La levedad
El reparto de cosas en las ciudades, qué sensación, qué importancia. El día entero se consume trayendo y llevando objetos de todo pelaje de aquí para allá. Casi nadie sabe lo que lleva porque solo se ven cajas de cartón, un viejo contenedor ahora ennoblecido. Se necesitan cartones, muchos, se necesitan árboles para cortarlos y convertirlos en cajas. No hay casi periódicos, no hay casi necesidad de papel prensa, pero mucha de la pasta similar que sale del eucalipto es para fabricar cajas y cajas de cartón.
Ignorante del proceso, y con cierto desprecio hacia él, recupero anhelos adolescentes y maldigo ese árbol de las antípodas que colonizó nuestros bosques y degolló robles, castaños y nogales. De poco sirvieron las protestas. Entre otras cosas, porque no sabíamos muy bien contra qué protestábamos: contra ese repartidor de la furgoneta, que aparca en doble fila en la calle San Andrés de Coruña, en la calle Serrano de Madrid, en Luis Doreste Silva de Las Palmas de Gran Canaria, ¿es el mismo en todas partes? Sobre su mísero salario, sobre su leve gesto de entregar, se alza la miseria de los márgenes que llega a la cúpula de las empresas de distribución, situadas en la nada de virtuales salas de reunión.
Los márgenes sobre un gesto engordan a unos cuantos ignorantes, casi siempre hombres, pero ya empieza a haber también en este negocio alguna que otra mujer con tanto mando y tan poco criterio como ellos.
En “Todos los hombres del presidente” alguien decía que había que seguir la pista del dinero. Eran otros tiempos. Ahora es mejor seguir la pista del reparto, pero es más difícil porque se desvanece en las manos porteadoras. No en vano me interpreto en Rainer Maria Rilke:
“Muchacho, a lo veloz
ya tenga alas o ruedas,
no le entregues el alma.
Lo que es está en calma:
claridad y tiniebla,
libro y flor.“
(Sonetos a Orfeo, XXII)
Me interpreto para que la melancolía no conduzca al desarraigo cuando esa inmensa mayoría de jueces, analistas, juezas y procaces varios, condenen a la persona que reparte al ostracismo.