eldiario.es

9

Síguenos:

Boletines

Boletines

Elsa López

Elsa López (Guinea Ecuatorial, 1943). Catedrática y Doctora en filosofía. Miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba. Miembro de la dirección ejecutiva de 'Canarias en Europa'. Embajadora de Buena Voluntad de la Reserva de La Biosfera de La Palma ante la UNESCO. Directora de Ediciones La Palma. Es Premio de Investigación José Pérez Vidal (1993), Premio Internacional de Poesía 'Ciudad de Melilla' (1987), Premio Internacional de Poesía 'Rosa de Damasco' (1989), Premio Nacional de Poesía 'José Hierro' (2000) y Premio de Poesía 'Ciudad de Córdoba Ricardo Molina' (2005). Es autora de novelas, cuentos y ensayos de antropología. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y ha sido incluida en antologías nacionales e internacionales. Colabora con sus artículos en diferentes medios de comunicación.

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 13

La independencia del Tablado. Últimas declaraciones

Queridas compañeras de lucha. Queridos camaradas. Se acercan malos tiempos y debo precipitar esta declaración de independencia antes de que venga cualquier cantamañanas y nos haga una moción de censura. Aunque mucho miedo no tengo, la verdad sea dicha, porque conozco la ideología del gobernante de la comarca y sé que no pondrá ningún reparo para que sigamos adelante con nuestro afán de libertad y progreso. Mi temor viene por otro lado. Sé que el camino será duro, lo sé, pero hay que empezar antes de que vengan a quemarnos la ermita con cura y todo que ya saben cómo está el patio de encendido y todo el mundo anda amenazando con quemar iglesias, cementerios y escuelas de corte y confección que algunos dementes continúan calificando de fascistas a estas alturas de desgobierno. Y no me fio de tamaña necedad, que cuando menos te lo esperas te sale una cruz gamada detrás de un risco y de otro hoces y martillos y se lía una parda entre barrancos. Que debemos estar precavidos y no dejar pasar a nadie que parezca tener ideas contrarias a la razón.

Lo nuestro es la libertad y el progreso. Por eso, y antes que acabe el verano y llegue a España el nuevo gobierno con el que nos amenazan en cada telediario, conviene que tengamos muy claros nuestros compromisos no sea que llegue a la jefatura algún ignorante tipo Donald Trump y nos declare negros o adictos al terrorismo y nos aplique una regla universal cualquiera derivada de la Constitución del estado para apropiarse del territorio y dejarnos con el culo al aire y sin cabras, sin monte y sin banderas al viento que es lo que más nos gusta por estos lugares abandonados de la mano de Dios. Que un trapo de colores con sello y escudo da mucho juego, ya saben, y esto parece un pueblo distinto desde que la hacemos ondear cara al mar y los Alisios que por aquí soplan de lo lindo y no hay símbolo que se les resista. Nosotras, las mujeres de medianías, como las trece rosas, las cosemos sin descanso entre ordeño y ordeño que da gusto verlas brillar al sol.

Seguir leyendo »

Estado de perplejidad

El asombro nos conduce a la curiosidad y la curiosidad a la búsqueda. El conocimiento es el punto final. Es la llegada al lugar donde las cosas aparecen ya resueltas y tú te quedas con el asombro del comienzo, pero ahora ya desveladas las incógnitas que te llevaron a la búsqueda. Conocer los resultados, saber las razones del misterio, son las claves fundamentales para llegar a una meta llevados por los caminos del razonamiento. La perplejidad es un estado de suspensión temporal de nuestra mente. Estamos parados contemplando un acontecimiento sin haber llegado a calificarlo. Contemplamos el caso en sí, en su presencia inmediata, sin fijarnos para nada en sus efectos o en sus causas. Es una constatación sin calificación posible. Nos atenemos a la presencia de un hecho o de un objeto, pero sin llegar a etiquetarlo. “Estoy perpleja”, “Me dejas perpleja”, “Me tiene perpleja”, son frases que repetimos con frecuencia. Las decimos muchas veces sin saber lo que decimos, pero su uso nos ha llevado a utilizarlas con precisión.

