Groenlandia, el nuevo objeto de deseo

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He estado buceando estos días en la prensa de Estados Unidos, pasando del rigor analítico del Wall Street Journal a las crónicas afiladas del New York Times y los desgloses estratégicos de Politico, y he llegado a una conclusión que, por absurda que suene, es la realidad geopolítica que nos viene: Groenlandia es el nuevo objeto de deseo de primeros de años de Trump. Y no, no es que Donald Trump quiera un lugar tranquilo para retirarse a jugar al golf entre glaciares; es que el tablero del mundo se está reconfigurando y la Casa Blanca ya ha sacado la chequera.

Lo que en 2019 comenzó con un meme de una torre dorada photoshopeada sobre un paisaje ártico, hoy se ha convertido en una doctrina de Estado. Si uno lee entre líneas lo que se dice en los pasillos de poder, el mensaje es claro: Groenlandia no es solo una isla, es un portaaviones de hielo gigante que Estados Unidos no está dispuesto a dejar en manos de la “ineficiencia” europea o, peor aún, de la ambición china.

El relato que está construyendo la administración estadounidense es “imaginativo”. Marco Rubio, en su rol como Secretario de Estado, ha tenido que hacer equilibrismos dialécticos ante el Capitolio. Según el Wall Street Journal, Rubio ha intentado calmar a los aliados diciendo que EEUU no tiene intención de “invadir” Groenlandia. Un alivio, supongo, para los daneses, que no esperaban tener que defender Nuuk de un desembarco de marines. Sin embargo, Rubio ha sido firme: el interés por la compra es una “prioridad de seguridad nacional”.

Aquí es donde entra la diplomacia entendida como una negociación de activos inmobiliarios. Para Washington, Dinamarca es ese propietario de una mansión histórica que no tiene dinero para arreglar las goteras y a quien un magnate le ofrece una salida dorada. El argumento que recoge el NYT es que, en un mundo de “grandes potencias”, Dinamarca simplemente no puede garantizar que Groenlandia no acabe bajo influencia extranjera hostil. Es el argumento del “primo de Zumosol”: “Déjame las llaves de tu casa, que tú no sabes cerrar bien la puerta”.

Pero, ¿por qué tanta insistencia? La respuesta está en un acrónimo que suena a tienda de muebles sueca pero que quita el sueño a los almirantes: el GIUK Gap.

Este corredor marítimo que forman Groenlandia, Islandia y el Reino Unido es el cuello de botella del Atlántico Norte. Es el pasillo por el que los submarinos de la flota rusa deben pasar si quieren salir de sus bases árticas a mar abierto. Actualmente, Estados Unidos tiene que coordinar con Copenhague casi cualquier movimiento logístico de calado en la zona. Y ya sabemos que a Trump no le gusta pedir permiso; le gusta tener la escritura de propiedad.

Si EEUU se hace con la isla, el GIUK Gap deja de ser una zona de vigilancia compartida para convertirse en el jardín trasero de Washington. Sería el “cierre perimetral” definitivo. Poseer Groenlandia significa tener el control total sobre los sensores submarinos, los radares de alerta temprana y la capacidad de interceptar cualquier movimiento del Kremlin antes de que este pueda siquiera divisar la costa americana.

Para que este sueño pase del papel al mapa, la administración parece seguir una hoja de ruta técnica que la revista digital Politico ha desglosado en cuatro movimientos. Estos pasos parecen sacados de un manual de instrucciones para absorber una multinacional:

1. El “Apalancamiento” de la OTAN: Recordar a Dinamarca que la seguridad no es gratuita. Si no alcanzan el gasto militar exigido, la Casa Blanca podría sugerir que la “deuda” se salde con facilidades territoriales. Es renegociar el alquiler bajo amenaza de desahucio.

2. La Oferta Irrechazable: Un pago único masivo sumado a una subvención perpetua para los habitantes. La idea es seducir al ciudadano de Nuuk para que prefiera el “sueño americano” al presupuesto limitado de Copenhague.

3. El Referéndum de Autodeterminación: Fomentar el independentismo groenlandés para que, una vez separados de Dinamarca, firmen un “tratado de libre asociación” con Washington, convirtiéndose en un protectorado de facto.

4. La Exclusión de Rivales: Bloquear por ley cualquier inversión china o rusa en infraestructuras, sellando el Ártico bajo una burbuja comercial estadounidense.

Sin embargo, hay una capa más de profundidad en este pastel de hielo. Analistas y fuentes cercanas a la administración han revelado un plan aún más pragmático. Según se ha filtrado recientemente, figuras como el senador Tom Cotton han sido piezas clave en alimentar esta ambición. La estrategia no es solo comprar la tierra, sino comprar la soberanía económica.

Se habla de una propuesta para que Estados Unidos asuma el subsidio anual que Dinamarca otorga a Groenlandia (unos 600 millones de dólares), pero con una letra pequeña del tamaño de un glaciar: a cambio, EEUU obtendría los derechos exclusivos de explotación minera y control militar total. Es, en esencia, un contrato de “leasing” con opción a compra perpetua. El objetivo es convertir a Groenlandia en un “Estado Asociado”, similar a Puerto Rico, pero con mucho más litio y mucho menos reggaetón.

No todo es militarismo. El deshielo del Ártico está dejando al descubierto un botín de tierras raras y minerales críticos. Marco Rubio ha sido claro: no pueden permitir que China, que ya se autodenomina “estado casi ártico”, ponga un pie en el sector minero. Para Trump, Groenlandia es un solar con un potencial de revalorización infinito. Es la compra de Luisiana del siglo XXI, pero con minerales para microchips en lugar de tierras para algodón.

Estamos asistiendo a un cambio de paradigma. Lo que antes se resolvía con tratados de amistad, ahora se plantea como una operación de absorción empresarial. El relato de Trump sobre Groenlandia es la culminación de su visión del mundo: un lugar donde las fronteras son fluidas si hay suficiente dinero sobre la mesa y donde la seguridad nacional se mide en metros cuadrados de control estratégico. Y en esto parece coincidir con Xi y con Putin.

Dinamarca, por ahora, mantiene un “no” rotundo. Pero en Washington ya se están haciendo planes para el estado número 51. Puede que nos riamos con la idea de ver un casino con letras doradas en mitad de un glaciar, pero cuando figuras como Rubio o Cotton empiezan a hablar del GIUK Gap con esa seriedad, es que el martillo de la geopolítica está a punto de golpear.

Parece que para esta administración USA el destino manifiesto de Estados Unidos no terminaba en California, sino que seguía hacia el norte, allí donde el hielo se encuentra con la oportunidad. Solo queda esperar si el próximo tuit presidencial vendrá con el sello de “Vendido”.