El crucero del miedo: lo que la crisis del ‘Hondius’ dice de nosotros
Un crucero donde se declarado un brote de hantavirus navega hacia Canarias. Tres personas han fallecido. El operativo sanitario funciona con protocolo riguroso. Y, sin embargo, lo que domina el espacio público no es la información epidemiológica sino algo bastante más antiguo: el miedo, la culpa y la búsqueda de un responsable. Lo que sigue no es un juicio sobre quién actúa mejor o peor. Es una reflexión desde la psicología sobre lo que esta crisis revela de nosotros como sociedad.
El pánico colectivo y sus reglas
Los sociólogos lo denominan pánico moral: la reacción desproporcionada de una sociedad ante una amenaza que se percibe como existencial, aunque los datos digan otra cosa. El hantavirus de los Andes —la cepa del MV Hondius, la única variante transmisible entre humanos— tiene una capacidad de contagio muy limitada comparada con otros virus respiratorios. El riesgo para la población canaria —aunque real— es bajo. Las autoridades sanitarias han activado protocolos de aislamiento rigurosos. Nada de esto importa demasiado cuando nuestro sistema de alarma cerebral ya se ha activado.
Porque nuestra materia gris no trabaja con estadísticas. Lo hace con emociones, y estas se nutren de imágenes y narrativas. Un crucero, un virus, tres muertos: los ingredientes suficientes para poner en marcha mecanismos que nos han mantenido vivos durante miles de años, pero que en el siglo XXI pueden llevarnos a reacciones desproporcionadas. Un titular alarmista viaja más rápido que una explicación epidemiológica pormenorizada.
Existe un término técnico para lo que ocurre cuando el miedo se contagia antes que el virus: enfermedad psicógena masiva. Se caracteriza por la aparición de comportamientos en un grupo cohesionado de personas sometidas a estrés, que se propagan rápidamente entre sus miembros aunque no exista una razón proporcional que los justifique. En el caso del Hondius no hablamos de síntomas físicos sino de algo equivalente: el contagio emocional del miedo y la indignación.
Nosotros y ellos
Los pasajeros del Hondius son turistas que pagaron un crucero de expedición al Atlántico Sur. Son, en la percepción popular, personas con dinero. Y eso activa algo que la psicología social conoce bien: ante una crisis, la primera pregunta que hace el cerebro no es “¿cuál es el riesgo real?” sino “¿esto es cosa de los nuestros o de los otros?”
El psicólogo Henri Tajfel demostró que los seres humanos tendemos a dividir el mundo en endogrupo —los nuestros— y exogrupo —los otros— de forma casi automática, y que esa división lleva aparejada una valoración moral: los nuestros merecen más empatía. Cuando los afectados pertenecen a un grupo percibido como privilegiado, la empatía cede paso a la indiferencia o al resentimiento encubierto. No se formula en voz alta, pero estructura buena parte de la reacción social.
La filósofa Martha Nussbaum ha señalado la tendencia a culpabilizar “hacia arriba” —hacia las élites— como una forma de chivo expiatorio que aparece con regularidad en situaciones de crisis. No es que los pasajeros hayan hecho algo malo. Es que su posición social los convierte en candidatos cómodos para recibir una hostilidad que, en realidad, tiene otras causas. El chivo expiatorio cumple una función psicológica precisa: canalizar la angustia difusa hacia un objetivo concreto, lo que produce un alivio temporal, aunque no resuelva nada.
Lo que esta dinámica oscurece es que los pasajeros del Hondius son también víctimas de una situación que no eligieron: el aislamiento prolongado, la incertidumbre sobre su estado de salud y la exposición pública involuntaria, generan un nivel de estrés que merece la misma consideración que cualquier otro.
Cuando el miedo se hace político
En pocas horas, la crisis sanitaria del Hondius se ha convertido en un campo de batalla político. Esto no es una acusación a ningún partido ni institución concreta: es un patrón que la psicología observa con regularidad en cualquier democracia ante cualquier crisis. Cuando una emergencia sanitaria se convierte en disputa política, la población deja de procesar información sanitaria y empieza a procesar información tribal. La pregunta deja de ser “¿cuál es mi riesgo real?” para convertirse en “¿quién tiene la culpa?”
La investigación sobre ansiedad colectiva durante epidemias muestra que los niveles elevados de miedo se asocian con mayor hostilidad hacia los grupos percibidos como adversarios y menor disposición al pensamiento matizado. Ya Aristóteles hablaba del miedo como herramienta de control y manipulación. El pánico, bien gestionado, es funcionalmente útil para ciertos actores: nos genera atención, movilización y justifica decisiones que en condiciones normales tomaríamos de otra manera.
Señalar esto no es hacer política. Es nombrar un mecanismo psicológico documentado, que opera con independencia de quién lo active y en qué dirección.
Lo que haríamos bien como sociedad
La serenidad no es ingenuidad. Es el estado mental desde el que se toman las mejores decisiones, individuales y colectivas. Y ahora mismo esta situación exige algo concreto: distinguir entre la señal —un brote limitado, gestionado con protocolo sanitario preciso— y el ruido, que es todo lo demás.
El hantavirus no se transmite por el agua ni por el aire en condiciones normales. Ningún pasajero abandonará el barco sin garantías. Los datos disponibles apuntan a un riesgo real pero acotado para la población. Eso no significa que no haya que estar atentos. Significa que la atención funciona mejor sin miedo añadido.