¡Sí, fue culpa tuya, y tuya y también tuya!

En estos ya largos quince años como columnista he dicho, comentado, recalcado -y si mis columnas fueran en formato vídeo gráfico, gritado- a quien quisiera oírlo, mi tolerancia CERO para con los abusos y la laxitud con la que dicho asunto se aborda en nuestro país, sin importar las consecuencias de tal comportamiento.

Nadie o casi nadie quiere ponerse delante ante quienes se deleitan haciéndole DAÑO a los demás. Y es que, aunque a muchos les moleste aceptarlo, los abusos hacen daño -y no sólo físicos- a las personas, y enmarcarlos bajo el eufemismo “son cosa de críos” no ayuda lo más mínimo. Los críos crecen y, con el tiempo, las travesuras se convierten en episodios de acoso que terminan por cobrarse vidas inocentes, por mucho que luego se quiera justificar dicha pérdida con informes médicos que apuntan a una depresión o zarandajas por el estilo, causas que en poco ayudan a los padres de la víctima.

No entraré en consideraciones legales y/ o médicas, dado que, en el primer caso, he aprendido que la letra de la ley es una cosa y la justicia, otra bien distinta. En el segundo de los casos, dos profesionales pueden redactar un informe diametralmente opuesto ante un mismo caso y, mientras tanto, un niño o una niña deben esconderse en el baño de su colegio, ante la tribu de energúmenos que se divierte haciéndoles la vida imposible.

Tampoco entraré a considerar si los profesores hacen o no hacen su trabajo. Sé que una cosa es un profesor y otra, bien distinta, un educador, empeñado en no sólo cumplir con su horario de trabajo, sino trabajar por lograr que sus alumnos sean personas con una catadura moral, una ética y una deontología personal mucho mayor que la media que impera en esta sociedad de mediocres endomingados, lameculos varios e indocumentados de todo tipo y condición.

Cierto es que, frente a los padres de las víctimas, están los progenitores de los interfectos abusadores, en muchos casos, unos cabestros iletrados que disfrutan con las barrabasadas de sus retoños y que, cuando un educador trata de hacerles entender el erróneo comportamiento de sus hijos, reaccionan de una manera aún más lamentables y torticera. La ignorancia, ya se sabe, es muy atrevida, y cuando lo único, lo ÚNICO importante es el “deporte rey” y todos los excesos que rodean la mera visión de un partido de balompié -excesos, normalmente de carácter etílico- y todo lo demás importa un comino, se desatiende, ignora o, directamente, se maleduca a unos hijos que luego dan carta de naturaleza a sus instintos más primarios.

El sistema; es decir, todos nosotros sin excepción, debería ser menos tolerante contra dichos comportamientos y el mismo entorno profesional, si nos ceñimos al ámbito de la educación, también debería cerrar filas ante la indefensión que sufre la columna vertebral sobre la que se apoya nuestro maltrecho sistema educativo, los educadores, frente a los padres y los mismos alumnos, anteriormente citados, toda una categoría y/o una ralea en sí misma.

Al final, dado el ambiente tan enrarecido que se respira en las aulas, los abusados están solos, abandonados a su suerte y con el hándicap de unas redes sociales modernas que sirven de amplificador y megáfono para que los malnacidos de turno propaguen sus mentiras, descalificaciones y falacias con total impunidad. En muchos casos, ni tan siquiera un cambio de domicilio, de colegio o de círculo social ayuda a paliar la angustia que rodea a quienes se convierten en el blanco de la IGNORANCIA con mayúsculas que se propaga, cada día más, en la sociedad actual.

Hemos llegado a pasar por alto la empatía más elemental para con nuestros semejantes y damos por buenos comportamientos que deberían avergonzarnos, aunque, para ello, habría que sentir vergüenza en vez de la indiferencia que, día tras día, nuestra sociedad demuestra en temas como éstos. ¿Implicarse? ¿Dar la cara por aquello en lo que se cree? ¿Censurar aquello que está socialmente aceptado, aunque sea injusto? ¡Venga ya! ¿Tú estás loco? ¿Involucrarme yo? ¿Qué voy a sacar en claro?

