Tiempos nuevos/tiempos salvajes

San Andrés y Sauces —

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Lunes, 9 de marzo

No deja de llover en las medianías de la isla y hay mucho que hacer en las huertas porque se acerca la primavera. No se va el frío y los semilleros de pimienta están atrasados. En esta semana se debería sembrar la segunda tanda de papas, medio saco de “redcaras” que ya llevan un par de días partidas y espolvoreadas con azufre. Dos manojos de cebollinos y algunos puerros aguardan en una maceta con compost. Con este frío prolongado hay que esperar a abril para hacer una cama de zanahorias y para sembrar frijoles, habichuelas, pepineros y millo. En unos días hay habas para guisar. La rueda de la agricultura sigue girando al compás de los caprichos del cielo. La fortuna del esfuerzo, el trabajo de siempre con la tierra que descongela las manos frías. Las manos frías que heredé de mi madre en cuanto a temperatura y de mi padre en cuanto a forma y tamaño, también ciertos callos en los dedos de los pies. ¿Qué heredamos de nuestros antepasados? ¿Qué heredamos del mundo en que hemos vivido? Tal vez, todo, incluyendo lo que hemos olvidado; incluso, la cama de zanahorias que me enseñó a hacer mi madre en una lejana infancia: cuando la luna se halle en menguante, en un rectángulo de tierra cavada se esparcen las semillas diminutas de zanahorias y mezcladas con arena. Con un escardillo o con la punta de un palo removemos la superficie de la tierra. Después cubrimos con un saco el espacio de lo sembrado. Colocamos una piedra en cada esquina para que el viento no lo levante el saco. Regamos una vez y esperamos nueve días para retirar el saco. Con esto logramos que no salga hierba entre los brotes de zanahorias que sí empiezan a surgir después de una semana en la oscuridad. Y zanahorias para todo el año y manos frías y callos para toda la vida. Menos mal que hay mucho por agradecer, sobre todo, agradezco la herencia del amor por el arte, por la poesía, por la naturaleza, por la belleza que alimenta el espíritu y da ganas de vivir. El beneficio de la percepción de la belleza, de la pasión que provoca y del conocimiento profundo que recibimos al descubrirla, es una de las pocas cosas que contrarresta el peso de una realidad hostil o de una actualidad que da pavor. Un mundo donde se desmantela, precisamente, lo que ama nuestro corazón. Palabra, por cierto, “corazón”, que parece muy anticuada y que apenas se utiliza hoy en día. Ya sabemos, por los clásicos, que sin ética no hay estética. Es nuestra misión defender, hoy en día, la belleza, la memoria de la justicia y el respeto a los derechos humanos en un mundo, nuevo y salvaje, que los vandaliza normalizando la barbarie. A esto hemos llegado: ¡Ay, madre! Frío por fuera y frío por dentro. ¿Cuándo llegará abril?

Martes, 10 de marzo

Cuando damos una terrible noticia a alguien, lo más probable es que sus primeras palabras sean: ¡Madre mía! A mí me ha sucedido más de una vez. Los mensajeros saben más que lo que dice el propio mensaje porque ven la reacción a lo que éste contiene. Volvemos al origen ante el espanto de la cruel realidad, ante el dolor y la pena que implica una muerte cercana, ante las terribles consecuencias de una guerra, ante la sorpresa de un volcán o ante la riada de una dana. La palabra “madre”, que remite al origen de todo, es también la primera a la que recurrimos después de toda una vida. Lo hacemos como respuesta a un mundo que termina. Porque eso es lo que sucede cuando se pierde un ser querido: es un mundo el que desaparece. Eso decía Sigmund Freud, y también, que lo que queda tras ese colapso, es el “yo”. El “yo”, sí, pero añadiría: el “yo” descompuesto de pena y pronunciando dos palabras mágicas: ¡Madre mía! El que quiera ir más allá, siempre se va a encontrar con la palabra “madre”, sobre todo, cuando se vea ante la adversidad. No hay más palabras. El resto suele acercarse más al ruido y a la descarga, y no de la Fania, sino de la furia y de la desesperación. La palabra “madre” acude a nosotros en momentos de zozobra y de miedo; lo hace para librarnos de la depresión, del alcohol, incluso, de la propensión al suicidio, es decir, del abismo puro y duro. Es más fácil pasar de la pena a la melancolía que de ésta a la comprensión resignada y al homenaje posterior a lo perdido. Por eso los vivos debemos mantener la memoria de los que se han ido, no sólo por ellos, sino también por nosotros mismos. Hace poco, en el entierro de Willy Colón, en Nueva York, una orquesta de trombones creada para la ocasión arropó al músico a la salida del templo. Cuando falleció el pintor canario Cristino de Vera, encendí una vela que traspasó los límites de la física; en esa luz y en el pozuelo de café de la mesa del comedor, estaba contenida toda su obra. Cuando nos dejó para siempre la actriz Claudia Cardinale, de algún modo supe que el vino de Marsala en Sicilia, se volvió amargo. Cuando murió el último gran director de cine, el húngaro Béla Tarr, el mundo se detuvo durante un momento y se hizo lúcido, se volvió blanco y negro. La noche del sepelio de mi compañera, Sara Sentís, había luna llena. El cielo de noviembre se enfrió. Los cristales helados crearon una doble e inmensa corona alrededor del astro en el cenit. A solas, mirando el cielo al llegar a mi casa de Las Lomadas y contemplando aquel prodigio celeste, aquella confluencia física que de algún modo decía adiós a mi amada, con mucha pena y dolor acepté la certeza de que un mundo se despedía para siempre. Adioses y despedidas, despedimos a los seres queridos, despedimos al mundo y te nombramos, - madre -, porque ésta es la soledad humana que tan menudo nos visita. Saber que lo que amamos se nos va a ir de las manos, saber que se está yendo a cada instante, forma parte de la condición humana. ¿Se nos puede ir el mundo que conocemos de las manos?

