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Lidia Rodríguez

Lidia Rodríguez es alumna de periodismo en la Universidad de La Laguna. Estudió durante un año el grado de Sociología y ha colaborado de forma activa en diversos medios de comunicación locales. Mantiene un perfil activo en redes sociales, donde trata diversos asuntos de actualidad y de política regional y nacional.

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Privilegios

Íñigo Errejón decía hace unos días que el debate “izquierda o derecha” había resucitado en los últimos tiempos, matizando que el foco debía ponerse en el discurso de clase. El pasado sábado, con la manifestación de Vox pudimos comprobar, por enésima vez, que ni el debate “izquierda o derecha” se ha marchado en algún momento de la política española, ni se puede separar del discurso de clase.

La transición española y el progreso económico en España ha hecho creer en alguna ocasión que el debate sobre izquierda o derecha estaba obsoleto, sin embargo, cuando se han abordado temas de gran calado social siempre se ha visto la presencia de ambas ideologías de manera diferenciada. Un ejemplo de ello es el matrimonio de las personas del mismo sexo, la Ley del aborto o la Ley de Memoria Histórica. La España de las caceroladas es la misma que te dice que quitar nombres de asesinos o monumentos de las calles no es importante, la misma que aplaude los discursos de Cayetana Álvarez de Toledo sobre el consentimiento sexual o la que aplaude a Santiago Abascal cuando dice en El Hormiguero que un matrimonio formado por dos mujeres no tiene el mismo derecho a la hora de adoptar que una pareja heterosexual.

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La gordofobia es violencia

El confinamiento ha producido estrés y ansiedad en buena parte de la población. Una ansiedad que, en muchos casos, hemos combatido haciendo ejercicio o comiendo por encima de lo habitual. Durante estos días se han hecho más llamativos los mensajes gordofóbicos hacia mujeres con perfil público en redes sociales o, por el contrario, aplaudiendo que cantantes como Adele adelgacen en un breve espacio de tiempo. En ambos casos se suele cuestionar sin tener conocimiento de las razones de dicho peso o de la percepción que tiene la otra persona sobre su cuerpo.

No voy a entrar a debatir los problemas de salud que conlleva tener obesidad. Así como tampoco voy a cuestionar la importancia de mantener una dieta equilibrada, para el cuerpo y para la mente. Sin embargo, llama la atención cómo somos capaces de creernos con la capacidad de cuestionar el cuerpo de otra persona. Y, principalmente, cómo somos capaces de cuestionar el cuerpo de las mujeres. Y es que, a la ansiedad o estrés de estar confinadas a la mitad de la población se le ha sumado, una vez más, la presión por cumplir con los cánones preestablecidos.

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Fase 1

Hace unos días comenzábamos la fase 1 del desconfinamiento la mayoría de los españoles, ya que algunos puntos de nuestra geografía tendrán que esperar un poco más. En todas las crisis suelen descubrirse tres tipos de personas: las que mantienen la calma, las ansiosas y las que se aprovechan de la situación para sacar tajada. Durante estos primeros días hemos visto algunos ejemplos significativos.

Leí en redes hace unos días a una conocida que señalaba que, dada la irresponsabilidad de su entorno, lo mejor era ir una fase por detrás de lo que sugería el gobierno. Es decir, si Canarias se encuentra la fase 1, ella iría por las medidas de la fase 0 de desescalada. Rápidamente, se me vino a la mente esa clase de personas que cuando alguien de su entorno sufre un accidente o surge un conflicto en su vida personal saben capear el temporal de forma calmada.

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Las malas madres y la brecha digital

El otro día escuché a Laura Baena, representante del Club de las Malas Madres, contradiciendo las palabras del ministro de Universidades, Manuel Castells. La portavoz de este colectivo, que trata de desmitificar la figura de la madre y la maternidad, contradijo en televisión las palabras del ministro sobre la desigualdad entre niñas y niños respecto a la brecha digital. Baena ponía el foco en un clásico la precariedad y la crianza.

