Irán arde, pero el incendio lo enciende otra guerra

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El conflicto que domina las portadas no es lo que parece. Detrás del humo de Teherán, dos potencias redefinen el mapa del mundo en una rivalidad que recuerda a la Guerra Fría, pero con reglas más complejas y consecuencias más profundas.

Las imágenes de Teherán bajo los bombardeos tienen una claridad engañosa: parecen contar una historia sencilla, la de un conflicto bilateral entre Estados Unidos e Irán. Los portaaviones se posicionan en el Golfo, el Consejo de Seguridad se reúne de urgencia, y los grandes medios corren de titular en titular como si la historia empezase y terminase en el Estrecho de Ormuz. Pero los conflictos armados, los movimientos de flotas y las crisis diplomáticas generan titulares; rara vez son el fondo de la cuestión. Son capítulos de una historia más larga, y más profunda, que se escribe en otro lugar.

Este artículo parte de una posición que conviene declarar desde el principio: esta guerra es un error. Un error porque produce muertos que no deberían morir, porque viola principios del derecho internacional que costaron décadas construir, y porque la lógica que la mueve no es la de proteger a ningún pueblo sino la de preservar, o conquistar, una arquitectura de poder global. Dicho esto, y precisamente porque se sostiene esa oposición, resulta imprescindible ir más allá del rechazo moral y preguntar algo más: ¿por qué ahora? ¿Y, sobre todo, para qué?

Las iraníes que esperan la libertad, y el después que nadie garantiza

Hay una dimensión del conflicto que no puede ignorarse sin caer en cinismo: para muchos iraníes, y en particular para las mujeres iraníes, los bombardeos no son solo destrucción. Son también, para una parte significativa de esa sociedad, una esperanza tan amarga como real. Décadas de teocracia, de represión sistemática, de mujeres encarceladas por llevar el cabello al descubierto, de jóvenes fusilados por protestar en la calle, han creado una fractura profunda entre una sociedad que quiere respirar y un régimen que lleva cuarenta y cinco años negándole el aire. No es difícil entender que, en ese contexto, haya quienes vean en la intervención exterior, por brutal que sea en sus métodos, una puerta entreabierta hacia algo diferente.

Ese sentimiento merece ser nombrado con respeto, y no instrumentalizado por quienes lo usan para legitimar la guerra. Pero merece también ser confrontado con la historia. Las guerras son transitorias; lo que dejan atrás, no. Irak lleva dos décadas demostrando que derribar un régimen despótico desde el exterior no garantiza la libertad, la democracia ni la estabilidad. Libia es hoy un Estado fallido partido entre facciones armadas. Afganistán volvió al punto de partida veinte años y billones de dólares después. El problema no es solo derrocar al tirano: es quién llena el vacío, con qué proyecto, con qué legitimidad interna. Las iraníes que sueñan con quitarse el velo sin miedo merecen algo más que un cambio de amo. Y esa pregunta, ¿qué Irán vendrá después?, es la que más silencio genera en las cancillerías que impulsan esta guerra.

El error de foco: el escenario no es el objetivo

El primer error que se comete sobre este conflicto es confundir el escenario con el objetivo. Irán ocupa portadas, genera movimientos de flotas y moviliza a los ministros de exteriores de medio mundo. Pero Irán no es el desafío estratégico central de Estados Unidos. Nunca lo ha sido del todo, y hoy menos que nunca. Washington no teme tanto la bomba atómica iraní, cuya capacidad real de amenaza inmediata la propia Agencia Internacional de Energía Atómica ha relativizado repetidamente, como el hecho de que Teherán haya decidido vender su petróleo fuera del paraguas del dólar, en buena parte en yuanes, tejiendo una red energética y financiera con Pekín que erosiona silenciosamente el orden que sostiene el poder norteamericano.

