Inspiradoras, sacrificadas y gratis: la trampa de las flores

16 de octubre de 2026 11:33 h (Hora canaria)

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Está de moda celebrar el Día Internacional de las Mujeres Rurales. Lo que no parece estar tan de moda es ayudarnos a seguir viviendo y prosperando en nuestros pueblos. O a ser lo que nos dé la gana, donde nos dé la gana. 

Todos los años, más o menos, la misma historia. Nos invitan a encuentros, jornadas y celebraciones para contar nuestras experiencias, nuestras dificultades y lo mucho que hemos luchado para sacar adelante nuestros proyectos. Con suerte, nos pagan el pasaje y la estancia. Pero los días de trabajo que perdemos, esos corren de nuestra cuenta. 

Nos piden que compartamos nuestros conocimientos y, si puede ser, alguna historia de sacrificio que emocione al público. Cuanto más nos haya costado llegar hasta aquí, más inspiradoras resultamos. Después vienen las fotografías, los agradecimientos, las flores o el detalle de artesanía. Nos juntan con otras mujeres para que tejamos redes, que eso nunca puede faltar. Y para tu casa. 

Hasta el próximo año. 

Mientras tanto, la organización consigue su acto, sus fotografías y contenido para sus redes sociales. Puede mostrar públicamente su compromiso con las mujeres rurales. Nosotras regresamos con trabajo pendiente y, en ocasiones, habiendo perdido dinero. 

Se paga a quien diseña el cartel, a quien instala el sonido, a quien alquila la sala y a quienes prestan otros servicios. Pero a la mujer que aporta su experiencia, sus conocimientos y la historia que justifica el encuentro se le agradece su generosidad. Curiosa manera de fomentar nuestra autonomía económica. Pagar un billete de avión no es remunerar una intervención. Nuestro tiempo y nuestros conocimientos también tienen un valor y deberían pagarse. 

No digo que todos los encuentros sean iguales. He conocido a mujeres extraordinarias y establecido relaciones que agradezco. Pero hay una pregunta que cada vez me hago con más frecuencia: ¿se organizan estos encuentros pensando en lo que necesitamos las mujeres rurales o en lo que necesitan las instituciones para demostrar que están haciendo algo por nosotras? 

Porque hemos confundido reunir mujeres con generar oportunidades para ellas. 

Yo plantearía algo diferente: convertir el Día Internacional de las Mujeres Rurales en una oportunidad para mejorar nuestras vidas, no solo para reconocer nuestras trayectorias. Y eso no significa necesariamente invertir más dinero, sino cambiar las prioridades. 

Para empezar, sustituir las flores por oportunidades. ¿Y si en lugar de gastar todo el presupuesto en homenajes se destinara una parte a acompañar durante un año a cinco mujeres del municipio? Cinco mujeres que quieran poner en marcha un negocio, consolidar el que ya tienen o recuperar su actividad profesional. Que reciban asesoramiento adaptado a sus necesidades, apoyo para acceder a financiación, formación práctica y ayuda para encontrar clientes o nuevas oportunidades laborales. No se trata de ofrecerles otro curso y dejarlas solas, sino de acompañarlas hasta que puedan obtener resultados concretos. Y al siguiente 15 de octubre, conocer qué han conseguido y qué dificultades siguen encontrando. 

El reconocimiento no sería una placa, sino una oportunidad real que antes no tenían. 

También podríamos dedicar un día a escuchar y los otros 364 a responder. Que las mujeres identifiquen las dificultades que encuentran para vivir y trabajar en sus municipios. Pero con una condición: que sus propuestas se conviertan en compromisos concretos, con responsables, presupuesto y plazos. Porque escuchar a las mujeres, recoger sus dificultades y utilizarlas para justificar programas y jornadas que después no se traducen en soluciones no es participación. Es otra forma de aprovecharse de ellas. 

Y hay algo más. No necesitamos que nos den voz una vez al año. Ya la tenemos. Lo que necesitamos es participar en las decisiones que afectan a nuestras vidas durante todo el año. Porque una cosa es invitarnos a contar nuestras experiencias y otra muy distinta es permitirnos intervenir en cómo se utilizan los recursos destinados a mejorar nuestra situación. 

Tampoco olvidemos a las mujeres que nunca aparecen en las fotografías. Las que cuidan de familiares dependientes, realizan trabajos por los que no cotizan o han renunciado a sus carreras profesionales por falta de alternativas. El reconocimiento no debería limitarse a quienes hemos conseguido superar dificultades, sino llegar también a quienes siguen enfrentándose a ellas. Ofrecer asesoramiento sobre derechos laborales, cotizaciones, prestaciones, formación y oportunidades para recuperar su autonomía sería otra forma de homenajearlas. 

Y si tanto nos gusta hablar de tejer redes, creemos una que genere negocio. No una reunión anual para intercambiar teléfonos, sino una red activa que facilite colaboraciones, contratación de servicios, compras conjuntas y acceso a nuevos mercados. Que una productora agrícola pueda trabajar con una diseñadora, una comunicadora o una profesional del turismo de su municipio. Que el dinero y las oportunidades también circulen dentro del territorio. 

Porque ser mujer rural no significa necesariamente trabajar en el campo. Somos agricultoras, ganaderas, profesionales, empresarias, investigadoras, comunicadoras o trabajadoras de cualquier otro sector. Lo que compartimos es un territorio, no una misma profesión ni unas mismas aspiraciones. 

Pero hay una propuesta que me interesa especialmente: convertir el 15 de octubre en un día de compromisos cumplidos. 

Que cada municipio identifique una barrera concreta que afecta a sus mujeres y asuma el compromiso de reducirla antes del siguiente 15 de octubre. En unos lugares será el transporte; en otros, los servicios de cuidados, los espacios de trabajo o la comercialización de productos. No hacen falta grandes promesas, sino medidas posibles, con recursos y fechas. 

Y al año siguiente, rendir cuentas. Cuántas mujeres han encontrado empleo o consolidado sus negocios, qué servicios se han mejorado, qué compromisos se han cumplido y cuáles siguen pendientes. 

Que el 15 de octubre deje de ser el día en que las instituciones nos cuentan lo mucho que las mujeres rurales hemos hecho por nuestros pueblos y se convierta en el día en que nos expliquen qué han hecho las instituciones por nosotras. 

También merece la pena recuperar la memoria de quienes nos precedieron. Pero que sus historias no se queden en otro homenaje. Documentarlas, llevarlas a las escuelas y enseñar a las nuevas generaciones cuánto trabajo invisible sostuvo nuestras comunidades. Conocer nuestra historia es necesario, pero no podemos confundir la transmisión de la memoria con la transmisión de la resignación. 

Y hay algo que tampoco deberíamos olvidar: las mujeres rurales no tenemos la obligación de salvar nuestros pueblos de la despoblación. Tenemos derecho a quedarnos porque allí podemos construir la vida que deseamos, y también a marcharnos o regresar. No somos un instrumento para fijar población. 

El reconocimiento simbólico y el que genera derechos, recursos y oportunidades pueden convivir. Pero el primero nunca debería sustituir al segundo. 

Así que, en lugar de preguntarnos cuántas mujeres hemos homenajeado, empecemos a preguntar a cuántas les hemos facilitado la vida y qué ha cambiado realmente para ellas. 

Menos aplausos a lo fuertes que somos y más medidas para que no tengamos que serlo tanto. 

Porque quizá el mejor homenaje a las mujeres rurales sea conseguir que sus hijas y nietas no tengan que seguir contando historias de sacrificio para que alguien considere que merecen una oportunidad.