El último alzado


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“Guadalupe González Taño nació en Santa Cruz de La Palma en el año de 1965. Es abogada y política. Fue la primera mujer en presidir el Cabildo de La Palma sin saber que su abuelo había sido consejero en el mismo Cabildo. Fue diputada en el Parlamento de Canarias sin saber que su abuelo, en ese mismo sitio, había sido sometido a un consejo de guerra. Fue diputada en el Congreso sin saber que su tío abuelo se había presentado a esas mismas elecciones en 1933. Así que probablemente este libro sea fruto del destino y de una pandemia que le dio el tiempo suficiente para escribirlo”.

Estas son las palabras de la autora de El último alzado y esto es lo que lees cuando abres el libro y en la solapa te encuentras con una biografía absolutamente diferente a lo que esperabas, pero de un contenido llano y transparente. Hay en este texto dos características que creo que es necesario subrayar antes de comenzar a hablar sobre él: una es el tono sencillo de la narración con un vocabulario muy cercano y un registro personal de gran intensidad. Un segundo factor es el lenguaje tan auténtico de quien nos está contando la historia. Desde el primer momento, cuando empecé a leer la novela, me di cuenta de que había una voz especial que narraba toda la historia; una voz poco adornada literariamente, pero tan directa a la razón y al sentido común que, a partir de lo que te va contando, vas comprendiendo situaciones, vas conociendo motivos y causas que lo van a conducir a un determinado destino.

Las voces que aparecen en el libro son incontestables: Lupita, esa niña de nueve años que nos va a abrir la puerta por la que van a ir apareciendo paisajes, recuerdos y presentimientos; las memorias de Antonio, el niño que recorre los caminos de Garafía y nos cuenta sucesos y peripecias de sus habitantes; Antonio, ya adolescente, que hace descripciones de aquellos lugares por donde pasa, derroteros de la isla desconocidos para mí, pero que, de alguna manera, enriquecen la visión que tengo de ella; el Antonio, ya adulto, que cuenta, paso a paso, sus relaciones familiares, los momentos históricos sucedidos en el país, circunstancias que van a motivar sus decisiones políticas y de otros compañeros, y, sobre todo, la parte fundamental de este libro: las biografías de tantos vecinos del norte de la isla y de toda La Palma que tuvieron que irse al monte para encontrar allí el refugio que necesitaban a partir del momento que se produce el alzamiento contra la República y la llegada del ejército de los sublevados.

Creo que la autora ha sido tan sincera a través de esas voces que nos conducen a determinadas fechas y acontecimientos, que la historia acaba por hacerse nuestra. Hay descripciones de personas, lugares, comidas, enseres domésticos, fiestas, etc., que tienen que ver con un mundo que de alguna manera hemos conocido incluso hay momentos que nos identificamos con los actores principales. Reconocemos al abuelo, reconocemos a la abuela, somos los mismos que pululan por esos lugares, llámese Santo Domingo, llámese Cova de agua, y, a veces, Santa Cruz de La Palma. Los lugares son reales, los individuos de los que se habla son reales, los hechos que se narran lo son también.

El último alzado es un libro en el que, página a página, vas encontrando razones para no dejar de leerlo. Los personajes de la novela van tomando la palabra para relatarnos, de manera cronológica y sin ahorrarnos tristezas, alegrías y sobresaltos, lo que sucede en el contexto que les ha tocado vivir. Santa Cruz de La Palma, Garafía y la mayoría de sus pagos, así como el mar y los montes de la isla son también los protagonistas de una novela en la que las figuras principales nos cuentan sus aventuras y desventuras. Así Guadalupe, Domingo, Silvano o Antonio, y así Antonio González Cabrera, el principal relator, que alzará la voz desde mil novecientos cuatro hasta mil novecientos treinta y ocho para contar al lector su infancia, su adolescencia, su edad adulta y cómo fue creciendo en su interior la rebeldía y las ganas de cambiar las cosas de su alrededor. Él es el que nos va, día tras día, año tras año, narrando sus peripecias, su pensamiento social y político, su manera de entender el mundo y su deseo de querer transformarlo. Nos cuenta sus deseos de resolver el tema de la educación, por ejemplo, y cómo crear una red de escuelas por toda la isla tanto para niños como para niñas con un edificio en cada sitio para poder dar las clases en condiciones (es necesario recordar que en Garafía llegaron a existir 14 escuelas repartidas por todos los pagos de la comarca); la necesidad de hacer un instituto de enseñanza secundaria público “para que no pase lo que pasa ahora que son muy pocos los que pueden pagar lo que cuesta mandar a sus hijos a Tenerife a estudiar o sacarse el título”; su empeño por cambiar la sociedad, hacer que se abran las mutualidades de acción social para dar ayuda a los más necesitados, etc., etc. En resumen: resolver los problemas que tenía la isla de La Palma sobre todo en el norte donde la miseria era mucha a lo que se unía la vuelta de gente desde Cuba que algunos lo hacían sin haber logrado el sueño de ganar lo suficiente para que su familia saliera adelante. Y, finalmente, cómo la sociedad y sus carencias acaban conformando su determinación política.

