eldiario.es

9

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

Elsa López

Elsa López (Guinea Ecuatorial, 1943). Catedrática y Doctora en filosofía. Miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba. Miembro de la dirección ejecutiva de 'Canarias en Europa'. Embajadora de Buena Voluntad de la Reserva de La Biosfera de La Palma ante la UNESCO. Directora de Ediciones La Palma. Es Premio de Investigación José Pérez Vidal (1993), Premio Internacional de Poesía 'Ciudad de Melilla' (1987), Premio Internacional de Poesía 'Rosa de Damasco' (1989), Premio Nacional de Poesía 'José Hierro' (2000) y Premio de Poesía 'Ciudad de Córdoba Ricardo Molina' (2005). Es autora de novelas, cuentos y ensayos de antropología. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y ha sido incluida en antologías nacionales e internacionales. Colabora con sus artículos en diferentes medios de comunicación.

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 12

“La Palma ha construido parte de su cultura influida por el viento”

Hace años mi madre me contó una anécdota que me hizo pensar y buscar la clave del porqué de algunas reacciones de los habitantes de este planeta mágico y distinto que es La Palma: desde la ventana del comedor de su casa veía entrar y salir los barcos. Esto le producía un gran pesar, pero no se apartaba de la ventana y se dejaba embargar dulcemente por aquella sensación de tristeza y abandono. Le gustaba quedarse así, apoyada en el ventanal durante horas viendo cómo el barco desaparecía lentamente del horizonte. Entonces ella lloraba. Aquello era como un dolor inexplicable. Pero ella seguía allí, sintiendo la sensación placentera del dolor inútil. Quizás no llegó a averiguar lo que sentía, pero aquello era, sencillamente, melancolía.

La hipótesis de la melancolía como rasgo dominante en el carácter de los habitantes de la isla de La Palma, la he expuesto en investigaciones anteriores al tratar distintos aspectos de la cultura tradicional canaria y más concretamente de la palmera. ¿Cómo es posible que un lugar casi idílico aparentemente por su vegetación y condiciones climáticas, no condicione a sus habitantes a una vida sedentaria sin inquietudes de ningún tipo? ¿Hay algo detrás de esa preciosa acuarela verde rodeada de agua por todas partes que impulsa a sus habitantes a salir fuera de ella de una forma casi compulsiva, a amarla y rechazarla de forma tan contradictoria? Habría que investigar de forma exhaustiva los elementos geográficos y climatológicos de La Palma para entender parte de las características de sus habitantes. El viento, el mar, la lluvia, la vegetación, etc., en resumen, todo lo que conforma el paisaje de la isla, acabará dejando su huella sobre los individuos que la habitan. Los condicionantes fundamentalmente naturales que le cercan y marcan, tanto física como psíquicamente, son: la mar, con todo lo que ésta conlleva de muro aislante, opresión y límites; el viento, protagonista de delirios, neurosis y comportamientos no normales (entendiendo aquí por normal lo que la sociedad impone como regla de conducta a seguir por el grupo); la lluvia, elemento clave de la cultura isleña, y, por último, el paisaje como conjunto de accidentes geográficos y considerado más como fenómeno subjetivo de apreciación que como realidad.

Seguir leyendo »

La esperanza de la luz

En estos momentos de oscuridad en tantos terrenos, celebrar la llegada de la luz es una hermosa tarea. No voy a decir nada que no haya sido dicho por quienes saben de esta historia que iluminó nuestras casas y nuestros pueblos. Yo voy a hablar solo de ella, de su esplendor, de su capacidad de abrirnos a la esperanza.

