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Eduardo Serradilla

Mi vida ha estado ligada al séptimo arte prácticamente desde el principio. Algunos de mis mejores recuerdos tienen que ver, o están relacionados, con una película o con un cine, al igual que mi conocimiento de muchas ciudades se debe a la búsqueda de una determinada sala cinematográfica. Me gusta el cine sin distinción de género, nacionalidad, idioma o formato y NO creo en tautologías, ni verdades absolutas, que, lo único que hacen, es parcelar un arte en beneficio de unos pocos. El resto es cuestión de cada uno, cuando se apagan las luces.

Empecé a leer cómics a la misma vez que aprendí  a leer y, desde entonces, no he parado de hacerlo. En todas estas décadas he leído cómics buenos, regulares y no tan buenos, pero siempre he creído que el lenguaje secuencial es la mejor -y más idónea- puerta de entrada para leer tanto letras como imágenes. Ahora leo más cómics digitales que físicos, pero el formato me sigue pareciendo igualmente válido y sigo considerando el cómic un arte.

EXCELSIOR

No obstante, lo que ahora es una forma de entender la vida, tanto personal como profesionalmente, empezó siendo una forma de invertir mi tiempo libre, leyendo, en vez de darle patadas a un balón o dedicarme a abusar de quienes no comulgaban con mis gustos. Imagino que, por esa misma circunstancia, encajé tanto y tan rápido con un enclenque, apocado, “cuatro-ojos” y empollón como lo es Peter Parker, dejando a un lado el hecho de que, además de todo, fuera una suerte de araña humana. Peter Parker representaba todo lo que yo era -menos el ser medio araña- cara a mis compañeros de clase y al mundo que nos rodeaba, profesores incluidos, mucho más escorados hacia la personalidad de un mamarracho como Flash Thompson -los cuales abundaban en el patio de mi colegio por docenas- que ante lo que les podía ofrecer una persona como aquel estudiante del instituto Midtown, situado en el Queens neoyorkino.  

Spider-man, junto con el origen del coloso verde y su alter ego humano; es decir, el doctor Robert Bruce Banner, fueron los dos primeros cómics que leí publicados por la Casa de las Ideas y ambos estaban escritos por Stanley Martin Lieber, más conocido como Stan Lee. Con a él, “llegó el escándalo” hasta mi sosegada vida. 

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BAD DAY AT BLACK ROCK

Macreedy, quien perdiera su brazo izquierdo combatiendo en uno de aquellos sangrientos mataderos que tiñeron de sangre el globo terráqueo, da con sus huesos en aquel olvidado lugar por culpa del hijo de un granjero japonés, apellidado, éste, Komoko.

Su llegada, lejos de ser pasada por alto por los lugareños, se convierte en el foco de atención de los “guardianes de las esencias patrióticas”, ignorantes de que la guerra al fin terminó y de que ya no hay enemigos a lo que batir, sino un mundo al que reconstruir. Poco importan los esfuerzos del recién llegado por conocer el paradero del señor Komoko, en un escenario en donde la Omertá impera por voluntad de un ser desmedido y desquiciado que no duda en alardear de su fanatismo e intransigencia frente a quien ha perdido varios años de su vida y una parte de su cuerpo batallando para que gente como Smith pueda alardear de sus privilegios y de una posición social que le permite tener amedrentados a todos y cada uno de los habitantes del lugar. Para él, amo y señor del pueblo, las reglas de la sociedad no funcionan en aquel enclave y su prepotencia es algo que igualmente motiva las acciones de Trimble y David, dos actores de reparto que se escudan en el poder y las influencias de su empleador para tratar de expulsar a Macreedy del lugar, tal y como ya había sucedido anteriormente con otros como él.  

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No, la Historia no es así

Al año siguiente caí en las manos de lo que la vieja guardia llamaría un liberal y enrojecido profesor, quien me enseñó a considerar la Historia como una disciplina tanto o más importante que cualquiera de las que siempre se las ha considerado sacrosantas en el sistema de educación español. Es más, aquel primer año en el que lo tuve como profesor descubrí que era más difícil aprobar una asignatura considerada secundaria que aprobar Matemáticas o Ciencias, dos de los pilares en los que sustentaba mi educación hasta ese momento.

En realidad, su empeño iba más allá de memorizar datos, fechas y situaciones. Para aquel profesor la Historia era el espejo en el que todos nos debemos reflejar para entender qué está pasando hoy en día, por mucho que sus detractores argumenten que la Historia solo se preocupa del pasado. Este razonamiento es igual de válido que el que enarbolan todos los memos que justifican su negativa a ir a un museo, porque éste está lleno de piedras y trastos viejos.

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ANIMOSITY

De todas las películas dirigidas por el irrepetible Alfred Hitchcock es público y notorio que suela omitirse la que considero su mejor propuesta de género, amén de la más terrorífica y desasosegante de cuantas realizó a lo largo de su carrera. Dicha propuesta lleva por título The Birds, y se estrenó en el 28 de marzo del año 1963, en la ciudad de Nueva York.  

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FANATICOS E IGNORANTES

Aquella foto, al igual que la película del bailarín, coreógrafo, escritor y director americano mostraba un momento de nuestra historia más contemporánea donde la calles se llenaron de camisas de color negro, camisas de color pardo, camisas de color azul, camisas de color verde, camisas de color gris y de otros tantos colores que desembocaron en un genocidio teñido de ideología e irracionalidad homicida que, luego, se recogió en los libros de historia como Segunda Guerra Mundial. 

