La realidad en una calle compostelana, al atardecer
Era una tienda que mi padre diría de ropa hippy, escondida en los empedrados de Santiago, cerca, puede ser, de la calle que tuvieron que cerrar por haberse cometido un sacrilegio, o profanación. Hay cosas que solo ocurren en ciudades muy pías.
Por eso casi siempre hubo un cardenal, y aquella tienda: su nombre empezaba por una X gallega, China lo recordará pues eran amigas. Aquella tienda suponía una de las categorías de lo mítico. Con los años, casi todo se empapó de esa categoría sin la exclusividad del origen, cosas del ahora. Así nadie le hace caso a la asamblea general de las Naciones Unidas, por ejemplo. ¿A qué le hacemos caso? A una señora mayor que lleva siete años luchando para que no la expulsen de su casa, así nos va. En Nueva York, en Berlín, en Barcelona, algunos políticos han reparado que o van a la medular de los problemas, o no van, y se los come la demagogia fascista.
Son un puñado de cosas a corregir, a mejorar de verdad, la vivienda es la primera, y después haremos la revolución. Plantando cara, sin al anonimato de las redes sociales y otras mascaradas, de portal en portal, de casa en casa, de persona en persona.
La piedra compostelana dicen que es arte cuando se moja, yo creo que es mentira: se podrá comprobar a partir del 1 de enero, cuando se abra la puerta santa y empiece un nuevo y masificado Xacobeo, que aunque parezca que lo inventó Fragabarne en 1993, no fue así.
La calle se llamaba “entrerrúas”, ¿puede ser? Todo parece más grande que cuando yo pasaba por allí, todas las tardes, camino de mis clases en Fonseca, triste y sola. Aquel lugar minúsculo puede llenarse de turistas, también. Pero el gozo verdadero estaba en el café Paradiso, en una de las rúas, donde hacían un ristreto de verdad, por insistencia de una amiga italiana, pareja de un filósofo postmarxista que me acompañaba. Así empezó todo: muy denso y sabroso, sin azúcar, por supuesto, y sin leche. Al Paradiso se accedía por un pasillo estrecho y largo, una metáfora de lo que iba a venir en la taza blanca y depurada. Muchas veces estuvimos solos los tres, como en Barcelona de visita ellos en verano, aunque ahí estuvo Amparo, en el pastís, cuando la señora nos riñó y expulsó por un beso. Le faltó pasión.
Y a vueltas de nuevo con el ahora, tampoco te expulsan de ningún sitio por un beso: ya no hay excesos porque, por suerte, no hay pesos ni medidas morales. Aun así, nervioso por esa película que se supone sobre Federico García Lorca: me está costando prepárame para ir de verla: no quiero decepciones.