Los derechos no se abstienen: o se defienden o se traicionan
Los derechos LGTBI no pertenecen a un partido político. Pertenecen a la democracia.
Pero conviene no confundirse: una cosa es quién los defiende con hechos y leyes, y otra muy distinta quién se limita a aceptarlos a regañadientes, a votarlos en contra o a utilizarlos como arma en el debate político.
En los últimos años, los avances en materia de derechos LGTBI en nuestro país han tenido impulso legislativo claro desde espacios progresistas. Y no es una cuestión de relato, sino de hechos: leyes aprobadas, derechos reconocidos y protección frente a prácticas que durante demasiado tiempo se han tolerado o invisibilizado. Eso es así.
Entre ellas, las llamadas terapias de conversión, que por fin pasan a ser delito. Una medida necesaria, tardía, pero imprescindible para situar en el marco penal algo que atenta directamente contra la dignidad y la libertad de las personas.
Frente a eso, sorprende, o quizá ya no tanto, la contradicción permanente de ciertos discursos: los de quienes reivindican identidades personales en lo público, pero se alinean en lo político con estructuras que no siempre han estado en la primera línea de defensa de esos mismos derechos.
La disciplina de partido puede explicar una votación. Pero no debería justificarlo todo, especialmente cuando hablamos de derechos fundamentales. Porque en estos asuntos no se vota una estrategia económica ni una reforma técnica: se vota sobre la dignidad de las personas.
Y ahí es donde la incoherencia pesa más que cualquier eslogan.
Porque llega el 28J y volvemos a lo de siempre: los de siempre hablando como los de siempre… y los más de siempre intentando impedir que se ondee la bandera arcoíris en espacios públicos, como si fuera un problema de símbolos y no de derechos.
Pero no lo es. No es solo una bandera. Es la visibilidad, la memoria y la dignidad de muchas personas que han tenido, que hemos tenido que pelear demasiado tiempo por existir en igualdad.
Al final, los derechos no avanzan por comodidad política, sino por decisiones valientes. Y la historia siempre recuerda quién los defendió cuando era difícil hacerlo… y quién prefirió mirar hacia otro lado. Y lo cierto es que siempre fueron los de un mismo lado.