Al narrar la visita del rey Alfonso XIII en 1906 nos cuenta:  

“Al día siguiente, no se hablaba de otra cosa, que si tenía una nariz enorme, que si qué chiquito es, qué joven… yo le pregunté a uno de los soldados que había acompañado al séquito en toda la visita que le habían enseñado al rey.

-El Ayuntamiento, el Teatro Circo de Marte, la Recova, y en El Salvador entró bajo palio -me dijo.

- ¿Y qué hay del hospital? ¿Y la escuela? ¿Alguien le habló de que la gente se muere de hambre, de la carretera del Sur que hay que acabar…? Mi indignación empezó a crecer.

-Él se encogió de hombros y dijo:

-Bueno, al menos trajo la lluvia

-Estaría bien si él trajera eso… la lluvia solo cae de las nubes… -añadí- no sé a qué viene venir desde tan lejos si no quieres saber lo que le pasa a la gente de esta isla.

-Cállate, Antonio, hombre… no digas nada malo del rey, a ver si te vas a meter en un lío- y con un gesto me mandó a callar.

Yo, con el enfado, no veía más que el dinero que había costado la visita que iba a salir de los fondos para nuestra comida.

Creo que ese día me hice republicano. 

Al leer este libro no entramos en un debate político. Evidentemente, a nadie le importa si hay en la novela gente de izquierdas que los hay, si hay fascistas que los hay, si hay gente republicana o monárquica, que también la hay, si falangistas, que sí los hay y muchos (véase esa foto al final de la novela, pág. 337, con un desfile por las calles de Santa Cruz de La Palma). Llega un momento que todo eso, al ser parte de nuestra historia, lo recibimos sin grandes aspavientos. La autora no se pronuncia en ningún momento a favor de nadie, simplemente narra lo sucedido con una precisión absoluta. El lector lee lo que se narra y sabe que los hechos son verdaderos, no porque ella los cuente intentando llevarnos al terreno personal, sino porque todo lo que se cuenta en esta novela está confirmado por la propia historia y la documentación que la autora aporta al final del libro.

Lo curioso de esta novela es que entras al trapo fascinada por la narrativa y por lo que se está contando, no por apego al personaje o a los personajes. Lo que vas sintiendo a lo largo de la lectura es el menosprecio por algunos individuos o la simpatía por otros. El afecto hacia unos o el rechazo por otros se debe, principalmente, a que la historia que te están contando es también la historia de tu familia o de la familia de amigos tuyos. Y la pregunta ahora es: ¿qué fue de esa historia que nadie nos contó nunca y si lo hicieron fue cargando las tintas sobre un bando o sobre otro? La respuesta es muy sencilla: es la historia de España siempre, sólo que en este caso quien nos la cuenta es de un bando determinado y es ese punto el que quisiera destacar de esta novela: la honestidad de la autora a la hora de relatarnos una historia que es, indiscutiblemente, la de su familia, aunque quizá poco o nada tenga que ver con sus propios pensamientos.

La facultad de la escritora es su autenticidad. Lo que nos transmite es cierto, sentido, vivo. Su cualidad como escritora, aunque ella diga que no lo es, lo es desde el momento que escribe y su escritura nos llega y nos enriquece el conocimiento. Al estar la narración desnuda de otras parafernalias literarias, el lector va devorando los sucesos como si fueran cartas de un pariente o un amigo que te cuenta lo sucedido y uno, como ocurre con los libros cuando te enganchas literalmente, está deseando volver a cogerlo para saber qué pasa al día siguiente. Y cada día vas aprendiendo del pasado, conociendo una parte de nuestra historia que nadie quiso contarnos. Guadalupe se atreve con ella. No hay miedo al hacerlo, decir las palabras exactas, llamar a las cosas por su nombre, sin rencores, sin agresión alguna. El pasado histórico de La Palma vuelve de una forma distinta, llena de ternura, de comprensión y de tristeza. Los muertos, los perseguidos, los alzados, son seres vivos, innegables, cercanos a la autora y, como consecuencia, cercanos también a nosotros.

Elsa López

La Palma 28 de octubre de 2023

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