El ministro de Universidades señalaba hace unos días lo siguiente: “La brecha digital es un mito que viene de hace 20 años. El 91,4% de los hogares españoles tiene un ordenador. Hay menos desigualdad tecnológica que social. La brecha digital es mucho menor brecha que el conjunto de las brechas sociales”. El ministro, del que nadie duda de su sobrada capacidad para hablar de comunicación digital, no conoce cuál es la realidad social a la que se enfrentan muchos universitarios y universitarias. Ocurre, con más frecuencia de la que imagina el ministro, que la brecha no viene dada solo por tener o no tener aparatos tecnológicos en casa. Viene dada, también, por tener conexión a internet. Para una familia sin ingresos o con escasos ingresos mantener este gasto está en la línea divisoria que les permite mantenerse dentro del sistema. ¿Alguna vez ha mandado el ministro un curriculum sin conexión a internet?

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Incertidumbre millennial

Hace unos años se hablaba de los ‘ni- nis’, aquellos de los que se decía que no les interesaba nada. El éxito en ese momento era estudiar una carrera y conseguir un trabajo donde el sueldo pasará de los 1.900 euros. Unos años más tarde se acuño aquello de ‘la generación perdida’. Se decía aquello de que era una de las generaciones más preparadas de la historia de España, y que, a pesar de serlo, también era la generación que más sufría las cifras de desempleo. Ahora, los que pertenecemos a la ‘generación millennial’ nos tomamos eso de ‘generación perdida’ como una dulce ironía. Si nuestros hermanos eran ‘la generación perdida’, ¿nosotros qué somos? 

Resulta irónico, y triste a la vez, que les dijeran a nuestros hermanos mayores que eran una generación ’perdida’ por haber ido a la Universidad y no conseguir un empleo de aquello a lo que le habían dedicado tiempo y dinero. En ese momento la única garantía de éxito era haber estudiado ADE, era el momento en el que los expertos en economía comenzaban a salir por la televisión para hablarnos de la Prima de Riesgo. Muchos emigraron, otros se quedaron y sobrevivieron en la precariedad. 

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El Plan

Desde que la semana pasada dimitiera Juan Ramón Lazcano (Cs) como concejal de Urbanismo ha surgido un debate a raíz del supuesto plan que Coalición Canaria ha puesto en marcha para realizar una moción de censura en el Ayuntamiento de Santa Cruz. Por supuesto, de realizarse y triunfar sería, perfectamente, legítimo y legal. El plan sería legal de la misma forma que lo fue el triunfo de Patricia Hernández en el Ayuntamiento de Santa Cruz o de la misma forma que lo fue el de Pedro Martín en el Cabildo de Tenerife.

Las críticas que se han realizado en redes por ‘El Plan’ no son por su legalidad sino por las formas que se emplearían para realizar la moción. Elucubrar para realizar una moción de censura en mitad de una crisis sanitaria mundial deja entrever las ansias de venganza y revanchismo que tiene la oposición en un momento en el que se deberían aunar fuerzas para lidiar con los problemas y preocupaciones de la ciudadanía. No se puede defender una cosa y la contraria, y eso es lo que han estado haciendo estos días CC y el PP.

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Flashback a 2015

Los periodistas de izquierdas lo controlan todo. Todos sabemos que la izquierda colapsa todo lo que toca desde la era de los dinosaurios. Tienen bajo su control WhatsApp, Telegram, Instagram y Facebook. Controlan la Radio Televisión Española. Controlan las subidas y bajadas del Ibex35. Controlan los coles públicos y, también, los privados. Los medios lo controlan todo.

No hay, ahora mismo, mayor preocupación que el control que ejercen en redes sociales los periodistas de izquierdas. Todas las fuentes lo corroboran. Nadie es capaz de contradecir esta tesis. Controlan los memes que le mandas a tu cuñada sobre el 8M, controlan la música de Bad Bunny y están presionando a Bertín Osborne para que deje las rancheras. Controlan los paseos que se marca Mariano Rajoy con chándal en pleno Estado de Alarma, y, también, las sesiones de abdominales que se puede marcar Aznar al día. Y a los culturetas. Sí, a esos, sobre todo. Controlan las tendencias en Twitter, y también la música de mierda que pone tu vecino. Controlan los programas de Radiojaputa, el primer viernes de Carnaval y el programa de Ana Rosa.

