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Medicina de familia, la especialidad más elegida

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El próximo 19 de abril finalizará el proceso de adjudicación de plazas para especializarse en alguna de las ramas de las ciencias de la salud. La oferta correspondiente a medicina es de 8.768 plazas de las cuales de 2.492 corresponden a medicina familiar y comunitaria. Solo una de las 46 especialidades médicas que hay en España oferta el veintiocho por ciento de las plazas. Es posible que algunas de esas plazas queden vacantes, tal como ha ocurrido en años precedentes, pero que más de la cuarta parte de los aspirantes que obtienen una plaza de especialización elijan medicina de familia debería verse como una auténtica proeza y sin embargo la noticia que destaca en la mayor parte de los medios es que, un año más, medicina de familia “pincha” en el MIR.

Hace tiempo que la oferta de plazas de formación en medicina de familia está dando signos de fragilidad y cada año alrededor del diez por ciento de dicha oferta no llega a cubrirse. Con ser un número pequeño en relación al total de plazas convocadas, preocupa mucho dadas las dificultades que tiene nuestro sistema sanitario para cubrir las vacantes de especialistas que cada año se producen, fundamentalmente por motivo de jubilación, aunque no sólo.

Esto está llevando a que un número creciente de médicos sin especialidad estén siendo contratados inadecuadamente para trabajar en los centros de salud y servicios de urgencias, lo que está ampliando el deterioro de la calidad asistencial y probablemente sea una de las causas del constante aumento de la presión sobre las puertas de los hospitales.

En los últimos 15 años se han ofertado más de treinta mil plazas de formación en medicina de familia. Si la mayor parte de esos especialistas se hubieran quedado ejerciendo en los centros de salud hoy no tendríamos este problema. Sin embargo, la atención primaria no ha sido capaz de retener a estos profesionales que tanto necesita, y muchos se han ido a desempeñar otras funciones, también importantes, como son la de médicos de urgencias de los hospitales, o de cuidados paliativos, o de hospitalización a domicilio, o ayudando a otros especialistas, normalmente cirujanos, a atender a los pacientes que operan, o se han ido a las mutuas laborales o a la medicina privada, o a áreas técnicas de gestión, e incluso algunos han emigrado a otros países en busca de mejores condiciones laborales y profesionales.

Si bien esto es un problema para la gestión de los recursos humanos del Sistema Nacional de Salud, también nos permite ver que esta especialidad tiene un indiscutible valor, con un  amplio rango de capacidades y una versatilidad tal que es muy demandada para otras funciones dentro y fuera del propio sistema sanitario público.

La hipertrofia de los servicios hospitalarios como respuesta al deterioro de la atención primaria no sólo atrae hacia ellos más presupuesto sino también a los médicos de familia. Es una locura. En realidad lo que no se hace en atención primaria por falta de recursos, visión, ambición y una buena gestión, se acaba ofreciendo desde los hospitales con médicos de familia que se detraen de la propia atención primaria.

Se sabe que una atención primaria resolutiva, que ofrezca continuidad en la atención y en los cuidados, es un factor crucial para lograr la calidad, la eficiencia y la sostenibilidad de todo el sistema, sin embargo no se invierte en ella. El escaso presupuesto asignado a atención primaria da fe de ello. Un dato habla por sí solo, sólo el gasto en medicamentos supera en casi todas las comunidades al presupuesto de su atención primaria. 

La población sufre lo que está ocurriendo y cada vez se escucha más eso de: “cada vez que voy al médico me ve uno diferente”, “tardan muchísimo en darme una cita”, etc. Esto está produciendo una gran desafección y no sólo algunos médicos residentes o jóvenes médicos de familia abandonan el barco, lo hacen también aquellas familias que se lo pueden permitir, pagando un doble aseguramiento mediante la contratación de seguros privados, y mucho antes lo hicieron las clases dirigentes y los más influyentes de la sociedad, pero con cargo a los fondos públicos. Juan Simó lo viene denunciando con datos desde hace tiempo en su “descremado sociológico de la atención primaria”. Es una anomalía democrática que funcionarios, políticos y otra serie de élites se provean con fondos públicos de servicios sanitarios privados, ajenos a los de atención primaria, supuestamente de mayor calidad.  

Si quienes, entre otros, legislan, planifican, financian y gestionan la cosa pública no pisan las salas de espera de los centros de salud, ¿qué podemos esperar?

Otro elemento muy relevante para entender este problema es que todavía hoy, en un gran número de universidades españolas, la medicina de familia no es una disciplina básica en la formación del grado o no tiene funciones plenas en la misma. 

Debería sorprendernos que a pesar de ser una gran desconocida en los estudios de medicina, cada año tantos graduados se aventuren a hacer medicina de familia, y sin embargo lo hacen. Atribuir dicha elección únicamente al efecto de la oferta no resulta convincente. La idea de ser médicos de personas y no solo de órganos y aparatos resulta muy atractiva y muchos graduados rechazan la monotonía de dedicarse de por vida a un pequeño número de enfermedades o incluso a una sola. En medicina de familia hay la máxima de que “conocerla es quererla”, si no fuera por la dureza del trabajo en una atención primaria descapitalizada y sin rumbo.

La medicina de familia, y la insuficiente demanda de la misma, que cada año se refleja en el MIR, no es la causa de ningún problema, es sólo una de sus consecuencias. La consecuencia de una atención primaria débil y en constante deterioro y de una universidad ajena a una especialidad que se ubica en la centralidad de los fines y valores de la medicina y que tiene a la persona como elemento central de su interés y su capacitación.

El problema actual no es de oferta, al menos en sus aspectos cuantitativos, sino que los esfuerzos deben dirigirse a incentivar la demanda para lo que es necesario forjar vocaciones desde la universidad y mejorar la atención primaria, que es el lugar en el que se van a formar y donde están llamados a trabajar en el futuro los nuevos especialistas. Pero eso no se logra de hoy para mañana.

 Mientras esto no se aborde con decisión, cada año por estas fechas lamentaremos que 100 o 200 plazas de formación, de las casi 2.500 ofertadas, se hayan quedado vacantes. Con no ser pocas, dada la necesidad, podríamos decir que pocas son, dadas las  circunstancias.

El próximo 19 de abril finalizará el proceso de adjudicación de plazas para especializarse en alguna de las ramas de las ciencias de la salud. La oferta correspondiente a medicina es de 8.768 plazas de las cuales de 2.492 corresponden a medicina familiar y comunitaria. Solo una de las 46 especialidades médicas que hay en España oferta el veintiocho por ciento de las plazas. Es posible que algunas de esas plazas queden vacantes, tal como ha ocurrido en años precedentes, pero que más de la cuarta parte de los aspirantes que obtienen una plaza de especialización elijan medicina de familia debería verse como una auténtica proeza y sin embargo la noticia que destaca en la mayor parte de los medios es que, un año más, medicina de familia “pincha” en el MIR.

Hace tiempo que la oferta de plazas de formación en medicina de familia está dando signos de fragilidad y cada año alrededor del diez por ciento de dicha oferta no llega a cubrirse. Con ser un número pequeño en relación al total de plazas convocadas, preocupa mucho dadas las dificultades que tiene nuestro sistema sanitario para cubrir las vacantes de especialistas que cada año se producen, fundamentalmente por motivo de jubilación, aunque no sólo.