La Palma pone el cielo y busca quedarse con el futuro
Para trabajar estudiando agujeros negros desde La Palma hay que saber conducir por una carretera de montaña. También manejar Linux, hablar inglés y estar dispuesto a pasar la noche en vela. Así figuraba en una oferta de empleo del Observatorio de la Red de Telescopios Cherenkov, el CTAO, para contratar a un operador en la isla. Pedían carné de conducir. El de astronauta, por suerte, no.
La convocatoria cerró en marzo y ofrecía jornada completa y contrato indefinido, con financiación ligada a la duración del proyecto. Entre los requisitos estaban una titulación en ingeniería, física u otras áreas pertinentes, o experiencia equivalente, y capacidad para resolver incidencias. El sueldo quedaba a negociar. Hasta en un trabajo dedicado al universo hay asuntos bastante terrenales.
El jueves 15 de octubre, unos 250 científicos y representantes de instituciones internacionales se reunieron en el Roque de los Muchachos, en Garafía, para inaugurar el conjunto de cuatro grandes telescopios LST. Tres se suman al LST-1, inaugurado en 2018. Cada uno tiene un reflector de 23 metros de diámetro. La obra está terminada, aunque aún quedan pruebas, ajustes e integración antes de que los cuatro se incorporen plenamente al CTAO.
Desde allí se estudiarán agujeros negros, explosiones lejanas y posibles indicios de materia oscura. Los telescopios buscan un destello brevísimo que se produce cuando un rayo gamma entra en la atmósfera y desencadena una cascada de partículas. Esa luz se llama Cherenkov. Al recogerla desde varios puntos, los investigadores pueden reconstruir de dónde venía la radiación y qué energía tenía. Es la forma de examinar fenómenos que quedan muy lejos y que ningún laboratorio terrestre puede reproducir a esa escala.
El proyecto tiene instalaciones en La Palma y Chile, y necesita bastante más que un cielo despejado. Hay que fabricar y mantener estructuras de precisión, cámaras y equipos electrónicos, desarrollar programas informáticos y contar con gente que opere todo aquello. Según el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), cada LST cuesta unos 15 millones de euros. Los cuatro rondan, por tanto, los 60 millones. Parte de los equipos se diseña y fabrica fuera: esa cantidad no es una factura pagada íntegramente a empresas de La Palma.
Lo que sí comunicaron el IAC y el CTAO en mayo es que más de treinta empresas locales habían sido contratadas durante la construcción. No publicaron cuánto cobraron en conjunto ni cuántos puestos de trabajo correspondían a esos encargos. Son dos cifras que vendría bien conocer para afinar las cuentas del beneficio que deja el proyecto en la isla.
Los telescopios tienen por delante una vida operativa estimada de treinta años. Durante ese tiempo necesitarán mantenimiento y personal, también cuando se hayan acabado los actos y las fotografías. En mayo, la organización central del CTAO informó de que había incorporado a cinco profesionales a su equipo de La Palma desde 2025, varios de ellos naturales de la isla. Anunció, además, nuevas oportunidades para 2026 y 2027. Ese recuento corresponde a su propia plantilla; no incluye todo el empleo de las entidades que participan en los telescopios.
La palmera Carolina Hernández trabaja como responsable y coordinadora de seguridad de los LST. Patricia Márquez, vinculada a la dirección de los trabajos de CTAO-Norte, vive en la isla desde 2018. Mónica Deza, coordinadora de la oficina, se trasladó en 2023. El observatorio las presenta entre las profesionales de su entorno local. Sus trayectorias permiten ponerle cara a una conversación que suele quedarse en millones, porcentajes y siglas.
Para quien estudia fuera y quiere regresar, encontrar aquí un puesto de su especialidad puede cambiar bastante los planes. También para quien llega con una oferta de trabajo y acaba haciendo su vida en La Palma. Eso no permite calcular cuántos residentes atraerá o ayudará a conservar el CTAO, pero ya hay contrataciones y profesionales establecidos en la isla. No hace falta adjudicarle de antemano la solución a la despoblación.
Conviene mirar dónde está cada plaza. La sede central del CTAO está en Bolonia y su centro de gestión de datos científicos, en Alemania. Trabajar en el proyecto no siempre significa trabajar en el Roque. Quien quiera quedarse en Canarias tendrá que fijarse en la ubicación de la oferta, además de en lo bonito que suene el puesto.
El director del IAC, Valentín Martínez Pillet, estima que la actividad del observatorio puede llegar a representar el 5 % del PIB insular con su ampliación. Sería uno de cada veinte euros de la economía palmera. La previsión se refiere al conjunto de esa ampliación, no solo a estos cuatro telescopios, y todavía no es un resultado alcanzado. Aun con esa precisión, no estamos hablando de calderilla.
Hay una puerta menos conocida para los muchachos que se están formando aquí. El CTAO informó en mayo de las prácticas de una estudiante local de Formación Profesional. Unas prácticas no garantizan un contrato, pero permiten conocer el trabajo desde dentro. Entre tanta noticia sobre agujeros negros, puede pasar inadvertido que en un observatorio también hacen falta perfiles técnicos. A lo mejor conviene por contar mejor eso en los institutos.
La Palma aporta el territorio y unas condiciones de observación que hacen posible el proyecto. El retorno de esa aportación se puede seguir en las compras a empresas, las nóminas, las prácticas y las oportunidades de promoción. Son datos que permitirán comprobar cuánto de la expansión científica llega a la economía cotidiana y cuántas personas pueden trabajar en aquello para lo que se formaron sin tener que marcharse.
Los cuatro telescopios buscarán señales de sucesos ocurridos a enormes distancias. Mucho más cerca, en sus puestos de operación y mantenimiento, se decidirá otra parte de su utilidad. Que un joven palmero pueda terminar su turno y volver a su casa en la isla también será un resultado de la ciencia.