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“Pensamos en botar al capitán al agua porque no quería desembarcarnos en Venezuela”

La maleta con la que embarcó rumbo a Venezuela, con 17 años, era una caja de gofio de madera –“con su tapa”- en la que llevaba queso, higos, almendras, gofio y tres botellas de coñac para vender. Orlando Martín Zapata (Breña Alta, 1933) es un testimonio vivo de la emigración clandestina a América. El 19 de abril de 1950 zarpó junto a 114 palmeros más en el Faro de Fuencaliente en la goleta ‘Benahoare’, el último velero que se construyó en los astilleros de La Palma y que era propiedad de Armando Yanes Carrillo. La embarcación la capitaneaba Esteban Medina Jiménez. “Nos dejaron en Fuencaliente y fuimos caminando hasta el Faro por medio de viñas, de noche, dando trompicones por ahí abajo”, ha recordado a LA PALMA AHORA. “Teníamos que salir de madrugada y partimos a los claros del día, porque dicen que el barco venía cargado de piedra de cal de Tenerife”, señala. El viaje, por el que pagó 6.000 pesetas, duró 21 días y transcurrió “con normalidad”, aunque “hubo problemas con el agua, que estaba racionada”. Orlando, durante la travesía, durmió en cubierta, sobre bidones de gasoil, tapado con mantas de trapo y “para hacer las necesidades teníamos que guindarnos de una soga y echar en trasero al aire”. “Iba al descubierto porque no había sitio, la barca era pequeña y la bodega se reservaba para enfermos, la gente más rica y para almacenar parte de la comida”, explica. “Los ‘pejes’ voladores pasaban de un lado al otro por encima de nosotros, y el barco siempre llevaba el palo de delante enterrado en el agua, se bautizaba con el mar”, cuenta con humor.

Avistamiento de la isla de Granada

Después de unos días de navegación, rememora Orlando, “el capitán dijo: ‘¡Tierra!’, y era la isla de Granada, pero antes de llegar pescamos una tonina e hicimos una fiesta; en Granada paramos un rato y los pasajeros se pusieron todos en un lado del barco y yo pensé que aquello se iba a hundir”, relata. La goleta prosiguió su viaje rumbo a La Guaria, pero, subraya, “no nos dejaban atracar y estuvimos como una semana fondeados en alta mar; el capitán se fue a Caracas a hacer negocios, porque creo que quería vender el barco, pero no llegó a acuerdos con el Gobierno de Venezuela y ahí hubo algún problema ”, sospecha. “Todos los días mandaban el barco con los pasajeros a alta mar, y nosotros lo que queríamos era desembarcar en Venezuela; el Gobierno nos daba agua y comida en la goleta para que siguiéramos hacia otro país”.

La comida “ya estaba ‘lista’ (escasa) y yo y un compañero nos lanzamos al mar en La Guaira para coger sal gruesa que había dentro del casco de un barco viejo y, por debajo del muelle, nos dirigíamos a tierra para cambiarla por pan en una panadería”, detalla.

La imposibilidad de desembarcar en La Guaira sublevó al pasaje y se formó una especie de revuelta a bordo. “Hubo un acuerdo entre el timonel y la tripulación, y el capitán, como vio la cosa negra, se subió sobre un bidón de gasoil y dijo: ‘Señores, he cumplido con mi deber, les he traído a Venezuela, ahora, hagan del barco lo que ustedes quieran”, apunta Orlando, y prosigue el relato de su aventura clandestina a Venezuela: “Volvimos a La Guaira, y la intención del pasaje era botar al capitán al agua, porque nosotros queríamos quedarnos en Venezuela, llevamos allí una semana esperando y él no había resuelto el problema”. “Yo pagué 6.000 pesetas, como los demás, para ir a aquel país, y nos quería mandar para otro sitio, porque su intención era hacer negocio con el barco”, dice. La idea de lanzar al capitán al mar fue “de los pasajeros mayores porque yo tenía solo 17 años, pero también estaba de acuerdo porque había atravesado el Atlántico, pagado 6.000 pesetas, pasado muchas penurias y nos querían mandar para otro lado”, se queja. “Yo era un muchacho, un ‘arrimao’, pero los mayores dijeron: ‘Lo que tenemos que hacer con este hombre es botarlo al agua y nos vamos para La Guaira; al final, el capitán se metió en la bodega y nos dirigimos a La Guaria, donde llegamos por la mañana”.

