Quién se merece el pan
Con la ropa todavía mojada, un grupo de chicos pedía pan frente a un pequeño comercio de Ceuta. Acababan de llegar a la ciudad desde Marruecos, como otras 60.000 personas. Una cámara los enfocaba desde lo alto de un muro. Un reportero de televisión narraba la escena (también desde arriba) y advertía, como en un espectáculo, del supuesto peligro que se ceñiría sobre las calles cuando cayera la noche. Desde la comodidad del plató, la presentadora del programa lo interrumpió para apretar el gatillo, y disparó. El pan que se hace en Ceuta es para la gente de Ceuta, dijo.
Frente al televisor, mucha gente se hacía preguntas que, por responsabilidad, nadie debería abalanzarse a resolver en una frase así. Mientras tanto, en una de las tantas fronteras de la muerte, el peligro ya había hecho de las suyas cobrándose las primeras vidas. Hasta la fecha, ya roza el centenar el número de personas migrantes que han muerto ahogadas en su intento de llegar a Ceuta.
Tras los primeros cruces, los agitadores de turno intentaron llenar de odio las redes sociales. Algunos creadores de contenido, entre foto y foto en la playa, también se creyeron con el derecho de distinguir al “buen” del “mal migrante”. No por casualidad, el magnate multimillonario Elon Musk se mofaba de la crisis humanitaria con un vídeo en su red social ‘X’ en el que la comparaba con escenas de Guerra mundial Z, una película sobre una invasión de muertos vivientes que quieren acabar con la humanidad. De hacer todo lo posible por acabar con la humanidad él sabe mucho.
En Hombres contra el fuego, un capítulo de Black Mirror, los militares salen a acabar con una plaga de cucarachas que asola al país. Lo que no sabían era que un chip implantado en sus cerebros les impedía ver lo que estaban cazando en realidad: personas vulnerables. Hoy este chip deshumanizador lo diseñan aquellos que creen decidir quién se merece el pan; los que criminalizan a nuestros vecinos, que buscan ejercer su derecho a moverse; los líderes que instrumentalizan las vidas; los amantes de términos como avalancha o invasión; los cazadores de votos que quieren sacar rédito de la incertidumbre y del dolor ajeno.
Este fin de semana, algunas serpientes desesperadas por esparcir su veneno (como aquellas de las que habla la autora Irene Cuevas en su libro Animal Print) mostraron una vez más que, si estuviera en su mano, los que se hubieran contado por miles serían los muertos. Por suerte, se han topado con vecinos y vecinas que no quieren que nadie haga saltar por los aires décadas de convivencia. Por suerte, o más bien por responsabilidad, decenas de periodistas formados y entidades especializadas siguen trabajando a destajo para que se respeten los derechos fundamentales de las personas que han cruzado y de las familias de los fallecidos.
Y para aquellos que se han llenado la boca estos días hablando de “los nuestros”, estos muertos también son nuestros. Igual que el hombre de 30 años que ha fallecido en un hospital de El Hierro tras llegar en un cayuco. Igual que el bebé que también murió después de cruzar la ruta canaria. Igual que la mujer que ni siquiera pudo llegar a tierra porque su cuerpo no resistió al viaje. Ojalá todos ellos hubieran podido llegar y, como escribió Almudena Grandes, besar el pan.