“Estar perplejo” es un estado de nuestra mente parecido a la admiración. Pero, así como la admiración exige una cierta corrección por parte del objeto y no admiramos lo que no respetamos o no calificamos como un bien físico o moral, la perplejidad se produce ante determinados objetos o situaciones sobre las que aún no hemos emitido un juicio concreto. En un estado de perplejidad la situación es distinta a lo que sentimos en estado de admiración puesto que podemos quedarnos perplejos ante lo que calificamos de feo, desagradable o inmoral. La perplejidad pertenece a un estadio en el que nos enfrentamos a un determinado elemento que puede parecernos bueno o malo, indistintamente. Nos dejan perplejos las situaciones admirables que nos resultan beneficiosas y amables al igual que nos dejan perplejos los momentos dañinos o casos éticamente deplorables. Estar perplejo no significa ignorar; significa haber entendido y hacer que con el conocimiento nazca en nosotros ese estado mental por el que nos colocamos ante las cosas con la certeza de conocerlas, entenderlas y poder participar de lo que significan. Podemos admirarlas o despreciarlas en sí mismas, pero no estamos fuera de ellas; no las ignoramos, las comprendemos y de esa comprensión pueden surgir diferentes consecuencias. En cualquier caso, no es un estado de equilibrio; más bien es una situación inquietante, desequilibrada, en la que el ánimo se siente perturbado y a la espera. La perplejidad es la antesala de una reacción física y, posteriormente, ética. La perplejidad es el resultado de ese momento en el que abrimos la boca y nos quedamos quietos frente a la vida y sus circunstancias sin atrevernos a actuar, sin saber cómo actuar, sin hacer un solo gesto que nos delate.

Seguir leyendo »

Nosotros somos el virus

Tengo las pruebas. No necesito laboratorios ni científicos graduados en Harvard ni aficionados a pandemias dándome lecciones de química y demás ciencias artificiales. La verdad la he descubierto yo solita cuando he visto las imágenes que me llegan de todos los rincones de la tierra: ballenas resoplando cerca de las costas de mi isla, los delfines en grandes grupos saltando felices por el horizonte, las cabras sueltas por la orilla de una playa, los ciervos paseando por el centro de grandes ciudades, los pájaros alborotados en mi huerto, las hormigas desfilando felices por los muebles del jardín, el rebrotar de la vida en los bosques de la tierra, la transparencia del agua en los océanos, la formación de dunas donde ya sólo cabían cuerpos, toallas y cremas solares. Sería largo de enumerar, pero lo he visto, y he tardado algunos días en meditar sobre ello y me asaltaran las preguntas. ¿Dónde está el virus que nos mata? ¿Dónde el peligro que nos enferma y extingue? ¿Quiénes son esos desaprensivos que siguen jugando con la vida de los demás formando corros, organizando fiestas, arrojando guantes y mascarillas en las puertas de los supermercados? ¿Quiénes aplauden desde sus ventanas a todo el cuerpo sanitario y, a continuación, salen a la calle y no respetan ni las distancias ni la higiene que esas mismas personas les recomiendan? ¿Quiénes matan a los ancianos y los abandonan en centros de tortura donde mueren solos en camas sin limpiar cubiertos de excrementos y donde los llenan de fármacos para dormirlos y que no molesten a los hijos, a los nietos y a los cuidadores y que sólo sirvan para incrementar los ingresos de sociedades que mueven grandes capitales controlando esos lugares y beneficiándose económicamente de ellos?

