&ntilde;a casa sus abuelos, localizada en una aldea situada entre Mykolaiv y Jers&oacute;n, Ver&oacute;nika lo posa sobre sus rodillas. Su relato sobre la ocupaci&oacute;n se construye a trav&eacute;s de sus escritos. Seleccionamos algunos de los extractos, que en conjunto conforman la mirada de una adolescente a los meses de control ruso sobre su ciudad. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>24 de febrero</strong>
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                Primer día. 24 de febrero de 2022. Empieza la guerra                            </span>
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        &ldquo;Primer d&iacute;a. 5 de la ma&ntilde;ana. Me despierto porque Tisa [su gato] se durmi&oacute; encima de la mesa. Cojo al gato y vuelvo a dormir. Luego, mientras lo intento, escucho algo parecido a dos explosiones. Suenan muy bajitas. Pienso que puede ser que haya empezado la guerra, pero tengo mucho sue&ntilde;o, y vuelvo a dormirme. 
    </p><p class="article-text">
        6 de la ma&ntilde;ana. Mi madre sale de la habitaci&oacute;n entre gritos: &iexcl;Est&aacute;n bombardeando! Al no entender, voy tras ella y abro Instagram. Veo un mensaje de mi amiga de clase. Entonces lo entiendo: ha empezado. En las casas de enfrente ya hay luces encendidas. Me acerco r&aacute;pido donde mi madre. Ha empezado la guerra. Hay que recoger documentaci&oacute;n y prendas de ropa. Su respuesta: gritos. Es la primera vez en mi vida que escucho una explosi&oacute;n de un cohete. Ha impactado en el aeropuerto de Jers&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras esta explosi&oacute;n, entro en p&aacute;nico. Tras esta explosi&oacute;n, mi vida se dividi&oacute; en dos partes: antes y despu&eacute;s. No habr&aacute; m&aacute;s noches tranquilas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todos nosotros, aparte de la abuela que estaba en el lado izquierdo del r&iacute;o, deambulamos por la habitaci&oacute;n sin saber qu&eacute; hacer. Recogemos nuestra ropa. Yo llamo a mi amiga para decirle que empez&oacute; la guerra. Hay que prepararse para marcharse. Ella no entiende nada. Entro en Instagram y leo un mensaje de mi amiga &iacute;ntima, Diana. Me manda una foto. Hay humo. Son las explosiones del aeropuerto. El lado izquierdo del r&iacute;o de la regi&oacute;n de Jers&oacute;n ya est&aacute; ocupado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        7 de la ma&ntilde;ana. Ya estamos vestidos. Quieren ir a alg&uacute;n sitio y no sabemos d&oacute;nde. Al encender la televisi&oacute;n, escucho las noticias. Siento terror. Dicen que hay que quedarse en casa. Han declarado el estado de guerra. A esta hora, los orcos (como los ucranianos llaman de forma despectiva a los rusos) ya estar&aacute;n cerca del puente (que conecta una parte del r&iacute;o de la otra). Hay duras batallas. Mi madre y mi padrastro se han ido con prisa a las tiendas. Casi todos los cajeros y tiendas est&aacute;n vac&iacute;as. La gente acude en p&aacute;nico a las tiendas y a sacar dinero de los cajeros. Yo en casa intento llamar a mi abuela. No lo consigo. Las explosiones ya no son tan fuertes. Estoy observando noticias de varios canales. Mi madre ha vuelto de la tienda y casi no ha comprado nada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cerca de las 8 de la ma&ntilde;ana, se oye una sirena. Mi padrastro va al trabajo para cobrar dinero, pero le dicen que ten&iacute;a que volver a casa&ldquo;.&nbsp;
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                Veronika observa su diario                            </span>
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        <strong>25 de febrero</strong>
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                El diario de Vernonika. 25 de febrero de 2022. Foto:                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        &ldquo;Seis de la ma&ntilde;ana. Suena el despertador del abuelo. Ya no duermo. En las &uacute;ltimas 24 horas, he dormido solo dos horas. Llamo a mi abuela. Ella ha escuchado toda la noche c&oacute;mo han llegado los veh&iacute;culos rusos y c&oacute;mo han seguido su camino hacia aqu&iacute;, hac&iacute;a Jers&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Mi abuelo se va al trabajo. En el trayecto ha visto un avi&oacute;n de combate. Yo tambi&eacute;n he o&iacute;do el ruido de un avi&oacute;n. Estoy pendiente de las noticias. 
    </p><p class="article-text">
        Luego, nos fuimos a la compra. En la cola, o&iacute;mos dos explosiones muy fuertes. Toda la gente empieza a salir de la tienda en estampida. No hay dinero en el cajero. No hemos podido sacar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al entrar en casa, suena la sirena y nosotros nos preparamos para bajar al refugio por primera vez. Me fui a casa de Diana para decirle que ella tambi&eacute;n viniese con nosotras. He cogido lo que he pillado, muy r&aacute;pido, sin pensar. Tambi&eacute;n vienen compa&ntilde;eros de clase de Sasha [su hermano, de nueve a&ntilde;os] y nos vamos. Al acercarme al refugio, veo much&iacute;sima gente en la entrada. Dentro, hay todav&iacute;a m&aacute;s. Me da mucho miedo&ldquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>27 de marzo</strong>
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                El diario de Veronika. Marzo de 2022.                            </span>
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        &ldquo;Cumplea&ntilde;os de mi madre. Nos llaman para avisar de que los <em>orcos</em> han entrado en el pueblo [al que ella su familia se fueron pensando que era m&aacute;s seguro, donde viv&iacute;a su abuela]. Est&aacute;n registrando las casas. Empiezo a temblar. No sabemos qu&eacute; hacer. Yo borro todas las fotos, incluso las del refugio. No s&eacute; d&oacute;nde esconderme para no verles. Llaman a la puerta. Tengo mucho miedo. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando un <em>orco</em> entra en mi habitaci&oacute;n, entro en estado de shock. Me quedo paralizada. Soy incapaz de moverme ni de hablar. Tengo ganas de llorar. &Eacute;l me dice: &ldquo;Zdraste&rdquo; [&ldquo;hola&rdquo; en ruso]. Con voz temblorosa respondo: &ldquo;Dobre dein&rdquo; [&ldquo;buenos d&iacute;as&rdquo; en ucraniano]. Comprueban todas las habitaciones, bolsas, buhardilla, s&oacute;tano&hellip;. Hasta que ellos no salen de casa, no soy capaz de moverme&ldquo;. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>4 de abril</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hoy he vuelto a casa (Jers&oacute;n) Hace un mes que no ven&iacute;a, porque estaba en el pueblo de mi abuela. La echaba de menos, pero no me siento segura. Aqu&iacute; siento a&uacute;n m&aacute;s miedo. Todo el tiempo hay explosiones. Los rusos recorren las calles por las carreteras. Andan por las calles, como si estuviesen en Rusia. Ellos se sienten aqu&iacute; como  seres superiores. Por la carretera de la ciudad hemos pasado cuatro check points. Me siento aterrorizada. Agacho la cabeza y bajo la mirada para no ver sus caras. Ellos nos miran como si fu&eacute;semos juguetes y nos preguntan en ruso. &rdquo;&iquest;Por qu&eacute; ten&eacute;is miedo de nosotros? No teng&aacute;is miedo, todo est&aacute; bien, en serio. Todo bien&ldquo;. He visto un coche lleno de balas y destrozado por un tanque. Dentro del coche hab&iacute;a una ni&ntilde;a. Era un coche alcanzado por un tanque. Y otros tres coches m&aacute;s. Y un helic&oacute;ptero abatido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi madre me cuenta que una familia que conozco de mi escuela ha intentado huir de la ocupaci&oacute;n, pero han disparado contra su coche. Los ni&ntilde;os est&aacute;n heridos. Los <em>orcos</em> se han llevado a los ni&ntilde;os y nadie sabe d&oacute;nde est&aacute;n. Su madre ha muerto. Este es el 'tranquilo' mundo ruso&ldquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>20 de mayo</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Por primera vez, me conecto a mis clases on line. C&oacute;mo echaba de menos la escuela. Estaba so&ntilde;ando con el d&iacute;a del final de curso y, al final, estoy en casa y estoy temblando por el rugido de las explosiones&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>24 de mayo</strong>
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                Mayo de 2022. Diario de Veronika. Jersón                            </span>
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        &ldquo;Hoy han sobrevolado la ciudad aviones de combate. El ruido es terror&iacute;fico. Y m&aacute;s a&uacute;n si sabes que son rusos. Hoy me he enterado de que los rusos violaron a dos chicas j&oacute;venes y a una ni&ntilde;a de seis meses con una cuchara. Cinco fascistas rusos, entraron en una casa donde hab&iacute;a dos ni&ntilde;os. Han violado a la madre de los ni&ntilde;os&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>15 de junio</strong>
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                El diario de la ocupación de Jersón                            </span>
