La foto
Aparece hoy en distintos periódicos una foto estremecedora. El Papa en Tenerife abrazando a una niña o un niño de color negro que le acaricia la cara. El Papa cierra los ojos y parece que retiene una lágrima. La foto es más que una foto. Vale más que todos los discursos que León XIV haya podido dar en Madrid, en Barcelona, en Las Palmas o en Tenerife. La foto es el mensaje final en representación de una iglesia que, pertenezcas o no pertenezcas a ella, estás de acuerdo cuando declara y afirma dónde está el bien y a quiénes debemos proteger. Esta imagen es una prueba más de lo que el evangelio cristiano ha declarado tantas veces: “Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos, es el reino de Dios”, porque según san Marcos y según el Papa Francisco en una famosa homilía en el año 2015, son los niños los que pagan nuestros errores, son las víctimas principales de nuestra violencia y nuestra degradación, razón por la que hay que protegerlos y educarlos en el camino de la justicia y la verdad.
León XIV parece haberlo entendido con claridad y de ahí su manera de acercarse a ellos y acariciarlos. El Papa ha representado en esta última etapa de su viaje a Canarias el sentimiento de aquellos países que colonizaron parte de la tierra donde vivía gente de otro color, de otras razas y otras civilizaciones, y ahora son capaces de reconocer la herida que hicieron. De ahí esta foto: África entera en sus brazos representando a todo un continente masacrado por la avaricia de muchos países de occidente que se lo repartieron en una mesa de despacho trazando fronteras y murallas lingüísticas y geográficas que nada tenían que ver con sus tradiciones, lenguas y creencias. Países que arrasaron con sus riquezas materiales y culturales y acabaron incluso con la vida de aquellos que intentaron salvar a su pueblo de ser una colonia y acabaron finalmente, como Francia, España o Bélgica, por abandonarlos a su suerte en manos de nuevas y peores dictaduras.
El abrazo del Papa y su rictus de amargura, es la respuesta a tantas preguntas que hoy día se hace la sociedad; la respuesta a tantos discursos xenófobos de aquellos que siguen creyendo, después de tanto tiempo, que por el hecho de ser blancos, occidentales y poderosos, tienen derecho a poseer esas tierras y que hoy siguen estando ahí matando de sed y de hambre a poblaciones enteras, provocando guerras y exterminios entre etnias diferentes, cargándose la fauna en safaris de etiqueta, quemando bosques y secando ríos, contratando mano de obra como si de esclavos se tratase, y obligando a niños muy pequeños a extraer determinados minerales en yacimientos donde no cabe el cuerpo de un adulto para poder confeccionar toda clase de artilugios que luego utilizan los pueblos que aún llamamos civilizados en su bienestar tecnológico, etc., etc., etc.
Esa foto es la conclusión a la que llega cualquier espectador con un mínimo de conciencia. Menos declaraciones contra la inmigración, y más caridad con aquellos que piden asilo y una vida digna, tan digna como la que un día les arrebatamos. El Papa, representante de una iglesia poderosa con su sede en un país de occidente, parece agrietarse ante la caricia de un niño que parece limpiarle una lágrima y decirle con ese gesto que él es lo que queda de un continente al que hombres blancos como el que lo abraza destruyeron un día. La selva, los animales, los árboles y sus amigos del poblado ahora piden auxilio para poder seguir vivos, seguir comiendo, bebiendo, jugando tranquilos sin sentirse amenazados por enemigos de distintas tribus o creencias que les obligan a partir arriesgando sus vidas en busca de tranquilidad y alimentos, en busca de trabajo y una existencia mejor lejos de sus poblados. Eso es lo que significa esa foto: una religión preparada para arrepentirse y, en nombre de lo que aún llamamos occidente, pedir perdón, y África entera en sus brazos capaz todavía de acariciarnos.
Elsa López
13 de junio de 2026