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Viva el vino

Hace un par de semanas el Tribunal Superior de Justicia de Valencia daba por finiquitado el caso Vega Sicilia. Lo hacía porque consideraba que los envíos de botellas de vino por valor de 800 euros del empresario Raúl López a políticos como el exministro socialista José Blanco solo eran muestras de “mera cortesía”. A la Justicia le fue imposible demostrar la cortesía que mostraban los políticos hacía el empresario.

El  pasado fin de semana Cristina Pardo nos mostró en Malas compañías un caso similar, donde había mucha cortesía de por medio. El primer capítulo del programa de Pardo estuvo dedicado a la exalcaldesa de Alicante Sonia Castedo, que tenía una relación estupenda con la polla insaciable, el empresario Enrique Ortiz.

Pardo consiguió entrevistar a un exconcejal de Alicante, Toño Sobrino, pero lo realmente sorprendente llegó cuando la periodista logra que Sobrino le justificara la corrupción tan solo con mostrarle una foto de Sonia Castedo con un grupo de exconcejales en un hotel de Andorra, entre los que se encontraba el entrevistado. La periodista le dice al exconcejal: “¿A ti no te sorprende este nivel de compadreo entre empresarios y concejales?”. Y él, ni corto ni perezoso, le dice que no hay ningún problema con que el alcalde tenga relación con el mayor constructor de Alicante. Eso siempre que no se demuestre nada raro. La periodista replica y le dice: “El alcalde tiene en su mano conceder adjudicaciones”, y le responde Sobrino: “Ese es un error. Las adjudicaciones las deciden los técnicos. Cuando un político ha sido corrompido, hay un técnico detrás”.

Para terminar de rematar la entrevista, Sobrino explica cómo puede un alcalde cambiar técnicos en un ayuntamiento para que firmen lo que tú quieres. En menos de cinco minutos, Sobrino dio una clase magistral de corrupción digna del que elabora los power points en el Partido Popular. Lo que no explicó Sobrino es la presión a la que se ven sometidos los técnicos en los ayuntamientos españoles que están carcomidos por la corrupción.

En el programa ponen cortes de voz de una conversación entre Sonia Castedo y Enrique Ortiz a ciudadanos aleatorios. En ellas se escucha cómo Castedo intenta colocar a varias personas en un hospital: “Es que tengo dos currículos, pero es para un hospital. El hospital es uno en el que tú estás y otro tanto por ciento es de Asisa”. “Con quién tengo que hablar para colocar a las dos chicas; las dos son auxiliares de enfermería”. En ese momento me vino a la cabeza la reciente noticia en la que el exalcalde de Arona José Alberto González Reverón es absuelto de delitos de prevaricación y tráfico de influencias.

Los hechos enjuiciados, que ocurrieron prácticamente en la misma época que Castedo se sacaba fotos con Enrique Ortiz, se daban porque González Reverón podía haber mediado para que se le otorgara una plaza a un policía interino y que así accediera a un puesto fijo en las oposiciones de la Policía Local de Arona. También se le enjuiciaba por hablar con la directora de una guardería para que le diera una plaza a la hija de una conocida. Sin embargo, la Justicia considera que en estos casos se trata de “lo que comúnmente se llama recomendación” y que, aunque no haya delito, si hay un comportamiento que, “cuando menos, debe ser tildado de arbitrario”.

La cortesía en este país está sobrevalorada.

Hace un par de semanas el Tribunal Superior de Justicia de Valencia daba por finiquitado el caso Vega Sicilia. Lo hacía porque consideraba que los envíos de botellas de vino por valor de 800 euros del empresario Raúl López a políticos como el exministro socialista José Blanco solo eran muestras de “mera cortesía”. A la Justicia le fue imposible demostrar la cortesía que mostraban los políticos hacía el empresario.

El  pasado fin de semana Cristina Pardo nos mostró en Malas compañías un caso similar, donde había mucha cortesía de por medio. El primer capítulo del programa de Pardo estuvo dedicado a la exalcaldesa de Alicante Sonia Castedo, que tenía una relación estupenda con la polla insaciable, el empresario Enrique Ortiz.