El Día de la Madre en el sistema de protección y el derecho a un relato propio
Quienes caminamos a diario por los márgenes del sistema de protección de menores, el calendario nos presenta cada año una fecha que, bajo su apariencia festiva y comercial, esconde una de las realidades más complejas y emocionalmente extenuantes de gestionar: el Día de la Madre. Para la mayoría de la población, este día se traduce en flores, mensajes de gratitud y una celebración de la incondicionalidad. Sin embargo, en el ecosistema de la infancia tutelada, ya sea en acogimiento familiar, adopción o acogimiento residencial, esta jornada es un prisma que fragmenta la realidad en piezas que a menudo no encajan.
Para un niño, niña o adolescente que vive bajo una medida de protección, la figura materna es un concepto en disputa. No es una línea recta, sino una maraña de presencias, ausencias, abandonos y cuidados reparadores. En este contexto, el enfoque tradicional de la “gratitud”, esa idea de que la persona menor de edad debe estar agradecida por haber sido acogida o por tener una nueva oportunidad, es no sólo errónea, sino profundamente injusta. El cuidado no es un favor que deba devolverse con pleitesía; es un derecho humano básico que el Estado y los adultos de referencia tienen la obligación de garantizar.
Uno de los mayores obstáculos psicológicos que enfrentan los menores tutelados es el conflicto de lealtades, y el Día de la Madre actúa como un catalizador de esta tensión. La sociedad, y a veces el propio entorno de cuidado, presiona de forma sutil para que el niño “elija” o “sustituya”. Se espera que las niñas y niños desplacen sus afectos hacia la madre de acogida o adoptiva como si el amor fuera un juego de suma cero, donde lo que se le entrega a una debe restársele a la otra.
Pedirle a una niña o un niño que ignore sus raíces, por muy dolorosas que sean, es pedirle que mutile una parte de su identidad. Pueden amar a la familia que les cuida hoy y, simultáneamente, sentir una añoranza punzante o una rabia legítima hacia la madre biológica que no pudo o no supo protegerlo. Como profesionales expertos, debemos ser tajantes: ambos sentimientos tienen derecho a existir en el mismo espacio y tiempo. El éxito de una medida de protección no se mide por cuánto olvida el niño su pasado, sino por cómo integra ese pasado en su presente sin que la culpa lo asfixie. La gratitud impuesta sólo añade una capa de hipocresía a un proceso que necesita, por encima de todo, honestidad emocional.
Si en el acogimiento familiar la dualidad es compleja, en el acogimiento residencial el impacto del Día de la Madre es seco y descarnado. En los centros de protección, donde los educadores y educadoras ejercen una labor de acompañamiento y estructura fundamental, el “vacío” de la figura materna se vuelve tangible.
Es el día de las llamadas telefónicas que no se producen, de las promesas de visita que se rompen a última hora y de la eterna pregunta que flota en el ambiente: “¿Por qué yo no?”. Aquí, la labor profesional no consiste en intentar llenar ese hueco con celebraciones artificiales que sólo subrayan la carencia. Nuestra función es sostener la caída. Es validar que hoy está permitido estar enfadado, que es normal sentir envidia de los compañeros de clase y que no hay nada malo en querer pasar el día bajo la manta, lejos de manualidades escolares y canciones festivas. El derecho de los niños y niñas a estar tristes es tan sagrado como su derecho a ser protegidos.
Es urgente que las instituciones educativas den un paso al frente y abandonen las prácticas estandarizadas que ignoran la diversidad de las historias de vida. La tradicional manualidad de “Feliz día, mamá” puede ser una tortura para quien no sabe a quién entregársela o que teme que, al dársela a su madre de acogida, esté borrando a su madre biológica.
Debemos transitar, como señala el pedagogo y profesor Jordi Planella hacia una “pedagogía sensible” que hable de las “figuras de cuidado” y de la pluralidad de los vínculos. No se trata de descafeinar la maternidad, sino de ampliarla para que nadie se quede fuera. Un niño o niña bajo protección necesita que su entorno escolar reconozca su realidad sin compasión victimista, pero con una sensibilidad técnica que entienda que su “familia” es un concepto dinámico, a veces roto y siempre en reconstrucción.
El objetivo del sistema de protección no es replicar el modelo de “familia tradicional perfecta”, sino asegurar que el menor construya una historia de vida coherente. Para lograrlo, el Día de la Madre debe dejar de ser una imposición de expectativas sociales o una celebración forzada.
Como sociedad, debemos permitir que los niños y niñas tutelados se apropien de su propia narrativa. Si deciden no celebrar nada, es su derecho. Si deciden escribir una carta a una madre que no han visto en años, es su proceso. Si deciden abrazar a su madre adoptiva reconociéndola como su referente de seguridad, es su logro. Pero nada de esto debe nacer de la imposición externa o de la necesidad de complacer a los adultos.
El Día de la Madre en el sistema de protección debería ser, ante todo, el día de la verdad emocional. Menos marketing de la felicidad y más espacios para la validación del dolor y la complejidad. Solo cuando reconozcamos que el vínculo no es una deuda de gratitud, sino un espacio de seguridad donde niños y niñas tienen derecho a ser ellos mismos, con sus luces y sus sombras, con sus madres presentes y sus madres ausentes, estaremos realmente cumpliendo con nuestra labor de protección. El mayor regalo que podemos hacerle a estas criaturas bajo el sistema no es una manualidad o una fiesta, sino el permiso incondicional para que sienta, piense y nombre su propia realidad, sin miedo al juicio y sin la carga de tener que agradecer lo que, por justicia, le corresponde.