Cuando te llaman “hijo de puta”
El virus del insulto se ha inoculado en esta sociedad gracias a quienes recurren a él como método para imponer su ideología y denigrar a las personas que piensan distinto. La democracia está enferma y no existe cirugía ni medicamento alguno que la salve. Hemos pasado de exigir derechos y libertades tras casi cuarenta años de dictadura franquista, y con el coste incluido de muchas vidas de por medio, a destruir los pilares de una sociedad racional que trabaja por el desarrollo plural y heterogéneo.
La autoridad del Gobierno se cuestiona por la derecha y la extrema derecha, utilizando a sus milicias para promover el autoritarismo. Para ello, alientan el discurso del odio para incendiar a las masas y convencerlas de que la violencia es el camino para restaurar el orden. Aquellos que se llaman demócratas, buenos cristianos de cara a la galería y defensores acérrimos de la Constitución, la Monarquía y la familia tradicional, son los mismos que sonríen orgullosos ante el resurgir de la camisa azul, las correas, las botas de cuero pisando firme en el suelo, las cabezas rapadas y el saludo fascista. El campo de la aversión está sembrado y la cosecha será abundante.
El insulto en público se ha convertido en su arma, como si creyesen que con ello triunfarán. En realidad, es una simplificación de su discurso vacío, una muestra de su falta de diálogo y argumentos. El grito “hijo de puta” es su nuevo credo, la carta de presentación de quienes no tienen respeto ni valores. A decir verdad, transmiten el mensaje de que, si pudieran, apalearían a los que opinan de otra forma, sacarían de sus casas y quemarían a los que tienen un color de piel distinto al del Cid Campeador y le cortarían la lengua a los baluartes de la cultura y la educación como herramientas de crecimiento individual y colectivo en un marco crítico.
Periodistas, docentes, personal de un supermercado, conductores de ambulancia, presidente del Gobierno. Todos son objetivos de los paladines de ese grito porque la política y lo que sucede a su alrededor es un acto reflejo para estos energúmenos. Del razonamiento hemos pasado a la agresividad verbal, simplificando las ideas y la forma de relacionarnos. La injuria es el único triunfo estos fracasados, que desprecian la condición humana y buscan en la manada el refugio frente a sus inseguridades y el respaldo a su soberbia.
Con este acto, se tortura a la persona hasta que pierden su naturaleza humana, arrancándole su honor a tiras. Entonces, solo queda un objeto que cualquiera puede aplastar entre tus manos. La ofensa es la bala de esa violencia y hay millones en cola que quieren apretar el gatillo. No solo destruye sicológicamente a quien la sufre, sino que es un escarnio masivo y público acompañado de vítores y aplausos.
Esta expresión humillante es herencia histórica de la sociedad patriarcal. La puta, entendida como la representación del estrato más bajo donde no hay dignidad, sigue siendo un referente del desprecio para quienes defienden ese tipo de sociedad. La puta vendió su cuerpo por dinero. La puta sufre la repulsa de su entorno, juzgada y condenada por las miradas inquisidoras. La puta compra en el barrio y paga su alquiler y sus impuestos para que otro niño de bien o padre de familia toque a su puerta con el derecho a utilizar y comerciar con su cuerpo. Por eso, se considera que su descendencia es fruto de todos y de ninguno de los hombres con los que se ha acostado, lo cual es una forma aplastante de afrenta que genera rechazo y menoscaba hasta la autoestima.
Al final, quienes amparamos la democracia como sistema de convivencia pacífica y participación plural en un marco de protecciones comunes somos unos hijos de puta, vástagos de mujeres y madres que trabajaron duro para criarnos de la mejor manera posible, desempeñando hasta dos empleos a la vez. Apenas pudieron ir a la escuela, pero hicieron de la educación su carta de presentación, ganándose la consideración de su entorno y desviviéndose por nosotros.
Solo escucho insulto tras insulto, encadenados como un mantra. Los políticos fascistas y sus milicias los utilizan profusamente y no se avergüenzan de lo que dicen porque su intención es precisamente causar el mayor daño posible. Hemos alcanzado este nivel de bajeza. Los parlamentos y la calle son ahora espacios donde se tortura nuestro idioma.
Estas personas blanden el hacha para talar el bosque de la razón con la finalidad de dejar una tierra yerma. No saben justificar su ideario político mediante declaraciones sólidas. Por el contrario, degradan a base de un lenguaje soez porque el insulto es propaganda y llega muy rápido a la multitud. Cuanto más simple sea la comunicación y más agresiva, más rápido se extenderá el mensaje. Simplemente, es la punta del iceberg de la ausencia de tolerancia.
El clamor ensordecedor, “hijo de puta”, lo inunda todo, hasta enfangarnos en la inmundicia, participando de él todo tipo de personas, desde los ricos hasta la clase obrera que apoyan la dictadura. Mujeres que, recurriendo a este disfemismo de forma orgullosa, se denigran a su vez como mujeres, gracias a esa violencia verbal, fomentando así la marginalidad y la exclusión social de otras. Estudiantes, protegidos por el capitalismo, que quieren todo fácil y sin esfuerzo, la representación del fracaso escolar del reciente Informe PISA; no saben ni el nombre del primer presidente de la etapa democrática del país que tanto tienen en boca y cuya bandera llevan al cuello, jugando a ser libertadores. Son una extensión de su teléfono móvil, ensalzando el franquismo como un tiempo mejor, cuando en realidad le romperían la boca a cualquier homosexual, negro y comunista que se cruzasen en la calle. Ciertos sectores de la tercera edad, siempre quejándose de sus pensiones, pero asumiendo que puede insultar alegremente al presidente del Gobierno, como si eso fuese una hazaña.
Todos ellos y muchos más demuestran su frivolidad al atentar contra la propia democracia que, paradójicamente, les permite esos comportamientos. No se trata de una falta de respeto ni de educación: es un ejercicio despiadado, llegando incluso a las amenazas de muerte para exteriorizar la rabia de quienes no aceptan vivir en un marco plural. El fantasma del pasado ya ha tomado cuerpo.