No por mucho sonreír te bajan los alquileres
Dice su majestad la inteligencia artificial que la sonrisa es una expresión facial natural que involucra los músculos bucales y oculares para expresar alegría, amabilidad, confianza o satisfacción. Según la cantidad de dentadura que se exhiba la sonrisa es mayor o menor. En cuanto sonreímos nuestro cerebro se pone en positivo, y como dice el gran Javier Cansado si cruzas un lápiz por la boca estirando las comisuras engañas a la mente, que en lo que se refiere a las emociones es muy fácil de engañar, pero debajo de todo eso, lo que antes llamábamos alma, sabe que la mente es emocionalmente analfabeta. El Joker, enemigo número uno de Batman, exhibe siempre una sonrisa siniestra que se nutre del caos, en cambio el hombre murciélago se nutre del orden. Si los políticos sonríen es para engañar nuestras mentes y si nos tragamos sus sonrisas luego se ríen de nosotros, aunque sea a hurtadillas. De todos modos, prefiero que me sonrían, aunque sea de mentiras. Si se fijan los políticos tienen esas arruguillas en los ojos que llamamos patas de gallo, de tanto sonreír sin ganas, sobre todo en las campañas electorales. Decía Nicanor Parra que nadie tiene derecho a sonreír en un mundo como este, salvo que tenga un pacto con el diablo. Ni su Santidad debería sonreír sin antes romper cualquier tipo de pacto con los lobos, que para eso no bajó a tierra el Nazareno, y a mí no me miren que eso más menos dijo el hermano de la gran Violeta Parra. Para mí una sonrisa puede ser seductora (se usa mucho en cuestiones amorosas, con muy diferente resultado), sardónica (sonrío para no reírme de alguien), mefistotélica (oculta perversas intenciones), inocente (antes los niños sonreían así, ahora no sé, sincera (todavía quedan), beatífica (se suele dar después de una buena comida) incrédula (no me he tragado nada de lo que me has dicho) y un largo etcétera. Sonría, por favor, aunque no por mucho sonreír te bajan los alquileres.