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La Razón (1908-1914): un semanario de lealtades cambiantes

23 de septiembre de 2026 20:37 h (Hora canaria)

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El 17 de agosto de 1908 aparecía en Santa Cruz de La Palma un nuevo semanario que, desde su misma cabecera, no dejaba demasiado margen para la duda sobre cuáles eran, al menos sobre el papel, sus propósitos: La Razón. Periódico independiente y de intereses generales. Se imprimía en los talleres de la imprenta La Palma, instalada en la calle Álvarez de Abreu, número 37, y propiedad de Tomás Brito de la Cruz, que sería también su director y, en buena medida, su principal redactor. La publicación sobreviviría durante casi seis años, probablemente hasta julio de 1914, lo que no era poco en una prensa insular caracterizada entonces por la precariedad económica y la corta existencia de muchas de sus cabeceras. En ese tiempo, La Razón protagonizó una de las trayectorias políticas más singulares —y quizá más ilustrativas— del periodismo palmero de comienzos del siglo XX.

Era un periódico modesto. Cuatro páginas a cuatro columnas, formato de 33 por 48 centímetros y una suscripción mensual de una peseta. En enero de 1909 tiraba unos 160 ejemplares, cifra que lo situaba en tercer lugar entre los ocho periódicos que entonces circulaban en Santa Cruz de La Palma, por detrás de Tierra palmera, con 300 ejemplares, y del republicano Germinal, con 200, y sin perjuicio de Diario de Avisos de Santa Cruz de La Palma, de edición diaria. En conjunto, toda la prensa insular rondaba los 1.500 ejemplares todas las semanas. Por su redacción pasaron, entre otros, Manuel López Morales, Federico Hernández Rodríguez, Gabriel Duque Díaz, José Benítez y Rodríguez, Antonio Fernández Pérez o José Lozano Pérez —Jolope—, además de numerosos colaboradores dentro y fuera de la isla. Su estructura tampoco se diferenciaba demasiado de la habitual entre sus contemporáneos: noticias y comentarios sobre la actualidad insular, textos literarios, información telegráfica durante algunos años y una importante presencia de la publicidad.

Pero, pese a ese barniz informativo, La Razón fue esencialmente un periódico político y de opinión. Pertenecía todavía a aquel periodismo doctrinal, combativo y proselitista que pretendía influir, convencer y combatir y que, además, necesitaba muchas veces para sobrevivir del auxilio económico de los mismos grupos políticos a los que defendía. Precisamente ahí estuvo el origen de su peculiar peripecia.

La Palma atravesaba, además, un periodo nada fácil. A la decadencia de algunas actividades tradicionales se unían los problemas de las industrias del tabaco y de la seda, el retroceso de la caña de azúcar, la escasez de agua y el lento avance de las infraestructuras. El plátano comenzaba a abrirse paso y se extendían innovaciones como la electricidad, el teléfono o la telegrafía, pero para muchos palmeros la alternativa continuaba siendo la emigración, sobre todo hacia Cuba. Era una sociedad pequeña, donde política, economía, relaciones familiares y prensa se entrecruzaban inevitablemente.

La política insular aparecía entonces dividida, grosso modo, en dos grandes bloques. De una parte, los conservadores que seguían al diputado Pedro Poggio y Álvarez y los liberales históricos de Francisco Abreu y García, unidos por el pacto suscrito en septiembre de 1908 y con un notable control de los resortes políticos insulares. Frente a ellos se situaban los republicanos y el nuevo sector liberal, de ascendencia conservadora, que encabezaban Manuel Yanes Volcán y su yerno, el médico hispano-cubano Julián van Baumberghen. Estos nuevos liberales serían conocidos como «sevillanos» y terminarían constituyendo el Partido Liberal Palmero. Cada grupo procuraba contar, como era habitual, con sus propios periódicos. Los conservadores disponían de Isla de La Palma; los republicanos, de Germinal; y los liberales de Van Baumberghen crearon Tierra palmera. Solo los liberales históricos de Abreu carecían entonces de un portavoz propiamente dicho. Y ese espacio fue el que durante algunos meses terminaría ocupando La Razón.

No había comenzado así. En su artículo-programa, el nuevo semanario se declaraba independiente y anunciaba que defendería en política aquello que, a su entender, conviniese a los intereses de la isla: combatir el caciquismo, impedir el encumbramiento de ineptos y ambiciosos y favorecer cuanto pudiera engrandecer a La Palma. Sin embargo, desde sus primeros números manifestó una evidente simpatía hacia Pedro Poggio y el partido conservador, hasta el punto de que la prensa tinerfeña no tardó en calificarlo directamente como «periódico conservador».