Miércoles, 11 de marzo

La palabra “madre” protege del dolor como un envoltorio protege a un caramelo. Cuando descubrimos que lo que queda es el “yo”, es cuando volvemos al regazo de la madre en busca de protección. Hace frío en casa y hace frío en el mundo, repito. Dos fríos que, en el fondo, lo más probable, es que se curarían con un poco de cariño. Muchas otras cosas también. No somos nada. La desolación general se extiende por el planeta como si fuera el mantel para el desayuno de todos los días; el embarazoso asunto de la guerra y la violencia que acarrea está en el aire, en las cafeterías, en los almuerzos y cenas, en las reuniones de amigos, en los informativos, en las redes sociales; su brutalidad se cuela en las conversaciones y va desnudando, uno a uno, el conocimiento histórico y el posicionamiento político de todos nosotros. Y nos encontramos con sorpresas desagradables y nos quedamos perplejos ante el alcance del mal. Banalizado en las redes sociales con la ayuda de los nuevos multimillonarios tecnológicos, que parecen sacados de una novela de terror, el mal tiene mucho apetito y el bien parece que ha entrado en una anorexia paralizante. Lo que sí sé, es que el mal tiene mucho dinero y ya ha amenazado que quiere hacer un gran complejo turístico sobre las ruinas del genocidio de Gaza y sus 80 mil muertos. En plan recochineo y sin cortarse un pelo. Espeluznante. Y caen albardas y ninguna llega al suelo, como decía un vecino de mi pueblo. Siente uno vergüenza de ser de la especie humana. Me pongo los guantes acolchados que traje de la tienda china de Los Sauces. Tengo las manos heladas y sigo escribiendo porque no ha dejado de llover y en la huerta no se puede hacer nada. En el mundo parece que tampoco. No sé qué decir, qué más decir que no sea lo mismo. Para la próxima semana se anuncia una nueva borrasca que está cargando provisiones en el océano. Más lluvia, pero con viento y nieve.