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        &ldquo;Recibo una llamada a mi nuevo n&uacute;mero ruso [los habitantes de Jers&oacute;n ya no pod&iacute;an mantener sus tel&eacute;fonos ucranianos]. Me preguntan c&oacute;mo se vive bajo el mando ruso. Tambi&eacute;n me preguntan a qu&eacute; iglesia estoy acudiendo. No s&eacute; para qu&eacute; quieren saber esto. Incluso se me escapa la risa al no saber a qu&eacute; viene la llamada. No es una encuesta. Es de locos. Me preguntan d&oacute;nde tiene que estar Jers&oacute;n. Si pertenece a Ucrania o a Rusia. Yo digo que Jers&oacute;n es Ucrania y que nadie esperaba ni necesitaba a los rusos. La mujer ha dicho que esa no es una respuesta v&aacute;lida. Yo respondo que para nosotros no existe otra opci&oacute;n: Jers&oacute;n es Ucrania&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>29 de julio</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Al lado de nosotros hay explosiones muy fuertes. Tiemblan las puertas. Quiz&aacute; nuestro ej&eacute;rcito ha atacado sobre el puente y sobre los <em>orcos</em>. No es la primera vez. Tengo miedo. Se oyen explosiones, pero es normal. Si hay combate, entonces &rdquo;los nuestros&ldquo; est&aacute;n cerca, y eso es lo principal. En dos meses, he estado en casa solo dos veces&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Veronika frente a la casa de sus abuelos                            </span>
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        <strong>4 de agosto</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hoy ha venido Kirill Stremusov [el jefe adjunto de la&nbsp;administraci&oacute;n militar-civil de Jers&oacute;n durante la ocupaci&oacute;n]. Nos acercamos con algunos amigos para ser testigos de c&oacute;mo intenta lavarnos el coco con mentiras. Aqu&iacute; ha venido un soldado de nuestra Crimea, viene para matar a la gente de su propio pueblo. Odio a las personas como &eacute;l. &rdquo;&iquest;Qu&eacute; ha hecho Ucrania por vosotros?&ldquo;, nos pregunta. Yo discuto con &eacute;l. Me dice que Rusia, en ocho a&ntilde;os, ha construido muchas carreteras para nosotros en Crimea. Dios m&iacute;o. &iquest;En serio? &iquest;Carreteras? &iquest;Qu&eacute; ha hecho Rusia por nosotros? Los rusos nos han quitado el trabajo, los estudios, la casa, han destrozado nuestras vidas&hellip; Esto es lo que ha hecho Rusia&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>12 de agosto</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;He venido a casa [despu&eacute;s de un tiempo en la vivienda de su abuela en un pueblo de los alrededores], pero mi casa ya no es tan familiar, porque estamos en ocupaci&oacute;n. No puedo dormir aqu&iacute;. No puedo hacer nada. Tengo miedo&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>29 de agosto</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No s&eacute; qu&eacute; hacer. &iquest;Qu&eacute; deber&iacute;a hacer con la escuela? No quiero ir a una escuela rusa, pero el Gobierno local nos amenaza. Nos dice que van a&nbsp;retirar la custodia a los padres de los ni&ntilde;os que no acudan a la escuela rusa.&nbsp;No s&eacute; qu&eacute; hacer&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>9 de septiembre</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Han disparado sobre el autob&uacute;s que estaba evacuando a la gente en la ciudad. Dijeron que esto lo hicieron nuestros militares. Han muerto civiles. No s&eacute; cu&aacute;ntos exactamente... Conoc&iacute;a al conductor y a una mujer. Los dos han fallecido. Eran de nuestro pueblo. Sobre las otras personas no s&eacute; nada&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>11 de noviembre</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;He dormido mal. He perdido la cuenta de cu&aacute;ntas veces me despierto por las explosiones. Son muy fuertes. Mi cama tiembla. Hasta se caen los juegos de Sasha [su hermano de nueve a&ntilde;os]. A las cinco de la ma&ntilde;ana se ha escuchado una explosi&oacute;n muy fuerte. Ha llegado a provocar que se abra la puerta de la despensa. Por eso he tomado una decisi&oacute;n: sellar las ventanas de mi habitaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras sello las ventanas, escucho disparos de lanzagranadas.
    </p><p class="article-text">
        Horas despu&eacute;s, me doy cuenta de lo que pasa. No puede ser. Se ha cumplido. Hemos aguantado. Nos han liberado. No puedo creerlo. Esto ha pasado de forma tan inesperada y silenciosa&hellip; Estuvimos con mi hermano en casa de Andrei [un amigo suyo] cuando su abuelo dijo: &ldquo;Son nuestros&rdquo; [en referencia a las tropas que se escuchaban aquel d&iacute;a]. Eso me dej&oacute; pendiente. Luego, aparece Andrei corriendo y grita que han entrado en el pueblo las fuerzas armadas ucranianas. No soy capaz de creerlo. No s&eacute; c&oacute;mo han podido aparecer aqu&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Empiezo a escuchar c&oacute;mo se acercan los veh&iacute;culos militares. Y me voy corriendo a casa. Estoy corriendo con l&aacute;grimas en los ojos. No me lo creo. Despu&eacute;s, escucho ruidos de los veh&iacute;culos militares. Salimos y los vemos: &ldquo;&iexcl;Son nuestros! Ellos pasan y yo corro hacia ellos con l&aacute;grimas en los ojos. Me cruzo con tres soldados y casi les tiro al suelo de la emoci&oacute;n. Con el cuarto me saco una foto.&nbsp;Voy a casa. Grito, euf&oacute;rica, que somos libres. 
    </p><p class="article-text">
        Es el primer d&iacute;a, desde el 24 de febrero, que veo soldados de nuestro Ej&eacute;rcito. Nos han liberado. Estamos en casa. Este d&iacute;a lo recordar&eacute; para siempre&ldquo;.
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                La adolescente muestra una foto del día de la liberación de Jersón                            </span>
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      <dc:creator><![CDATA[Gabriela Sánchez, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/diario-clandestino-adolescente-ucraniana-durante-ocupacion-rusa-jerson_1_10003655.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Mar 2023 21:57:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Diario clandestino de una adolescente ucraniana durante la ocupación rusa de Jersón]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ucrania,Crisis Ucrania,Rusia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando tu madre está bajo los escombros: 24 horas de angustia en el rescate de un edificio atacado por Rusia en Zaporiyia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/madre-escombros-24-horas-angustia-rescate-edificio-bombardeado-rusia-zaporiyia_1_9999849.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9e4cf8fe-2f09-4d26-80b1-a8e9782460a3_16-9-discover-aspect-ratio_default_1067859.jpg" width="5315" height="2990" alt="Cuando tu madre está bajo los escombros: 24 horas de angustia en el rescate de un edificio atacado por Rusia en Zaporiyia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En la madrugada de este jueves, un ataque ruso con misiles ha destruido un edificio residencial en Zaporiyia, dejando al menos dos muertos y 10 desaparecidos. Durante las labores de rescate, los familiares de quienes aún se encuentran bajo los escombros permanecieron todo el día frente a los apartamentos a la espera de noticias</p><p class="subtitle">La vida de quienes no se van de los pueblos más próximos al frente ucraniano de Bajmut</p></div><p class="article-text">
        Una cazadora roja sobresale entre los escombros del n&uacute;mero 67 de la calle Nezalezhnoi Ukrainy, en Zaporiyia. De la tercera planta del edificio residencial, golpeado por un ataque ruso con misiles este jueves, solo parecen quedar cascotes, pero un hombre y su familia&nbsp;esperan desde la madrugada frente al piso que tantas veces han visitado. Detr&aacute;s de esa chaqueta a la que no dejan de mirar, podr&iacute;an estar su hija, su yerno y su nieta, un beb&eacute; de siete meses. No sabe si vivos o muertos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Tenemos esperanza porque, cuando sonaba la alarma, siempre se resguardaban en el pasillo&rdquo;, dice una de las familiares que tampoco aparta la mirada del mordisco provocado por el bombardeo ruso. Es la madrina de la ni&ntilde;a y abraza durante horas una mantita de colores. Est&aacute; preparada para abrigar al beb&eacute; si logran sacarlo de los escombros. El ataque sobre el edificio, pr&oacute;ximo a una antena de telecomunicaciones, ha dejado cuatro personas fallecidas y diez desaparecidas (6 mujeres, 3 hombres y 1 beb&eacute;), seg&uacute;n la Direcci&oacute;n General de la Polic&iacute;a Nacional de la regi&oacute;n de Zaporiyia.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Edificio de viviendas alcanzado por un misil ruso en la ciudad ucraniana de Zaporiyia.                            </span>
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        Detr&aacute;s de cada una de las personas desaparecidas en el bombardeo ruso, una familia se aferra a cualquier posibilidad de encontrar con vida a sus seres queridos. Durante m&aacute;s de doce horas de labores de rescate, varios familiares han permanecido frente al edificio semidestruido. Han aguantado la respiraci&oacute;n en cada uno de los momentos en que la gr&uacute;a se aproximaba a la zona donde viv&iacute;an sus allegados, en cada grito de un bombero, en cada traslado de cascotes. Le&iacute;an los gestos de los trabajadores de rescate, por si ese brazo levantado significaba alg&uacute;n hallazgo. Los bomberos dec&iacute;an que descartaban la aparici&oacute;n de m&aacute;s supervivientes, aunque dejaban la puerta abierta a alg&uacute;n &ldquo;milagro&rdquo;. Y los allegados de los desaparecidos se agarraban bien fuerte a ese milagro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante su discurso de este jueves, Vol&oacute;dimir Zelenski ha condenado el &ldquo;brutal ataque ruso con misiles&rdquo; contra Zaporiya. &ldquo;Nuestra respuesta ser&aacute; tanto militar como legal&rdquo;, ha recalcado el presidente ucraniano. &ldquo;El ocupante inevitablemente sentir&aacute; nuestro poder. El poder de la justicia, en todos los sentidos de la palabra&rdquo;. 
