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Cartas a Moncloa: ese amor nunca correspondido

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Nunca había visto a un político escribir tantas cartas al mismo destinatario. No son cartas de papel. Son discursos. Entrevistas. Mítines. Ruedas de prensa. Declaraciones.

Todas terminan llegando al mismo lugar: La Moncloa.

Hay historias de amor que nunca terminan. No porque continúen, sino porque una de las dos partes nunca acepta que han terminado.

Son historias construidas sobre la esperanza de que una llamada, un error o un golpe de suerte cambien el destino.

La política, a veces, también escribe ese tipo de cartas.

Desde hace más de tres años, buena parte del discurso del principal partido de la oposición parece comenzar y terminar en el mismo sitio: Pedro Sánchez.

No importa el escenario. Da igual que sea un mitin, una entrevista o una comparecencia. Al final, el mensaje siempre encuentra el mismo destinatario. Debe marcharse.

Y es entonces cuando uno se hace una pregunta. ¿Cuándo una oposición deja de construir un proyecto para empezar a depender demasiado del adversario?

Porque existe una diferencia enorme entre fiscalizar a un Gobierno y convertirlo en el eje de toda la acción política.

La oposición es imprescindible. Debe controlar. Criticar. Denunciar. Proponer.

Sin una oposición fuerte, la democracia se debilita.

Pero la verdadera oposición no empieza cuando pides que un presidente se marche. Empieza cuando consigues que los ciudadanos quieran que seas tú quien lo sustituya.

Hay oposiciones que intentan conquistar la confianza de la ciudadanía. Y hay otras que terminan escribiéndole cartas a la Moncloa. Ese es el verdadero riesgo.

Porque la política deja de ser alternativa cuando necesita que el adversario siga existiendo para poder explicarse. Cuando todo gira alrededor del rival, el rival acaba marcando el ritmo. Acaba ocupando todos los discursos.

Acaba convirtiéndose en el protagonista de una historia que debería tener otro autor.

Ganar unas elecciones nunca ha garantizado gobernar.

En una democracia parlamentaria gobernar exige convencer, negociar y construir mayorías. Así ha sido siempre.

Y así seguirá siendo mientras los ciudadanos no decidan cambiar las reglas.

Quizá por eso resulta tan llamativo que, tres años después, parte del debate político siga detenido en la misma noche electoral. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si el país pudiera resumirse en una única pregunta.

¿Cuándo se irá Pedro Sánchez?

Mientras tanto, España sigue esperando respuestas. La vivienda. La sanidad. La dependencia. La financiación autonómica. La productividad. La transición energética. La inteligencia artificial. La accesibilidad. Los jóvenes que no pueden emanciparse. Los mayores que viven solos. Las familias que hacen auténticos malabares para llegar a fin de mes.

Todo eso continúa ahí.

Esperando algo más que una consigna.

Quizá esa sea la mayor derrota de nuestra política.

Que discutimos demasiado sobre quién debe abandonar un edificio y demasiado poco sobre cómo mejorar la vida de quienes jamás vivirán dentro de él.

Las mejores historias de amor terminan cuando uno comprende que nadie está obligado a corresponder nuestros sentimientos.

La política debería aprender una lección parecida. Porque ningún edificio se conquista escribiéndole cartas. Se conquista consiguiendo que los ciudadanos quieran entregarte las llaves.

Y las llaves de la Moncloa nunca las entrega quien vive dentro.

Las entregan quienes son sus únicos propietarios.

Los ciudadanos.