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Historias posibles: La noche fría

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Mueve tus caderas, María, que me parece que estoy viendo a Dios. Sigue María, sigue, que se me escapa. Hace ya tanto tiempo que no lo veo, que por un momento dudé de que fuera él. Sigue mi amor, sigue, que estoy a punto de hablar con Dios.

¡Sabes que casi no te reconozco! Me preocupa ese semblante que tienes, pareces cansado y preocupado. ¿Qué te pasa?

No dejes de mover tus caderas, María, que estoy escuchando a Dios.

Entonces, después de decirles a los chinos cómo controlar el comercio mundial, te diriges a New York para avisar a los financieros de Manhattan del riesgo que corren sus inversiones en el Magreb. Ya, ya? solo con eso, por mucho Dios que seas, tienes que estar agotadísimo. Menos mal que yo no soy Dios, no soportaría ese trajín.

Recuerdo el día en que hablamos por primera vez. Sí, sí?, era adolescente y me asusté mucho cuando se lo confesé a don Manuel, el cura, y me dijo que era pecado. Entonces estuve mucho tiempo sin hablarte. Después, después?, jinete de caballo blanco y sonrisa bobalicona y? La tristeza de mis padres. ¡Mis pobres viejos! No, no lloro, es mi forma de recordarlos. ¡Mira, todavía tengo el crucifijo que me regalaron el día de mi primera comunión!

Confía en mí, no le diré a nadie que estás aquí. Bueno, menos a María, que sigue moviendo sus caderas, pero ella sabe guardar un secreto. Sin embargo, nadie más lo sabrá. Con lo pedigüeña que es la gente, te apabullaría a peticiones: un chalé, un yate, dos amantes, el premio de la lotería? y tantas nimiedades más.

Sé que no es un reproche, pero esa manía tuya de recordarme que abandoné los estudios sin aprovechamiento me parece injusta por tu parte. Bien sabes que, en lugar de atender en clase, prefería hablar contigo. ¡Que no, Dios, que no, los ojos se me ponían y se me ponen rojos de tanto buscarte y no verte, y no por lo que tú piensas!

Claro que no debí salir del pueblo, pero ¿no me dijiste que tenía que aprender del pasado para labrarme el futuro? ¿No te acuerdas, Dios? Esa fue la razón que me trajo aquí. Aquí donde nadie me conocía. ¡Tremendo error! No, no, no? Sólo María dice sí cuando le suplico que mueva las caderas. Después?, ya sabes, la mirada baja y el brazo a medio extender, escondiendo la vergüenza de tan indecoroso proceder, hasta que el pasado y el futuro se hacen permanente presente y un chalé de cartón se convirtió en mi cobijo.

Perdona. Hablando, hablando?, no te he invitado a pasar. Ahí afuera te vas a congelar con el frío. Vaya, vaya?, la verdad es que me ha dado mucha alegría verte. Fíjate que yo te hacía en Roma; oí decir que canonizaban a alguien estos días... ¡Cómo! ¿Que no estás enterado? ¡Qué falta de seriedad¡ Ya, ya?, ya sé que nunca vas a esos actos, pero creo que, aunque solo fuera por un gesto de cortesía, deberían haberte invitado. Claro que, ahora que lo pienso, si hubieras ido, no estarías aquí hablando conmigo.

¿Ves? Ya tu cara ha cambiado, está serena y tus manos no sudan. Te has relajado. Dios, ¿ves cómo te conviene hablar conmigo más a menudo? Con esa vida ajetreada que llevas cualquier día nos vas a dar un disgusto, ¿verdad, María? No, no pares, cariño, que quiero seguir hablando con Dios.

Mira, te voy a dar un consejo: una vez que evites que las finanzas chinas y americanas corran peligro, con la comisión que te lleves deberías tomarte unas buenas vacaciones en Canarias, que bien te lo mereces.

¡Cómo! ¿Que preferirías unas vacaciones aquí conmigo? Nada me haría más feliz. Sabes que siempre habrá aquí, en este chalé de cartón, un rinconcito para ti. Además, ahora que lo pienso, es un lugar seguro. ¿Quién te buscaría aquí? Comida, quizás no, pero no nos faltará un tetrabrik de vino que es la gloria.

***

La sirena de la ambulancia despeja el camino rumbo al hospital. El cuerpo inconsciente del indigente, con graves signos de congelación después de haber pasado a la intemperie la fría noche glacial, aparenta relajado, y, a pesar de lo ajado y sucio que está, en su rostro se dibuja una permanente sonrisa.

Cuando la ambulancia frena junto al rótulo de urgencias, el enfermero que acompaña al paciente observa cómo este intenta estirar sus brazos como si pretendiera atrapar o agarrarse a algo, y exhala su último suspiro.

¿Qué te pasa, María, qué te pasa? ¿Por qué no mueves tus caderas?... Espera, Dios, espera?, voy contigo.

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