La situación cambió muy pronto. Tras una cierta crisis interna en su redacción, La Razón comenzó a defender de manera cada vez más abierta al jefe de los liberales históricos, Francisco Abreu y García. La vehemencia con que lo hizo resulta hoy difícil de conciliar con aquella proclamada independencia. En diciembre de 1908, enfrentado ya con Tierra palmera, el semanario describía a Abreu con tonos casi hagiográficos y aseguraba que sus detractores jamás conseguirían manchar su «albo plumaje de cisne».

Desde entonces, las polémicas con el periódico de Van Baumberghen y con el republicano Germinal fueron continuas, mientras La Razón respaldaba decididamente al partido liberal histórico y, sobre todo, a su dirigente. En las elecciones municipales de mayo de 1909 apoyó a la candidatura conservadora-liberal abreísta, que se impuso con claridad a la republicano-liberal sevillana. Y, sin embargo, pocos meses después todo saltó por los aires.

El desencuentro

Al cumplir su primer año, La Razón seguía proclamando que «no es de nadie» y que «es de todos», pero su situación económica era cada vez más comprometida. El periódico descansaba, en la práctica, sobre los hombros de Tomás Brito, que decidió entrevistarse con Francisco Abreu para explicarle que ya no podía seguir sosteniéndolo personalmente. Aquí comienzan las versiones encontradas. Según Brito, recordó al dirigente liberal que hasta entonces había defendido gratuitamente su política y le manifestó que, si quería que el periódico continuase haciéndolo, él o el partido tendrían que contribuir a sufragar sus gastos. Según Abreu, el impresor le había ofrecido convertir La Razón oficialmente en órgano de los liberales a cambio de un sueldo.

Sea como fuere, el semanario suspendió su publicación el 31 de julio de 1909. Poco después, un emisario de Abreu comunicó a Brito que el dirigente liberal estaba dispuesto a sostener económicamente el periódico y el 7 de agosto La Razón reapareció. Parecía resuelto el problema, pero faltaba el episodio que desencadenaría el verdadero desencuentro. Otro enviado de Abreu, José Alós Cabrera, llevó a la redacción un comunicado que el dirigente liberal quería ver publicado. Brito estimó que algunas expresiones debían suprimirse porque no debían llevarse «al terreno sagrado de la prensa». Después de varias gestiones, se le hizo saber que Abreu financiaría el periódico siempre que el comunicado apareciese íntegramente. Brito respondió que, en esas condiciones, podría publicarse, pero con otro director.

Abreu ordenó entonces a sus correligionarios que dejaran de colaborar con La Razón. Brito, por su parte, llegó incluso a desplazarse hasta la finca de El Brezal, en Breña Alta, para pedir una respuesta definitiva sobre el sostenimiento del semanario. Nunca la obtuvo. La ruptura fue completa. Y la misma pluma que durante meses había ensalzado a Francisco Abreu comenzó a combatirlo con idéntico entusiasmo. El periódico declaró «la guerra» al dirigente liberal y a sus partidarios y pasó a referirse con particular acritud a los «pactistas» y a las «huestes franciscanas».

Su nuevo enemigo periodístico sería El Nudo, aparecido en septiembre de 1909 como órgano de los liberales dinásticos y al que La Razón llamaría despectivamente «La cotorrita». Más llamativo aún resulta comprobar cómo el semanario censuraba ahora al mismo gobierno municipal pactista que apenas unos meses atrás había defendido, llegando a afirmar que 1909 constituía «un manchón en la historia política palmera».

A continuación, el vacío dejado por la desaparición de Tierra palmera, en diciembre de 1909, facilitó el siguiente movimiento. La Razón se aproximó progresivamente a quienes hasta hacía muy poco habían sido objeto de sus ataques: los liberales de Julián van Baumberghen. El médico hispano-cubano pasó a ser «el prestigioso doctor» y «nuestro amigo el jefe del partido liberal de esta isla». En las elecciones generales de mayo de 1910, el semanario combatió la candidatura de Pedro Poggio, arremetió especialmente contra los liberales de Abreu y apoyó abiertamente a Van Baumberghen, que concurría aliado con los republicanos. La metamorfosis se había completado.

La enemistad entre Brito y los Abreu todavía tendría consecuencias más serias. En noviembre de 1910, el alcalde de Santa Cruz de La Palma, Eugenio Abreu y García, suspendió la circulación de La Razón porque no figuraba matriculada en la contribución industrial. Formalmente, la decisión tenía fundamento. El problema era que tampoco estaban matriculados otros periódicos políticos de la ciudad, entre ellos El NudoIsla de La Palma o El Pueblo. La medida podía ser legal en su origen, pero difícilmente parecía imparcial.