Jueves, 12 de marzo

Después de la canonización teológica del bombardero, después del rezo teatralizado e infantil del Despacho Oval de la Casa Blanca, después de ver a los pastores evangelistas orando y a Donald Trump como Jesucristo, pero al revés de la Santa Cena, porque no rezaba el Señor por los apóstoles, sino que son los apóstoles lo que pedían la intervención divina para proteger a su Señor, yo ya me espero cualquier cosa. Es señal de que volvemos a los tiempos arcaicos del gusto al “hierro”, por un lado, y síntoma de que el imperio yanqui se encamina hacia su declive, por el otro. Los portaaviones ya no sirven para nada, son dinosaurios muy costosos en una realidad donde mandan los drones baratos. Por una vez los pobres llevan la delantera. El cocodrilo sacude la cola y hay que temerlo por imprevisible y por traidor. Los expertos dicen que hay que prepararse para lo peor. Al hilo de los tiempos y para no desentonar, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, ha dicho en su discurso del lunes pasado ante los embajadores de la UE: “Europa ya no puede ser la guardiana del orden del viejo mundo, de un mundo que ha desaparecido y que no volverá.” “En tiempos de cambio radical como los nuestros, podemos aferrarnos a lo que solía hacernos fuertes y defender hábitos y certezas que la historia ya ha superado, o podemos elegir un destino diferente para Europa”. Von der Leyen representa a una oligarquía que obedece al poder del dinero y ya sabemos por la Historia que éste puede aliarse con los más peligrosos. Lo que está diciendo es que Europa debe ceder ética y compromiso ante vasallaje e imperio. Ser un “actor geopolítico” sin conciencia ni piedad, parece ser el mantra de la nueva inteligencia diplomática. Dejamos la capacidad para el diálogo, para el acuerdo y para la responsabilidad, subimos al carro del que más ladra y nos doblegamos al peso de las armas, es decir, a la ley de la violencia. Esto es lo que hace la derecha europea, más tarde o más temprano: traiciona la capacidad de progreso. Von der Leyen firmaría ceder ante las pretensiones de Donald Trump y de Benjamín Netanyahu, como el francés Édouard Daladier y el inglés Chamberlain hicieron para entregar los Sudetes a Hitler en los Acuerdos de Múnich en 1938. Después, vino la II Guerra Mundial, el nazismo y el horror de los campos de exterminio. Y, ahora, estamos en el nuevo “desorden mundial”, un desconcierto marcado por el peso de la extrema derecha en el gobierno de Israel y en el gobierno de los Estados Unidos, pero, sobre todo, por la influencia de la paranoia bélica del segundo sobre la vanidad infantil del primero. En definitiva, el mundo que conocíamos va a desaparecer. Y lo peor es que lo sabemos y algunos hasta lo aprueban. Todos estamos localizados vía satélite y todos estamos a distancia de dron o peor, a distancia de misil supersónico. La postración lamentable de los líderes europeos, menos Pedro Sánchez, en el Despacho Oval de la Casa Blanca ante Donald Trump, dejó una señal de por dónde iban a ir los tiros. El faraón en su trono recibe a los jefes de las tribus del desierto. Y lo hace después de haberlos menospreciado. Qué vergüenza. Y aquí estamos, con la presidenta de la Comisión Europea justificando una claudicación humillante: ¡Madre mía!; otra vez ¡Madre mía!

Esther Paniagua nos recordaba hace poco en un post y antes del discurso de la presidenta de la Comisión, la advertencia de hace un año de Anu Bradford, profesora de Derecho y Organización Internacional de la Universidad de Columbia, de que “la Unión Europea está a punto de dilapidar su mayor activo geopolítico: su condición de superpotencia regulatoria.” Ni más ni menos. Continuaba diciendo: “La regulación europea no es un capricho moralista, sino una forma de poder. Frente a la alianza estadounidense entre el Estado y las grandes plataformas, y frente al control tecnológico autoritario de China, el modelo europeo ofrece una tercera vía: una regulación sólida, basada en derechos y con legitimidad democrática. Renunciar a ella no hará a Europa más competitiva. La hará más dependiente. Someterse no puede ser la respuesta a la hostilidad de un aliado que usa la fuerza y la coacción. La respuesta está en la firmeza política: usar instrumentos anti coerción, reformar la contratación pública para favorecer a las empresas europeas, completar el Mercado Único Digital y una arquitectura digital soberana, y reforzar el cumplimiento normativo. La verdadera fortaleza de Europa reside en su capacidad para demostrar que es posible un desarrollo tecnológico que no sacrifique la democracia en pro del imperialismo tecnológico. La autonomía no pasa por desmantelar regulaciones, sino por construir las infraestructuras que permitan que esas normas sean la base de una prosperidad soberana”.

Intenten explicar esta transparente verdad a alguien de la ola ultra, ola que incluso contamina también a otros partidos conservadores, como sucede en este país. En ese empeño imposible les deseo toda la suerte del mundo. Pero no lo hagan antes de comer porque perderán el apetito. Sabemos lo que tenemos que hacer, pero las fuerzas en contra de ese empeño son numerosas y están envalentonadas. Bajo una sensación de desconfianza general, unos nos encontramos desamparados, otros se hallan bombardeados y otros, conspirados y defendiendo bulos. Todos huérfanos en la larga noche de la historia: ¡Madre mía!

Lunes, 16 de marzo de 2026

El viernes pasado entró la calima y dejó de llover. Aproveché el tiempo apacible para sembrar las papas. La tierra estaba cavada desde hacía un mes, eché unos samuros de hojerío y esparcí un saco de compost de cabra y oveja. Surco a surco quedaron las papas en la tierra. Una alegría y una esperanza. El sábado sembré cebollinos y puerros. Por la tarde regresaron las lluvias y volvieron las noticias de la guerra.