Además, todos esos que se quejan, seguro que han hecho algo antes. Ya se sabe, como aquellos que justifican una violación, porque la violada, hembra díscola y lasciva, llevaba una falda muy corta. O quienes roban la comida de un niño, porque está gordo y así adelgazará. ¿Y qué me dicen de las niñas que defienden su territorio, inventando mentiras, propagando bulos y, simplemente, insultado en las redes sociales, porque así esconden sus propias miserias y, de paso, demuestran que son unas hediondas descerebradas para goce de un personal, igualmente descerebrado y hediondo?

Pues dos de esas individuas -las cuales, actualmente, son legión- fueron las causantes, no hace tanto de esto, del suicidio de una adolescente como ellas, la cual decidió quitarse la vida ante el acaso sufrido por las dos pájaras en cuestión, mientras el entorno aplaudía el linchamiento, con el comportamiento rastrero y cobarde de quien se refugia en la masa para evitar que se fijen en él. Descubiertas e identificadas, la pena impuesta por el juez, aun acorde con la ley que rige nuestra sociedad, se me antoja insuficiente para que las perpetradoras entiendan la gravedad de su crimen, por muy adolescentes y taradas que éstas puedan seguir siendo. Por mucho que crea en la redención de las personas no tengo del todo claro que estas dos… hayan asumido lo que de verdad hicieron.

Mucho más lógico y mucho más acorde con el caso sería enviarlas, durante una semana, a lo sumo dos, a una casa de acogida de mujeres maltratadas, en vez de los cuatro meses de trabajo sociocultural que les han impuesto. Si así fuera, podrían comprobar la cruda y dura realidad de los abusos, perpetrados, en muchos casos, por adultos que en su infancia y juventud se entretenían “abusando” de todo el que se ponía a tiro. Luego, cuando crecen, ya no les basta con romper las gafas, robar la comida o insultar en las redes sociales a sus nuevas víctimas, sus parejas. Luego llega el menosprecio, el abuso verbal y físico, las palizas y, en muchos casos, la muerte de la pareja en cuestión.

¿Creen que exagero? Pues yo creo que, visto lo visto, me quedo corto. La cosas no están para tomárselo a broma y cuando ocurren sucesos como los que les he contado (sucedió en el año 2014 en la ciudad de Gijón, pero ejemplos los hay, cada vez más, en cualquier parte del mundo) en vez de lamentarse, recordar con frases lacrimógenas y golpes de pecho inútiles a la víctima -ya lo era antes de quitarse la vida- lo que habría que haber hecho fue lo que hizo el director de un instituto de los Estados Unidos de América tras el suicidio de un alumno, por las mismas circunstancias antes comentadas.

Éste reunió a todos los alumnos y profesores y les dijo que TODOS, TODOS, tenían la culpa de lo sucedido, empezando por él mismo. Ni él, ni los profesores a su cargo, ni mucho menos TODOS y cada uno de los que presenciaron los repetidos episodios de abusos en los que el alumno fallecido se vio involucrado actuaron correctamente y ahora deberían vivir con ello, el resto de sus vidas.

Llegado ese momento, cuando unos padres han perdido a un hijo/a por los sádicos y miserables comportamientos de uno y/o varios indocumentados y/o malnacidos sin ninguna catadura, ni freno ético, queda poco margen para la pedagogía, las frases hechas y los paños calientes. Hay que llamar a las cosas por su nombre y dejar bien claro que las acciones, todas las acciones, en activa o en pasiva, tienen sus consecuencias, y con mirar hacia otro lado para NO ver lo que pasa delante tuya, taparse los oídos para no escuchar los golpes del machito “guarda polvos” sobre el cuerpo de su esposa, o recurrir al corporativismo como último recurso se me antoja torticero, mediocre, amoral y cobarde. Sobre todo cobarde.

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Publicado el
3 de marzo de 2017 - 12:57 h

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