Desde entonces, La Razón desempeñó de hecho el papel de órgano oficioso del Partido Liberal Palmero. Defendió a Van Baumberghen y a Pedro Pérez Díaz durante el debate sobre la reorganización administrativa de Canarias, respaldó la unidad provincial y la autonomía insular y dedicó incluso un suplemento especial a ensalzar la intervención del primero ante la comisión parlamentaria que examinaba el llamado «problema canario». En las elecciones municipales de noviembre de 1911 promovió con grandes titulares la candidatura del Partido Liberal Palmero al Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma. Seguía, no obstante, proclamándose independiente y asegurando que esa independencia le permitía censurar todo aquello que considerase censurable. La realidad de sus páginas decía ya otra cosa.

Durante 1912 y 1913 su orientación apenas experimentó cambios. El periódico siguió apoyando a los sectores opuestos al pacto y muy pendiente de la actividad de Van Baumberghen. Para entonces, la pretendida independencia resultaba difícilmente sostenible. Desde finales de 1912 el propio semanario reconocía que era público y notorio que practicaba una política liberal monárquica y, a principios de 1914, el diario tinerfeño La Opinión lo calificaba ya directamente como «órgano liberal».

Su última campaña conocida fue, acaso significativamente, en favor de Pedro Pérez Díaz. En las elecciones generales del 8 de marzo de 1914 pidió expresamente el voto para el letrado palmero, candidato de la coalición demócrata frente al nuevamente aspirante conservador Pedro Poggio. La Razón sabía que sus posibilidades eran escasas. El resultado confirmó sus temores: Poggio obtuvo 4.197 votos frente a los 1.281 de Pérez Díaz.

Poco después desapareció el periódico. Durante mucho tiempo se dio por sentado que su último número había sido el del 7 de marzo de 1914, pero distintas referencias documentales permiten prolongar su existencia, con bastante seguridad, hasta julio. Habría alcanzado así cerca de seis años y unos trescientos números, convirtiéndose en uno de los periódicos de mayor duración de la prensa palmera de aquel periodo.

Detrás de aquella aventura estuvo siempre Tomás Brito de la Cruz. Nacido en Santa Cruz de La Palma en 1875 e hijo del también impresor Manuel Brito Cabrera, aprendió el oficio de tipógrafo en los talleres paternos de La Lealtad y pasó después por la imprenta Gutenberg de los hermanos Rodríguez Méndez. Emigró a Cuba en 1905 y, a su regreso tres años después, creó la imprenta La Palma. Fue uno de aquellos tipógrafos-periodistas tan característicos de la prensa palmera de finales del XIX y comienzos del XX: impresores que no se limitaban a componer el periódico, sino que lo dirigían, escribían y, muchas veces, lo financiaban. De juvenil militancia republicana, Brito evolucionó hacia posiciones más moderadas y, después de La Razón, dirigiría Diario Insular. Como periodista fue vehemente, incisivo y mordaz; y sus altercados con los hermanos Abreu alcanzaron incluso los juzgados.

La historia de La Razón es, por eso, algo más que la peripecia de un pequeño semanario insular. Permite observar, casi a escala microscópica, el funcionamiento del periodismo político de la Restauración. Una prensa que se declaraba independiente mientras necesitaba del dinero y del apoyo de las facciones políticas; que ensalzaba hoy al dirigente al que podía combatir mañana; que convertía sus columnas en prolongación de las luchas electorales y caciquiles y en la que los enfrentamientos personales terminaban confundiéndose con las diferencias ideológicas.

La Razón nació diciendo que no pertenecía a nadie. Durante algunos meses estuvo cerca de los conservadores, después defendió con denuedo a los liberales históricos de Francisco Abreu y, tras el desencuentro entre este y Tomás Brito, terminó ocupando el espacio dejado por Tierra palmera como órgano oficioso de los liberales de Julián van Baumberghen. Quizá precisamente por eso resulte hoy un periódico particularmente interesante. Porque detrás de sus virajes, sus excesos verbales y sus contradicciones se transparenta toda una manera de entender la prensa y la política. Rafael Mainar había escrito en 1906 que un periódico debía ser «la Historia que pasa». En las páginas de La Razón, con sus adhesiones, sus rupturas y sus pequeñas guerras particulares, pasó también una parte nada desdeñable de la historia política de La Palma de comienzos del siglo XX.

J. J. Rodríguez-Lewis