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Sobre este blog

Dania

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Vengo de Las Palmas, de conocer a gente muy interesante y de ver a amigos de muchos años. Y en el avión he venido pensando en esta forma particular de cansancio que se produce cuando, después de casi cuatro décadas trabajando en cultura, en radio, en espacios donde se habla de ella, sigues sabiendo que no estás en el lugar donde se reparte lo importante. No es una queja superficial; no tiene que ver con la vanidad eso de saber que has sostenido una parte del todo sin nunca representarlo. Es un desajuste interior que no se resuelve con un premio, ni con una reseña, por maravillosa que sea —y lo están siendo—, y, desde luego, no con una trayectoria que trata de ser impecable. Porque lo que está en juego no es solo el mérito, sino el sitio. Y el sitio, cuando se vuelve esquivo, acaba pesando más que cualquier elogio.

En mi caso no hablamos de alguien al margen por falta de recorrido, o que haya permanecido fuera de los circuitos por desinterés o por aislamiento. Al contrario, una trayectoria larga, sostenida en la cultura pública, en espacios de RNE, TVE y Radio 3, con una obra poética añadida, trabajo, constancia y un oficio que, obviamente, no te garantiza un lugar simbólico. No que no te conozcan, sino que crean que te conocen, que digan conocerte, y aun así no te incluyan del todo. Porque no es que no hayas hecho méritos, sino que estos nunca basten para ser tomada como parte natural del establishment. Una cosa es la visibilidad y otra muy distinta la legitimidad. Una cosa es que te lean, te escuchen, te inviten, te reconozcan en determinados momentos, y otra que eso se convierta en un lugar claro dentro del mapa cultural. Hay muchísima gente visible que no está realmente integrada en el centro de casi nada. Hay trayectorias muy sólidas que siguen siendo tratadas como si fueran marginales, aunque hayan contribuido a hacer posible buena parte de lo que luego otros ocupan con naturalidad. Ese éxito caduco. Ser parte de la maquinaria que hace circular cultura, dar espacio y crear reconocimiento para voces que luego sí entran en el juego del prestigio, muestra cómo funciona de verdad el sistema con una red de afinidades, de hábitos, de pertenencias tácitas, de simpatías acumuladas, de lugares donde ciertos nombres circulan entre sí y otros, incluso siendo decisivos, quedan fuera. Es una forma muy elaborada de marginación eso inclusión parcial. El estar cerca sin entrar del todo. El ser útil, necesaria, leída, escuchada, respetada en ciertos ámbitos, y seguir sintiendo que no te toman como una figura del establishment; una puerta que no se abre nunca del todo, pero que nos obliga a convivir con una realidad que muestra que la evidencia de una obra y una trayectoria no tiene mucho que ver con lo que el mundo cultural convierte —o no— en prestigio. Hay personas que se construyen un nombre con menos oficio y más estrategia. Lo que no tengo claro es de quién exactamente o para quién. Hay quienes acumulan una obra muy seria y se quedan en una especie de tierra de nadie porque su lugar no coincide con la forma en que el sistema distribuye la visibilidad. Y puede que el verdadero conflicto no sea entre estar dentro o estar fuera, sino entre aceptar o no aceptar que el centro no es necesariamente el lugar donde más valor hay, sino el lugar donde mejor se administra la legitimidad, que es a lo que llevo dando vueltas estos días.

Cuando has sido partícipe de que otros fueran reconocidos, sabes lo suficiente como para comprender que entrar no equivale a ser de los suyos, de los que valen, de los que son y están. Pero seguir midiendo la propia valía según la aceptación de un sistema que te deja a medias es especialmente sangrante cuando lo ves como un juego de jerarquías entre los que son y los que viven sostenidos por la costumbre. Hay un momento en que empiezas a sospechar que el problema no es haber hecho poco, sino haber hecho demasiado en sitios donde eso no garantiza pertenencia.

No sé si eso se arregla. Tal vez no. Pero sí sé que nombrarlo importa. Porque nombrarlo sin adornos, sin falsa modestia y sin exageración, ya es una forma de reclamar verdad. Y una vida entera de trabajo y de una relación compleja con el reconocimiento, de la tensión entre lo que has dado y lo que recibes, entre la voz pública y el lugar asignado, que haya personas que han hecho muchísimo por la cultura, como Dania Dévora Barrera, y sin embargo sigan sin ser contadas como parte, nos dice que, a veces, eso que decide quiénes somos los que contamos es una máquina torpe, parcial y, en absoluto, justa.