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Elsa López

Elsa López (Guinea Ecuatorial, 1943). Catedrática y Doctora en filosofía. Miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba. Miembro de la dirección ejecutiva de 'Canarias en Europa'. Embajadora de Buena Voluntad de la Reserva de La Biosfera de La Palma ante la UNESCO. Directora de Ediciones La Palma. Es Premio de Investigación José Pérez Vidal (1993), Premio Internacional de Poesía 'Ciudad de Melilla' (1987), Premio Internacional de Poesía 'Rosa de Damasco' (1989), Premio Nacional de Poesía 'José Hierro' (2000) y Premio de Poesía 'Ciudad de Córdoba Ricardo Molina' (2005). Es autora de novelas, cuentos y ensayos de antropología. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y ha sido incluida en antologías nacionales e internacionales. Colabora con sus artículos en diferentes medios de comunicación.

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¿Tú también, Bruto, hijo mío?

Era muy joven cuando escuché por primera vez esas palabras. La profesora de historia nos hizo leer la obra de William Shakespeare Julio César en la que César pronunciaba esas palabras dirigidas a Bruto: Tu quoque, Brute, fili mi (Tú también, Bruto, hijo mío). Según algunos historiadores, dijo, en griego, «Καἱ σύ, τέκνον», Kaì sý, téknon? (¿Incluso tú, hijo mío?) aunque testigos presenciales solo lo vieron cubrirse el rostro con la toga y morir en silencio sin pronunciar una palabra, manteniendo así la dignidad. Jimena Menéndez Pidal nos contaba la historia con un sesgo de parcialidad y recuerdo siempre que a partir de aquella clase la imagen de los conspiradores y el asesinato de quien había aprobado varias leyes que concentraban el poder en sus manos y del que se decía que solo le faltaba la corona para igualarse a cualquier rey cosa que Roma odiaba después de haber pasado por todo ese horror, se convirtió en un modelo de cómo debe reaccionar un pueblo cuando se traicionan sus derechos. Aquel crimen parecía justificado ante nuestros ojos de adolescentes que empezaban a conocer las miserias de una dictadura.

Aquel día se estableció un debate en clase que para mí sigue siendo de actualidad y que continúa latente en mi conciencia de ciudadana. ¿Es lícito matar al César? Pregunta que nunca acabo de responder y que creo se debe (es sólo una ligera sospecha) a que aquellas últimas palabras del emperador tienen una gran carga afectiva que nos empuja a contemplar su muerte como un desastre moral. Esa frase que ha venido rodando hasta nuestros pies y hemos cargado con ella en nuestros bolsillos durante siglos nos indica nuestra debilidad ante los perdedores, la rabia contra los que traicionan, los que clavan puñales a la espalda de alguien que apreciamos e incluso despreciamos. Inconscientemente damos la razón al César cuando su muerte es una traición. Nos sentimos cerca de quien debería ser el enemigo. Deseamos su muerte, pero nos horroriza la deslealtad y la traición sobre todo si viene de los suyos, si llega de las manos de aquellos en quienes el Cesar confiaba.

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Ediciones La Palma: un sueño de Elsa López que cumple 30 años

Cumplir 30 años en cualquier actividad que uno se haya propuesto emprender, es siempre difícil, pero, al mismo tiempo, es una alegría poder sentir que has podido rebasar esos años con la satisfacción de haber cumplido un sueño, de haberlo podido gestionar, más o menos bien, y llevarlo a cabo con cierta dignidad. Yo he cumplido esa ilusión y ahora veo cómo los frutos aparecen, crecen y se convierten en una hermosa cosecha.

