'Polònia', la sátira política que resiste a los gobiernos y pudo irse a RTVE: así se hace el show que desafía los límites del humor

Hay un ritual que en Catalunya sobrevive a los gobiernos, crisis y cambios de ciclo: encender la televisión para ver Polònia. Lo que nació en 2006 como una apuesta arriesgada de sátira política en el prime time de TV3 ha terminado por convertirse en un espejo hilarantemente fiel de toda una sociedad gracias a sus parodias. El formato celebra su vigésimo aniversario este jueves, 19 de febrero, con una gran puesta de largo en la que se conmemora una tarea nada fácil: su permanencia en televisión es un hito mediático que incluso puede entenderse como un ejercicio de resistencia frente a los desmanes de la actualidad.

En verTele queremos traspasar la barrera del set de rodaje para entender cómo se cocina un éxito que se extiende por décadas. Toni Soler, creador y director del formato, toma asiento con nosotros para desgranar los secretos que se esconden tras este vigésimo cumpleaños. El hecho de soplar estas velas implica que el público sabe reconocer el talento y el trabajo bien hecho. De hecho, continúa logrando lo imposible: mantener una solidez envidiable en audiencias, liderando su franja con la misma frescura con la que se presentó por primera vez ante los espectadores.

Al final, no solo se trata de humor. Este formato es capaz de explicar cómo funciona la política a través de sus ácidos gags. Sencillamente, se comporta como un manual de resistencia para no perder la cordura en tiempos de crispación absoluta. Arrancamos este viaje entre bambalinas para entender por qué necesitamos esa dosis semanal de irreverencia para sobrevivir a la actualidad. En el camino descubrimos, de la mano de su 'alma máter', los caladeros en los que pesca para hacer humor, la anatomía de un sketch, sus tiempos más complicados durante el Procés o la pandemia y hasta la oferta de RTVE para dar el salto al plano nacional.

Los principales caladeros en los que pesca 'Polònia' para hacer humor

¿Cuáles son los caladeros en los que Polònia pesca para hacer humor? Toni Soler lo tiene claro: el programa continúa viviendo un momento dulce porque se alimenta de las dos grandes obsesiones que definen el ADN catalán: “Una es qué somos los catalanes; la otra, cómo debemos relacionarnos con el resto de España”, explica con la seguridad de quien lleva veinte años analizando las costuras de todo un país. Son conflictos que no caducan, materiales que proporcionan un combustible casi infinito a los guionistas del formato: “Es lo que nos da la vida, lo que nos ayuda. Y de esto es de lo que se ríe el programa”.

Pero si estas son las cuestiones de fondo, la música es un gran filón de difusión en la superficie. Aunque el creador del espacio confiesa que este tipo de gags no son sus favoritos, le resulta imposible negar su enorme alcance: “La música es un vehículo de transmisión del humor muy popular. Tienen mucha aceptación y además se viralizan muy rápido”. En esencia, son ingredientes que permiten poner en marcha un programa “con un buen nivel de calidad y de pluralidad” que ha conectado muy bien con amplios sectores del público. “Nos ha dado la vida y de comer a todo el equipo y muchas satisfacciones. Estamos muy contentos y agradecidos”, añade.

Anatomía de un gag: de la idea al 'corten'

El reloj marca las 22:00 horas y en la televisión comienza a sonar la sintonía de Polònia. Todo lo que vemos en pantalla es fruto del talento y la coordinación de un equipo que funciona como “una maquinaria muy bien engrasada”, tal y como Soler destaca. Entonces, la pregunta es clara: ¿Cuál es el proceso de trabajo desde que surge una idea hasta que se escucha ese 'corten' en el set de rodaje? Los tiempos son fundamentales para conocer su anatomía:

  • El equipo de guionistas se reúne y, tras una lluvia de ideas, elabora sus sugerencias preliminares.
  • El director del programa envía esas propuestas a Toni Soler cada lunes por la mañana para comentar cuáles funcionan mejor, de qué asuntos se pueden estar olvidando e incluso con quién se están “encarnizando demasiado”.
  • Durante la misma jornada, el director se reúne con los equipos de Atrezzo, Maquillaje, Realización y Producción, para empezar a hacer la planificación.
  • El equipo pone en marcha las grabaciones tanto el miércoles como el jueves (el día de emisión), siempre teniendo en cuenta que la caracterización dura una hora como mínimo.
  • Entre las 17:00 y las 18:00 horas del mismo jueves, el equipo acude al visionado para dar el visto bueno. Se terminan de pulir detalles y se envía a la cadena para su emisión en prime time.

