TOMA DE TIERRA

Por amor a la memoria, la cara de mi padre

Gara Santana

4 de junio de 2026 17:33 h

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El epígrafe del libro de Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos, tiene una frase de duelo y amor paterno-filial muy gráfica de Yehuda Amijai: “Por amor a la memoria, llevo sobre mi cara la cara de mi padre”.

No creo que se refiera solo, aunque sí principalmente, a una superposición de parecido genético, sino al modo en que marca el amor (o la falta) del amor de un padre.

En el caso de las niñas que fueron profundamente amadas por sus padres, la ausencia deja un hueco difícil de llenar. Freud dijo que esas niñas nos pasamos la vida entera tratando de emular ese amor o llenando ese vacío, dando tumbos en lo que se ha dado a llamar el amor romántico. Yo creo que es más complejo y hermoso, incluso menos misógino.

Recordar amar

Estos días he sabido, tarde pero para mi sorpresa, que a la muerte de su padre, Jane Millares Sall, artista silenciada y relegada tantos años al olvido, a pesar de tratarse de la primera mujer del movimiento pictórico indigenista canario, esculpió el busto de su padre tras su muerte. Me pareció un gesto profundamente hermoso, solo fruto de un alma tan bella y compleja como la de Jane, y futurista, si me lo permiten, porque registró la memoria táctil de la cara de su padre para poder acariciar su rostro, en ese gesto volver a ser una niña que acaricia un domingo por la tarde, la cara de su padre.

El mismo día que supe de esta obra, hacía una llamada desde el despacho del jefe ( lo hacemos cuando él no está porque sabemos que no le importa y porque sabe que no vamos a tocar nada). Pero se equivocó, porque mientras escuchaba atentamente a mi interlocutor, que me contaba lo difícil que lo tiene la abeja negra canaria entre tantos enemigos -el peor de ellos, bípedo-, reparé en la figurita de un erizo azul, pintado a mano, con una inscripción en el dorso: “María. 1999”. Entre todos los papeles de aquel despacho, llenos de importante contenido, ese erizo ocupa el centro, pero de ese erizo no se habla nunca, ni abrimos con él el periódico a cuatro columnas.

Ese erizo, que una maestra -de las que hoy revientan contra el suelo por luchar por sus derechos- ayudó a hacer a María hace 27 años, recuerda que más importante que cualquier primicia, es una llamada un martes a las cuatro de la tarde, un cumpleaños, un paseo, un abrazo, una caricia. Esos momentos que no anotamos en la agenda, pero que lo cambian todo porque nos devuelven a una tarde cualquiera de aquel domingo de la infancia en que no nos dimos cuenta de que, veinte años después haríamos un busto de ese día.