En 1989 comencé la aventura de ser editora. Fue el azar lo que me llevó a emprender ese camino que tantas recompensas me sigue dando. Los inicios fueron la consecuencia de otra iniciativa: la creación de una editorial que llamé Siddharth Mehta en homenaje a un hindú que conocí en Madrid en una cena de empresa con algunos miembros del Banco Mundial. Era un gran intelectual destinado en Nueva York que creía en la cultura con la misma fuerza y entusiasmo que yo tenía. Fue poco tiempo a su lado. Lo que dura una cena de economistas en un restaurante del viejo Madrid, el Café de Chinitas. Yo no hablo inglés y él no hablaba español, pero nos entendimos por señas, por palabras aisladas, por gestos y por algo que siempre me funciona cuando alguien me gusta: las miradas. A las pocas semanas había decidido emprender el camino de la edición. La empresa en la que trabajaba mi marido decidió crear una rama cultural y me llamaron para que les diera ideas al respecto. Yo ofrecí montar una editorial en la que se editaran libros no sólo de economía y temas sociales, sino también literarios. Así fue y así comencé a trabajar como editora.

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Las esquirlas del alma de Luis Ángel Marín

Cada día, camino del café, lo encuentro sentado en el mismo sitio, en la misma mesa, de espaldas al mar, concentrado en la escritura de algún poema. Es Luis Ángel Marín (Zaragoza, 1952), el amigo incuestionable, el escritor errante, el gran observador del mundo y sus diferentes especies. Sé lo que hace y cómo lo hace, y por eso sigo mi camino sin querer interrumpir ese quehacer antiguo de quienes están irremediablemente condenados a pensar y a escribir lo que piensan rodeados de gente, ruido de tazas, coches, niños que deambulan de mesa en mesa de cualquier café. He conocido a muchos escritores que necesitan de esos sonidos para orientarse en el universo, para expresarse, para sentirse vivos. Él es uno de ellos.

Opera Omnia es sólo una muestra de tantas horas de trabajo intentando convertir en poesía las emociones, de dejar que la música lo invada por dentro y salga al exterior en un momento dado. “Estos poemas son esquirlas de mi alma”. Así define Luis Ángel Marín lo que escribe. El autor nos hace entrega de una pequeña porción de su obra, de toda su obra de su Opera Omnia como él la titula. Esta obra total no lo es realmente. Es una muestra de lo que sí es una obra de tantos años. Opera Omnia viene cargada de fragmentos, fracciones del alma del autor traducidas a varios idiomas, cinco en concreto: español, rumano, inglés, francés e italiano. Cinco idiomas para cinco músicas, cinco maneras de expresarse poéticamente, cinco formas de decir su poesía, de escribir cada uno de los versos aquí contenidos. Una hermosa manera de entregarnos lo que piensa, lo que construye con esos pensamientos, lo que escribe, en definitiva. 

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El Tablado ¿Espacio protegido?

¿El Tablado lugar protegido? ¿De quién y para qué? Nadie se ocupa del pago. Nadie va a visitarlo y a solucionar los problemas que tienen sus vecinos. Desde hace meses la pared del camino que conduce a la plaza está preñada por culpa de la lluvia y el paso del tiempo. A punto de caer y aplastar un coche, a un viajero con mochila de esos que cada día abundan más por esos pagos. ¿Protegido? ¿Y esos caminos llenos de hierbas, matos y piedras que impiden el paso de quienes se aventuran a visitarnos? ¿Protegido? ¿Y esas casas de tablas que deberían ser restauradas y convertidas en verdaderos monumentos arquitectónicos, llenas de enredaderas, maderas dislocadas, arrancadas las vigas, desprendidas las traseras y levantadas del suelo los trozos de piedra viva?

El Tablado tiene problemas de infraestructura: carreteras en mal estado algunas casi intransitables; desprendimientos de muchas de las paredes que dan paso a canteros abandonados y a las mismas carreteras; caminos reales por los que resulta imposible moverse. Y a éstos, que son evidentes, habría que añadirles otras muchas más particularidades que los que llevan años viajando por aquellos pagos pueden determinar mejor que yo y que no están a la vista, pero componen una larga lista de resquemores. Ellos callan, no se quejan, sólo murmuran con cierto temor a las represalias de algún cacique real o imaginario que los amenaza y ofende; miedo a las autoridades que aparecen cada cierto tiempo, pero no respetan desde hace siglos y que piensan que solo están ahí para mamar el dinero que llega (si es que llega) al norte de la isla,

