San Francisco de Asís: retazos de arte, devoción e historia de Santa Cruz de La Palma
Cada 4 de octubre, Santa Cruz de La Palma vuelve la mirada hacia San Francisco de Asís, una de las devociones más arraigadas de la ciudad. En torno a su imagen, conservada en la parroquia homónima, confluyen arte, historia, orfebrería, música, tradición popular y relatos de carácter milagroso. Su patrimonio material y las antiguas fiestas franciscanas permiten reconstruir una parte singular de la memoria colectiva de la capital palmera.
Una imagen entre Montañés, Becerra y la tradición franciscana
En 1616, el mercader Fernando de la Pena, vecino de La Palma y hermano de la antiquísima cofradía de la Vera Cruz, suscribió en Sevilla un contrato con el escultor Francisco de Ocampo, colaborador de Martínez Montañés, para realizar una imagen de San Francisco de Asís. La obra debía ser de madera de cedro, de una vara de alto y representaría al santo «con un Cristo en la mano y un libro en la otra». Aunque el documento no especifica su destino, es posible que estuviera destinada al convento franciscano de la capital palmera, al que estaba vinculado el mercader.
Sin embargo, la escultura que hoy se conserva no parece corresponderse con aquella pieza, pues presenta mayor altura y responde al modelo de San Francisco que Martínez Montañés realizó para el convento de Santa Clara de Sevilla hacia 1630. Jesús Pérez Morera ha señalado, por ello, «la duda sobre su auténtica autoría, aunque no su carácter montañesino».
El investigador palmero Francisco Acosta plantea una hipótesis diferente y atribuye probablemente la obra a Gaspar de Becerra, situándola hacia 1568. Según explica, el escultor, como artista del rey Felipe II, habría acudido al convento real para realizar varias imágenes, entre ellas las de San Francisco y San Diego, quedando otras, como San Antonio y Santa Águeda, vinculadas a Jerónimo Hernández. Acosta señala que existe documentación epistolar previa que permite establecer semejanzas estilísticas y remite al Archivo General de Guadalupe, en Cáceres, para su consulta.
Otros investigadores sitúan la escultura en el último tercio del siglo XVII y destacan su extraordinaria semejanza con dos imágenes conservadas en Tenerife: la del convento de San Francisco de Icod de los Vinos, donada por el capitán Martínez de Goyas hacia 1672, y la de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de La Orotava.
La semejanza alcanza también al San Francisco del convento de Santa Clara de La Laguna. Pérez Morera recuerda que se trata de una imagen que el historiador Rodríguez Moure consideró de tal belleza y misticismo que no habría supuesto agravio atribuirla a Montañés o Roldán.
En 1821, el inventario de la institución franciscana menciona «un retablo pequeño con una imagen de San Francisco que forma el adorno de la Capilla de la Plata», además de un retablo dorado y frontal de lienzo pintado. Actualmente, la imagen ocupa la hornacina principal del primer cuerpo del retablo mayor, procedente de la cercana ermita de San José. El retablo anterior, hoy desaparecido, tenía dos cuerpos y tres calles y fue costeado en el siglo XIX por Felipe Manuel Massieu Vandale.
Los atributos del santo
La escultura presenta los elementos esenciales de la iconografía franciscana: el sayal, los estigmas y el cordón con tres nudos. El áspero hábito de lana simboliza pobreza, humildad y penitencia, mientras que los tres nudos representan pobreza, obediencia y castidad.
El imaginero practicó un rasgado en el sayal para mostrar el estigma del costado derecho. Las restantes llagas de la Pasión aparecen en manos y pies, recordando que San Francisco fue, en 1224, el primer santo documentado en recibir los estigmas.
En las grandes solemnidades, la imagen se enriquece con diversos atributos: estandarte, crucifijo, azucenas, anillo, Toisón de Oro y capa.
El estandarte que sostiene en la mano derecha es una pieza barroca de plata repujada, fechada a mediados del siglo XVIII. Mide 27 por 45 centímetros y presenta una abundante decoración vegetal de carácter sinuoso, propia del gusto barroco y del denominado horror vacui.