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Los cínicos

Cuando pasan hechos trascendentales en la vida democrática, como puede ser una crisis sanitaria, se apela a la necesidad de contar con un periodismo independiente y honesto. Y es en ese punto, normalmente, cuando se cita a la frase de Kapuscinski; “para ser buen periodista hay que ser buena persona”. Sin embargo, muchos olvidan la parte en la que Kapuscinski señala que los periodistas no pueden contar los hechos si se convierten en seres neutros.

Ser periodista, también, es posicionarse. Y ese posicionamiento no se realiza solo cuando escribes un artículo, transmites una opinión o situación personal. Ese posicionamiento es una decisión diaria. Los periodistas nos posicionamos constantemente, lo hacemos cuando titulamos, cuando consultamos unas fuentes u otras, cuando añadimos contexto para explicar un hecho, lo hacemos hasta en la forma en la que empleamos el lenguaje. Y, esto no es necesariamente malo, por el simple hecho de que también formamos parte del conjunto de la sociedad, con los mismos problemas y vicios. Lo perjudicial es utilizar tu ‘profesión para conseguir beneficios o para representar intereses que no tienen nada que ver con el periodismo. 

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De la tristeza al enfado

Quedan horas para el estreno de la Casa de Papel en Netflix. No llevamos ni un mes encerrados y los ánimos en redes sociales pasan de la tristeza al enfado. Nos enfadamos por la portada de ABC, por VOX, por la prensa españolita de ‘bien’. Nos enfadamos por las caceroladas de la extrema derecha contra Pedro Sánchez. Nos enfadamos por la falta de recursos y por los tertulianos de Telecinco. Nos enfadamos mientras entonamos el ‘Bella Ciao’ o ‘Resistiré’.

La tristeza de hace unos días, cuando el presidente del gobierno de Canarias dijo eso de que nos teníamos que ir “mentalizando” para seguir confinados por lo menos hasta mayo, se ha ido disipando. Intento desconectar, seguir con la rutina, hacer muchas clases de Yoga.  Me paso el día intentando huir de la hostilidad, pero, también, del discurso vacío lleno de sensibilidad con ‘Resistiré’ de fondo. Me paso la semana intentando huir de los mensajes de WhatsApp, de las cadenas de Instagram, de los directos, de las fotos que me mandan y no quiero tener en mi teléfono, de los bulos y del clickbait. Intento huir, pero reconozco que también caigo. 

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No es la norma

La falta de civismo nos rodea por todas partes, desde la irresponsabilidad de una influencer que decide montarse una fiesta con sus amigas por un “cumple” hasta las imprudencias que pueden cometer tus vecinos a la hora de ir al supermercado. Sin embargo, no es la norma. En esto acertó Pedro Sánchez cuando salió a hablar en rueda de prensa el viernes pasado. La mayoría de los españoles permanecen en sus casas a pesar de los ERTEs y, a pesar, del miedo.

De forma puntual mis vecinos salen a aplaudir al balcón todos los días a las 19:00 de la tarde, lo hacen con una conciencia de clase que enorgullece. Al verlo me siento orgullosa, pero, también, se me hace nudo. Se me hacen nudos por las personas a las que quiero y no puedo abrazar, por el miedo, por la incertidumbre y porque sé que es una sensación colectiva. Muchos dirán que los aplausos y el ruido no sirven para nada, que menuda estupidez eso de hacer ruido, porque no aportan nada a ese personal sanitario que hace mil horas por un salario precario. Es cierto, no lo hace porque eso solo lo puede hacer el dinero que destina un gobierno u otro a la Sanidad o a la Investigación, detalles que llevamos años olvidando. Detalles que han sido olvidados por aquellos que ahora se creen abanderados de lo público, que hablan de comunismo y que piden dimisiones.

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