Lo mismo ocurre con Venezuela: el problema de Caracas para Washington no es ideológico ni moral, sino que la mayor parte de su producción petrolera se destinaba a China y los intercambios financieros se realizaban en la moneda china. El patrón se repite. Privar a Pekín de proveedores energéticos clave, impedir que el yuan siga infiltrándose en los circuitos del petróleo de Oriente Medio, y orientar cualquier transición política iraní para que no sea China ni Rusia quien llene el vacío: estos son los “para qué” que ningún comunicado oficial menciona, pero que estructuran la operación desde su diseño más profundo.

El verdadero activo en juego: el dólar

Para entender esta guerra hay que comprender primero qué es lo que Estados Unidos defiende realmente. No son sus bases en el Golfo, aunque estas semanas hayan demostrado ser más vulnerables de lo que nadie quería admitir. Lo que Washington defiende, por encima de cualquier otra cosa, es el dólar como moneda de reserva global. Este “privilegio exorbitante”, la expresión la acuñó irónicamente el ministro de finanzas francés Valéry Giscard d'Estaing en los años sesenta, permite a Estados Unidos financiar su deuda en su propia moneda, imponer sanciones económicas con una eficacia devastadora y mantener una influencia desproporcionada sobre el comercio mundial. Perder esa centralidad monetaria sería una derrota estratégica de primer orden, incomparablemente más profunda que cualquier revés militar convencional.

Y Pekín lo sabe. Por eso lleva años tejiendo con paciencia una red de acuerdos para comerciar en yuanes con más de treinta países. El petróleo que India recibe de Rusia se paga en yuanes. Arabia Saudí ha comenzado a explorar acuerdos en moneda china. Son cantidades todavía modestas en términos globales, pero la dirección es inequívoca: China está construyendo, ladrillo a ladrillo, una arquitectura financiera alternativa al orden dominado por el dólar. Irán era uno de esos ladrillos. Atacarlo es, entre otras muchas cosas, un intento de arrancarlo de ese edificio.

La nueva Guerra Fría: dos potencias, dos proyectos, un mundo en transición

Aquí es donde el análisis exige rigor y equilibrio. Sería demasiado sencillo reducir esta confrontación a la historia del Imperio establecido contra el aspirante emergente, o a la del orden liberal frente al autoritarismo. Estados Unidos y China son dos potencias con intereses legítimos, con recursos extraordinarios, con capacidades reales, y con contradicciones propias que sus respectivas propagandas se esfuerzan en ocultar. Lo que estamos presenciando no es la lucha del bien contra el mal: es una rivalidad estructural entre dos sistemas que no pueden coexistir cómodamente en el mismo orden mundial. Y esa rivalidad va a ser larga.

La analogía histórica más precisa no es la de ninguna guerra caliente, sino la Guerra Fría. Durante décadas, Estados Unidos y la Unión Soviética compitieron por la influencia global sin enfrentarse directamente, a través de guerras por delegación, presiones económicas, carreras tecnológicas y la conquista de aliados en todos los continentes. El mundo quedó partido en bloques, los países más pequeños tuvieron que elegir bando o pagar el precio de la neutralidad, y la estabilidad global dependió durante cuarenta años del equilibrio atómico. Ese mapa, que se creyó definitivamente superado con la caída del Muro en 1989, está volviendo. Con nuevos actores, nuevas armas, económicas, digitales y monetarias, además de militares, y un tablero que se extiende desde el Indo-Pacífico hasta el Sahel.

Pero la diferencia fundamental con aquella Guerra Fría es que la rivalidad actual está económicamente mucho más entrelazada y estratégicamente más compleja. China no es la URSS: es la segunda economía del planeta, el principal socio comercial de más de ciento veinte países, el mayor acreedor de buena parte del mundo en desarrollo y el líder en varias tecnologías decisivas para el futuro. Estados Unidos, por su parte, sigue siendo la potencia militar dominante, el centro del sistema financiero global y el emisor de la moneda de reserva. Ninguno puede destruir al otro sin infligirse a sí mismo un daño gravísimo. Y, sin embargo, ninguno puede permitirse dejar de competir.