No. No existe el coronavirus. El coronavirus somos nosotros, los habitantes de este planeta condenado a muerte por los depredadores de siempre. Por las aves que acuden a la carroña y se alimentan de ella. Y nadie es inocente. Que nadie presuma por ello porque todos tenemos una parte en este ritual de destrucción. Unos porque lo hacen y otros porque lo admiten. Unos por la ceguera de su ambición y otros por la ceguera de sus corazones que nunca han sentido la vergüenza de participar en el horror de tal masacre. Hemos destrozado el mundo que nos ofrecieron alguna vez libre de enfermedades y catástrofes y lo hemos convertido en un basurero en el que ya no viven en libertad ni animales ni personas. Hemos contaminado el mar, los bosques, los terrenos de cultivo y nuestras propias casas. Hemos contaminado las granjas, los animales que nos alimentaban y los frutos que nos hacían mejorar la vida. Los lugares de ocio los hemos convertido en espacios cerrados a la vida y la alegría llenándolos de alcohol, de drogas, de músicas estridentes que nos vuelven opacos y tristes. Todo es una enorme mentira y, encima, cuando lo dices te tachan de catastrofista, de mesiánica, de enajenada mental en manos de grupos atacados por la fiebre del misionero, esa que te hace pensar que el hombre es bueno por naturaleza y sólo en la naturaleza podrá ser salvado.

Seguir leyendo »

Las madres

Ayer fue el día de la madre. Tres de mayo. Domingo de madres. Ramos virtuales, besos dibujados, aplausos hacia el interior de las casas donde ellas habitan, y muchas más demostraciones de cariño y reconocimiento. Ayer fue un día especial y yo me dediqué a rebuscar en mis archivos palabras que hablaran de ellas. Encontré dos que me parecieron necesarios para recordarlas y agradecerles lo que son. Uno era del año 1999 y se titulaba “Madres”. Se publicó en La Tribuna el 4 de mayo y decía:

“Una madre es una cosa muy seria, difícil de definir, difícil de catalogar. Las madres son esa especie tan rara que te ofrece pastelillos de hojaldre y mermelada de arándanos con el mismo tono con que te ofrece bofetones en ambos lados, dos, del rostro. La madre es esa señora gorda y olorosa que te despierta por las mañanas dando aullidos por los pasillos, refunfuñando en la cocina y lanzando juramentos en castellano antiguo mientras recoge las bragas, calzoncillos, camisetas y ligas del pelo desparramadas por el suelo de la casa. Es la voz de alarma en la escalera del vecindario que si el bocadillo, que si los cordones del zapato, que no fuiste a buscarme el pan y verás cuando llegue tu padre. Es la que te tira del pelo cuando se empeña en hacerte dos coletas repeinadas hacia atrás; la que te besa las manitas llenas de pegamento y chocolate; la que te cuenta los cuentos al revés y corriendo para acabar pronto y que te duermas y me tengo que ir, hija, a fregar la ropa del bobo de tu padre que se pone perdido en la obra.

Seguir leyendo »

Borrarse de la calle

De pronto un día se borra uno de la calle. Y no sabes por qué. Nadie lo sabe, pero lo cierto es que dejas de ser para los demás, dejas de existir a pesar de seguir siendo un ser vivo sólo que nadie te ve; nadie sabe de ti, y únicamente aciertan a decir frases inconexas, frases hechas como “hace tiempo que no la veo”, “hace siglos que no sé nada de ella”, “hace un tiempo que nadie la ve por la calle”. Y así mil frases más, como si la calle fuera un órgano de precisión que valorara la vida y la muerte de los demás; como si la calle fuera un registro de personas y de hechos computables. La calle como encuesta, la calle como determinación, la calle como modelo de perfección incluida la vida humana. Por eso, el día que alguien te borra de la calle (“hace mucho que no la veo, ¿sabes algo de ella?”) debes dar por cierto que estás muerta.