Desde los tiempos de la oscuridad el ser humano ha celebrado el momento en que los primeros rayos de sol iluminaban sus cuevas y espantaban con ellos las desventuras de la noche. A veces, desde mi casa de Garafía miro las cuevas, sus bocas abiertas en los altos riscos donde ellos vivían, y pienso en el terror de aquellos que las habitaban; el no entender, el no saber por qué, poco a poco, la oscuridad les iba cercando y arrinconando al interior y cómo con su llegada crecían el ruido y las presencias tenebrosas que amenazaban en la oscuridad y cómo, de pronto, los ojos aún abiertos acechando los peligros y el miedo, llegaba el día, su claridad, los primeros rayos del sol por el este, y el cielo se abría para dar paso a la luz. Mirando hacia el Barranco de Los Hombres y pensando en aquellos que habitaban esas cuevas, escribí este poema:

Seguir leyendo »

Abre la boca y come, mamá

Es la frase que muchos hijos han repetido durante años a una madre o a un padre enfermos de Alzheimer. Es la frase que repiten miles de personas que cuidan en sus casas a familiares que dependen de ellos. El enfermo abre la boca y come como un pajarillo. El enfermo entiende el lenguaje infantil de la cuchara que le ofreces. "Abre la boca y come, mamá". Y sientes una ternura inmensa hacia esa pequeña criatura desvalida. Y el padre o la madre te miran y te dicen cosas tristes como "señora, ¡qué lata le doy, ¿verdad?". Y no te atreves a decirle sí, papá, sí, mucha. Y sabes que estás sola, que nadie va a venir a solucionarte la situación; que las instituciones no funcionan como tú desearías y silencian a la gente que no tiene ni los medios ni los recursos para dar su visión del asunto.

Los que cuidan, callan. Un día y otro día. No es a ellos a quienes silencia la administración, es a su madre y a su padre, a todos esos seres aislados del mundo y de los suyos por una enfermedad que se extiende y ataca sin que podamos averiguar el porqué. "Abre la boca y come, mamá". Como un grito, una alarma, una voz que arrastran después de miles de horas y horas de dedicación, de angustia, de miedo, de mala conciencia, de quiero y no puedo, de rabia contenida contra una sociedad que no mira de frente a sus enfermos y menos aún a aquellos que tienen cualquier tipo de demencia. El horror. Quienes han tenido en sus manos la vida de un ser humano dependiendo de ellas sabe de lo que hablo.

Seguir leyendo »

Los hombres de El Tablado

Se han ido y no van a volver. Si los enumero de topo en topo puedo recordar sus nombres, sus rostros, su voz y todo aquello que conformaba su mundo y que con el tiempo llegó a ser el mío. Eliseo, Marcelo, El Burgaño, Antonio el de Alba, Ventura, Don Carlos, Anselmo, José, Antonio el de Emérita, Eusebio, Aldo, Candito, Andrés, y ahora Eligio. Se van. Ellos, los hombres de El Tablado, los que hicieron del pago un lugar diferente, un lugar único y especial para mí se han ido para siempre y con ellos una parte importante de mí misma que no voy a poder recuperar jamás. Cada uno de ellos dejó un pedazo de su vida en la mía. De ellos aprendí el valor de muchas cosas que ya no se encuentran ni se enseñan. Ellos, los hombres de El Tablado, me enseñaron a mí el valor de la tierra, lo que cuesta dominarla, entenderla y vivir de ella. Durante más de cuarenta y cinco años he observado su cansancio, su día a día en el monte con las cabras, con los canteros de plátanos, haciendo bardos, cortando monte, cavando papas, plantando aguacates y naranjos, regando el millo y las huertas de coles y cebollas.

Recuerdo el tazón de leche recién ordeñada con gofio y azúcar que me hacía José en su pajero de las cabras entre risas y comentarios sobre el mundo. Y los cestos de higos de Candito, y las papas asadas en la tierra de Andrés, y la risa inteligente y socarrona de Antonio, y las manos soberbias, enormes, magníficas, de Eligio sujetando con miedo los deditos recién nacidos de mi último nieto, y las bromas de Eliseo en la venta del topo que da al barranco de Los Hombres, y la cesta de cebollas que Anselmo recogió para mí aquella última tarde, y la mirada de Eusebio antes de irse a Tenerife para no regresar, y el caminar sabio y lento de Eusebio, el de Ángel Cira, al doblar las esquinas del agua en busca del ganado, y los vasos de vino con don Carlos el de la tía Tomasa.

