Por un billete de lotería
“Deja lo que estés haciendo, o deshaciendo, y acompáñame a comprobar la lotería.” Y allá fuimos y le tocó, un gran pellizco, que se dice. “Ahora vamos a gastar” se dijo y se hizo. Nos fuimos al antiguo puente aéreo y compramos dos billetes en primera para Barcelona. Al llegar al aeropuerto Josep Tarradellas, el Prat, contrató los servicios de un vehículo Uber de lujo para todo el día.
Nuestro primer destino en la Vía Augusta, Santacana, una tradicional lencería barcelonesa. Casi llenamos el maletero. Después, raudos al Amaya pues yo le había elogiado mucho los calamares en su tinta, y en la barra, mejor. Un café irlandés en una terraza del Port Olímpic, da igual su nombre porque se disfrutaba del mar. En Pepa paper, de la calle París, nos dejamos regalar el uno al otro. Quisimos estrenar las libretas y los lápices en el gimlet de la calle Santaló, pero desde que no está la rubia disponible, aunque la invites al teatro, no es lo mismo. No en vano salimos en la foto del premio FAD de ese año, 1982, con gran regocijo de Javier de las Muelas, dueño del local. Al pasar delante del hotel Presidente, tuve la tentación de una reserva pero su cara nos estaba para permanencias inmanentes: “Vámonos a la playa.” El conductor del Uber no sabía ir a Begur, con lo cual tuvimos que guiarlo. Así que tuvimos una cena muy temprana en Can Torradas, con alguna de las hermanas propietarias atendiéndonos muy amablemente.
Como surgió un impulso de probar lo comprado en Santacana, me funcionó lo de ser amigo de Paradores y conseguí dos magníficas habitaciones en el Parador de Aiguablava. Qué remembranzas. Comprobé que el desayuno había mejorado mucho con los años, sobre todo si lo pides en la habitación, en una de ellas como fue el caso. El del Uber, después de pasar su noche en una hostal de Calella, nos recogió a las 10. “Quiero pasar por Malgrat de Mar, ¿sabes que allí nació Zenobia Camprubí?” Alguien me había dicho lo mismo hace años, primera noticia y certificado de mis inmensas ignorancias. En Malgrat empieza la Costa Brava, le dije. “¿Pero eso no es en Blanes?” llevó la contraria. “Eso es para los que solo leen guías turísticas de mala factura.”
Llegamos a Barcelona a la hora de comer: le di a elegir entre el Carballeira y el Via Veneto, y optó para mi suerte por el primero. “Le gustaba mucho a mi padre, venía con él de pequeño, y años después, décadas después, con el entonces gobernador civil, Cardenal, que ahora ha publicado un respetuoso libro sobre sus andanzas en el cargo”. Ni me escuchó. Quería más cigalas, mais ribeiro y mais de todo. Aunque los viejos camareros del Carballeira, de los primeros 60’s de mi infancia, y de los últimos 80’s y primeros 90’s de la otra, no son los mismos, la amabilidad es algo que impregna a los locales, a algunos. Este es el caso.
Al acabar, “¿por qué no nos vamos a Las Palmas de Gran Canaria?” Así fue que cenamos en el Rías Bajas, más pescado y marisco, y dormimos en un pequeño hotel en la playa de las Canteras. Por un billete de lotería. Qué cosas.