De la calle te puedes borrar tú o pueden borrarte los otros. Depende del deseo mezquino de los enemigos o de tu predisposición a desaparecer voluntariamente. Tengo amigos que se borraron un día y murieron años después en su casa encerrados y solos como querían. Como ratas, algunos; como ángeles solitarios otros, porque eso también depende de tu condición. Tengo amigos que la sociedad borró por su cuenta sin contar con ellos; simplemente un día les dio por decir a vecinas y comadres o a gente de mal querer que esa persona debía ser borrada por razones políticas o por razones y criterios personales, y así se hizo. Borrada y fuera. Ya nadie volvió a interesarse por ella, a seguir sus avatares, a comentar sus incidencias. En pocos días ni una huella. Porque así es la vida: te ven y te encomiendan a sus comentarios, a sus juegos, a sus costumbres; no te ven y creen que ya no eres, que has desaparecido de sus corrillos para siempre; que has pasado a mejor vida o andas aquejada de algo peor, alguna enfermedad innombrable de esas que exigen averiguaciones, interrogantes y la lectura urgente de partes médicos que resucitan el interés general o la condolencia excesiva; esa que hiere y molesta por igual y que obliga a mucha gente a guarecerse del sol y las miradas inquisitivas; las mismas que te obligan a responder si estás bien o mal, mejor o peor que ayer, si duele, si no duele, si tienes miedo a morir o no lo tienes.

Seguir leyendo »

Las azoteas

Es un descubrimiento que parece intrascendente y resulta extraordinario: he vuelto a descubrir las azoteas. Tener una azotea en estos días de confinamiento es como tener un tesoro. Quien la tiene, lo sabe. La azotea cumple varias funciones: sirve para tender la ropa, cosa que todos sabemos desde hace cientos de años cuando la ropa encontraba su destino colgada de los alambres. ¿Quién no recuerda a la abuela, moño en la nuca y el delantal a cuadros negros y blancos, subida a la azotea, las pinzas en la boca o en una taleguilla de algodón y ver cómo las sacaba una a una para sujetar los pantalones del abuelo aún con manchas de plátanos imposibles de quitar, las camisas del padre, las enaguas de la madre y las sábanas de tu cama de niña con remates de croché en el borde superior? Las azoteas entonces servían, además, para secar los higos y las mazorcas de millo y, en su lugar, para dejar al perrillo de la casa que subiera a tomar el aire y ladrar al vecino de abajo al que odiaba de una forma incomprensible. A veces, las azoteas servían para subir a la otra abuela, ya casi centenaria, a que viera el mar e hiciera predicciones sobre la lluvia y las tempestades según ella era capaz (y lo era científicamente probado) de saber si iba a llover o si el viento del sur arrasaría con las plataneras.

Pero eso era antes. Luego las azoteas no sirvieron para nada. No había niños corriendo en ellas ni veías ropa de colores sobrevolando por encima de las casas. Sólo antenas, trastos viejos arrinconados, alguna silla de mimbre desvencijada, ruedas de goma, puertas cerradas, silencio. Así ha sido en los últimos tiempos. Yo solo entraba en ella cuando subía a tender y hacía sol. Tendía y no miraba alrededor. No hacía ni el gesto de asomarme al mar o a las montañas. Entraba y salía de ella sin darle mayor importancia. Pero un día, no hace mucho, cuando comenzó este mal tan raro que se resume para muchos en una orden concreta: “quédate en casa”, mi hija pequeña decidió subir con el más chico de la casa a que corriera por ella en una moto de plástico de color rojo. Luego le llevó una piscina de plástico azul, la llenó de agua y lo metió dentro. Después le añadió un tobogán pequeño también azul y un cubo con juguetes. Y, de pronto, la azotea se transformó en una playa gigante y comenzamos a subir todos los demás con toallas, bañadores, cremas para el sol y una sombrilla.