La capa, confeccionada en «tisú con ramazón y puntilla de oro fino», fue donada a la Venerable Orden Tercera —actual Orden Franciscana Seglar— por emigrantes palmeros residentes en Cuba. Paralelamente, también se había abierto una suscripción entre los terciarios y otros devotos para reunir el importe en efectivo para cuando se recibiera la nueva pieza textil. La actual sustituyó a otra muy deteriorada y fue adquirida a la acreditada casa barcelonesa P. Martí y Codovar. Debía realizarse en «tisú con flores y blonda de oro fino» y superar los 2.500 reales de vellón. Desde 1863, la pieza, con capucha y dos broches de oro con piedras azules, acompaña al santo en su procesión.
El crucifijo, sostenido en la mano izquierda, está formado por dos cilindros de plata transversales, sobre los que se dispone la figura sobredorada de Cristo, rematada en sus extremos por perillones. Según Facundo Daranas, San Francisco lo contempla con mirada recogida.
Junto al crucifijo porta una vara de plata rematada por cuatro azucenas, símbolo de pureza. La pieza fue restaurada en 1934 por los plateros José y Miguel Jannini, orfebres de origen italiano establecidos en Valencia y activos entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.
También luce un anillo de oro con una piedra morada de amatista. El inventario de 1759 ya recoge esta joya, que se colocaba en el dedo de la mano derecha «como recuerdo de su opulenta vida anterior y a la que ha renunciado», según explica Daranas Ventura.
El singular Toisón de Oro
Uno de los elementos más llamativos es el collar que la imagen lleva alrededor del cuello. Se trata de una reproducción en metal sobredorado del Toisón de Oro, formada por catorce eslabones, catorce perlas finas, cuatro piedras falsas rosas y tres verdes, y un cordero de plata repujada y sobredorada. La pieza ya aparece en el inventario de la V.O.T. de 1821, aunque se desconoce cómo llegó a la imagen.
El Toisón de Oro es una de las órdenes de caballería más antiguas y prestigiosas. Fue fundada en Brujas en 1430 por Felipe III de Borgoña, «el Bueno», con motivo de su matrimonio con Isabel de Portugal, terciaria franciscana. Su nombre alude al vellocino de oro de la mitología griega y su insignia característica es precisamente un collar del que pende un carnero.
La tradición sostiene que el San Francisco palmero recibió esta distinción por iniciativa de Carlos III. Desde el reinado de Felipe III fue habitual que los monarcas españoles pertenecieran a la Tercera Orden Franciscana y que sus confesores fueran religiosos de la Orden de Frailes Menores. En el siglo XVIII, la imagen palmera adquirió especial consideración por su condición de representación del Seráfico Padre de quienes ostentaban en la isla el título de capellanes reales.
En atención a los méritos de La Palma durante las guerras del siglo anterior y a una petición formulada al monarca, Carlos III habría concedido a la imagen el uso de la insignia. La concesión se habría extendido durante la década de 1780 a otras representaciones de San Francisco, santo por el que el rey sentía especial devoción desde su etapa como monarca de Nápoles.
Según la tradición, el collar fue enviado desde Madrid, donde habría sido encargado por el propio monarca. A finales del siglo XIX se enriqueció con piedras de colores que llegaron a cubrir parcialmente algunos elementos originales.
Las dudas sobre su procedencia llevaron a la V.O.T. de Santa Cruz de La Palma a solicitar información a su homónima madrileña en marzo de 1860. El hermano ministro, duque de Abrante y de Linares, respondió que se desconocía el origen del Toisón llegado a La Palma y que no existía una insignia semejante en ninguna imagen de San Francisco de la capital española. La respuesta resulta especialmente llamativa a la luz de la tradición que atribuye la pieza al monarca.
La vinculación franciscana de la Corona española está presente, además, en la fachada del antiguo convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción, donde desde el siglo XVI aparecen las armas de Castilla y el Toisón, relacionados con Juana de Castilla y Felipe «el Hermoso».
Se ha llegado a plantear que, si la concesión a la imagen palmera se produjo entre 1760 y 1770, poco después de la llegada de Carlos III desde Nápoles para ocupar el trono español en 1759, esta podría encontrarse entre las primeras imágenes de San Francisco en lucir el distintivo. Se han señalado como precedentes las imágenes de San Francisco el Grande de Madrid y de las Descalzas Reales, cuyos collares presentan semejanzas de tamaño y factura.