Seguir leyendo »

El ‘pichinglis’ palmero

Cuando era pequeña y vivía en Guinea Ecuatorial había una lengua que hablaban los negros de la colonia española. Era el pichinglis, o el pichi, una lengua derivada de dos lenguas criollas de base inglesa, la lengua hablada en la región de Calabar, Nigeria, que fue llevada a Malabo a lo largo de los siglos XIX y XX por pequeños grupos que se desplazaban para trabajar en las plantaciones de cacao de Bioko, y el krio que comenzó a extenderse por la isla partir de 1827 llevado por los pobladores africanos que venían de Freetown, Sierra Leona. Estos dos criollos del inglés y las lenguas africanas entraron en contacto dando lugar al pichi, el segundo idioma más hablado en el país. Gracias a él, una entendía algo de lo que hablaban los que visitaban la casa de sus padres. Era fácil, y en cuanto aprendías dos o tres palabras, comprendías lo que hablaban los fang de Rio Muni y los bubis de la isla de Fernando Poó y, de paso, aprendías un poco de inglés. De lo que hablaban en las otras lenguas nativas, nada de nada.

Ahora me encuentro en un terreno parecido. En la isla de La Palma, han comenzado los eruditos a comunicarse en dos lenguas: el palmero y el inglés, bien mezclados y adobados. Una especie de pichinglis pero con nuevos componentes. Para mí indescifrable. Cada día me sorprenden con un nuevo mensaje en esa mezcla de idiomas que, por desgracia, nada aporta a nuestra sabiduría y si empobrece nuestra forma de comunicarnos. Vamos perdiendo palabras y creen que ganamos unas nuevas escribiendo carteles y manifestaciones en esa lengua que parece colonizarnos cada día un poco más. No sé inglés ni me hace falta. He viajado por el mundo con mi propia lengua y dentro y fuera del territorio español he podido entenderme perfectamente con ella. He aprendido palabras nuevas en América del Sur y con ellas y las mías he recorrido ciudades de América del Norte sin ningún problema. En Europa me han respondido con educación y paciencia cuando veían que no estaba interpretando bien lo que decían. Algunas palabras fundamentales para la convivencia las he anotado en mis agendas y se dar las gracias en varios idiomas y cuando me he visto en apuros, como en China, he sonreído y he gesticulado con las manos para hacerme entender. No hacía falta más.

Seguir leyendo »

Las islas más pequeñas. Nuevas colonias

No podemos competir en grandes proyectos. Lo sabemos. Pero cuando una idea surge desde una isla “menor”, “más pequeña” o “periférica” (no se aclaran con el sobrenombre para no desairarnos) y el proyecto es interesante y da sus frutos, las dos grandes y poderosas madres del archipiélago, Gran Canaria y Tenerife, devoran las ideas, se las apropian y las gestionan como suyas. Es un nuevo sistema de colonialismo social y cultural. El tener más medios, más inversores y más poder hace que las ideas y la gestión de las mismas vayan a parar a manos de las islas llamadas “capitalinas”. Aquí no se salva nadie. Desde hace años vengo observando semejante disparate. ¿Colonias? Sí. Somos colonias. Dependemos de esas dos islas y, encima, si una de nosotras tiene un nombre semejante a una de ellas el asunto se complica. Aparecen con frecuencia cartas dirigidas a La Palma en Palma de Mallorca y muchos periodistas y presentadores de televisión siguen confundiendo a los lectores y a los telespectadores con lo de “La Palma de Gran Canaria” y nadie mueve un dedo para hacer reproches. Veríamos qué pasaría si apareciera una nota como “Tenerife de Gran Canaria”. Retumbaban las redacciones y nuestros mandarines se pondrían las pilas para ir a quejarse a la Moncloa. Y uno se pregunta: ¿El 75% de reducción en los billetes? ¿Para qué? ¿Para que me lleven a Palma del Río o al Palmar de Troya?