“Me entregaron un carnet y me dijeron que no me metiera en política”

Cuando la goleta ‘Benahoare’ entró en el puerto, un barco del Gobierno la abordó “y a los pasajeros -al capitán no lo vi- nos fueron bajando como presos, en filas de tres, y con policías a izquierda y derecha, y nos llevaron a unas dependencias del Estado en Macuto, creo que era el Instituto Agrario”. “A mí me preguntaron: ‘¿A qué viene usted a Venezuela?’, y yo contesté: ”A trabajar“. Esas fueron las palabras. Y me dieron un consejo: ‘No se meta en política’. Me entregaron un carnet para presentarme en el Instituto Agrario en Caracas, y de allí, cada uno cogió su rumbo”.

Orlando llevaba en la maleta –en realidad una caja de gofio con tapa que le había preparado su madre- tres botellas de coñac que vendió en Caracas y con las que “hice algunos bolívares para poder viajar al interior del país a trabajar”. Este palmero, que hoy tiene 81 años y reside en Breña Alta, su municipio natal, permaneció en Venezuela desde 1950 hasta 1974, año en que decidió regresar definitivamente a Isla. Trabajó, entre otras ocupaciones, como cocinero en las residencias de los presidentes Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez, y también en la casa del ministro Pedro Tinoco. “Era empleado de una empresa que ofrecía esos servicios; los veía con frecuencia pero nunca hablé con ellos porque yo era un pobre trabajador”, asegura.

De la travesía que la goleta ‘Benahoare’ realizó el 19 de abril de 1950, Orlando es de los pocos pasajeros que quedan con vida. “Creo que hay otro que no ha muerto”, señala.

“Los venezolanos nos acogieron de maravilla”

Cuando este palmero decidió con 17 años poner rumbo a América de forma clandestina, la vida en La Palma era dura. “Me fui porque en la Isla no había trabajo, solo encontrabas algo de comida, pero para comprar una camisa o unos zapatos tenías que hacerlo a plazo, como mi madre; al monte íbamos descalzos”. De Venezuela tiene gratos recuerdos. “Los venezolanos son muy buena gente, nos acogieron de maravilla; al contrario que los palmeros, que somos despegados y fríos, ellos son cariñosos, tiene otro ‘aquello”, afirma.

Sobre los inmigrantes que llegan a España en patera en busca de un horizonte de esperanza, Orlando opina que “la situación tiene que ser mala o jodida -no sé cómo decirlo- igual que era la nuestra, pero en esos barcos viene de todo, y los que íbamos a Venezuela éramos personas sanas que nos embullamos y nos fuimos a trabajar; entiendo que la gente sana salga de su país a buscar trabajo, como hicimos nosotros”.