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“La Palma ha construido parte de su cultura influida por el viento”

Hace años mi madre me contó una anécdota que me hizo pensar y buscar la clave del porqué de algunas reacciones de los habitantes de este planeta mágico y distinto que es La Palma: desde la ventana del comedor de su casa veía entrar y salir los barcos. Esto le producía un gran pesar, pero no se apartaba de la ventana y se dejaba embargar dulcemente por aquella sensación de tristeza y abandono. Le gustaba quedarse así, apoyada en el ventanal durante horas viendo cómo el barco desaparecía lentamente del horizonte. Entonces ella lloraba. Aquello era como un dolor inexplicable. Pero ella seguía allí, sintiendo la sensación placentera del dolor inútil. Quizás no llegó a averiguar lo que sentía, pero aquello era, sencillamente, melancolía.

La hipótesis de la melancolía como rasgo dominante en el carácter de los habitantes de la isla de La Palma, la he expuesto en investigaciones anteriores al tratar distintos aspectos de la cultura tradicional canaria y más concretamente de la palmera. ¿Cómo es posible que un lugar casi idílico aparentemente por su vegetación y condiciones climáticas, no condicione a sus habitantes a una vida sedentaria sin inquietudes de ningún tipo? ¿Hay algo detrás de esa preciosa acuarela verde rodeada de agua por todas partes que impulsa a sus habitantes a salir fuera de ella de una forma casi compulsiva, a amarla y rechazarla de forma tan contradictoria? Habría que investigar de forma exhaustiva los elementos geográficos y climatológicos de La Palma para entender parte de las características de sus habitantes. El viento, el mar, la lluvia, la vegetación, etc., en resumen, todo lo que conforma el paisaje de la isla, acabará dejando su huella sobre los individuos que la habitan. Los condicionantes fundamentalmente naturales que le cercan y marcan, tanto física como psíquicamente, son: la mar, con todo lo que ésta conlleva de muro aislante, opresión y límites; el viento, protagonista de delirios, neurosis y comportamientos no normales (entendiendo aquí por normal lo que la sociedad impone como regla de conducta a seguir por el grupo); la lluvia, elemento clave de la cultura isleña, y, por último, el paisaje como conjunto de accidentes geográficos y considerado más como fenómeno subjetivo de apreciación que como realidad.

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La esperanza de la luz

En estos momentos de oscuridad en tantos terrenos, celebrar la llegada de la luz es una hermosa tarea. No voy a decir nada que no haya sido dicho por quienes saben de esta historia que iluminó nuestras casas y nuestros pueblos. Yo voy a hablar solo de ella, de su esplendor, de su capacidad de abrirnos a la esperanza.

Desde los tiempos de la oscuridad el ser humano ha celebrado el momento en que los primeros rayos de sol iluminaban sus cuevas y espantaban con ellos las desventuras de la noche. A veces, desde mi casa de Garafía miro las cuevas, sus bocas abiertas en los altos riscos donde ellos vivían, y pienso en el terror de aquellos que las habitaban; el no entender, el no saber por qué, poco a poco, la oscuridad les iba cercando y arrinconando al interior y cómo con su llegada crecían el ruido y las presencias tenebrosas que amenazaban en la oscuridad y cómo, de pronto, los ojos aún abiertos acechando los peligros y el miedo, llegaba el día, su claridad, los primeros rayos del sol por el este, y el cielo se abría para dar paso a la luz. Mirando hacia el Barranco de Los Hombres y pensando en aquellos que habitaban esas cuevas, escribí este poema:

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Abre la boca y come, mamá

Es la frase que muchos hijos han repetido durante años a una madre o a un padre enfermos de Alzheimer. Es la frase que repiten miles de personas que cuidan en sus casas a familiares que dependen de ellos. El enfermo abre la boca y come como un pajarillo. El enfermo entiende el lenguaje infantil de la cuchara que le ofreces. "Abre la boca y come, mamá". Y sientes una ternura inmensa hacia esa pequeña criatura desvalida. Y el padre o la madre te miran y te dicen cosas tristes como "señora, ¡qué lata le doy, ¿verdad?". Y no te atreves a decirle sí, papá, sí, mucha. Y sabes que estás sola, que nadie va a venir a solucionarte la situación; que las instituciones no funcionan como tú desearías y silencian a la gente que no tiene ni los medios ni los recursos para dar su visión del asunto.