No me siento víctima, me siento cansada al ver cómo funcionan estas islas; harta de saber cómo nos relegan a segundo plano en acontecimientos culturales negándonos el pan y la sal cuando emprendemos algo que merece la pena. Y si la cosa funciona y los actos generan dinero y publicidad llegan antes los medios del extranjero que los de casa. Dos ejemplos: el Festival Internacional de Música de La Palma. Un programa excelente. Músicos de renombre internacional; el esfuerzo y la lucha de un entusiasta de la música, Jorge Perdigón, que ha levantado el proyecto consiguiendo que vengan a escuchar los conciertos directamente de Alemania, Madrid y Japón. Incluso aquellos que entienden de qué va la cosa, vienen de otras islas a quedarse el tiempo que dura el festival. Pues bien. El futuro está en el aire. No hay dinero, dicen. No se puede. ¿No se puede? ¿Será por eso que contratan a su director para que organice el de Canarias? ¿Será por eso que dan dinero a Gran Canaria o a Tenerife para que nos roben la idea, el piano y las partituras?

Seguir leyendo »

Palabras para Doris Valenzuela Angulo

¿Qué tierra te acoge? ¿Quién te vela? ¿Qué sueño fuiste a buscar que no hubieras encontrado entre nosotras? ¿Qué sábanas de misericordia te envuelven? ¿Qué cantos de libertad te acunan? ¿Quién podrá abrazar tu cuerpo entregado a la lucha y por la lucha caído sobre el suelo, abandonado, definitivamente, a la muerte? Y ahora que nos faltas, dinos, ¿a quién acudiremos para saber de ti y tus batallas contra el enemigo común? ¿Quién va a defendernos de todos ellos?

Te imagino llena de ilusiones emprendiendo el camino, la búsqueda de otras islas en las que poder refugiarte. Te imagino, lo sabes, porque, estés donde estés, siempre habrá un largo camino que debemos recorrer juntas. Todas nosotras a tu lado construyendo ese lugar donde poder vivir en paz las unas con las otras. Ya lo sabes, tú lo sabes. No hay tierra de promisión donde puedas descansar en paz. Siempre habrá cuchillos afilados, piedras que lapidan, brazos que te cercan. Siempre habrá traidores, causas abiertas, peligros que traspasar. Siempre fieras al acecho, caminos peligrosos, fango y muertes despiadadas. Y, mientras tanto, aquí estamos las mismas de siempre. Abiertos los brazos te esperamos para soñar de nuevo.

Seguir leyendo »

Las madres especiales

Son esas madres con las que nos tropezamos en la calle, en los parques, en los aeropuertos y muchos sitios a donde van las madres que son especiales. Yo conozco a algunas y puedo decirles que son hermosas, valientes y dignas de admiración. Hay una madre especial que suele viajar conmigo en el avión. Es muy joven, menuda y sonriente. Lleva a su hija a Tenerife, imagino que a revisiones, controles, o lo que le piden los médicos y ella sigue a rajatabla con la esperanza siempre de recuperar ese cuerpecillo que arrastra en un carrito especial donde su hija va recostada, la cabeza ladeada, la lengua revoloteando de un lado a otro de la boca. La madre especial le limpia las babas y sonríe. La niña especial mira a la madre con los ojos muy abiertos, hace un gesto con las manos y emite un gruñido de amor. Yo las miro y sonrío a la madre que me mira como entendiendo mi ternura.            

Hay otra madre que camina por la calle, pasea con su hija y la lleva a conocer el mundo atada con unas correas especiales que hay que ponerle para que no se lastime a sí misma, para que no se golpee contra los bancos del jardín, las sillas del restaurante o las personas ajenas a su universo. Es una muchacha especial, diferente a otras muchachas que se cruzan en su camino, diferente, quizá, a otras muchachas que no la miran, que no la entienden, que no saben que ella es tan especial que se comporta de diferente manera al resto de las muchachas de su edad; tan, tan especial, que necesita de una madre distinta al resto de las madres. Una madre con coraje, con dolor, con la suficiente energía como para tirar de ese carro sin que le puedan las horas de sueño, las fatigas o el cansancio.