La maleta con la que embarcó rumbo a Venezuela, con 17 años, era una caja de gofio de madera –“con su tapa”- en la que llevaba queso, higos, almendras, gofio y tres botellas de coñac para vender. Orlando Martín Zapata (Breña Alta, 1933) es un testimonio vivo de la emigración clandestina a América. El 19 de abril de 1950 zarpó junto a 114 palmeros más en el Faro de Fuencaliente en la goleta ‘Benahoare’, el último velero que se construyó en los astilleros de La Palma y que era propiedad de Armando Yanes Carrillo. La embarcación la capitaneaba Esteban Medina Jiménez. “Nos dejaron en Fuencaliente y fuimos caminando hasta el Faro por medio de viñas, de noche, dando trompicones por ahí abajo”, ha recordado a LA PALMA AHORA. “Teníamos que salir de madrugada y partimos a los claros del día, porque dicen que el barco venía cargado de piedra de cal de Tenerife”, señala. El viaje, por el que pagó 6.000 pesetas, duró 21 días y transcurrió “con normalidad”, aunque “hubo problemas con el agua, que estaba racionada”. Orlando, durante la travesía, durmió en cubierta, sobre bidones de gasoil, tapado con mantas de trapo y “para hacer las necesidades teníamos que guindarnos de una soga y echar en trasero al aire”. “Iba al descubierto porque no había sitio, la barca era pequeña y la bodega se reservaba para enfermos, la gente más rica y para almacenar parte de la comida”, explica. “Los ‘pejes’ voladores pasaban de un lado al otro por encima de nosotros, y el barco siempre llevaba el palo de delante enterrado en el agua, se bautizaba con el mar”, cuenta con humor.

Avistamiento de la isla de Granada

Después de unos días de navegación, rememora Orlando, “el capitán dijo: ‘¡Tierra!’, y era la isla de Granada, pero antes de llegar pescamos una tonina e hicimos una fiesta; en Granada paramos un rato y los pasajeros se pusieron todos en un lado del barco y yo pensé que aquello se iba a hundir”, relata. La goleta prosiguió su viaje rumbo a La Guaria, pero, subraya, “no nos dejaban atracar y estuvimos como una semana fondeados en alta mar; el capitán se fue a Caracas a hacer negocios, porque creo que quería vender el barco, pero no llegó a acuerdos con el Gobierno de Venezuela y ahí hubo algún problema ”, sospecha. “Todos los días mandaban el barco con los pasajeros a alta mar, y nosotros lo que queríamos era desembarcar en Venezuela; el Gobierno nos daba agua y comida en la goleta para que siguiéramos hacia otro país”.

La comida “ya estaba ‘lista’ (escasa) y yo y un compañero nos lanzamos al mar en La Guaira para coger sal gruesa que había dentro del casco de un barco viejo y, por debajo del muelle, nos dirigíamos a tierra para cambiarla por pan en una panadería”, detalla.

La imposibilidad de desembarcar en La Guaira sublevó al pasaje y se formó una especie de revuelta a bordo. “Hubo un acuerdo entre el timonel y la tripulación, y el capitán, como vio la cosa negra, se subió sobre un bidón de gasoil y dijo: ‘Señores, he cumplido con mi deber, les he traído a Venezuela, ahora, hagan del barco lo que ustedes quieran”, apunta Orlando, y prosigue el relato de su aventura clandestina a Venezuela: “Volvimos a La Guaira, y la intención del pasaje era botar al capitán al agua, porque nosotros queríamos quedarnos en Venezuela, llevamos allí una semana esperando y él no había resuelto el problema”. “Yo pagué 6.000 pesetas, como los demás, para ir a aquel país, y nos quería mandar para otro sitio, porque su intención era hacer negocio con el barco”, dice. La idea de lanzar al capitán al mar fue “de los pasajeros mayores porque yo tenía solo 17 años, pero también estaba de acuerdo porque había atravesado el Atlántico, pagado 6.000 pesetas, pasado muchas penurias y nos querían mandar para otro lado”, se queja. “Yo era un muchacho, un ‘arrimao’, pero los mayores dijeron: ‘Lo que tenemos que hacer con este hombre es botarlo al agua y nos vamos para La Guaira; al final, el capitán se metió en la bodega y nos dirigimos a La Guaria, donde llegamos por la mañana”.

“Me entregaron un carnet y me dijeron que no me metiera en política”

Cuando la goleta ‘Benahoare’ entró en el puerto, un barco del Gobierno la abordó “y a los pasajeros -al capitán no lo vi- nos fueron bajando como presos, en filas de tres, y con policías a izquierda y derecha, y nos llevaron a unas dependencias del Estado en Macuto, creo que era el Instituto Agrario”. “A mí me preguntaron: ‘¿A qué viene usted a Venezuela?’, y yo contesté: ”A trabajar“. Esas fueron las palabras. Y me dieron un consejo: ‘No se meta en política’. Me entregaron un carnet para presentarme en el Instituto Agrario en Caracas, y de allí, cada uno cogió su rumbo”.