Dos modelos, dos tiempos, dos lógicas

Cada potencia juega con ventajas distintas, y con debilidades que sus rivales conocen bien. Estados Unidos tiene la fuerza militar más proyectable del planeta, la red de alianzas más extensa de la historia moderna y una capacidad de innovación tecnológica que sigue siendo extraordinaria. Pero sus ciclos electorales de cuatro años y la presión constante de los mercados financieros obligan a sus líderes a buscar resultados visibles a corto plazo. La guerra en Irán es también, en ese sentido, un producto del tiempo político americano: una acción que genera titulares, que parece decisiva, que puede presentarse como una victoria antes de las próximas elecciones.

China juega con una ventaja estructural diferente: el horizonte temporal. Mientras los gobiernos democráticos planifican a cuatro o cinco años vista, Pekín piensa en décadas. La Ruta de la Seda, el dominio de las cadenas de suministro de semiconductores, la expansión en África y América Latina, la internacionalización progresiva del yuan: ninguna de estas iniciativas produce resultados en un ciclo electoral, pero todas reconfiguran el tablero global a una escala que las democracias occidentales apenas alcanzan a procesar. Estados Unidos reacciona; China anticipa. Estados Unidos gestiona crisis; China construye estructuras.

Atribuir a China una racionalidad estratégica perfecta sería, sin embargo, otro error simétrico. Pekín tiene sus propias contradicciones: una economía con fragilidades estructurales serias, una demografía en declive acelerado, tensiones internas que el Partido gestiona con control férreo, pero no resuelve, y una ambición regional que genera resistencias crecientes en Asia. El modelo chino ha demostrado una eficacia notable para el desarrollo económico; su capacidad para liderar un orden global alternativo, legítimo y sostenible a largo plazo, está todavía por demostrar. Una potencia que construye islas artificiales en el Mar de China Meridional y encarcela a un millón de ciudadanos por su etnia no puede reclamar la autoridad moral del orden que quiere reemplazar.

Lo que importa de verdad: el después

Las guerras terminan. Los órdenes que construyen, o destruyen, duran décadas. La pregunta más urgente sobre el conflicto en Irán no es quién ganará militarmente, Estados Unidos tiene la capacidad abrumadora para imponer el resultado táctico que busca. La pregunta es qué vendrá después. ¿Quién gobernará Irán cuando se levante el polvo? ¿Con qué proyecto político, con qué legitimidad popular, con qué relación con sus vecinos? ¿Seguirá siendo un proveedor energético en la órbita china, o pasará a ser un Estado reorganizado bajo influencia occidental? ¿Y qué mensaje envía todo esto al resto del mundo en desarrollo, que observa en silencio cómo las grandes potencias deciden su destino sin consultarle?

Para las iraníes que sueñan con libertad, el después importa infinitamente más que el durante. Para los estrategas de Washington, el después de Irán es un capítulo de la competencia con China. Para Pekín, esta guerra es una lección sobre sus propias vulnerabilidades energéticas y una razón más para acelerar la diversificación de sus suministros y sus alianzas. Nadie, en ninguna de estas capitales, está pensando en el pueblo iraní. Esa es quizás la verdad más jodida de todas.

La redefinición del mapa mundial ya ha comenzado, y no empezó con los bombardeos sobre Teherán. Empezó con décadas de movimientos silenciosos: acuerdos comerciales firmados en yuanes, puertos construidos en el Índico, cables submarinos tendidos bajo el Pacífico, chips diseñados en Shanghái, universidades africanas financiadas desde Pekín, infraestructuras latinoamericanas pagadas con créditos chinos. Y también con bases militares americanas en ciento cuarenta países, con el dólar como moneda de treinta millones de transacciones diarias, con el sistema SWIFT como columna vertebral del comercio global. Dos arquitecturas, dos proyectos, dos visiones del orden mundial. La guerra hace ruido. La historia la escriben los que trabajan en silencio mientras todos miran el fuego.

Esta rivalidad va a ser larga. Décadas, no años. Y en ese tiempo largo, Irán será recordado como uno de los primeros tableros visibles de un juego que apenas acaba de empezar.