Ya conocemos el plan de trabajo, pero hay una cuestión que despierta la curiosidad de los espectadores: “¿Cómo decide el equipo lo que es 'polonizable' en cada una de sus emisiones?”. La respuesta es sencilla: “En general es el sentido común”. Los miembros del equipo se ponen en la piel del espectador para decidir si puede despertar o no la carcajada a ojos del público. “Hacemos un equilibrio entre lo serio que es el tema y lo divertida que es la broma; es decir, ofender gratuitamente no nos gusta. La desgracia ajena tampoco. Si el sketch es buenísimo, entonces dudas más”, insiste Soler al respecto.

¿Qué piensan los políticos de las parodias?

La misión de Polònia es estar siempre en el alambre: “A veces patinamos y a veces no. Nosotros tenemos que poner a prueba estos límites del humor. Cada semana es nuestra obligación. Pero, desde luego, siendo receptivos”. En este sentido, los trabajadores nunca pierden la perspectiva del lugar donde se emite el programa: una cadena pública. Por este motivo, se escucha habitualmente la opinión no solo del cliente, sino también de las figuras protagonistas de cada gag: “Invitamos a las personas a las que parodiamos a que nos digan si se han sentido maltratadas de alguna manera”.

Todos los miembros del equipo están siempre receptivos a escuchar opiniones de aquellos sujetos parodiados: “Es su derecho y faltaría más. Pero, por supuesto, los guionistas del programa son más objetivos que los políticos que alguna vez se puedan quejar o puedan decir que estamos barriendo para un lado o para el otro. O sea que tenemos que hacer un caso relativo a las críticas que recibimos”. Y atención a la prueba de que el humor tiene un poder especial: ningún dirigente les ha llamado la atención: “No les corresponde”.

Soler desvela entonces que siempre trata de mantener una buena relación con la clase política sin hacer caso a las siglas: “Enseguida les doy mi número de teléfono para que me puedan llamar si cualquier cosa les molesta o les hace sentirse maltratados. Yo no me voy a ofender, pero todos son muy respetuosos”. ¿Sorprendente? Quizás esta sintonía debería ser más habitual en otros ámbitos para rebajar la tensión que últimamente se percibe al otro lado de las pantallas. Es otro de los ingredientes con los que Polònia ha alcanzado un éxito que alcanza ahora los veinte años.

Manual de resistencia para sobreponerse a la actualidad

En la redacción de Polònia, la actualidad se comporta a veces como un guionista que obliga a trabajar por duplicado en ocasiones especiales. “A veces hemos grabado dos versiones de un mismo gag. Cuando había una dimisión en ciernes de algún político o el Barça tenía un partido el mismo jueves o cosas de estas hemos grabado dos versiones”, nos confiesa Soler, revelando parte de esa arquitectura que sostiene el programa. En efecto, el equipo siempre tiene presente un “por si acaso” para estar a la altura de los espectadores.

Aunque no recuerda un caso extremo que obligara a enterrar un sketch ya editado, reconoce que sí pudo ocurrir en el pasado: “Alguna vez algún gag se ha quitado porque la realidad ha cambiado. Y siempre tenemos alguna cosa en la recámara para que el programa llegue a sus treinta minutos”. Sin embargo, la creatividad es capaz de sobreponerse a cualquier situación: “Ahora mismo la realidad en Catalunya es bastante más sosa que hace años, así que tendría sentido que la gente ya no… Pero no, la cosa sigue muy bien”.

Los años más complicados: sobrevivir al Procés, la pandemia y otros abismos

Hubo noches en las que Catalunya se iba a dormir con un nudo en el estómago que solo se deshacía, brevemente, frente a la televisión. Polònia no era solo humor, se comportó como esa especie de salvoconducto semanal para evadir la mente y reírnos de nosotros mismos como sociedad. “Lo más complicado fue superar los momentos en los que a la gente se le congeló la sonrisa”, recuerda Soler. Durante los momentos más críticos del Procés, el esqueleto de cada programa se convirtió en un “campo de minas”: “Nos encontramos con que la mitad de los personajes del programa estaban en la cárcel o fuera de España”.