Orlando llevaba en la maleta –en realidad una caja de gofio con tapa que le había preparado su madre- tres botellas de coñac que vendió en Caracas y con las que “hice algunos bolívares para poder viajar al interior del país a trabajar”. Este palmero, que hoy tiene 81 años y reside en Breña Alta, su municipio natal, permaneció en Venezuela desde 1950 hasta 1974, año en que decidió regresar definitivamente a Isla. Trabajó, entre otras ocupaciones, como cocinero en las residencias de los presidentes Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez, y también en la casa del ministro Pedro Tinoco. “Era empleado de una empresa que ofrecía esos servicios; los veía con frecuencia pero nunca hablé con ellos porque yo era un pobre trabajador”, asegura.

De la travesía que la goleta ‘Benahoare’ realizó el 19 de abril de 1950, Orlando es de los pocos pasajeros que quedan con vida. “Creo que hay otro que no ha muerto”, señala.

“Los venezolanos nos acogieron de maravilla”

Cuando este palmero decidió con 17 años poner rumbo a América de forma clandestina, la vida en La Palma era dura. “Me fui porque en la Isla no había trabajo, solo encontrabas algo de comida, pero para comprar una camisa o unos zapatos tenías que hacerlo a plazo, como mi madre; al monte íbamos descalzos”. De Venezuela tiene gratos recuerdos. “Los venezolanos son muy buena gente, nos acogieron de maravilla; al contrario que los palmeros, que somos despegados y fríos, ellos son cariñosos, tiene otro ‘aquello”, afirma.

Sobre los inmigrantes que llegan a España en patera en busca de un horizonte de esperanza, Orlando opina que “la situación tiene que ser mala o jodida -no sé cómo decirlo- igual que era la nuestra, pero en esos barcos viene de todo, y los que íbamos a Venezuela éramos personas sanas que nos embullamos y nos fuimos a trabajar; entiendo que la gente sana salga de su país a buscar trabajo, como hicimos nosotros”.

La maleta con la que embarcó rumbo a Venezuela, con 17 años, era una caja de gofio de madera –“con su tapa”- en la que llevaba queso, higos, almendras, gofio y tres botellas de coñac para vender. Orlando Martín Zapata (Breña Alta, 1933) es un testimonio vivo de la emigración clandestina a América. El 19 de abril de 1950 zarpó junto a 114 palmeros más en el Faro de Fuencaliente en la goleta ‘Benahoare’, el último velero que se construyó en los astilleros de La Palma y que era propiedad de Armando Yanes Carrillo. La embarcación la capitaneaba Esteban Medina Jiménez. “Nos dejaron en Fuencaliente y fuimos caminando hasta el Faro por medio de viñas, de noche, dando trompicones por ahí abajo”, ha recordado a LA PALMA AHORA. “Teníamos que salir de madrugada y partimos a los claros del día, porque dicen que el barco venía cargado de piedra de cal de Tenerife”, señala. El viaje, por el que pagó 6.000 pesetas, duró 21 días y transcurrió “con normalidad”, aunque “hubo problemas con el agua, que estaba racionada”. Orlando, durante la travesía, durmió en cubierta, sobre bidones de gasoil, tapado con mantas de trapo y “para hacer las necesidades teníamos que guindarnos de una soga y echar en trasero al aire”. “Iba al descubierto porque no había sitio, la barca era pequeña y la bodega se reservaba para enfermos, la gente más rica y para almacenar parte de la comida”, explica. “Los ‘pejes’ voladores pasaban de un lado al otro por encima de nosotros, y el barco siempre llevaba el palo de delante enterrado en el agua, se bautizaba con el mar”, cuenta con humor.

Avistamiento de la isla de Granada