Los “hábitos y certezas que la historia ha superado”, no quiere decir, - señora Von der Leyen -, que las buenas intenciones ya no sirvan para nada. Lo que se ha superado, si tuviéramos en cuenta la historia, es que la violencia imperialista solo genera más violencia y que gracias a los compromisos internacionales y al asentamiento de la democracia, ésta se frena. Si seguimos a un loco narcisista, racista y negacionista, acabaremos en un precipicio, que es, más o menos, el lugar al que estamos aproximándonos, si continuamos como hasta ahora con respuestas tibias para no molestar al faraón. Si se está en contra del integrismo que viene desde 1979 con Jomeini y su influencia para volver al Califato del siglo VII, también hay que estar en contra del supremacismo blanco que intenta imponer Donald Trump desmantelando todo lo que signifique democracia para volver a una simple dictadura. Poca diferencia existe entre la ICE y la Gestapo. Ejemplos en la Historia hay más de la cuenta. La izquierda europea debe contrarrestar esta absurda y cobarde deriva. Y lo cierto es que lo hace. Lo hace diciendo que hay que respetar los acuerdos internacionales y la Carta de las Naciones Unidas. Al parecer, según las últimas noticias, Von der Leyen ha rectificado. Pero el daño ya está hecho y se han visto las costuras del desaguisado. Y es alarmante lo que algunos dirigentes estarían dispuestos a realizar. Habrá que hacer algo más para frenar esta deriva autodestructiva. ¿Qué les decimos a nuestros hijos? Para contar y explicar esta guerra a los niños y a las niñas en la escuela, podemos llamar a una telepredicadora evangelista americana, podemos llamar a un ultraortodoxo israelí, podemos llamar a alguien de Vox, podemos inocularles la doctrina del miedo, la del odio, la de las mentiras. Y así, seguramente, lograremos convertir a nuestros hijos e hijas en “borriquitos y borriquitas con chándal”, como escribía Rafael Sánchez Ferlosio en un ensayo. En ‘Breve historia del mundo’, el historiador de arte Ernst H. Gombrich afirmaba con mucha razón que “la historia no es una acumulación caótica de fechas y batallas, sino un fluir continuo de invenciones, conflictos y diálogos culturales donde la curiosidad y la razón luchan constantemente contra la barbarie y el olvido”.

Miércoles, 18 de marzo

Anoche el cielo estaba limpio y transparente, la Vía Láctea y el resto de estrellas se veían en una nitidez cercana. Después de cenar estuve sentado en el patio fumando un cigarro y tomando una copa de ron. Era la calma antes de la tormenta. Hoy, procedente del Atlántico, la borrasca Therese ya deja notar su influencia. Y se va a quedar una semana con su cabeza girando al revés de las agujas del reloj y mordiendo desde el oeste y el suroeste. La culpa es del famoso anticiclón de Las Azores, que, abandonando su lugar de costumbre, se fue de vacaciones a los viejos castillos de Escocia y no permite que la borrasca se desplace a altitudes superiores. Tiempo revuelto varios días seguidos, como en la infancia, cuando mi padre no tenía que abrir el estanque de La Longuera, pues las huertas de Las Lomadas y San Andrés ya tenían agua suficiente para más de dos semanas. Esta mañana el aire era cortante y el agua de la llave estaba helada. Señales ambas de que ha bajado la temperatura en el Roque de Los Muchachos. Las papas, que llevan mes y medio en la tierra, tienen ya buena rama y las papayas enormes de este año pueden acabar muy perjudicadas por el viento. Los temporales con viento y muchas precipitaciones producen daño en muchos sectores, por ello, no son buenos para nadie; lo mismo pasa con las guerras. Sólo que las tormentas, en principio, no son delito de nadie en concreto, pero las guerras sí tienen sus responsables, incluso sus culpables, como ocurre ahora con Irán. Trump y Netanyahu son los culpables, y el aparato incompetente y fascista que les rodea y los que de lejos miran para otro lado, son los responsables. Cuando haces balance después de un temporal o de una guerra, te das cuenta del desastre. Entonces, dices de nuevo: ¡Madre mía!