Una publicación digital divulgativa de Lucena recoge asimismo la tradición de que el rey ilustrado había obsequiado a la imagen palmera con un collar de oro adornado con catorce perlas. Sin embargo, la primera mención conocida de San Francisco como «poseedor del toisón de oro concedido por Carlos III» aparece en el programa de las fiestas celebradas en Santa Cruz de La Palma en 1946, y volvió a recogerse en la programación del año lustral de 1965.
Las andas de plata
Otro de los grandes tesoros del patrimonio franciscano son las andas barrocas de baldaquino, realizadas hacia 1761 en plata repujada. En febrero de aquel año, el padre lector fray Bartolomé Lorenzo, posteriormente ministro provincial, destinó 25 pesos procedentes de la venta de dos antiguas andas de madera de la Venerable Orden Tercera a la construcción de las nuevas.
Pérez Morera señala que la Orden Franciscana Seglar también costeó unas andas similares para Nuestra Señora de la Concepción de la capilla de la Vera Cruz, obra del platero Salvador Luján.
Las andas de San Francisco, de 2,25 metros de alto por 1,35 de ancho, constituyen una destacada pieza de la orfebrería canaria. Actualmente pueden contemplarse durante todo el año, salvo en las fiestas del santo, en las dependencias anexas a la capilla de la Orden, en el centro de la sala museo.
El catedrático Daranas Ventura nos indica que el conjunto barroco está formado por tres partes: la base, con peana o templete interior; las columnas, y el baldaquino. Cada elemento se ensambla por separado sobre un alma de madera.
Ya en la Bajada de la Virgen de 1765, un cronista anónimo dejó constancia de la presencia del santo en sus nuevas andas de plata. San Francisco salió al encuentro de la Virgen en la plaza del Patriarca, en medio de un escenario festivo descrito como «un primoroso bosque».
Fiestas que competían en esplendor con La Naval
La devoción a San Francisco trascendió ampliamente el ámbito religioso. Las antiguas fiestas patronales llegaron a convertirse en uno de los grandes acontecimientos del calendario festivo de Santa Cruz de La Palma.
La sociedad El Electrón, encargada del suministro de electricidad de la ciudad, incluía entre las ocasiones en que debía encender el alumbrado público las vísperas de San Francisco, junto a celebraciones como La Naval, la Nochebuena o la Bajada de la Virgen.
Los festejos llegaron a competir en espectacularidad con los dedicados a la Virgen del Rosario y, según la tradición local, después de las fiestas lustrales de la Bajada de la Virgen eran considerados entre los más importantes de la isla.
Aunque la festividad litúrgica se celebra el 4 de octubre, el calendario franciscano incluía otras celebraciones: la procesión de la Cuerda, los segundos domingos de cada mes; la Fiesta de las Llagas, en septiembre; y la fiesta externa y popular, que tenía lugar el tercer domingo de octubre.
Las procesiones contaban con la participación de soldados, banda y tropa del cercano cuartel. En sus primeros tiempos recorrían las calles Santiago, Álvarez de Abreu y O'Daly. Posteriormente se incorporaron los barrios de El Tanque y Los Molinos. A partir de 1924, el recorrido por estos barrios pasó a celebrarse anualmente durante el sábado anterior a la festividad. En la actualidad, la procesión se limita fundamentalmente a El Tanque y Los Molinos, con alguna visita ocasional a la conocida como Barriada de Pescadores.
La prensa de octubre de 1954 ofrece una buena muestra de aquella exuberancia festiva: festivales artísticos, baloncesto, gigantes y cabezudos, fútbol, concursos de palomas mensajeras, paseos, cultos religiosos, procesiones, fuegos artificiales y adornos callejeros. Las jornadas festivas concluían incluso con una fiesta nocturna amenizada por la Orquesta López.
Antiguamente, la imagen recorría las calles y plazas de su extensa parroquia, mientras los vecinos adornaban balcones, galerías y zaguanes, levantaban altares efímeros y descansos y decoraban el itinerario con banderas, mantones y gallardetes. También se representaban escenas de la vida de San Francisco. En algunas ediciones se escenificó en la Cueva Carías la aparición del ángel al santo, cuando la procesión se detenía ante esta gran oquedad, vinculada a la historia prehispánica de la isla por haber sido el palacio del último rey del cantón de Tedote.