    </p><h3 class="article-text">La alerta de Yulia</h3><p class="article-text">
        Yulia no retira la mirada de una quinta planta que ya apenas existe. Ha tomado varios calmantes para ser capaz de seguir en pie frente a lo que fue su vivienda familiar. All&iacute; dorm&iacute;a su madre a la 1:33 horas cuando un misil ruso impact&oacute; en el edificio. &ldquo;No s&eacute; ni c&oacute;mo estoy&rdquo;, dice la mujer desencajada, con los p&aacute;rpados pesados, tras toda una noche sin dormir.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Yulia, la hija de una de las desaparecidas, espera noticias frente al edificio bombardeado por Rusia en Zaporiyia                            </span>
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        Cuando escuch&oacute; el estruendo en Zaporiyia, Yulia cogi&oacute; su m&oacute;vil para cumplir con el acuerdo que tiene con su madre desde el inicio de la guerra: &ldquo;Cuando suena una explosi&oacute;n, siempre nos tenemos que escribir&rdquo;, cuenta con el tel&eacute;fono en sus manos, movi&eacute;ndolo como si intentase que algo se activase y apareciese el mensaje que nunca lleg&oacute;. Nos muestra su pantalla del tel&eacute;fono: &ldquo;Mam&aacute;?&rdquo;, le dijo pasadas la una y media de la madrugada. &ldquo;&iquest;Todo bien?&rdquo;, repiti&oacute; poco despu&eacute;s. &ldquo;Mam&aacute;??&rdquo;. Luego vino el silencio.&nbsp;
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                La conversación de Yulia, con su madre desaparecida tras el bombardeo ruso.                            </span>
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        Su madre se llama Marina Vaselieva y tiene 60 a&ntilde;os. Hab&iacute;a huido junto a Yulia a Le&oacute;polis, la regi&oacute;n del pa&iacute;s menos castigada por los bombardeos, despu&eacute;s del inicio de la invasi&oacute;n rusa. Unas semanas atr&aacute;s, regresaron a Zaporiyia por motivos laborales. Ambas son profesoras y suelen impartir sus clases online, pero deb&iacute;an realizar una serie de tr&aacute;mites presenciales, por lo que decidieron pasar un tiempo en su ciudad, cuentan dos amigas de la mujer desaparecida mientras tambi&eacute;n esperan noticias sobre su paradero. &ldquo;Ten&iacute;an billetes para el 23 de febrero, pero algo pas&oacute; que los cambiaron&rdquo;, cuenta Valentina Revalouvola, compa&ntilde;era de trabajo. Pero la madrugada del 2 de marzo, un proyectil lo paraliz&oacute; todo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A las 10 de la ma&ntilde;ana, Natalia Ignatieva camina nerviosa por la acera pr&oacute;xima al bloque de edificios. En cuanto su mirada llega a alcanzar el edificio azul donde creci&oacute;, se dobla y empieza a sollozar. Varios trabajadores de M&eacute;dicos Sin Fronteras corren a acompa&ntilde;arla. La mujer, ya sentada y algo m&aacute;s tranquila, no deja de enviar notas de voz para informar de la situaci&oacute;n. Marina, la mujer desaparecida, era su amiga desde la infancia. &ldquo;Jug&aacute;bamos en ese patio, nos criamos juntas&rdquo;, cuenta horas despu&eacute;s, se&ntilde;alando varios columpios, ahora cubiertos de polvo y rodeados de fragmentos de la explosi&oacute;n. &ldquo;Me quedar&eacute; hasta que anochezca&rdquo;, a&ntilde;ade la mujer, cubierta con un gorro granate.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Natalia Ignatieva, amiga de una de las desaparecidas en el bombardeo en Zaporiyia.                            </span>
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        &ldquo;Venga, chicos. Venga, chicos. Sacad a Marina&hellip;&rdquo;, murmulla, tap&aacute;ndose la boca con sus&nbsp;manos temblorosas, mientras un par de bomberos se aproximan en una gr&uacute;a a un &aacute;rea del edificio pr&oacute;xima al balc&oacute;n de la mujer desaparecida. &ldquo;Hay vecinos que est&aacute;n diciendo que est&aacute; muerta, pero yo no me lo creo. Nadie nos lo ha confirmado, quiero confiar&rdquo;. De pronto, les llega un rumor de que siete personas heridas en el bombardeo han fallecido en el hospital, y rompe a llorar de nuevo. Cada dato nuevo, veraz o falso, la desestabiliza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yulia, la hija de Marina, regresa horas despu&eacute;s de que sus familiares le insistiesen en descansar un rato, tras denunciar la desaparici&oacute;n de su madre ante la Polic&iacute;a. Deambula por los alrededores de la vivienda con un t&eacute; caliente en sus manos, sin ser muy consciente de su alrededor. Poco despu&eacute;s, una alumna de su madre se acerca al lugar de los hechos para interesarse por su maestra. Le confirman que a&uacute;n no saben nada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Illa lleva horas plantado delante del mismo edificio. Espera, no sabe muy bien a qu&eacute;. Entre su abrigo rojo asoma la cabeza de un gato gris. El joven veintea&ntilde;ero estaba en la cama, en la misma habitaci&oacute;n que un amigo que estaba de visita, cuando les despert&oacute; el estruendo de un primer misil a la una de la madrugada. Corrieron al pasillo poco antes del rugido de un segundo proyectil, relata. &Eacute;l se salv&oacute;, pero su abuela Alina ha fallecido.
    </p><p class="article-text">
        La se&ntilde;ora, de 59 a&ntilde;os, viv&iacute;a en otro piso del mismo edificio. &ldquo;Mi t&iacute;o ha venido a reconocer el cuerpo&rdquo;, dice el chaval, con los ojos enrojecidos. 
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            <span class="title">
                Illa estaba en el edificio bombardeado. Su abuela Alina murió tras el ataque.                            </span>
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        24 horas despu&eacute;s del bombardeo, las calles de Zaporiyia est&aacute;n desiertas sobrepasada la hora del toque de queda. Todo parece apagado en la ciudad, pero en el n&uacute;mero 67 de la calle Nezalezhnoi Ukrainy las labores de b&uacute;squeda se mantienen. Dos grandes focos iluminan lo que queda de las habitaciones a&uacute;n llenas de cascotes aunque m&aacute;s despejada que durante la luz del d&iacute;a. Los trabajadores siguen revisando los escombros y lanzando los restos inservibles al vac&iacute;o. &ldquo;Este tipo de actuaciones es muy complicado. Apenas puede utilizarse la maquinaria, porque su utilizaci&oacute;n podr&iacute;a ser arriesgado en caso de encontrarnos con supervivientes o cuerpos sin vida... Los trabajadores est&aacute;n retirando los escombros a mano&rdquo;, dicen desde el dispositivo. 
    </p><p class="article-text">
        Entre los escombros del edificio, se distinguen los restos de toda una vida. Un &aacute;lbum de fotos antiguo repleto de im&aacute;genes de famosas actrices sovi&eacute;ticas, unas fotos de carnet, un fragmento de una receta escrita a mano, una cazuela calcinada, un libro con una dedicatoria en la primera p&aacute;gina... Dos bolsas negras reposan frente a la zona acordonada. Seg&uacute;n fuentes del servicio de rescate ucraniano, en su interior descansan dos cuerpos sin vida. Uno corresponde a una mujer. Otro no ha podido identificarse. 
    </p><p class="article-text">
        A la una de la madrugada, los familiares de los desaparecidos ya no est&aacute;n anclados frente al edificio, pero siguen pendientes de respuestas. &ldquo;Cada cierto tiempo aparece alguien que viene a preguntar. Vienen peri&oacute;dicamente. Se van y vuelven.  Est&aacute;n siguiendo los trabajos de rescate&rdquo;, dicen las mismas fuentes frente a una carpa levantada en la carretera, ya a oscuras. La chaqueta roja permanece colgada entre los cascotes. La madrina de la ni&ntilde;a volvi&oacute; a casa con la manta, sin poder abrigar al beb&eacute;. Una lavadora cae desde la misma habitaci&oacute;n a donde el abuelo, padre y suegro de esa familia desaparecida no ha dejado de mirar durante casi 24 horas. El piso est&aacute; cada vez m&aacute;s despejado y, mientras los trabajadores lanzan objetos al vac&iacute;o, sus seres queridos pasar&aacute;n esta noche con la mente atrapada en la m&iacute;nima posibilidad de encontrar vida bajo los escombros. 