Viernes, 20 de marzo

Ha vuelto a nevar en la cumbre, como ayer jueves, pero esta vez en cotas más bajas. Ha llovido de un modo intermitente y sin viento en el Noreste de la isla. Como ha sucedido con las últimas borrascas que vienen del Oeste, en Los Sauces ha reinado la calma. Después de una noche tranquila, el sol matutino alumbra los nísperos; fruta que, a esta altura, 680 metros sobre el nivel del mar, aún le falta un punto de maduración. Entra una cuña baja de nubes por el sur flanqueando el oculto horizonte marino; La Galga y la montaña de San Bartolo están bajo su sombra, hacia el Suroeste se abre azul intenso un claro hasta La Montañalta; ésta se halla coronada por una capotera de nubes blancas que se deshacen en jirones al bajar hacia el Este y otras muy oscuras y pesadas que se mantienen en lo alto. “Cuando hay un caballo con jinete sobre La Montañalta, es que pronto puede llover”, recuerdo que decía mi madre. Amarillas, silvestres y anunciando la primavera, florecen las lechugas de huerto. Las medianías de Las Lomadas y de Los Galguitos, olvidando la borrasca Therese, se extienden brillando en la lejanía. Sentado en el patio al sol y escoltado por las dos gatas, he tomado café escuchando el rumor lejano de la lluvia en la cumbre y al otro lado de la isla. Al mismo tiempo, de la radio del comedor y también al margen de la tormenta, me llegaban rumores de la guerra, de la guerra del otro lado del mundo.

 Las guerras en general ya no se ganan, todas se pierden, aunque algunos saquen tajada. Se sabe cuándo comienzan, pero no cuando finalizan. No me canso de repetirlo: hace más de 2.000 años Tucídides dejó escrito: “Las guerras una vez iniciadas nunca terminan”. Las consecuencias se dilatan en el tiempo de los vivos, en el espacio arrasado los supervivientes, mientras los muertos, que ya son más que los vivos, siguen clamando a un cielo del que han sido definitivamente expulsados. Todos perdemos con ellas, incluso los que estamos lejos. ¿Quién ganó en Irak o en Afganistán o en Siria? En ‘La hija de la patria y la madre de la guerra’ (Destino, 2005), Rafael Sánchez Ferlosio escribía: “Parece que todavía no hay una total certeza de quién ganó la batalla de Kades: Ramsés II o el imperio Hitita, ni aún, veinte siglos más tarde, la del Talas: el Celeste Imperio o el Islam”. Desde el patio, contemplo los surcos de cebollinos en la tierra mojada apuntando al cielo. En otros horizontes se levantan columnas de humo y suenan las sirenas. La gente huye despavorida en una tierra bombardeada. En la ciudad de Tiro, al sur del Líbano, vivían 200.000 habitantes; después de la huida de estos últimos días provocada por los bombardeos de Israel, sólo quedan 16.000. Hoy, es el Nouruz, el Año Nuevo del calendario persa que coincide con el equinoccio de primavera. En Irán la gente lo celebra encendiendo hogueras en las calles y cantando, los menores estrenan vestidos y se realizan visitas a familiares. Mientras tanto, la guerra, ¡Madre mía! ¿Estamos en el siglo XXI?

¿Han visto ustedes la película ‘¿El globo blanco’ del director iraní Jafar Panahi? Es una belleza absoluta en todos los sentidos. Una obra maestra que refleja la capacidad para la ternura que tiene el milenario pueblo persa. El guion es de Abbas Kiarostami. Recibió, entre otros premios, el de la Cámara de Oro en el Festival de Cannes en 1995. Fue incluida por The Guardian entre las cincuenta mejores películas familiares de todos los tiempos. En Teherán, ‘Razié’, una niña de siete años intenta comprar un pez dorado en la víspera del Nouruz. La madre le da un billete de 500 tomanes y ella, con una jarra de vidrio, sale dispuesta a conseguir lo que desea.

¿Hay lugar en este mundo para la esperanza?

El tres de abril de 2009, el escritor inglés John Berger decía en una entrevista a el periódico El País: [Hoy la vida está condenada por un orden económico de raíz fascista. (…) Hay mucha gente en el norte privilegiado que se siente desesperanzada; sus condiciones de vida les han aislado; cada día saben menos sobre lo que deben compartir; han sido apartadas del disfrute de la naturaleza, no saben ni por qué las moscas vuelan...También les han convencido de que el pasado no existe. Eso les ha quitado la esperanza. Así que saque usted sus propias conclusiones sobre qué habría que hacer para recuperar las esperanzas perdidas. (…) No es lo mismo la esperanza que el optimismo. El optimismo es acaso la consecuencia de buen pronóstico sobre la Bolsa, por ejemplo. Pero la esperanza es como la fe, sostiene a la gente incluso en la oscuridad. Es como la luz de una vela. Decía Lewis Carroll: “Quisiera saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada”. Pues eso es la esperanza: la luz de una vela cuando está apagada.]

ÓSCAR LORENZO

20-03-2026

San Andrés y Sauces