Entre los espectáculos más singulares figuraba el llamado «avión de fuego» o «avión fogatero», una construcción artesanal a la que se incorporaban ruedas de fuego y otros elementos pirotécnicos. Suspendido de una cuerda, descendía por el risco mientras el público contemplaba el espectáculo.
La tradición oral sitúa originalmente este acto en otro punto: la cuerda partía de una cueva del risco de El Pilar, en dirección a Benahoare, y llegaba hasta la casa de Los Pericos, en las proximidades de las actuales calles de El Tanque y Los Molinos y del acceso a la Barriada de Pescadores. Allí existió antiguamente una finca de plátanos con almacén y tanque, hacia el que descendía el artefacto. La tradición llegó a recuperarse hace algunos años, aunque posteriormente dejó de celebrarse.
El cronista Pérez García describió las fiestas de 1943 y destacó la rivalidad con las del Rosario: como estas se celebraban antes, la Venerable Orden Tercera procuraba organizar las suyas «con mayor lucimiento». Hubo entonces elevación de bandera, verbena, gigantes y cabezudos y dos procesiones.
Tres años después, en 1946, se incorporó una carrera de caballos, celebrada el 20 de octubre con un premio de 1.000 pesetas. Durante la procesión nocturna, una joven vestida de ángel declamó unos versos alusivos al santo desde una roca situada en el antiguo llano de la Cruz, tras lo cual se lanzó una gran salva de voladores.
Música para el Seráfico Padre
La música también forma parte de esta tradición. El maestro y compositor Victoriano Rodas (1827-1916) escribió en 1868 un motete dedicado a San Francisco.
En 1935, la Venerable Orden Tercera adquirió por una peseta, en la casa Unión Musical Española de Madrid, una partitura para voz y órgano del Himno Popular a San Francisco de Asís, cuyo comienzo proclama: «A Francisco de Asís tributemos, homenaje de gloria y honor». La intención era interpretarlo cuando la procesión regresara al templo, tanto en la víspera como el domingo.
Siguiendo con los datos aportados por Daranas Ventura, ese mismo año, el maestro palmero Felipe Damián López Mederos (1909-1972), conocido como «Maestro López» y terciario franciscano desde 1926, adaptó la partitura para segundas voces, saxo, clarinete y violín. La interpretación corrió a cargo de la Orquestina Americana López y de la Hollywood, ambas dirigidas por él. En 1939, las dos actuaciones costaron 125 pesetas.
Antes, en 1925, el himno terciario había sido dirigido por el músico Ezequiel Camacho.
La letra recorre la vida espiritual del santo: su llamada a reparar la Iglesia, su predicación, la expansión de la fe, la pobreza y el amor como legado y, finalmente, su tránsito al cielo y la bendición que concede a sus hijos.
Comienza con el estribillo: «A Francisco de Asís tributemos, / homenaje de gloria y honor. / Sus virtudes y triunfos cantemos / hoy sus hijos un Himno de Amor».
El milagro de Eduardo Morales Camacho
Entre las historias vinculadas a la devoción franciscana destaca la protagonizada por el marino Eduardo Morales Camacho y transmitida por su sobrino y ahijado Armando Yanes Carrillo.
Sucedió a finales de septiembre de 1879, cuando la nave en la que regresaba a La Palma desde La Habana quedó a merced de un violento huracán. Convencido de que todos morirían, Morales llegó a pensar incluso en suicidarse con su revólver. En medio de la desesperación tuvo la ocurrencia de consultar el nombre del santo correspondiente al día en que, según creía, moriría.
El almanaque señalaba el 4 de octubre, festividad de San Francisco. Entonces recordó la imagen del santo que tantas veces había visto desfilar ante el balcón de su casa.
Según el relato transmitido por Yanes Carrillo, Morales levantó la vista y creyó distinguir en la penumbra de su camarote una figura que fue tomando forma hasta convertirse, ante sus ojos, en la imagen de San Francisco de Asís.
A partir de aquel momento, siempre según su testimonio, el huracán comenzó a amainar y toda la tripulación consiguió salvarse.
Desde entonces y hasta su muerte, Eduardo Morales Camacho se arrodillaba ante la imagen del santo cada vez que la procesión pasaba frente a su casa. Para él, aquel recuerdo quedaría unido para siempre a la noche en que, en medio del océano y de una tempestad, sintió que San Francisco había acudido en su auxilio.