Seguir leyendo »

África y el coronavirus

“Quien se informa del camino, sabrá cuándo tiene que torcer” es un refrán Luba, recogido en Zaire. “La lanza al hombro no es lo que hace valeroso al hombre”, es un refrán de Burundi, una pequeña nación ubicada en la región de los grandes lagos del África oriental. Tengo muchos más. Una libreta entera. Suelo usarlos para mostrar hasta dónde llega la sabiduría de los habitantes de ese inmenso continente del que tengo la biblioteca llena de novelas, ensayos, poesía… Tengo tanto sobre ella, incluidos mis recuerdos personales, que a veces creo saber más de lo que sé. Luego me doy cuenta de que no es cierto. No sé nada sobre África, pero lo poco que sé me da un cierto derecho a hablar sobre ella, a defenderla, a admirarla, a entenderla. Estos días he visto algunos vídeos de africanos de distintos países que han salido a hablar sobre un asunto delicado, el de las pandemias y cuál es la postura de los europeos sobre el tema. Muy esclarecedores todos ellos. Nos informan de la actitud patriarcal de algunos países, del desprecio que aún tienen los viejos continentes hacia los africanos, y de lo que éstos piensan sobre los antiguos colonizadores y no tan antiguos que aún pretenden utilizarlos como esclavos al servicio de los intereses de cosecheros y grandes empresas que explotan minas y bosques.

Siempre igual. Ellos poseen las riquezas. Nosotros las empresas y las armas. Conseguir ser los dueños de sus minas, sus bosques y sus plantaciones de cacao o de yuca, es tarea fácil. Consiste en llegar, esclavizarlos una vez más, aunque ahora se disimule la esclavitud con jornales de mierda o ni siquiera eso, que algunos pagan con un mísero plato de arroz y un puñado de cacahuetes flotando en el agua, y, fácil solución, me quedo con sus riquezas, las exporto, y ellos a seguir entrando y saliendo de las minas, enfermos, hambrientos y, encima, agradecidos al hombre blanco o amarillo o de color cobrizo que me gobierna y somete a base de látigo, humillaciones y demás enfermedades que propagan los países que los invaden y colonizan económicamente. Esclavos siempre y también esclavos ahora cuando algunos científicos pretenden utilizarlos una vez más como a conejillos de indias probando en ellos las posibles vacunas contra el coronavirus.

Seguir leyendo »

El tiempo de los mediocres

Es el momento. Ellos lo saben y preparan sus armas, aquellas propias de los aprovechados, y carroñeros. Es la oportunidad para quienes acostumbran a sacar beneficio de los malos momentos, de las tragedias y derrumbamientos de los otros. Los hay de distinta índole y categoría. Por ejemplo, el de alta categoría sería aquel que espera que se derrumben las bolsas para comprar muy bajo y luego, cuando vuelva la normalidad, vender al precio más alto o enriquecerse, simplemente. Están los que bajan los sueldos a sus empleados con la excusa de que no hay ventas y el mercado está mal; no hay demanda de productos y, por lo tanto, o se van a la calle los trabajadores de la empresa o se quedan y los sueldos se reducen en un 40% o más. Eso cuando no deciden, aprovechando la relajación del confinamiento, para obligar a sus trabajadores a seguir fabricando, aunque sea un riesgo para todos. En esta categoría hay muchos ejemplos. Luego vienen los pequeños empresarios que no pueden con la carga y saben que se aproxima la ruina y no dudan en cerrar y quedarse al menos con lo que tienen de su última producción para venderla luego a un precio más alto “cuando esto pase”. Y así vamos sabiendo de truhanes y golfos de guante blanco a quienes les da lo mismo que haya cien mil parados más o cien millones de hambrientos nuevos. Ellos a Panamá o a Suiza a revisar en sus bancos lo que ya tenían y vieron peligrar.

