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Palabra de rey

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Han sido escuetas, prudentes, pero necesarias.

Y la derecha “patriótica” en todas sus variantes le ha salido al paso a SM.

La colonización de las Indias por la Corona de Castilla -no por el Estado Español, cuya unidad desde la Confederación de Reinos que fue la Monarquía no resulta reconocible hasta el advenimiento de la dinastía Borbónica- fue un largo y complejo proceso que no admite resúmenes simplistas ni desde las añoranzas imperialistas del españolismo conservador, ni desde el “indigenismo” de los gobernantes americanos o del de algunos sectores de la izquierda española.

Entre los exabruptos, como siempre, destacan los de Ayuso. De forma que la justificación de La Conquista, de Méjico por ejemplo, era acabar con las inmolaciones de seres humanos ante los dioses paganos. Ya caigo: fue una “intervención humanitaria” como la del asalto trumpista y netanyhista al régimen de los ayatolás. Como si los tormentos y las hogueras de la Inquisición se hubieran realizado en plena Edad Moderna en Katmandú; y no en lo que hoy es España y con pretendida justificación religiosa.

La conquista y la explotación de las Indias, con la consabida coartada de la evangelización y el “acrecentamiento de Nuestra Sancta Fee Catholica”, fue el fruto y el despliegue de muchos intereses metropolitanos, también de la Iglesia como poder “terrenal” y, desde tiempos relativamente tempranos, de las nacientes élites criollas. Las mismas oligarquías que lideraron la Independencia cuando el reformismo de los Borbones rompió el “consenso colonial”, básicamente mediante la Ordenanza de Intendentes (4/dic./1786), terminando con los repartimientos de tierras y de indios y sustituyendo a los corregidores y alcaldes mayores por intendentes, asistidos por subdelegados en los pueblos de indios.

La Corona, en tiempos de la Isabel de Castilla y hasta bien entrado el reinado de Carlos V, mantuvo una actitud celosa y protectora en relación a los derechos de los indígenas americanos, frente a los desmanes de conquistadores y colonizadores hambrientos de riquezas y de gloria. Las Instrucciones a Nicolás de Obando (1503) o el Codicilo testamentario de la Reina Católica y Las Leyes de Indias, especialmente Las Leyes Nuevas (1542) dan buena prueba de esa actitud.

De estas preocupaciones de la Corona hispana, asesorada por destacados tratadistas de convicciones cristianas y humanistas, no existe ni el menor indicio en ninguna de las monarquías europeas que emprendieron y consolidaron sus propios imperios coloniales. Todo lo contrario, especialmente en el terreno de Her Gracious Majesty británica. Así que cada cosa en su sitio.

Pero la Monarquía, involucrada por los Austrias en infinitas guerras en Europa, por intereses de los Habsburgo y como paladines del catolicismo, ahogada financieramente hasta el punto de haber sufrido sucesivas bancarrotas y suspensiones de pagos en tiempos de Felipe II (1557,1560,1575, 1590) cada vez dependía más del “quinto Real”, la parte del botín que correspondía a la Hacienda regia,tanto más oneroso cuanto más intenso fuera el expolio de las tierras y de los pueblos americanos originarios.

Durante buena parte del dominio español, tanto La Corona como sus funcionarios entendieron que el compromiso con las oligarquías criollas era imprescindible para conservar aquellos inmensos territorios. Y ese compromiso implicaba mantener un orden social especialmente opresivo sobre los pueblos indígenas, sobre el creciente número de esclavos africanos y sus descendientes y sobre los colonos pobres. Y, a pesar de que se formularon programas reformistas y modernizadores desde ámbitos intelectuales y políticos americanos, este orden no sólo no fue alterado sino a que en muchos aspectos intensificó su crudeza después del logro de las Independencias. La ruptura de aquel “consenso colonial”, de aquella “constitución no escrita”, por la frustrada “reconquista” americana de Los Borbones, añadida a la pérdida definitiva del control del Atlántico (Trafalgar 1805) a favor de la Monarquía Inglesa, desencadenaron el proceso de Independencia de los países hispanoamericanos.

Al final de todo este largo período colonial, en el que hubo “un afán de protección (de los indígenas, se entiende) que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso” como ha expresado Felipe VI, quedó en pié una América hispana muy mestiza. Exactamente al contrario de lo que ocurrió en la América inglesa tras haber perpetrado el genocidio de sus pueblos originarios. Con o sin Leyenda Negra antiespañola, no hay más que mirar a esa “América para los americanos” (americanos blancos, anglosajones y protestantes, of course) que continúa reproduciéndose criminalmente ante nuestros ojos.

En fin, me parece correcta la actitud del Rey de España. Y tengo claro que tanta petición de disculpas por parte de España “por la Conquista”, y muchas más por sus desmanes durante la larga etapa colonial y tras las independencias deben dar -pero no lo harán- los herederos de las élites criollas de hoy y de siempre.