    </p><p class="article-text">
        <em>*Actualizaci&oacute;n: En los d&iacute;as posteriores a la publicaci&oacute;n de esta informaci&oacute;n, el Departamento de Situaciones de Emergencia de Zaporiyia, confirm&oacute; el hallazgo de un total de 13 cuerpos sin vida. Uno de ellos era un beb&eacute;.</em> 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gabriela Sánchez, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/madre-escombros-24-horas-angustia-rescate-edificio-bombardeado-rusia-zaporiyia_1_9999849.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Mar 2023 21:49:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cuando tu madre está bajo los escombros: 24 horas de angustia en el rescate de un edificio atacado por Rusia en Zaporiyia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ucrania,Crisis Ucrania,Rusia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Huida de Bajmut bajo el fuego ruso que no cesa: "No me creo que esté vivo"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/huida-bajmut-fuego-ruso-no-cesa-no-creo-vivo_1_9996211.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/964280e6-6c06-47b1-8662-7778c400fe04_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Huida de Bajmut bajo el fuego ruso que no cesa: &quot;No me creo que esté vivo&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Bajo la constante artillería rusa, la organización Ángeles Blancos está ayudando a evacuar a civiles de Bajmut, donde cada vez es más complicado escapar. "Nos da pena irnos, pero aquí ya no se podía vivir", dice uno de los desplazados</p><p class="subtitle">De portero de discotecas de Madrid a combatir en las zonas calientes del Donbás
</p></div><p class="article-text">
        En los bolsillos de sus pantalones, Oleg Martynenko guarda varios manojos de llaves. Tantas que necesita utilizar sus dos manos para mostrarlas. Cada una de ellas guarda una historia, y &eacute;l se las sabe: son las llaves que sus vecinos le confiaron para vigilar sus viviendas y cuidar las mascotas ante su huida de la disputada ciudad de Bajmut (Donetsk). Mientras todos se iban, &eacute;l se quedaba. Hasta este mi&eacute;rcoles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Acaba de descender de una furgoneta blindada de la organizaci&oacute;n &Aacute;ngeles Blancos, en la que ha logrado ser evacuado, bajo fuego ruso, de la ciudad donde las fuerzas ucranianas y rusas est&aacute;n librando feroces combates. El cerco del Kremlin es cada vez m&aacute;s estrecho y cada vez es m&aacute;s dif&iacute;cil salir. &ldquo;A&uacute;n no llego a creerme que siga vivo&rdquo;, dice el hombre, de 70 a&ntilde;os, sentado sobre un colch&oacute;n en el suelo de un centro religioso de Kramatorsk, convertido en un campo improvisado de desplazados de las zonas m&aacute;s calientes del Donb&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Coge su m&oacute;vil para explicar por qu&eacute; decidi&oacute; marcharse. Hace unas semanas, un proyectil cay&oacute; en el patio de su casa y hace unos d&iacute;as, un ataque de artiller&iacute;a revent&oacute; el s&oacute;tano donde sol&iacute;a esconderse, relata. &ldquo;Unos minutos antes me hab&iacute;a dado el impulso de bajar al refugio. Cuando iba a salir de casa, cay&oacute;&rdquo;. No quer&iacute;a marcharse porque, dice, quer&iacute;a seguir ayudando a sus vecinos y cuidar de sus mascotas. Tampoco quer&iacute;a abandonar la vivienda en la que creci&oacute; junto a sus padres en Bajmut por si alguien le robaba sus pertenencias. &ldquo;Pero sent&iacute;a que un tanque ruso estaba apuntando a mi casa. Me daba la sensaci&oacute;n de que, cada vez que sal&iacute;a de casa, bombardeaban&rdquo;, asegura el se&ntilde;or, con el pelo desali&ntilde;ado tras semanas sin poder darse una ducha, sin saber si sus sospechas se tratan solo de una percepci&oacute;n fruto del miedo.
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                Oleg Martynenko, en el refugio de Kramatorsk con sus pocas pertenencias.                            </span>
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        En la misma furgoneta blindada en la que escap&oacute; Oleg, que recorr&iacute;a a gran velocidad las calles bombardeadas de Bajmut, Larissa Kvitko miraba por la ventanilla sin a&uacute;n asumir lo que estaba pasando. &ldquo;Ha sido al llegar aqu&iacute; (a Kramatorsk) cuando me he dado cuenta. Cuando me he visto segura, me he puesto a llorar&rdquo;, cuenta la mujer entre l&aacute;grimas. Tambi&eacute;n responde con fotograf&iacute;as a la pregunta &ldquo;&iquest;por qu&eacute; has decidido irte ahora?&rdquo;. A falta de palabras, quiere mostrar lo sufrido durante meses de incesantes bombardeos. Busca nerviosa en su m&oacute;vil: &ldquo;Vas a verlo. Esto era mi cocina&rdquo;, sostiene, se&ntilde;alando un lugar en el que ahora solo se ve una pared en pie rodeada de escombros. &ldquo;Un momento antes de que cayese yo estaba ah&iacute;, cocinando&rdquo;. Eso ocurri&oacute; el pasado 23 de febrero. Al d&iacute;a siguiente, cuando un vecino le ayudaba a cubrir las ventanas rotas por el impacto, otro proyectil cay&oacute; muy cerca de su vivienda. &ldquo;Ah&iacute; decid&iacute; que no pod&iacute;a quedarme m&aacute;s&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de dormir cuatro d&iacute;as en el s&oacute;tano, la ma&ntilde;ana de este martes lleg&oacute;, con un carro de la compra y varias bolsas cargadas con sus pertenencias, a uno de los llamados &ldquo;puntos de invencibilidad&rdquo; habilitados por las autoridades ucranianas, donde se registr&oacute; para ser evacuada. Tambi&eacute;n le acompa&ntilde;aba su gato, con el que cargaba en un transport&iacute;n.&nbsp;
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                Evacuaciones de civiles desde Chasiv Yar y Bajmut hasta Kramatorsk.                            </span>
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        Olga Mironova vivi&oacute; en un s&oacute;tano durante cinco meses ante el miedo de sufrir un ataque. Durante ese tiempo, sin luz ni agua, no ha podido cargar su tel&eacute;fono m&oacute;vil ni llamar a ninguno de sus familiares. Ha estado incomunicada, solo con la puntual compa&ntilde;&iacute;a de algunas de sus vecinas. Por eso enciende el m&oacute;vil con ilusi&oacute;n para mostrar una imagen de su hija, bloqueada en una zona ocupada por las tropas rusas. &ldquo;Hace mucho que no veo sus fotos&rdquo;, dice la mujer, de 60 a&ntilde;os. A mediados de enero, al intercambio de artiller&iacute;a se sum&oacute; el &ldquo;sonido de los disparos&rdquo;. &ldquo;Salir a la calle era muy peligroso, me daba mucho miedo&rdquo;, cuenta la sexagenaria. &ldquo;Me quer&iacute;a ir de all&iacute;, pero no sab&iacute;a c&oacute;mo. Y me daba miedo que mi nieta me rega&ntilde;ase por salir&rdquo;. Despu&eacute;s de que un proyectil impactase muy cerca del s&oacute;tano donde se refugiaba, Olga prepar&oacute; sus cosas. Un d&iacute;a m&aacute;s &ldquo;tranquilo&rdquo; empez&oacute; a caminar hacia la casa de su nieta. A su llegada comprob&oacute; que ya se hab&iacute;a ido. No sab&iacute;a d&oacute;nde estaba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Perdida y aterrada, algunas personas le orientaron para encontrar un lugar donde cargar su tel&eacute;fono y solicitar una evacuaci&oacute;n. &ldquo;Yo no sab&iacute;a que exist&iacute;an estos lugares, estaba muy aislada&rdquo;. Supo que su nieta estaba en Zaporiyia.&nbsp;A su llegada a Kramatorsk, ya a salvo, le ha entrado una llamada. La voz del otro lado del tel&eacute;fono suena a casa y le empuja a llorar de emoci&oacute;n. &ldquo;Estoy en Kramatorsk. Estoy bien, no te preocupes&rdquo;,&nbsp;&nbsp;dice Olga sofocada.&nbsp;
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                Evacuaciones de civiles desde Chasiv Yar y Bajmut hasta Kramatorsk.                            </span>
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        En los alrededores de Bajmut, tambi&eacute;n aumenta la desesperaci&oacute;n entre los vecinos ante la posible ca&iacute;da de la ciudad de al lado. Los bombardeos en Chasiv Yar, una de las localidades m&aacute;s pr&oacute;ximas al frente, cuya carretera es uno de los pocos accesos disponibles hacia la ciudad en disputa, fuerzan a huir a algunas de las personas que se resist&iacute;an a hacerlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la puerta de uno de los puntos de recogida, el estruendo de las bombas es constante. Vlad&iacute;mir Saprykin observa nervioso hacia la carretera, impaciente por la llegada de la furgoneta que va a sacarle de all&iacute;. &Eacute;l viv&iacute;a en la zona de Chasiv Yar pr&oacute;xima al canal, un &aacute;rea especialmente castigada por el fuego ruso. Hace un mes, un misil impact&oacute; en su vivienda. &Eacute;l sobrevivi&oacute;, pero su cu&ntilde;ado falleci&oacute; en el acto. Apenas puede hablar sobre ello. Cuando empieza a relatar lo ocurrido, sus manos tiemblan de forma visible.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de un mes alojado en casa de su hermana, en otro punto de la ciudad, ha decidido escapar. &ldquo;Cuando escucho las explosiones, tiemblo. Pienso que va a volver a pasar. Por la noche tengo que dormir con la luz encendida, me da mucho miedo&rdquo;, sostiene el hombre. No sabe a d&oacute;nde va. &ldquo;A un sitio donde no escuche esto&rdquo;, dice justo despu&eacute;s de que el suelo y las paredes tiemblen tras un ataque de artiller&iacute;a.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Evacuaciones de civiles desde Chasiv Yar y Bajmut hasta Kramatorsk.                            </span>
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        Una furgoneta aparece. Vlad, un voluntario de &Aacute;ngeles Blancos, coge un papel y grita el nombre de Vlad&iacute;mir, quien corre a prepararse. Antes de marcharse debe recoger a una pareja en su casa. Igor es ciego y no puede desplazarse hasta el punto de recogida. &Eacute;l y su mujer ya est&aacute;n preparados: &ldquo;Nos da pena irnos, pero aqu&iacute; ya no se pod&iacute;a vivir&rdquo;, dice el hombre. Sus viviendas, destrozadas por los ataques, est&aacute;n cubiertas con madera.