Seguir leyendo »

Las adelfas

Siempre fueron un signo para mí. Un signo de esperanza. Como el viento. Hace años escribí un libro de poemas con ese título. “El Viento y las adelfas”. No era un título romántico o elegido al azar. Era un símbolo, una constatación de ser yo misma fuera a donde fuera. Las adelfas habían estado presentes en mi vida a lo largo de las rutas de las carreteras de la isla de La Palma y en muchas de las autopistas del mundo que había cruzado de adolescente. Recuerdo la primera vez que las vi fuera de la isla. Fue en Portugal y me quedé asombrada descubriendo que había otros lugares hermosos que no eran los que yo había vivido. Las habían plantado en el centro de las inmensas vías separando los distintos carriles de tal manera que quienes iban o volvían por ellas podían contemplarlas a gusto. Las plantaban de diferentes colores, intercalando los distintos tonos, imagino que para no adormecerte con un blanco continuo o un rosa aburrido y constante. Y uno, durante aquellos interminables viajes, podía entretenerse contando por pares las clases de adelfas que existían en el mundo.

¿Quién las plantó? ¿Para qué sirven? ¿Qué utilidad tienen en medio de esas inmensas autopistas? ¿Cómo crecen? ¿Cómo respiran? Me preguntaba yo sentada en el asiento trasero mientras cruzaba mesetas y más mesetas y ellas aparecían ante mis ojos a un lado y otro de la carretera para recordarme que aún seguía viva. En la isla las bambolea el aire y están libres, pensaba, pero aquí, en mitad de estos eriales, ¿cómo hacen para sobrevivir? ¿Cómo hago yo para sobrevivir en estas tierras de nadie donde el mar no se ve nunca, donde el mar no existe? Esas eran las preguntas que yo me hacía. Poco a poco fui descubriendo otras adelfas plantadas en carreteras inhóspitas, en jardines elaborados por la mano del hombre y que aparecían recortadas y formando caminos o rincones. Y cuando tuve casa propia con tierra alrededor planté cinco pegadas al porche y tres a la entrada. Una de cada color. Pensaba en mi abuela y pensaba en mi madre, en su afán por verlas crecer y repoblar sus jardines. Las planté por ellas igual que por ellas conservé el magnolio que había a la entrada como si con ese gesto pudiera devolverles la vida.

Seguir leyendo »

Volver a Nicaragua

He vuelto a Nicaragua una vez más. Volver al XIV Festival Internacional de Poesía de Granada, es un regalo más que un viaje. El viaje es a Granada, la ciudad de los poetas. En Granada, una de las principales ciudades de  Nicaragua también conocida como la Gran Sultana o el París de Centroamérica, podemos ver desde monumentos coloniales españoles que han sobrevivido a numerosas invasiones piratas, hasta rincones, calles y casas llenas de color y personalidad con patios cubiertos de vegetación y habitaciones al más puro estilo colonial. Es una ciudad hermosa y tranquila donde encuentras turistas de distintas nacionalidades sentados en las terrazas al aire libre, en los hoteles llenos de encanto e incluso en los recitales que ofrece el festival en diferentes puntos de la ciudad. Granada intenta llegar a ser reconocida por la UNESCO como patrimonio de la humanidad. Y creo que debería serlo y no solo por su belleza y conservación, sino por ser una ciudad acogedora por donde se pasean gentes y razas de todo el mundo y el lugar donde cada año se reúnen más poetas por metro cuadrado que yo haya visto jamás.

En esta XIV edición se pudieron contar hasta ciento treinta. Y no importa el número sino de dónde proceden, de qué lejanas tierras acuden para leer sus poemas y escuchar a los demás. China, Suecia, Túnez, Bélgica, Alemania, Letonia, México, Honduras, Inglaterra, Luxemburgo, España, Brasil… Innumerables países, muchos poetas de distintos lugares del planeta que recitan en su propia lengua y dejan oír sus diferentes voces desde las plazas, los atrios de las iglesias, los museos, los hoteles (¡Ay ese Hotel Darío tan lleno de ecos, poemas y conversaciones alrededor de su patio!) que celebran a los poetas como si fueran los mejores huéspedes; hoteles que se involucran con la poesía como si les fuera la vida en ello y dan recepciones a los invitados al festival y los acogen con honores a los que una, en su quehacer poético, no está del todo acostumbrada. Hoteles como el Granada, el Darío y La Casa de La Merced se esmeran ofreciendo una copa por las noches a los poetas del mundo. Maravillosa idea donde uno baila, conoce, habla y, en ocasiones, intercambia opiniones y libros.   

Seguir leyendo »