Los tristes jardines de la Isla Bonita
Los jardines siempre están ahí. Los hay por todas partes.
Lena no visitaba la isla desde que era pequeña. Estaba emocionada. Recordaba perfectamente el vivo azul del mar, las caídas verticales de los barrancos, el mar de nubes y, sobre todo, esa vegetación exuberante que apenas deja ver la tierra sobre la que crece. Pensó que aquel viaje familiar fue decisivo: de mayor se decantó por estudiar diseño de jardines.
En el coche que la llevó hasta el hotel se topó con unos parterres llenos de cicas. Entre aquel conjunto de palmeras menudas, originarias de Japón, surgía una coqueta palmera canaria. Lena sonrió. Siempre le había gustado la casi perfecta redondez de su copa.
Luego miró hacia las rotondas y los laterales de la vía que sale del aeropuerto. Los jardines parecían desaliñados, empobrecidos, abandonados: unas pocas tabaibas dulces salvajes, despistadas y dispersas en medio de enormes zonas vacías tapizadas por una recortada capa de maleza seca. Bastante rabo de gato. En la primera rotonda, unos aloes amarilleaban encerrados en un círculo de tarajales estrechos. Más rabo de gato.
Más adelante, se vislumbra un plan: una fila de palmeras canarias podadas en forma de penacho alternando con adelfas, un matorral bello, todoterreno, que lo aguanta casi todo. Una composición resultona, muy de manual para climas cálidos. El resto dejaba muchas zonas desoladas. Lena vio plantas muertas, otras raquíticas, otras amarillentas. Vio mucha mala hierba seca invadiendo los espacios vacíos. Vio cardones aislados, insolentes, valientes, sanos, como por llevar la contraria. Aquí y allí, un agave, un drago, un jade, una pitera.
Y entonces se fijó en un detalle que le dio la clave: el plástico negro que asomaba en los bordes del arcén, junto a palmeras rodeadas de picón rojizo. Metros y metros. Se ve claramente un empeño por tapar la tierra, por evitar que salgan plantas en un lugar donde la vegetación tiende a llenarlo todo.
La incoherencia era evidente. Los jardines no se parecen a lo que crece de manera natural en la isla. Plantas aisladas rodeadas de picón, o césped (¡césped!), frente a la exuberancia de la vegetación local.
No pudo evitar pensar en Lanzarote. Le vinieron a la mente imágenes de ese estilo de jardinería que popularizó César Manrique hace décadas. Suelos volcánicos oscuros en donde crecen crasas, tabaibas, bejeques, cactus escultóricos... plantas adaptadas a la falta de agua. Una composición donde la belleza surge de la escasez y el contraste. Allí las plantas se superponen a un paisaje árido, lunar, a los muros blancos, al malpaís.
Los jardines que veía en La Palma parecen querer emularlos. Cambian las plantas, pero el patrón, la inspiración, es el mismo: ejemplares aislados repartidos en un espacio vacío. Ahí está el problema. En La Palma, debido a su exuberancia, hay millones de semillas buscando un hueco en el entorno para colonizarlo. De ahí que se recurra a la malla antihierba para intentar mantener esos espacios libres de plantas.
Esta solución es desaconsejada por la jardinería: el plástico asfixia el suelo, matando toda la vida que hay en él y acaba degradando y contaminando la tierra. Al final, la hierba acaba saliendo. Es inasumible mantener eso. El resultado es el visible: unos jardines a medio hacer, fallidos, con un diseño pobre, un mantenimiento deficiente y con unas condiciones mejorables. Una planta que lucha por sobrevivir difícilmente va a ser una planta atractiva.
No entendía por qué no se limitaban a reproducir lo que hace la naturaleza de la isla: crear comunidades vegetales que ocupen todo el espacio y no dejar todos esos huecos donde crecen sin control las malas hierbas. Las plantas, cuando están juntas, se protegen unas a otras y se crea un ambiente más resistente, que requiere menos mantenimiento y menos recursos.
Los días pasaron y siguió visitando la isla sin cambiar de opinión, solo matizada por algunos jardines bien diseñados y adaptados al entorno. El ejemplo de lo que debería ser la norma. No son casos aislados: hoteles, jardines privados, arcenes y ribanzos muestran que hay diseñadores en la isla que han entendido que se puede crear una jardinería a la altura de su naturaleza.
El día que se iba, mientras esperaba el embarque, Lena se quedó mirando a través de los grandes ventanales del aeropuerto el perfil de la isla, sus montañas, sus bosques. Se fue con el deseo de que algún día alguien miraría los jardines como lo que son: el reflejo del amor que los habitantes de un lugar tienen por la naturaleza que los rodea.