Los que cuidan, callan. Un día y otro día. No es a ellos a quienes silencia la administración, es a su madre y a su padre, a todos esos seres aislados del mundo y de los suyos por una enfermedad que se extiende y ataca sin que podamos averiguar el porqué. "Abre la boca y come, mamá". Como un grito, una alarma, una voz que arrastran después de miles de horas y horas de dedicación, de angustia, de miedo, de mala conciencia, de quiero y no puedo, de rabia contenida contra una sociedad que no mira de frente a sus enfermos y menos aún a aquellos que tienen cualquier tipo de demencia. El horror. Quienes han tenido en sus manos la vida de un ser humano dependiendo de ellas sabe de lo que hablo.

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Los hombres de El Tablado

Se han ido y no van a volver. Si los enumero de topo en topo puedo recordar sus nombres, sus rostros, su voz y todo aquello que conformaba su mundo y que con el tiempo llegó a ser el mío. Eliseo, Marcelo, El Burgaño, Antonio el de Alba, Ventura, Don Carlos, Anselmo, José, Antonio el de Emérita, Eusebio, Aldo, Candito, Andrés, y ahora Eligio. Se van. Ellos, los hombres de El Tablado, los que hicieron del pago un lugar diferente, un lugar único y especial para mí se han ido para siempre y con ellos una parte importante de mí misma que no voy a poder recuperar jamás. Cada uno de ellos dejó un pedazo de su vida en la mía. De ellos aprendí el valor de muchas cosas que ya no se encuentran ni se enseñan. Ellos, los hombres de El Tablado, me enseñaron a mí el valor de la tierra, lo que cuesta dominarla, entenderla y vivir de ella. Durante más de cuarenta y cinco años he observado su cansancio, su día a día en el monte con las cabras, con los canteros de plátanos, haciendo bardos, cortando monte, cavando papas, plantando aguacates y naranjos, regando el millo y las huertas de coles y cebollas.

Recuerdo el tazón de leche recién ordeñada con gofio y azúcar que me hacía José en su pajero de las cabras entre risas y comentarios sobre el mundo. Y los cestos de higos de Candito, y las papas asadas en la tierra de Andrés, y la risa inteligente y socarrona de Antonio, y las manos soberbias, enormes, magníficas, de Eligio sujetando con miedo los deditos recién nacidos de mi último nieto, y las bromas de Eliseo en la venta del topo que da al barranco de Los Hombres, y la cesta de cebollas que Anselmo recogió para mí aquella última tarde, y la mirada de Eusebio antes de irse a Tenerife para no regresar, y el caminar sabio y lento de Eusebio, el de Ángel Cira, al doblar las esquinas del agua en busca del ganado, y los vasos de vino con don Carlos el de la tía Tomasa.

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El ‘pichinglis’ palmero

Cuando era pequeña y vivía en Guinea Ecuatorial había una lengua que hablaban los negros de la colonia española. Era el pichinglis, o el pichi, una lengua derivada de dos lenguas criollas de base inglesa, la lengua hablada en la región de Calabar, Nigeria, que fue llevada a Malabo a lo largo de los siglos XIX y XX por pequeños grupos que se desplazaban para trabajar en las plantaciones de cacao de Bioko, y el krio que comenzó a extenderse por la isla partir de 1827 llevado por los pobladores africanos que venían de Freetown, Sierra Leona. Estos dos criollos del inglés y las lenguas africanas entraron en contacto dando lugar al pichi, el segundo idioma más hablado en el país. Gracias a él, una entendía algo de lo que hablaban los que visitaban la casa de sus padres. Era fácil, y en cuanto aprendías dos o tres palabras, comprendías lo que hablaban los fang de Rio Muni y los bubis de la isla de Fernando Poó y, de paso, aprendías un poco de inglés. De lo que hablaban en las otras lenguas nativas, nada de nada.

