José Gabriel Ventura, 'Paipol', el hombre invisible del baloncesto palmero
En la historia del deporte suelen permanecer los nombres de quienes anotaron más puntos, conquistaron campeonatos o dirigieron desde el banquillo a los mejores equipos. Mucho menos visibles resultan quienes hicieron posible que aquellos jugadores pudieran jugar, que los entrenadores pudieran entrenar y que los partidos llegaran siquiera a celebrarse. Personas que preparaban fichas, comprobaban licencias, organizaban desplazamientos, resolvían problemas administrativos, buscaban una mesa, un delegado o un vehículo cuando hacían falta y estaban allí, casi siempre sin aparecer en las fotografías.
En el baloncesto palmero, uno de esos hombres tiene nombre y apellidos: José Gabriel Ventura Hernández, conocido por varias generaciones simplemente como «Paipol». Nacido en Santa Cruz de La Palma en 1956, estudió Magisterio y ejerció profesionalmente como maestro. Paralelamente, desde muy joven comenzó a dedicar una parte importante de su tiempo al baloncesto de su ciudad y de la isla. Creció viendo jugar al C.B. La Palma, precedente de la posterior U.B. La Palma, y su vinculación con esta última entidad comenzó ya antes de 1982, colaborando en distintas tareas. Fue ese año, con apenas veintiséis años, cuando asumió formalmente la secretaría del club, responsabilidad que acabaría desempeñando durante décadas hasta convertirse en una de las figuras más constantes de su historia.
Definirlo, sin embargo, por uno solo de los cargos que ha desempeñado sería probablemente injusto. Ventura ha sido secretario, delegado de numerosos equipos, dirigente federativo, organizador de competiciones, colaborador inseparable de algunos de los principales protagonistas del baloncesto insular y uno de los fundadores de la Escuela de Baloncesto Felipe Antón. Sobre todo, ha ejercido durante décadas una función mucho más difícil de incluir en cualquier currículo: la del fontanero del baloncesto, el hombre al que se acudía cuando surgía un problema y no quedaba nadie más a quien recurrir.
Porque en una organización deportiva el secretario no es únicamente quien levanta actas o custodia documentos. Durante muchos años, y especialmente cuando las estructuras de los clubes modestos distaban mucho de la profesionalización actual, significaba conocer reglamentos, tramitar licencias, atender requerimientos federativos, preparar inscripciones, organizar viajes, gestionar documentación y resolver una interminable sucesión de pequeñas incidencias. Buena parte de aquello que permite disputar un partido ocurre antes de que el balón se lance al aire. Ventura estaba allí. Y seguía estando cuando el partido terminaba.
Su estrecha relación con Roberto Rodríguez Estrello constituye otro de los capítulos esenciales de esa trayectoria. Si Roberto fue durante muchos años uno de los grandes motores del baloncesto de Santa Cruz de La Palma, especialmente desde los banquillos y desde la organización deportiva, Ventura fue uno de sus colaboradores más constantes. Formaron una de esas parejas que suelen resultar decisivas en el deporte de base: uno más visible, directamente relacionado con los equipos y la dirección deportiva; el otro ocupando los espacios menos llamativos, pero sin los cuales resulta imposible sostener durante décadas una actividad.
La histórica competición de verano de Santa Cruz de La Palma constituye un buen ejemplo de ello. Durante años, Rodríguez Estrello estuvo estrechamente relacionado con su organización y Ventura volvió a aparecer a su lado, junto a otras muchas personas que hicieron posible aquella cita que llegó a convertirse en una de las principales manifestaciones deportivas del verano capitalino. Era nuevamente la clase de tarea que parecía hecha a su medida: organizar, coordinar, resolver y conseguir que todo estuviera preparado cuando llegara el momento de jugar.
Pero Ventura tampoco quedó encerrado entre las paredes de la secretaría de la U.B. La Palma. Ejerció como delegado de numerosos equipos y también como auxiliar de mesa, funciones particularmente reveladoras de su manera de entender el deporte. El delegado es otra figura condenada casi siempre a la discreción: acompaña, organiza, conoce horarios, custodia documentación, atiende las necesidades del equipo y carga muchas veces con aquello de lo que los demás solo se acuerdan cuando falta. Ventura desempeñó esas responsabilidades en diferentes conjuntos y etapas, convirtiéndose en una presencia habitual alrededor de las canchas, en los banquillos y en los desplazamientos.