La realidad se convirtió en algo “muy difícil de manejar” para todos los implicados, situación similar a lo que ocurrió años después con la pandemia del coronavirus. “Había mucha gente que no tenía ganas de reírse”, explica. De las dificultades del confinamiento nacieron hitos como el sketch de Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez al ritmo de Shakira, un “bombazo” que demostró que el programa seguía siendo ese bálsamo necesario. Para el padre de la criatura, se logró no fallar a la cita: “Trabajó cada uno desde su casa, haciendo un programa artesanal, acompañando a la gente en los momentos más duros. Y lo sacamos adelante”.

El paso del tiempo frente al espejo: ¿Ha envejecido peor la clase política o la tolerancia del espectador?

Si miramos por el retrovisor, el paisaje ha cambiado drásticamente. Poco tiene que ver la España de 2006 con la de nuestros días tanto en el fondo como en la superficie. Sorprendentemente, Soler rompe una lanza a favor de la clase política cuando planteamos si ha evolucionado peor que la tolerancia del espectador: “Tienen la piel muy dura; toleran mejor la parodia que los deportistas o la gente de la cultura”. El verdadero cambio, advierte, está en cómo las redes sociales han influido en el comportamiento de algunos sectores de la sociedad: “Hay un exceso de puritanismo falso y oportunista”.

A su juicio, hay grupos de personas que buscan “notoriedad a través de la victimización”. El director reflexiona sobre un retroceso en términos de tolerancia, siempre teniendo claro que el humor funciona como una especie de antídoto ácido contra las adversidades. Pero Polònia también ha hecho su propio examen de conciencia. El programa aprende cada día y, con el paso del tiempo, se desprende de algunas prácticas que ahora “chirrían” como los cambios de género en los actores o el uso de maquillaje para interpretar a personajes de otras etnias. Es una evolución natural para adaptarse al mundo de nuestros días.

El salto de 'Polònia': cuando RTVE quiso llevarse al equipo

Hubo un periodo, tras el estallido inicial del éxito, en el que RTVE intentó llevarse el formato a Madrid y ofrecerle un alcance estatal. En 2006 Carmen Caffarel Serra ejercía como presidenta del ente público, y cedió el testigo a Luis Fernández Fernández ese mismo año. Soler y el equipo de Polònia declinaron aceptar la oferta. “La volatilidad de las parrillas televisivas españolas me daba un poco de miedo. Yo pensaba: 'Igual nos vamos allí y al cabo de seis meses estamos todos en la calle'”. Prefirió apostar por un largo recorrido en TV3, donde ha visto pasar a presidentes autonómicos de distinto color político —socialistas, convergentes y republicanos— mientras ellos, los humoristas, permanecen.

Actualmente, ¿se plantea la posibilidad de que el programa vuele hacia otra cadena? “Nosotros catalaneamos más de lo que creemos. Gente como Carlos Latre, Jordi Évole, que fue guionista conmigo, o Buenafuente han tenido mucho éxito. Pero, concretamente, no sé si se podía trasladar. No sé si un programa de 30 minutos tiene encaje en las actuales parrillas”, declara. Lo cierto es que este formato ha logrado mantener a la audiencia pegada a TV3 con una estrategia muy distinta a lo habitual en las generalistas que emiten en todo el país. Tarea nada fácil conseguida.

Feliz aniversario, 'Polònia'. A por otros veinte años más

Polònia emite su gala de aniversario este jueves, 19 de febrero, como prueba fehaciente del estatus del programa. “Es ya institución, viene todo Dios”, bromea Soler. A esta puesta de largo asisten rostros tan dispares como tres consejeros del Gobierno, el ministro Jordi Hereu, Gabriel Rufián, Míriam Nogueras, Jordi Trull, Artur Mas o José Montilla. Si agitamos todos estos ingredientes en la coctelera, todo indica que hay programa para, como mínimo, otros veinte años más: “Nos hemos pasado la vida diciendo: 'Chicos, un día de la manera más absurda, la audiencia empezará a caer'. Es lo que ocurre. Siempre ocurre. Pero bueno, van pasando los años y de momento no”.

Dos décadas después de su estreno, Polònia celebra su aniversario más especial tras haberse convertido en ese oasis de humor dentro de un panorama altamente polarizado. El programa que convirtió la sátira en servicio público se enfrentó a sus momentos más complicados durante el Procés o la pandemia del coronavirus, poniendo sobre la mesa que el talento es fundamental para resistir a la actualidad. Sus parodias a cualquier miembro de la clase política ya forman parte de la historia de nuestra televisión. Felicidades, equipo. A por otros veinte años más —como mínimo— ofreciendo al espectador esa sátira tan necesaria para mantener la cordura.