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Reflexión sobre las galas de reina infantil

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Hace unos días el Cabildo de Tenerife aprobó por unanimidad, a petición del grupo de Podemos, una moción para promover diversas acciones en contra de -cito- “los actos populares que fomenten valores sexistas, machistas o que promuevan la hipersexualización de las menores o que puedan menoscabar su autoestima”. Se refieren específicamente a las llamadas galas de reina infantil (de las fiestas de nuestros pueblos y barrios), que proponen eliminar y sustituir por galas de la infancia. Sinceramente felicito a Podemos por esta iniciativa. Qué decir de unos concursos donde se fomenta que la autoestima dependa de la opinión ajena sobre la imagen propia. Ya está todo dicho.

¿Realmente está todo dicho? Yo creo que no. Y no, no voy a defender los concursos de reina infantil, pero sí me gustaría hacer una reflexión sobre las formas más habituales de actuar contra el sexismo. La cuestión es así: nos fijamos en las niñas y mujeres haciendo cosas y emitimos un juicio sobre ello. Entonces les decimos, con mayor o menor vehemencia, cómo deberían comportarse según nuestra opinión. Si llevan poca ropa, ponerse más (porque no está bien parecer objetos para el consumo masculino); si llevan mucha, quitársela (porque algunas prendas son símbolos de opresión), y si participan en un concurso de belleza, bajarse del escenario e irse a casa (porque está mal ser juzgada por el físico). ¿Y los hombres y los niños? Bien, gracias. Qué tentador es pretender ser feminista indicando a las mujeres lo que tienen que hacer, y dónde tienen que estar, sin cuestionarse nada más.

Resulta que somos seres sociales y necesitamos la aprobación del prójimo. No es un valor que yo comparta personalmente, pero lo cierto es que hay un consenso social al considerar positiva la competición buscando el aplauso de la comunidad (“por escuchar al público aplaudiendo y coreando mi nombre todo valió la pena”, dicen esos deportistas que presentamos como ejemplo para la infancia). Ahora abramos el periódico del lunes por las páginas donde se publican los resultados de los deportes o encendamos la televisión el día del concurso de murgas: el número de mujeres es testimonial. ¿No será entonces que muchas niñas se prestan a participar en las galas de reina infantil porque son de las pocas actividades donde las dejamos destacar?

Si la sociedad da tantísimo valor a la imagen de las mujeres, es lógico -no digo que deseable- que las niñas intenten explotar esa cualidad y no otras. Son concursos sexistas, de acuerdo, pero el hecho es que, si al mismo tiempo no actuamos sobre otros ámbitos que también lo son, si no se ofrecen alternativas, corremos el riesgo de que la crítica se entienda como una invitación a las mujeres para abandonar el espacio público. Por eso, creo que con buen criterio el activismo feminista no suele censurar estos certámenes de manera frontal y sí los mecanismos sociales y culturales que los alientan.

Por otro lado, me pregunto si como adultos no estaremos proyectando nuestras miserias sobre unos festivales en el fondo bastante inocentes. Leo en una crítica: “Las principales víctimas de este lamentable espectáculo son las niñas donde un mundo adulto pretende tiranizarlas al burka de la apariencia y de la belleza física ( sic). La realidad es -como verían si se molestaran en visitar algunos barrios- que el supuesto “lamentable espectáculo” no es otra cosa que un grupo de niñas interpretando una coreografía de Rihanna, y que el llamado “burka de la apariencia y la belleza física” es una simple cualidad, tan azarosa como el talento deportivo, con la diferencia de que sobre este último, curiosamente, no pesa ninguna sospecha de ejercer la tiranía sobre nadie.

Permítanme señalar que hay sexismo implícito en poner el foco en una cualidad que no se elige -la belleza-, y definirla como potencialmente opresora, en lugar de en lo que realmente constriñe, es decir, en el entorno que juzga y que no permite a las niñas expresarse en otras dimensiones. Los reproches que se suelen hacer a estos festivales, a menudo no exentos de clasismo, se me antojan también injustos porque se juzgan como si en nuestros barrios hubiera múltiples actividades culturales y alternativas de ocio. La realidad es que no solo son escasas en general, sino a menudo hostiles para las niñas. Esto lo digo en un intento de llevar la reflexión un poco más allá. No debe entenderse como crítica a la moción aprobada en el Cabildo (que reconozco que es bastante constructiva), ni mucho menos al activismo feminista.

En definitiva, me parece bien denunciar el sexismo en los concursos de reina de las fiestas, y lo aplaudo, pero me gustaría también que reconociéramos que la escasísima presencia femenina en los espacios públicos no es un problema que se solucione dictando normas de actuación a niñas y mujeres. Algo falla cuando el grupo reconocido como los “representantes legítimos de la música que identifica y une a todos los canarios” -me refiero a Los Sabandeños- está formado por treinta señores (plural, masculino no genérico).

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