En categorías inferiores tenemos a los mediocres. Los que están y no están; los que pueden y no pueden. Son aquellos que no valen para casi nada y viven a costa de la inocencia de los demás. Estos aprovechan las crisis para hacer su agosto. Unos venden sus lágrimas encima de un paquete de proyectos inservibles. Son tantas las lágrimas que el que tiene el poder de disponer del dinero cae en sus redes. Son los llorones de siempre. En la cultura tenemos muchos ejemplos dignos de mención: el que se arrastra por una exposición o un concierto o un recital y acaba obteniendo algo a fuerza de penas y dramas personales; están los conseguidores natos, esos que tienen siempre un proyecto a mano; que tienen buena imagen y un currículum aparente, medio real, medio inventado, medio adquirido a base del sudor de otros. De esta clase hay miles, algunos de renombre alcanzado a base de pasillos, entrevistas, reverencias a concejales, alcaldes y demás ministros, y, sobre todo, poseen una paciencia y una constancia admirables. No paran de dar la tabarra hasta que consiguen les den una plaza, un cruce de caminos o una carretera secundaria para levantar un monumento a cualquier cosa.

Seguir leyendo »

Un mal sueño

Tengo la sensación de estar dentro de una pesadilla de esas raras que uno corre y no avanza; uno se precipita en el vacío y no llega nunca al suelo como si tuvieras que estar siempre cayendo y ahogándote. Algo así. Tengo en el pecho una punzada perpetua que me asfixia y tengo en la boca del estómago una especie de tapón que me impide comer a gusto. Ni agua bebo, y eso que el médico me machaca con eso del agua. Me pongo a revisar el comportamiento de los que están a mi alrededor y no encuentro causa alguna que justifique esta manera mía de pasar los días que llevo encerrada en casa o en mí misma que viene a ser lo mismo. ¿Qué hay en el mundo en que me muevo para hacerme sentir así? Hago lo que puedo, lo juro: me levanto a la misma hora cada día, desayuno lo mismo, y me siento a leer o a escribir siempre lo mismo (últimamente solo escribo poemas de desamor y venganza), luego hago la comida inventando lentejas de sabores varios o verduras con aliños picantes o con paladares tirando a oriente que tengo una nieta casi vegana, casi muy joven, casi inocente, que aún es capaz de pensar que hay animales que sufren casi tanto como los seres humanos. ¡Ángel mío! Ella no ha leído a Monika Zgustova y no sabe lo que es un campo de trabajo forzado en la historia del régimen estalinista y cómo nueve mujeres, científicas, actrices, maestras, poetas, matemáticas, pudieron llegar a superarlo; Elsa Estrella no sabe lo cruel que pueden llegar a ser los seres humanos con los mismos animales de su especie. Ella no lo sabe, aunque haya leído mucho para su corta edad. En estos días la miro y me pregunto qué será de ella y del pequeño de la casa. El pequeño Marcelo tampoco lo sabe. Se limita a decirnos que el virus no está en la calle, que él ha mirado por la ventana a la hora de aplaudir a la buena gente y no ve virus ninguno. Yo tampoco lo veo, es la pura verdad. Desde la ventana de nuestra casa no se ve nada, ni vecinos ni nada. Tengo que ir a casa de mi hija que vive pegada a la mía para poder sentirme solidaria aplaudiendo a seres humanos desconocidos que simbolizan en estos momentos lo bueno, lo solidario, lo generoso de nuestra sociedad. Gente que aparece en nuestras pantallas vestidas de blanco, de verde, de colores pálidos tirando a esperanza.

¡Qué extrañas son las cosas que suceden cuando uno se encierra en una casa! Me imagino mezclas absurdas que hace unos meses hubieran sido imposibles: los médicos, enfermeras y sanitarios de cualquier índole salvando vidas y el ejército y las fuerzas de seguridad intentando hacer lo mismo cuando el uniforme parecía simbolizar lo contrario. Mezcla de criterios, de informaciones resistentes a cualquier vacuna inteligente, con una televisión nauseabunda con programas de histeria colectiva intentando lavarnos el cerebro mientras utilizan la palabra entretener como si eso pudiera salvarla de su mediocridad; una juventud que distorsiona la realidad pensando que el mundo empieza y acaba en un ordenador en el que se les ofrecen productos de diferente categoría que estos días he visto  desde un sacerdote bendiciendo desde un helicóptero, hasta unas clases virtuales donde una digna profesora de enseñanza media ponía tareas sin tino a sus alumnos virtuales en lugar de hablarles de amor, de conocimiento, de libertad, de pensamiento crítico, de etcéteras llenos de vida y responsabilidad. Papeles, sólo papeles y estadísticas en las mesas de conferenciantes, políticos, ejecutivos de empresas igualmente nauseabundas que aprovechan un momento crucial de nuestras vidas para ofrecernos sus productos entre sonrisas, niños con pañales, pajaritos preñados y flores de papel acompañando el eslogan de la temporada “Quédate en casa”. Quédate tú, sinvergüenza, les digo yo desde la puerta (todos se vuelven a mirarme y piensan que la abuela no está bien).