    </p><p class="article-text">
        Algunos huecos sin cubrir est&aacute;n protegidos con calcetines. &ldquo;Ten&iacute;amos mucho fr&iacute;o&rdquo;, dice el hombre, de 80 a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vlad le ayuda a subir en una peque&ntilde;a furgoneta en la que no cabe ni una persona m&aacute;s. Mientras ultima los preparativos para marcharse, el sonido del silbido que precede a la ca&iacute;da de un misil despierta el nerviosismo de su compa&ntilde;era. El proyectil cae a unos 200 metros de donde nos encontramos, pero no causa da&ntilde;os, al impactar sobre una explanada de arena. Vlad pega un grito: &ldquo;&iexcl;Nos vamos ya!&rdquo;. Durante el camino, aprieta el acelerador. Quiere llegar cuanto antes para que todos respiren tranquilos.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gabriela Sánchez, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/huida-bajmut-fuego-ruso-no-cesa-no-creo-vivo_1_9996211.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Mar 2023 21:36:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Huida de Bajmut bajo el fuego ruso que no cesa: "No me creo que esté vivo"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Crisis Ucrania,Ucrania,Rusia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De portero de discotecas de Madrid a combatir en las zonas calientes del Donbás]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/portero-discotecas-madrid-combatir-zonas-calientes-donbas_1_9989575.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4efba131-379f-469a-9be7-6495553d23d2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De portero de discotecas de Madrid a combatir en las zonas calientes del Donbás"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Oleg dejó la vida que construyó en España durante 23 años para alistarte como soldado voluntario el año pasado. Ahora, como rastreador en el Donbás, ha desarrollado misiones en los puntos más calientes de la guerra, mientras su hija adolescente, de nacionalidad española, le escribe preocupada desde Madrid</p><p class="subtitle">La vida de quienes no se van de los pueblos más próximos al frente ucraniano Bajmut</p></div><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;C&oacute;mo se le dice a una hija que se va a la guerra?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Le dije que la quer&iacute;a mucho, pero que me ten&iacute;a que ir. Que all&iacute; estaba la abuela, su t&iacute;a, su sobrino y que ten&iacute;a que estar.
    </p><p class="article-text">
        En una de las pocas cafeter&iacute;as abiertas en la militarizada ciudad de Kramatorsk (Donetsk), uno de los puntos clave de tr&aacute;nsito de los soldados ucranianos movilizados en el Donb&aacute;s, Oleg busca en su m&oacute;vil una foto de su hija en un concierto de Getafe (Madrid). La mira con nostalgia y algo de culpa. Hace un a&ntilde;o decidi&oacute; abandonar la vida que construy&oacute; durante 23 a&ntilde;os en Espa&ntilde;a para irse a la guerra.
    </p><p class="article-text">
        Cuando el 24 de febrero del a&ntilde;o pasado Oleg se despert&oacute; en su casa de Getafe (Madrid), sab&iacute;a que su vida dejar&iacute;a de ser lo que era. Aquella ma&ntilde;ana ten&iacute;a dentista, pero su mente ya empez&oacute; a maquinar. Primero, bromeaba con su hija sobre la posibilidad de alistarse. Pocos d&iacute;as despu&eacute;s, le pidi&oacute; que se sentase. Iba en serio: su padre se ir&iacute;a a combatir a la guerra de Ucrania.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Oleg muestra una foto con su hija, que vive en España mientras él lucha en el Donbás ucraniano."
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            <span class="title">
                Oleg muestra una foto con su hija, que vive en España mientras él lucha en el Donbás ucraniano.                            </span>
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        &ldquo;Cuando me dijo que se iba a ir, no sab&iacute;a si tom&aacute;rmelo de broma o de verdad. Estaba tranquila y le o&iacute;a hablar por tel&eacute;fono planeando, pero no quer&iacute;a hacerle caso&rdquo;, recuerda la ni&ntilde;a por un mensaje de Whatsapp desde Madrid. &ldquo;Va a ser broma&rdquo;, se repet&iacute;a, &ldquo;al final no se va a ir&rdquo;. Pero en marzo de 2022 Oleg se fue. &ldquo;No quer&iacute;a que lo hiciese por si le pasa algo o le pasa algo ahora. Estaba bastante preocupada, pero tampoco pod&iacute;a enfadarme con &eacute;l por hacer algo que &eacute;l sent&iacute;a que deb&iacute;a hacer&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Oleg le dijo que volver&iacute;a pronto. Un a&ntilde;o despu&eacute;s, recorre el centro de Kramatorsk con su traje militar. El ya &ldquo;sargento&rdquo; habla de estrategias en el campo de batalla, de tipos de armamento, de misiones delicadas en las zonas m&aacute;s calientes del Donb&aacute;s. Es rastreador, por lo que suele formar parte de arriesgadas misiones que buscan hacer comprobaciones en terrenos menos explorados del frente.
    </p><p class="article-text">
        Un a&ntilde;o despu&eacute;s, dice tambi&eacute;n, ha visto la muerte demasiado cerca. Pero a su vez, reconoce, ha encontrado un lugar, un sentimiento de pertenencia que no hab&iacute;a llegado a alcanzar en Madrid, seg&uacute;n transmite.
    </p><p class="article-text">
        A finales de febrero de 2022, se compr&oacute; unas botas resistentes y una serie de material militar que pens&oacute; que podr&iacute;a serle &uacute;til, en base a las nociones que a&uacute;n recordaba de los dos a&ntilde;os que Oleg pas&oacute; en el Ej&eacute;rcito ucraniano, del a&ntilde;o 93 al 95. En cuesti&oacute;n de d&iacute;as, anunci&oacute; a sus jefes que no regresar&iacute;a a la discoteca de Col&oacute;n (Madrid) donde trabajaba como portero durante las madrugadas de cada fin de semana. Tampoco a la obra donde tambi&eacute;n estaba empleado los d&iacute;as laborables. 
    </p><h3 class="article-text">Su llegada a Espa&ntilde;a</h3><p class="article-text">
        Oleg emigr&oacute; a Espa&ntilde;a desde su regi&oacute;n natal, Le&oacute;polis, en 1999. &ldquo;Aqu&iacute; era muy dif&iacute;cil&rdquo;, sostiene el ucraniano. &ldquo;No pagaban bien en esos tiempos. No daba para sobrevivir. A trav&eacute;s de un contacto, le sali&oacute; una oferta de trabajo como vigilante de seguridad en Espa&ntilde;a. Empez&oacute; a encadenar un empleo tras otro. Trabajaba todos los d&iacute;as de la semana y consigui&oacute; lo que buscaba: &rdquo;Estoy muy contento porque he podido ayudar a mi mam&aacute; a mandar algo de dinero cada mes&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, el salario que cobra por su trabajo en el ej&eacute;rcito, centrado habitualmente en zonas calientes de la guerra y con personas a cargo, tambi&eacute;n le permite seguir enviando dinero a su hija y a su madre. En sus horas de descanso, busca c&oacute;mo hacerle llegar a su ni&ntilde;a un tel&eacute;fono m&oacute;vil: &ldquo;Soy su padre y estoy aqu&iacute;, tengo que darle lo que pide&rdquo;.
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                Oleg es rastreador en el Ejército ucraniano.                            </span>
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        Cuenta que hay dos razones para estar aqu&iacute;. Por las que quiso venir y por las que aguanta la dif&iacute;cil vida del militar en el Donb&aacute;s. La primera es la defensa de su pa&iacute;s. &ldquo;No del Gobierno, ni los pol&iacute;ticos, corre a aclarar&rdquo;. La segunda, dice, con media sonrisa: &ldquo;La adrenalina&rdquo;. &ldquo;A pesar de los momentos dif&iacute;ciles, la adrenalina que siento despu&eacute;s de una misi&oacute;n, e incluso despu&eacute;s de un bombardeo en el que sobrevivimos, ayuda a seguir. Me gusta descargar adrenalina para defender mi pa&iacute;s&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los ojos de Oleg se enrojecen en dos momentos de la entrevista. Cuando habla de su hija, Anna, y de su madre. La adicci&oacute;n a la &ldquo;adrenalina&rdquo; no silencia todo. Y el ucraniano describe el miedo vivido en algunas de sus misiones desarrolladas en 2022. &ldquo;He visto muerte, he visto todo. Tres veces llegu&eacute; a llamar a mi madre, porque pensaba que no regres&aacute;bamos. Me estuve despidiendo de ella&rdquo;, cuenta el soldado voluntario. &ldquo;La dec&iacute;a que la quer&iacute;a, sin decirle d&oacute;nde iba ni mis miedos, pero lo hac&iacute;a pensando que quiz&aacute; era la &uacute;ltima vez&rdquo;. No lo fue. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Lo peor es cuando vamos por ah&iacute; y empiezan a disparar de todo. Hay aviones, helic&oacute;pteros. Ah&iacute; t&uacute; notas que tu cuerpo empieza a estallar. Te tiras al suelo, dejas la cabeza pegada y, cuando para, levantas la mirada y compruebas si tus amigos est&aacute;n bien&rdquo;, relata Oleg.
    </p><p class="article-text">
        Y lo que m&aacute;s valora, dice, son ellos, esos compa&ntilde;eros a los que mira nada m&aacute;s acallarse el bombardeo. &ldquo;Si uno tiene un poquito m&aacute;s de miedo te vas a hablar con &eacute;l, te est&aacute;s hablando para que respire mejor. Hasta cuando estamos visti&eacute;ndonos y prepar&aacute;ndonos para la misi&oacute;n bailamos un poquito, para descargar&rdquo;.
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                Oleg volvió a Ucrania para alistarse tras 23 años viviendo en España.                            </span>
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        &ldquo;Es como tu familia. Nos cuidamos unos a los otros. Somos un equipo. Si no, no resistir&iacute;amos&rdquo;, dice Oleg. Describe sus d&iacute;as en la guerra con una pasi&oacute;n y alegr&iacute;a que sorprende. Aqu&iacute;, cuenta, ha encontrado su lugar. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Eres m&aacute;s feliz aqu&iacute;, en plena guerra, que en Espa&ntilde;a?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Salvo por lo que echo de menos a mi hija, s&iacute;. Soy feliz porque siento que estoy en el lugar donde tengo que estar. Es lo m&aacute;s importante que he hecho. Pero volver&eacute;, porque mi hija lo es todo.
