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EXCELSIOR

No obstante, lo que ahora es una forma de entender la vida, tanto personal como profesionalmente, empezó siendo una forma de invertir mi tiempo libre, leyendo, en vez de darle patadas a un balón o dedicarme a abusar de quienes no comulgaban con mis gustos. Imagino que, por esa misma circunstancia, encajé tanto y tan rápido con un enclenque, apocado, “cuatro-ojos” y empollón como lo es Peter Parker, dejando a un lado el hecho de que, además de todo, fuera una suerte de araña humana. Peter Parker representaba todo lo que yo era -menos el ser medio araña- cara a mis compañeros de clase y al mundo que nos rodeaba, profesores incluidos, mucho más escorados hacia la personalidad de un mamarracho como Flash Thompson -los cuales abundaban en el patio de mi colegio por docenas- que ante lo que les podía ofrecer una persona como aquel estudiante del instituto Midtown, situado en el Queens neoyorkino.  

Spider-man, junto con el origen del coloso verde y su alter ego humano; es decir, el doctor Robert Bruce Banner, fueron los dos primeros cómics que leí publicados por la Casa de las Ideas y ambos estaban escritos por Stanley Martin Lieber, más conocido como Stan Lee. Con a él, “llegó el escándalo” hasta mi sosegada vida. 

Y digo esto, porque, cuando empecé a buscar cualquier cabecera protagonizada por dichos personajes -lo cual me llevó a conocer al resto de integrantes del universo Marvel, una década después de que dicho universo reivindicara su lugar en el firmamento- me di cuenta de lo difícil que iba a ser todo aquello. Por aquel entonces, ni los canales de distribución, ni las editoriales que publicaban todos aquellos personajes se lo ponían fácil a los lectores y no fue hasta una década después, a finales de lo años ochenta y viviendo en la capital del reino, cuando pude empezar a leer con cierta lógica las historias escritas por Stan Lee en la década de los sesenta y los setenta del pasado siglo XX.

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BAD DAY AT BLACK ROCK

Macreedy, quien perdiera su brazo izquierdo combatiendo en uno de aquellos sangrientos mataderos que tiñeron de sangre el globo terráqueo, da con sus huesos en aquel olvidado lugar por culpa del hijo de un granjero japonés, apellidado, éste, Komoko.

Su llegada, lejos de ser pasada por alto por los lugareños, se convierte en el foco de atención de los “guardianes de las esencias patrióticas”, ignorantes de que la guerra al fin terminó y de que ya no hay enemigos a lo que batir, sino un mundo al que reconstruir. Poco importan los esfuerzos del recién llegado por conocer el paradero del señor Komoko, en un escenario en donde la Omertá impera por voluntad de un ser desmedido y desquiciado que no duda en alardear de su fanatismo e intransigencia frente a quien ha perdido varios años de su vida y una parte de su cuerpo batallando para que gente como Smith pueda alardear de sus privilegios y de una posición social que le permite tener amedrentados a todos y cada uno de los habitantes del lugar. Para él, amo y señor del pueblo, las reglas de la sociedad no funcionan en aquel enclave y su prepotencia es algo que igualmente motiva las acciones de Trimble y David, dos actores de reparto que se escudan en el poder y las influencias de su empleador para tratar de expulsar a Macreedy del lugar, tal y como ya había sucedido anteriormente con otros como él.  

Su pecado, el de ambos descerebrados como el de Smith, es subestimar la audacia, las convicciones y el valor de un hombre que sabe lo poco que puede valer la vida de un ser humano en la sociedad y en el campo de batalla y lo importante que es preservarla, dentro y fuera de él.  Ni siquiera su pérdida física le impedirá enfrentarse, en igualdad de condiciones, con dos matones de mala muerte como Trimble y David, paupérrimas caricaturas de todos los seres humanos que se pegan al lomo de los acaudalados para medrar a costa de los desperdicios que éstos van soltando mientras devoran todo aquello que se les antoja, esté prohibido o no.

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No, la Historia no es así

Al año siguiente caí en las manos de lo que la vieja guardia llamaría un liberal y enrojecido profesor, quien me enseñó a considerar la Historia como una disciplina tanto o más importante que cualquiera de las que siempre se las ha considerado sacrosantas en el sistema de educación español. Es más, aquel primer año en el que lo tuve como profesor descubrí que era más difícil aprobar una asignatura considerada secundaria que aprobar Matemáticas o Ciencias, dos de los pilares en los que sustentaba mi educación hasta ese momento.

En realidad, su empeño iba más allá de memorizar datos, fechas y situaciones. Para aquel profesor la Historia era el espejo en el que todos nos debemos reflejar para entender qué está pasando hoy en día, por mucho que sus detractores argumenten que la Historia solo se preocupa del pasado. Este razonamiento es igual de válido que el que enarbolan todos los memos que justifican su negativa a ir a un museo, porque éste está lleno de piedras y trastos viejos.

Si se piensa fríamente, también está el grupo que piensa que el leer produce un sarpullido -de ahí que lo eviten como la peste- y puede que por eso las bibliotecas estén tan mal consideradas y velen por su ausencia en la geografía nacional. Además, hoy en día, si no está en las redes sociales eso no sirve para nada. ¡Y cómo va a competir un buen libro de Historia con un Tweet de un analfabeto funcional sentado en la Casa Blanca!

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FANATICOS E IGNORANTES

Aquella foto, al igual que la película del bailarín, coreógrafo, escritor y director americano mostraba un momento de nuestra historia más contemporánea donde la calles se llenaron de camisas de color negro, camisas de color pardo, camisas de color azul, camisas de color verde, camisas de color gris y de otros tantos colores que desembocaron en un genocidio teñido de ideología e irracionalidad homicida que, luego, se recogió en los libros de historia como Segunda Guerra Mundial. 

Aquella contienda -llena a rebosar de episodios que harían vomitar a un ejemplar de Capra aegagrus hircus, mamífero artiodáctilo de la subfamilia Caprinae capaz de sobrevivir en prácticamente cualquier hábitat, dada su capacidad para ingerir la más variada y extrema alimentación por escasa que ésta pudiera llegar a ser- debió disuadir a los seres humanos de caer en radicalismos ideológicos, pero está claro que no fue así.

De un tiempo a esta parte son legión quienes, ignorantes de un pasado nada glorioso ni digno de imitar, se empeñan en reverdecerlo y reivindicarlo como si nada hubiera pasado. Su nuevo discurso, nada “nuevo” por otra parte, se sustenta en los efectos de una crisis que se ha convertido en el acicate para justificar su diatribas incendiarias, dementes y populistas. 

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