Seguir leyendo »

Brazaletes azules

Es el que llevan puesto aquellos que pasean niños con autismo o con problemas determinados que hacen necesario el aire, caminar o correr por las calles, parques y jardines para poder seguir entendiendo algo del mundo que les rodea. Ellos salen. A ver si se enteran vecinos y demás personal que los abuchean y les insultan cuando los ven caminar cogidos del brazo o de la mano de un adulto que los lleva hacia la libertad o quizá hacia ese otro espacio del mundo donde sus almas puedan relajarse y sentir lo único respirable que les rodea. Porque ellos se ahogan. Sí, señores vecinos del barrio, animales hambrientos de sangre ajena, despreciables seres humanos incapaces de sentir la empatía necesaria para querer a los que no son o no parecen ser como ellos. Ellos se ahogan dentro de las cuatro paredes que los demás llamamos casa. ¿Lo han entendido? ¿Lo han pensado alguna vez? Me temo que no, porque da la rara casualidad que siempre son los mismos los que actúan de esa manera. Son los que gritan e insultan a los negros, a los chinos, a los gitanos, a los homosexuales, a los ancianos, a los enfermos y a los niños desvalidos y ausentes. Son aquellos que no soportan el dolor ajeno, la diferencia de color, de comportamiento o de cultura; no aguantan el olor de los demás, las costumbres de los demás, las enfermedades de los demás; no son capaces de pensar siquiera por un momento que hay otros seres en este planeta que no piensan como ellos, que no sienten como ellos, que no comen ni visten ni se relacionan como ellos. Son ese tipo de animales que yo llamaría de material desechable y que, pese a sus viviendas, sus amistades, sus gustos y aficiones en apariencia exquisitas, tienen una manera de ser y de pensar más parecida a las bestias o a lo que, erróneamente, llamamos bestias.

Me asombra ver esas manifestaciones de lo que en nuestro mundo llaman la buena gente, esa que cuando alguien mata a su mujer, maltrata a sus hijos o desprecia a los suyos, cuando lo llevan preso a las cárceles del mundo, comentan, invariablemente, que parecía una persona benévola y cariñosa, que nunca hizo daño a nadie, que qué sorpresa tan grande me he llevado al enterarme, que nadie lo hubiera dicho con lo afable que era, etc.; esa gente que parece no enterarse nunca de nada, pero acecha, vigila y califica a los demás cuando les interesa. Pues bien, yo diría que son los mismos que hoy se asoman a sus ventanas y balcones para agredir verbalmente a esos padres y a esas madres que necesitan pasear a sus hijos. Los mismos que, francamente, les pondrían a esos niños o adultos especiales una estrella amarilla en el pecho mejor que un brazalete de color azul, y cuando salieran a dar el paseo tranquilizador los detendrían y los conducirían directamente a las cámaras de gas para acabar con ellos. Es más, detendrían también a los negros, chinos, gitanos, homosexuales, ancianos y enfermos que van despacito hacia el hospital para curarse esa tos tan mortificante y ese dolor de cabeza tan terrible y, sin una sola pregunta ni test ni gaitas, los meterían en el mismo camión donde van madres, padres, niños silenciados por enfermedades raras, y ¡hala, a desangrarse todos en campamentos especiales!

Seguir leyendo »