Ahora me encuentro en un terreno parecido. En la isla de La Palma, han comenzado los eruditos a comunicarse en dos lenguas: el palmero y el inglés, bien mezclados y adobados. Una especie de pichinglis pero con nuevos componentes. Para mí indescifrable. Cada día me sorprenden con un nuevo mensaje en esa mezcla de idiomas que, por desgracia, nada aporta a nuestra sabiduría y si empobrece nuestra forma de comunicarnos. Vamos perdiendo palabras y creen que ganamos unas nuevas escribiendo carteles y manifestaciones en esa lengua que parece colonizarnos cada día un poco más. No sé inglés ni me hace falta. He viajado por el mundo con mi propia lengua y dentro y fuera del territorio español he podido entenderme perfectamente con ella. He aprendido palabras nuevas en América del Sur y con ellas y las mías he recorrido ciudades de América del Norte sin ningún problema. En Europa me han respondido con educación y paciencia cuando veían que no estaba interpretando bien lo que decían. Algunas palabras fundamentales para la convivencia las he anotado en mis agendas y se dar las gracias en varios idiomas y cuando me he visto en apuros, como en China, he sonreído y he gesticulado con las manos para hacerme entender. No hacía falta más.

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Las islas más pequeñas. Nuevas colonias

No podemos competir en grandes proyectos. Lo sabemos. Pero cuando una idea surge desde una isla “menor”, “más pequeña” o “periférica” (no se aclaran con el sobrenombre para no desairarnos) y el proyecto es interesante y da sus frutos, las dos grandes y poderosas madres del archipiélago, Gran Canaria y Tenerife, devoran las ideas, se las apropian y las gestionan como suyas. Es un nuevo sistema de colonialismo social y cultural. El tener más medios, más inversores y más poder hace que las ideas y la gestión de las mismas vayan a parar a manos de las islas llamadas “capitalinas”. Aquí no se salva nadie. Desde hace años vengo observando semejante disparate. ¿Colonias? Sí. Somos colonias. Dependemos de esas dos islas y, encima, si una de nosotras tiene un nombre semejante a una de ellas el asunto se complica. Aparecen con frecuencia cartas dirigidas a La Palma en Palma de Mallorca y muchos periodistas y presentadores de televisión siguen confundiendo a los lectores y a los telespectadores con lo de “La Palma de Gran Canaria” y nadie mueve un dedo para hacer reproches. Veríamos qué pasaría si apareciera una nota como “Tenerife de Gran Canaria”. Retumbaban las redacciones y nuestros mandarines se pondrían las pilas para ir a quejarse a la Moncloa. Y uno se pregunta: ¿El 75% de reducción en los billetes? ¿Para qué? ¿Para que me lleven a Palma del Río o al Palmar de Troya?

No me siento víctima, me siento cansada al ver cómo funcionan estas islas; harta de saber cómo nos relegan a segundo plano en acontecimientos culturales negándonos el pan y la sal cuando emprendemos algo que merece la pena. Y si la cosa funciona y los actos generan dinero y publicidad llegan antes los medios del extranjero que los de casa. Dos ejemplos: el Festival Internacional de Música de La Palma. Un programa excelente. Músicos de renombre internacional; el esfuerzo y la lucha de un entusiasta de la música, Jorge Perdigón, que ha levantado el proyecto consiguiendo que vengan a escuchar los conciertos directamente de Alemania, Madrid y Japón. Incluso aquellos que entienden de qué va la cosa, vienen de otras islas a quedarse el tiempo que dura el festival. Pues bien. El futuro está en el aire. No hay dinero, dicen. No se puede. ¿No se puede? ¿Será por eso que contratan a su director para que organice el de Canarias? ¿Será por eso que dan dinero a Gran Canaria o a Tenerife para que nos roben la idea, el piano y las partituras?

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