Aquella contienda -llena a rebosar de episodios que harían vomitar a un ejemplar de Capra aegagrus hircus, mamífero artiodáctilo de la subfamilia Caprinae capaz de sobrevivir en prácticamente cualquier hábitat, dada su capacidad para ingerir la más variada y extrema alimentación por escasa que ésta pudiera llegar a ser- debió disuadir a los seres humanos de caer en radicalismos ideológicos, pero está claro que no fue así.

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Han Solo: una historia de Star Wars

Además, en febrero de 1978, llegaba a las librerías Star Wars: Splinter of the Mind's Eye, novela escrita por Alan Dean Foster -el escritor que realmente escribió la versión novelada de Star Wars, que luego firmara George Lucas-, un libro del que durante mucho tiempo se dijo que serviría como base para la segunda película de la trilogía galáctica original. 

Estos tres ejemplos son los que dieron el pistoletazo de salida oficial del nuevo Universo Expandido, que quedó circunscrito al formato gráfico hasta el estreno de la segunda película, The Empire Strikes Back (junio 1980), salvo por la emisión del televisivo Star Wars Holiday Special (Twentieth Century Fox Television, noviembre 1978) y por la publicación de un par de novelas dedicadas al personaje de Han Solo (Han Solo at Stars´End, abril 1979, y Han Solo´s Revenge, noviembre de 1979).

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La identidad corporativa y los floreros

De un tiempo a esta parte, en medio de esta babilonia moral que no respeta a nada ni a nadie, ni siquiera la edad, están saltando a los medios de comunicación denuncias y/o sentencias que ponen sobre la mesa los abusos, la podredumbre y lo torticero que puede llegar a ser el mundo de la publicidad y de las firmas comerciales que pululan a su alrededor.

Hasta ahora, al igual que ha venido pasando con otros temas, se daba por aceptado que para promocionar, por ejemplo, un vehículo a motor, una bebida refrescante, una máquina para lavar la ropa y/o los platos, sólo por poner unos pocos ejemplos, había que incluir, a lado del producto, a una hembra muy sonriente, a ser posible rubia, vestida con un provocativo vestido, muy arreglada y sobre unos tacones de vértigo. Poco importaba la relación que esta imagen tan sensual y atractiva, tal y como defendían los teóricos de antaño, NO tuviera ninguna relación con el producto y solamente sirviera para fomentar unos estereotipos que denigraban a las mujeres. La sociedad era, y es, un feudo del macho dominante y las marcas se volcaban en saciar las ansias de quienes llevaban los pantalones y traían el jornal a casa.

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¡Corre a buscar un niño de cuatro años!

Un día cualquiera, en el parlamento de Libertonia, liderado, éste, por el gran estadista que fue, es y siempre será Rufus T. Firefly. Se abre la sesión del día, después de que la pelota con la que estaba jugando, tan entretenido él, Firefly, se le pierda entre los papeles de su mesa.

Entonces, uno de los miembros del parlamento se levanta y se dirige al líder del país:

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Nada va a cambiar

Mientras escribo estas líneas, alguien, un ciudadano cualquiera de los Estados Unidos de América, estará entrando en una tienda para comprar un arma.

Puede que la visita esté motivada por la práctica del tiro de precisión en una galería de tiro cubierta, disciplina olímpica que goza de muchos seguidores y que no supone un riesgo para nadie, salvo el riesgo intrínseco que conlleva toda arma de fuego para quienes la utilizan y para quienes se encuentran a su alrededor.  

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STAR WARS: EPISODIO VIII. UNA CUESTIÓN DE FE.

Ya ha dicho, escrito, teorizado y deconstruido que George Lucas no inventó nada, sino que refundió toda una amalgama de elementos para soportar el entramado argumental de su primera película Star Wars (1977), luego conocida como el Episodio IV. Sin embargo, lo que sí aportó el guionista, productor y creador californiano fue una mitología adaptada a su tiempo, en un instante en el que no existía nada parecido. Además, su virtud no sólo fue devolver a los grandes clásicos de la ciencia ficción y la fantasía al tablero de juego cinematográfico -tras décadas en las que la distopía y el miedo a la guerra nuclear lo habían copado todo- sino hacerlo con una pátina de modernidad que sorprendió a propios y extraños.

Al hacerlo, dotó a toda una generación de niños y jóvenes, mayoritariamente, etiquetados como “raros” (el término Freaks vino después, aunque la obra maestra de Tod Browning se estrenara en 1932, cuarenta y cinco años antes del estreno de Star Wars) de unos referentes y de toda una mitología que, hoy en día, continúa vigente en las mentes de quienes no han permitido que el tiempo y una sociedad cada vez más asilvestrada e ignorante les aparte de aquellos referentes que han marcado su vida. En el caso de nuestro país, La Guerra de las Galaxias permitió que quienes no nos habíamos convertido en unos “tarados repite-alineaciones” tuviéramos un tema del que hablar, sin necesidad de ser arrinconados por una mayoría que ha demostrado, sobradamente, lo embrutecida que estaba entonces y que lo sigue estando ahora, cuatro décadas después.

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