También asumió responsabilidades en la estructura federativa del baloncesto insular. En numerosas ocasiones representó al baloncesto palmero en las asambleas de la Federación Tinerfeña de Baloncesto. Más tarde ejerció como delegado federativo en La Palma en la temporada 1989-1990 y como presidente de la Federación Insular de Baloncesto en 1995, siempre en momentos convulsos. Es decir, tampoco rehuyó ponerse al frente cuando las circunstancias lo exigieron. Esa disposición explica quizá mejor que cualquier enumeración de cargos su lugar en la historia de este deporte en la isla: estuvo dispuesto a ocupar prácticamente cualquier posición desde la que pudiera resultar útil.
Años después volvió a participar en otro proyecto destinado a convertirse en una referencia de la formación de jugadores en Santa Cruz de La Palma. Fue cofundador de la Escuela de Baloncesto Felipe Antón, nacida del impulso de varias personas que llevaban muchos años vinculadas a este deporte. La iniciativa respondía precisamente a aquello a lo que Ventura había dedicado buena parte de su vida: garantizar que el baloncesto tuviera continuidad, que detrás de una generación pudiera llegar otra y que los niños encontraran un lugar donde empezar a familiarizarse con el balón y la cancha.
Existe además una faceta menos conocida que encaja perfectamente con su condición de secretario y guardián de la memoria cotidiana del club. Durante años (2001-2005) se ocupó de confeccionar y redactar U.B. La Palma informa, modesta publicación destinada a recoger noticias y actividades de la entidad. Quien durante tanto tiempo organizó documentos, fichas, licencias y actas contribuyó también a dejar constancia escrita de lo que ocurría en el club. En cierto modo, Ventura no ha sido solamente uno de los protagonistas de la historia de la U.B. La Palma, sino también uno de quienes ayudaron a conservarla.
Una limitación física que le acompañaba desde el nacimiento afectaba a ambos brazos, pero nunca condicionó la amplitud de las tareas que asumió a lo largo de su vida. Ventura estudió, ejerció como maestro, escribió, organizó, viajó con equipos, resolvió trámites, ocupó responsabilidades federativas y dedicó innumerables horas al baloncesto palmero, solo le faltó jugar. Conviene señalarlo sin convertir esa circunstancia en el eje de su biografía, porque tampoco él permitió que lo fuera. Formó parte de su vida, pero nunca definió su aportación. Lo que sí la define es otra cosa: la disponibilidad. La disposición a estar cuando hacía falta. Quizá por eso la expresión «el hombre invisible»le hace justicia.
Invisible no porque nadie lo conociera. En el pequeño universo del baloncesto palmero lo conocía prácticamente todo el mundo. Invisible porque pertenecía a esa clase de personas cuyo trabajo únicamente se percibe cuando dejan de hacerlo. Mientras todo funciona, nadie pregunta quién presentó aquella documentación, quién llamó a la Federación, quién consiguió solucionar un desplazamiento, quién llevaba las fichas, quién hizo de delegado porque faltaba el previsto o quién encontró una solución cuando parecía que no la había. Muchas veces la respuesta era la misma: Paipol. Ese podría ser, en realidad, su mayor título.
Porque José Gabriel Ventura ha sido secretario, presidente federativo, delegado, fundador y organizador, pero por encima de todos esos cargos ha sido durante décadas un hombre disponible para el baloncesto. El que estaba detrás de Roberto Rodríguez Estrello y de tantos otros; el que permanecía cuando cambiaban entrenadores y directivas; el que asumía una función porque alguien tenía que hacerla; el que conocía los entresijos de un deporte construido en La Palma durante mucho tiempo con más voluntad que medios.
En 2008, la U.B. La Palma quiso reconocer esa dedicación distinguiéndolo como Socio de Honor. Para entonces llevaba ya varias décadas de servicio a la entidad. Pero acaso falta todavía un reconocimiento más amplio, no únicamente el de un club, sino el del baloncesto palmero en su conjunto hacia una persona que ha dedicado buena parte de su vida a servirlo sin reclamar protagonismo a cambio. Las grandes historias deportivas necesitan grandes jugadores y grandes entrenadores. Pero necesitan también a los Ventura. A quienes no salen en las estadísticas y, sin embargo, permiten que existan. A quienes casi nunca levantan trofeos, pero preparan todo lo necesario para que otros puedan disputarlos. A quienes permanecen cuando los nombres y los equipos van cambiando.
Después de más de cuarenta años, quizá haya llegado la hora de que el hombre invisible deje de serlo por un momento. No para convertirlo ahora en protagonista de una historia que nunca necesitó protagonizar, sino simplemente para hacer justicia. Para recordar que, mientras otros encestaban, entrenaban, presidían o recibían los aplausos, casi siempre había alguien detrás procurando que todo estuviera preparado. Y muchas veces aquel hombre era José Gabriel Ventura Hernández. Paipol, el eterno secretario.
J.J. Rodríguez-Lewis