    </p><p class="article-text">
        Desde Madrid, la hija de Oleg cuenta que intenta hablar con su padre siempre que puede: &ldquo;Una cosa que suelo revisar constantemente es la &uacute;ltima hora de conexi&oacute;n en el WhatsApp. Le suelo escribir algo. As&iacute; veo cu&aacute;ndo le llegan los mensajes&rdquo;. &Eacute;l le contesta. 
    </p><p class="article-text">
        En Kramatorsk, una explosi&oacute;n interrumpe la conversaci&oacute;n. El suelo tiembla, pero Oleg le resta importancia. Poco antes de despedirse, recibe un mensaje. Nos lo muestra: &lsquo;Te quiero&rsquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Es la ni&ntilde;a&rdquo;, dice el militar. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gabriela Sánchez, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/portero-discotecas-madrid-combatir-zonas-calientes-donbas_1_9989575.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Feb 2023 21:34:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De portero de discotecas de Madrid a combatir en las zonas calientes del Donbás]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ucrania,Crisis Ucrania]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La vida de quienes no se van de los pueblos más próximos al frente ucraniano de Bajmut]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/vida-no-pueblos-proximos-frente-bajmut_1_9986665.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e74892b7-fa3c-4b46-81af-3bf9ae47891a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La vida de quienes no se van de los pueblos más próximos al frente ucraniano de Bajmut"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En Chasiv Yar, una de las localidades más próximas al frente ucraniano de Bajmut (Donetsk), los vecinos viven, bajo el fuego cruzado, sin agua, luz ni gas. La mayoría de quienes aún no han sido evacuados son ancianos, como Naia, quien sobrevive gracias a las visitas de Liuba</p><p class="subtitle">A 10 kilómetros de la frontera con Rusia: un día con el batallón ucraniano que vigila los pueblos vacíos del norte de Járkov</p></div><p class="article-text">
        Una sombra se dibuja entre la niebla que empa&ntilde;a las calles vac&iacute;as de Chasiv Yar, una de las localidades m&aacute;s pr&oacute;ximas al frente ucraniano de Bajmut (Donetsk). El sonido de las explosiones irrumpe de forma reiterada en el silencio de la ciudad, pero Liuba camina despacio, con cuidado de no resbalar sobre el hielo. En su bolso carga un termo y varios <em>tuppers </em>de la comida que pudo preparar antes de un nuevo apag&oacute;n de electricidad. En unos minutos, la comida estar&aacute; frente al sof&aacute; de Naia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras la trabajadora social se dirige a su destino, Naia espera a Liuba sin saber que la espera.&nbsp;Cuando abre la puerta de su vivienda, un fuerte olor muestra de golpe la soledad de quien resiste en su interior.&nbsp;La anciana, con una pronunciada demencia, pasa noche y d&iacute;a en el sof&aacute; donde nos recibe. Apenas puede caminar, no puede levantarse para cocinar, para asearse, para ir al ba&ntilde;o ni para acostarse en su cama. A sus pies reposa un cubo naranja, donde suele hacer sus necesidades. Pasa las horas sobre los mismos cojines, con poco entretenimiento m&aacute;s que sus desordenados pensamientos. 
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                    alt="Naia, sentada en el sofá donde pasa las 24 horas del día. A sus pies tiene un cubo naranja, donde en ocasiones hace sus necesidades."
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            <span class="title">
                Naia, sentada en el sofá donde pasa las 24 horas del día. A sus pies tiene un cubo naranja, donde en ocasiones hace sus necesidades.                            </span>
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        Es la primera parada de la ruta de Liuba, una trabajadora social que apoya a las personas mayores que permanecen en Chasiv Yar, donde el fuego cruzado entre las tropas rusas y ucranianas se ha intensificado en las &uacute;ltimas semanas. La localidad est&aacute; siendo atacada por el Ej&eacute;rcito del Kremlin, que busca bloquear el &uacute;nico paso por el que los soldados ucranianos trasladan suministros a Bajmut, la siguiente ciudad del Donb&aacute;s que Rusia aspira a controlar.&nbsp;Esta ciudad de los alrededores de Bajmut est&aacute; militarizada. Sus s&oacute;tanos est&aacute;n ocupados por soldados que buscan impedir la ocupaci&oacute;n de la zona. Muy cerca de la vivienda de la vivienda de Naia, militares de Ucrania lanzan artiller&iacute;a hacia las posiciones del Kremlin. 
    </p><p class="article-text">
        La vivienda tiembla, como la de todos los vecinos, durante las noches de bombardeos. Y ella sigue sola, sin apenas saber nada de esta guerra; sin poder hacer mucho m&aacute;s que esperar. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Llevo seis horas sola, sin que venga nadie a verme&rdquo;, se queja algo alterada. Liuba se arremanga, se coloca unos guantes, y empieza a trajinar. Sobre el mismo sof&aacute;, la trabajadora social asea a la anciana, le cambia de ropa interior, que recoge y traslada al ba&ntilde;o para dejarla a remojo en un barre&ntilde;o. Obtiene el agua de la ba&ntilde;era, llena desde hace unos d&iacute;as, preparada ante la reiterada falta de suministro de agua en la localidad.  
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                Liuba ayuda a la anciana a acomodarse en el sofá                            </span>
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        El sonido de una nueva explosi&oacute;n se escucha desde su vivienda, pero Naia est&aacute; perdida en sus recuerdos. &ldquo;Fui una vez al mar Negro, de viaje, dos semanas y volvimos bronceadas&rdquo;, cuenta la octogenaria. Se peina con esmero y se recoge el pelo con un peine amarillo, mientras vuelve a aquellas vacaciones donde transmite haber sido feliz: &ldquo;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; mi ba&ntilde;ador? &iquest;No pusiste mi ba&ntilde;ador?&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nunca dice nada de la guerra. Creo que no es consciente&rdquo;, comenta Liuba, mientras se mueve de un lado a otro de la peque&ntilde;a vivienda. La anciana esboza a menudo frases inconexas, aunque tambi&eacute;n surgen momentos de lucidez. Pero en Chasiv Yar no son buenos tiempos para encontrarse con la realidad: &ldquo;Mejor que no se entere de lo que pasa ahora&rdquo;. 
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                Liuba prepara la comida para la anciana a la que atiende unas horas al día                            </span>
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                </figure><h3 class="article-text">Sin luz, gas, electricidad ni cobertura</h3><p class="article-text">
        Liuba sirve la comida que corri&oacute; a preparar la noche anterior, antes del corte de luz de este domingo, que se suma a la falta de agua y gas en pleno invierno. &ldquo;Esto est&aacute; fr&iacute;o&rdquo;, dice la octogenaria sobre la comida. Empuja un poco el plato hacia un lado con decepci&oacute;n: &ldquo;No voy a comer&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Debe irse, pero la trabajadora social no se queda tranquila: &ldquo;He tra&iacute;do todo fr&iacute;o, la mujer se queja, claro, pero no tengo d&oacute;nde calentarlo. Prepar&eacute; ayer la comida y hoy se produjo el corte de luz&rdquo;, se excusa sin que pueda remediarlo. Algo se le ocurre para calentar el est&oacute;mago de Naia. &ldquo;Iba a ir a un lugar donde puedo cargar mi tel&eacute;fono, har&eacute; t&eacute; caliente y se lo traigo&rdquo;, explica la sexagenaria, m&aacute;s agobiada por el corte de electricidad que por el sonido de la artiller&iacute;a: &ldquo;Antes, si no hab&iacute;a luz, hab&iacute;a gas. Ahora no tenemos nada. No tenemos ni conexi&oacute;n&rdquo;, lamenta la mujer. Recoge sus cosas y se dirige a la siguiente parada: uno de los llamados &ldquo;puntos de invencibilidad&rdquo;, los espacios habilitados por las autoridades ucranianas para ofrecer a la poblaci&oacute;n un lugar donde calentarse, hacerse un caf&eacute; caliente o cargar sus tel&eacute;fonos. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Liuba recorre cada día la localidad para atender a personas mayores que no han sido evacuadas.                            </span>
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                </figure><h3 class="article-text">Un lugar donde calentarse</h3><p class="article-text">
        Varias personas fuman a la entrada del edificio. En el interior, una decena de vecinos charlan en una sala a oscuras. Varias linternas de tel&eacute;fonos m&oacute;viles permiten intuir sus rostros. Algunos vecinos han acudido en busca de otro generador, por lo que la mujer se sienta junto al a estufa y espera a que traigan la luz a este punto mientras charla con su amiga Liudmila: &ldquo;Solemos pasear juntas sobre las cuatro de la tarde. Si no, el d&iacute;a se hace muy largo, debemos entretenernos para no pensar demasiado&rdquo;, comenta la vecina, sentada en una de las mesas, donde toma un t&eacute; caliente. &ldquo;Es muy dif&iacute;cil vivir aqu&iacute;. No puedo ni ducharme, no puedo lavar mi ropa &iacute;ntima. Cuando cae la noche, no hacemos mucho m&aacute;s que acostarnos e intentar descansar, pero es complicado. Pienso demasiado&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Liudmila, de 70 a&ntilde;os, no quiere irse de la ciudad donde naci&oacute; porque, dice, no quiere vivir como desplazada en precarias condiciones en otro punto del pa&iacute;s: &ldquo;No tengo a d&oacute;nde ir. Si tuviese una pensi&oacute;n m&aacute;s alta, s&iacute; me ir&iacute;a, pero sin recursos es muy complicado&rdquo;. Suena una fuerte detonaci&oacute;n, lanzada muy cerca de donde nos encontramos por parte de los soldados ucranianos, pero la mujer mantiene su conversaci&oacute;n sin inmutarse. Se queja de la baja pensi&oacute;n de los mayores mientras otros asienten a su alrededor. Disminuye el volumen de su voz cuando habla sobre su opini&oacute;n acerca de las responsabilidades de esta guerra.
