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El mal ajeno

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La mayoría nos congratulamos de los disturbios en los países con gobiernos totalitarios por razones de justicia social y defensa de las libertades más elementales. Otros se alegran de las algaradas por las consecuencias crematísticas que les suponen.

Bisbal está enojado porque en Egipto no hay ahora turistas que visiten las pirámides. Los empresarios turísticos canarios están privados por el mismo motivo. En este caso los dos extremos se tocan en estulticia e iniquidad.

Enojarse porque la revuelta social, justa y necesaria, reduzca el número de visitantes a las pirámides es dar más importancia al negocio turístico que a las necesidades y demandas fundamentales de un pueblo. De negocios sabe mucho un cantante de moda y éxito.

Pero no nos engañemos y no nos enfademos ni con la inconsciencia de Bisbal ni con la avaricia de los empresarios turísticos. En realidad son muchos los que piensan igual. Hay trabajadores que también son capaces de las mayores barbaridades con tal de conservar un empleo. Y hay cantantes que sueltan estupideces al mismo nivel que la calidad de sus canciones, aunque tengan disco de oro y platino.

El mundo funciona así: el occidente democrático y desarrollado mantiene dictaduras totalitarias con tal de que sean aliadas. Ya pasó con la España franquista y hoy sigue ocurriendo en muchos países árabes, africanos y asiáticos. Afortunadamente en Sudamérica se han rebelado y por eso Estados Unidos y la Europa de la OTAN ridiculiza cada vez que puede a los que ellos llaman dictadores de repúblicas bananeras, aunque hayan sido elegidos democráticamente.

Occidente prefiere a China antes que a Cuba. Desprecia a los cubanos no por comunistas sino por pobres. Al fin y al cabo en China hay 1.300 potenciales consumidores de coca-cola.

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