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                    alt="Liuba carga su teléfono a oscuras, en el punto habilitado para calentarse y regargar. Tras irse la luz, necesitan conseguir otro generador para tener energía suficiente para todo."
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                Liuba carga su teléfono a oscuras, en el punto habilitado para calentarse y regargar. Tras irse la luz, necesitan conseguir otro generador para tener energía suficiente para todo.                            </span>
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        &ldquo;No puedo decir mucho. No puedo hablar, pero Petr&oacute; Poroshenko [expresidente ucraniano] dijo en 2014:&nbsp;'Nuestros hijos se van a la escuela y vuestros hijos se van a los s&oacute;tanos. Puedes entender de qu&eacute; se trata, qui&eacute;n es culpable y qui&eacute;n no lo es&rdquo;, sugiere la mujer, de tendencia prorrusa, como buena parte de la poblaci&oacute;n del Donb&aacute;s. Durante su invasi&oacute;n, las tropas de Vlad&iacute;mir Putin han intentado apoderarse de la totalidad de las regiones Lugansk y Donetsk, el territorio que reclaman los separatistas prorrusos y forman el Donb&aacute;s, al este del pa&iacute;s y foco de un conflicto armado desde 2014. En septiembre, Rusia anunci&oacute; la anexi&oacute;n de estos territorios en un movimiento condenado internacionalmente.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El Donb&aacute;s ha pedido dividirse, quer&iacute;amos ser independientes. Quer&iacute;amos tener historia propia, hablar en ruso y no necesitamos a [Stepan] Bandera&rdquo;, dice en referencia al l&iacute;der nacionalista ucraniano que colabor&oacute; con los nazis en la Segunda Guerra Mundial. &ldquo;No necesitamos a sus h&eacute;roes. Tenemos nuestros h&eacute;roes, para qu&eacute; necesitamos a vuestros h&eacute;roes&rdquo;, contin&uacute;a, con cuidado de no hablar de m&aacute;s en una ciudad militarizada por los soldados ucranianos que tratan de repeler el avance ruso. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nadie quiere que pasen estas cosas. Antes fuimos como hermanos con Rusia. Todos eran amigos. Ahora, todos son enemigos. Tenemos problemas, grandes problemas&rdquo;, reflexiona. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Liudmila, en el punto habilitado para calentarse y cargar sus teléfonos móviles                            </span>
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                </figure><h3 class="article-text">Chasiv Yar, &iquest;el 'pr&oacute;ximo Bajmut'?</h3><p class="article-text">
        A una decena de kil&oacute;metros, las tropas rusas no cejan en sus intentos de capturar la ciudad de Bajmut, un importante nudo de comunicaciones en la regi&oacute;n de Donetsk, cuyos alrededores son desde hace meses escenarios de encarnizados combates. 
    </p><p class="article-text">
        El comandante en jefe de la agrupaci&oacute;n de tropas este, coronel general Oleksandr Syrskyi, asegur&oacute; a la Agencia Efe que &ldquo;los combates se libran en los alrededores y las afueras de la ciudad&rdquo;. Analistas se&ntilde;alan la posibilidad de que Chasiv Yar se convierta en escenario de la siguiente batalla clave en la zona, en caso de una hipot&eacute;tica ca&iacute;da de la disputada Bajmut. Seg&uacute;n la prensa estadounidense, la Casa Blanca aconsej&oacute; a Kiev renunciar a Bajmut, recomendando al Ej&eacute;rcito ucraniano replegarse varios kil&oacute;metros con el argumento de que en Chasiv Yar la altitud es mayor, por lo que ser&iacute;a m&aacute;s f&aacute;cil de defender. 
    </p><p class="article-text">
        La situaci&oacute;n se ha complicado en los &uacute;ltimos d&iacute;as y Liuba, que se resist&iacute;a a marcharse a otro punto del pa&iacute;s, empieza a plante&aacute;rselo. Pero antes debe evacuar a las ancianas que atiende. No quiere dejarlas atr&aacute;s: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; pasar&iacute;a con ellas?&rdquo;.&nbsp;La hija de Naia, la anciana a la que atiende, llama con insistencia desde Kiev, pero la conexi&oacute;n es d&eacute;bil. Pide ayuda para evacuar a su madre de Chasiv Yar. &ldquo;No pens&aacute;bamos que se iba a poner tan tenso. Me ha dado un contacto para evacuarla en los pr&oacute;ximos d&iacute;as, hay que sacarla&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        A Liuba tambi&eacute;n le retiene la situaci&oacute;n de su marido, quien tampoco apenas puede moverse debido a una discapacidad. &ldquo;Si estuviese sola, me habr&iacute;a ido ya. Pero con &eacute;l no es sencillo, no podemos ser acogidos en un polideportivo o lugares no adaptados para &eacute;l. Por eso esperaba... Pero voy a evacuar a las personas mayores y, despu&eacute;s, en una semana nos tendremos que ir&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Vlad&iacute;mir fuma nervioso a las puertas del centro comunitario. &ldquo;Ma&ntilde;ana me voy. Ya es insostenible&rdquo;, sostiene el hombre, de unos 60 a&ntilde;os. Tambi&eacute;n ha esperado debido a la enfermedad que padece su mujer, pero ya no puede m&aacute;s. &ldquo;Si esta noche no pasa nada, ma&ntilde;ana nos vamos&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Por qu&eacute; iba a pasar algo justo esta noche? 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Puede pasar en cualquier momento. Es una ruleta rusa. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gabriela Sánchez, Olmo Calvo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/vida-no-pueblos-proximos-frente-bajmut_1_9986665.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Feb 2023 21:29:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La vida de quienes no se van de los pueblos más próximos al frente ucraniano de Bajmut]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[A 10 kilómetros de la frontera con Rusia: un día con el batallón ucraniano que vigila los pueblos vacíos del norte de Járkov]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/10-kilometros-frontera-rusia-dia-batallon-ucraniano-vigila-pueblos-vacios-norte-jarkov_1_9984298.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b53f1c29-c53f-4a1a-b227-65d9f6b69f4d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="A 10 kilómetros de la frontera con Rusia: un día con el batallón ucraniano que vigila los pueblos vacíos del norte de Járkov"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es el escenario de una de las batallas en las que el Ejército ucraniano acabó por empujar el retroceso de las tropas rusas. "Aquí murió mi mejor amigo", recuerda Poltava mientras señala los distintos fragmentos de armamento desperdigados en las laderas de las carreteras.</p><p class="subtitle">Especial - Crónica multimedia de un año de guerra en Ucrania</p></div><p class="article-text">
        Algunas de las viviendas de Pytomnic, una peque&ntilde;a aldea de J&aacute;rkov situada a 10 kil&oacute;metros de la frontera con Rusia, gritaban clemencia: &ldquo;Esta casa est&aacute; habitada. Hay una familia y ni&ntilde;os&rdquo;, reza una inscripci&oacute;n en ruso en una puerta met&aacute;lica, desbaratada y perforada por los disparos, de la que apenas queda una parte en pie. Quien lo escribi&oacute; ya no est&aacute;. La familia y los ni&ntilde;os, tampoco. Nadie parece haber atendido a sus ruegos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Solo se escucha el sonido de las pisadas sobre la nieve que cubre los caminos de uno de los pueblos que fueron ocupados por las tropas rusas los primeros d&iacute;as de la invasi&oacute;n. El 24 de febrero de 2022, decenas de tanques procedentes de Rusia recorrieron a gran velocidad la carretera E105 desde el lado ruso de la frontera hasta alcanzar el centro de J&aacute;rkov. Lo recuerda el subcomandante Anatoly Poltava, de 22 a&ntilde;os, el d&iacute;a en que se cumple el aniversario del inicio de la guerra, en la misma furgoneta en la que durmi&oacute; durante semanas durante el arranque de la ofensiva.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A medida que la furgoneta avanza hacia la frontera, la destrucci&oacute;n se hace m&aacute;s evidente. Ramas de &aacute;rboles despellejadas y vencidas por las ondas expansivas, veh&iacute;culos calcinados, restos de misiles y de minas antipersona. La zona no permite moverse con libertad. Los militares deben caminar sobre las huellas marcadas en la nieve para disminuir los riesgos de que quedan espacios sin desminar.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Mensajes en la puerta de una vivienda bombardeada.                            </span>
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        Es el escenario de una de las batallas en las que el Ej&eacute;rcito ucraniano acab&oacute; por empujar el retroceso de las tropas rusas. &ldquo;Aqu&iacute; muri&oacute; mi mejor amigo&rdquo;, recuerda Poltava mientras se&ntilde;ala los distintos fragmentos de armamento desperdigados en las laderas de las carreteras. Despu&eacute;s aparecen las casas de Pytomic, arrasadas tras la ocupaci&oacute;n de las fuerzas del Kremlin y la posterior contraofensiva ucraniana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La estructura de un carrito de beb&eacute; abandonada, un radiador semiescondido, varios sacos de dormir, un paquete de comida militar rusa, veh&iacute;culos marcados con la &ldquo;z&rdquo; convertida en s&iacute;mbolo del ej&eacute;rcito del Kremlin, una camiseta infantil tendida frente a una vivienda destruida&hellip; El rastro de la vida de quienes resid&iacute;an en este pueblo pr&oacute;ximo a la frontera con Rusia se funde con las se&ntilde;ales de la guerra. En el interior de una amplia casa con las paredes arrasadas, aparecen monta&ntilde;as de restos de armamento. &ldquo;Aqu&iacute; los rusos crearon un almac&eacute;n de munici&oacute;n&rdquo;, detalla el subcomandante.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el camino, un perro se acerca a la carrera en busca de atenci&oacute;n o alimento. Nos acompa&ntilde;a durante parte del trayecto. Nadie sabe si sus due&ntilde;os huyeron y lo dejaron atr&aacute;s. Tampoco si siguen viviendo. &ldquo;Cuando nuestras tropas recuperaron el lugar, estos perros se estaban alimentando a base de cad&aacute;veres&rdquo;, asegura el militar. Un poco m&aacute;s adelante, se&ntilde;ala el esqueleto de una cabeza de perro, medio enterrada entre la nieve.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Restos de los ataques en Járkov.                            </span>
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        Para evitar que vuelva a ocurrir, para vigilar la misma carretera por donde accedieron, de manera s&uacute;bita, las tropas rusas hace un a&ntilde;o, Rizado hace guardias en uno de los asentamiento a militares que la Brigada 5 del ej&eacute;rcito mantiene en diversos puntos pr&oacute;ximos a la frontera, cuyas localizaciones no pueden ser difundidas ante el riesgo de ataque ruso. 'Rizado' es el nombre en clave de Rom&aacute;n, un joven de 21 a&ntilde;os que no quiere ser militar pero le toc&oacute; serlo en el peor momento posible. La invasi&oacute;n rusa de su pa&iacute;s le coincidi&oacute; con el servicio de formaci&oacute;n militar obligatorio. &ldquo;Ha sido mala suerte&rdquo;, reconoce el chaval. A&uacute;n no llega a creerse que haya pasado un a&ntilde;o desde la madrugada en que empez&oacute; a escuchar los bombardeos. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hoy -este viernes 24 de febrero-, mientras desayun&aacute;bamos, hemos recordado ese primer d&iacute;a. Pas&eacute; miedo. Lo peor eran los ataques diarios a las tres de la madrugada. Siempre a la misma hora&rdquo;, recuerda Rom&aacute;n, tambi&eacute;n estudiante de ingenier&iacute;a. El soldado&nbsp;combina las guardias en este punto clave del norte de J&aacute;rkov con sus clases universitarias online, que no ha abandonado a pesar de la guerra. Recuerda tambi&eacute;n de ese 24 de febrero su inquietud por no poder hablar con su madre: &ldquo;Al estar en el servicio militar obligatorio nos retiran los m&oacute;viles&rdquo;. No pudo hablar con ella hasta dos d&iacute;as despu&eacute;s. &ldquo;Rompi&oacute; a llorar. Estaba muy preocupada y le alivio mucho escuchar su voz&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A ratos libres, estudia en la peque&ntilde;a cocina levantada en lo que fue una parada de autob&uacute;s. &ldquo;La he construido yo&rdquo;, dice el aprendiz de militar movilizado en la contienda.&nbsp;La caldera proporciona el suficiente calor para resguardarse de los ocho grados bajo cero del exterior. En sus horas de descanso, desciende por los pasadizos subterr&aacute;neos creados en este puesto de control, fortificados con madera y construidos en zig-zag, para reducir el riesgo ante un posible ataque. All&iacute;, bajo tierra descansa junto al resto de compa&ntilde;eros del batall&oacute;n en un cuarto de literas.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Viacheslav permaneció con su mujer a pesar de los intensos bombardeos."
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                Viacheslav permaneció con su mujer a pesar de los intensos bombardeos.                            </span>
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        A unos 15 kil&oacute;metros de la frontera, tambi&eacute;n en la hilera de pueblos que rodean la carretera que conecta Rusia con J&aacute;rkov, otro pueblo: Ruska losova. A diferencia de la aldea vecina, sus calles desiertas enga&ntilde;an. En la despejada carretera, aparece en el horizonte la silueta de un hombre delgado que empuja una carretilla cargada de le&ntilde;a. Su andar relajado contrasta con la rapidez de los escasos veh&iacute;culos, todos militares, que atraviesan la v&iacute;a. Se llama Viacheslav y tiene 45 a&ntilde;os. No se ha ido del pueblo desde el inicio de la guerra. Tambi&eacute;n castigado por el intercambio de artiller&iacute;a y la ocupaci&oacute;n rusa, el vecino permaneci&oacute; con su mujer a pesar de los intensos bombardeos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Viacheslav ha dedicado este a&ntilde;o de guerra a ayudar a los vecinos ancianos que, como &eacute;l, optaron por permanecer incluso en los peores momentos de la contienda en el norte de J&aacute;rkov. &ldquo;Nos traen comida para 27 personas y las reparto entre los mayores&rdquo;, explica el ucraniano mientras contin&uacute;a arrastrando la carretilla con la le&ntilde;a que utilizar&aacute; para calentarse ante la falta de electricidad.&nbsp;
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                Un coche marcado con la señal utilizada por las fuerzas rusas para identificarse                            </span>
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        El voluntario niega haber pasado miedo: &ldquo;En una semana me acostumbr&eacute; a los bombardeos&rdquo;. Durante los d&iacute;as de ocupaci&oacute;n y en la posterior batalla entre ambos bandos, Viacheslav pasaba &ldquo;casi todo el d&iacute;a en la calle&rdquo;. Repart&iacute;a comida entre bombardeos, seg&uacute;n su relato. &ldquo;Era dif&iacute;cil, incluso he tenido que apagar algunas casas que estaban incendiadas. Ca&iacute;a durante las 24 horas, a 100 metros, me iba, y volv&iacute;a a caer. As&iacute; me acostumbr&eacute;&hellip; &rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; decidi&oacute; quedarse? &ldquo;Alguien deb&iacute;a ocuparse de esto... Se quedaron mujeres ancianas, de 75 a&ntilde;os y m&aacute;s. No hubo suministro de gas y de luz. Ten&iacute;a que preparar la comida en la calle. &iquest;Y qui&eacute;n tiene que trae la le&ntilde;a? &iquest;Qui&eacute;n sub&iacute;a el agua? Todo el d&iacute;a lo pasaba fuera&rdquo;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Nadezca Ivanovna en su casa de Járkov                            </span>
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        Una de esas ancianas a las que Viacheslav ayuda durante la guerra es Nadezca Ivanovna. Para llamar a su puerta, el hombre la golpea con una piedra, para que la se&ntilde;ora, de 84 a&ntilde;os y con problemas de audici&oacute;n, pueda escucharle. La mujer tarda en abrir, camina despacio porque se mueve con dificultad. Nos invita a pasar. En medio de la devastaci&oacute;n de la zona, el interior de su casa se siente hogar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La octogenaria se sienta en un sof&aacute; frente a una pared cubierta con un colorido papel pintado. &ldquo;No me fui a ninguna parte. No abandon&eacute; mi casa ni para un minuto&rdquo;, responde casi adelant&aacute;ndose a la pregunta, como si hubiese tenido que responderla en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n. Como si le hubiesen insistido antes en que saliese del agujero negro en que se convirti&oacute; su pueblo. Ha pasado sola los 365 d&iacute;as de guerra. La mayor parte de ellos sin electricidad. &ldquo;Claro que ten&iacute;a miedo. Me temblaba todo. Es la guerra&rdquo;.&nbsp;
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                La octogenaria abre la puerta para recibir al voluntario                            </span>
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        La mujer describe haber estado aterrada pero sus gestos no la acompa&ntilde;an. Sonr&iacute;e constantemente y habla con energ&iacute;a. &ldquo;Aqu&iacute; al lado ha ca&iacute;do, claro que ten&iacute;a miedo&rdquo;, repite la mujer, quien niega con la cabeza cuando se le pregunta si le surgi&oacute; la posibilidad de ser evacuada: &ldquo;&iexcl;Que no quer&iacute;a! Vinieron autobuses, pero no quer&iacute;a. Si hab&iacute;a explosiones, bajaba me sentaba ah&iacute; en el s&oacute;tano y ya est&aacute;. &iquest;Por qu&eacute; me voy a ir? &iquest;Qui&eacute;n me necesita? &iquest;A d&oacute;nde voy? &iquest;Qu&eacute; voy a llevar conmigo? No tengo nada&rdquo;. Nadezca, como otras muchas personas mayores durante la invasi&oacute;n rusa, se muestra preparada para que pasase lo que tuviese que ocurrir. Naci&oacute; en el pueblo, dice, y ella no iba a irse de all&iacute;. &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; me voy a esconder? Si siempre he vivido en esta casa&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La octogenaria arrastra una de sus piernas para moverse y se fatiga al caminar, pero muestra su casa con orgullo: &ldquo;La arreglo yo todos los d&iacute;as&rdquo;. Durante el intercambio de fuego entre los dos bandos, durante la ocupaci&oacute;n rusa, ella arreglaba su hogar en medio del fuerte estruendo de los bombardeos, como si nada pasase a su alrededor. Vuelve a sonre&iacute;r: &ldquo;Ten&iacute;a miedo, pero estaba en casa&rdquo;. 
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=x8imjsq" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Gabriela Sánchez, Olmo Calvo]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Feb 2023 21:36:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[A 10 kilómetros de la frontera con Rusia: un día con el batallón ucraniano que vigila los pueblos vacíos del norte de Járkov]]></media:title>
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