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Claude descubre América: la IA que encuentra lo que ya tenía delante

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Anthropic presume de que Claude ha hecho en menos de 24 horas un descubrimiento científico de esos que quedan muy bien en una nota de prensa, levantan titulares y hacen que algún inversor se acaricie la barbilla pensando que el futuro ya está aquí y, casualmente, también está en su cartera. El pequeño problemita es que un investigador español llevaba años trabajando sobre algo extraordinariamente parecido y había metido parte de su investigación en Claude. No hay pruebas de que una cosa proceda de la otra. Hay que decirlo porque la ley es una señora seria y no conviene escupirle. Pero tampoco hace falta hacerse el idiota. No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que esta historia tiene un olor suficiente como para abrir las ventanas.

Silicon Valley siempre ha tenido una virtud admirable: descubrir lo que ya existía y cobrarte una suscripción por ello. Inventaron el taxi y lo llamaron Uber, inventaron dormir en casa ajena y lo llamaron Airbnb, inventaron hablar con desconocidos y lo llamaron red social y ahora parece que han descubierto también al científico. Hasta ahora el científico era ese pobre hombre o esa pobre mujer que estudiaba media vida, enlazaba contratos de mierda, perseguía becas como quien persigue guaguas, mendigaba financiación y, después de años encerrado entre artículos, cultivos, datos y cafés recalentados, conseguía publicar algo que leerían quince colegas y un revisor con problemas de autoestima.

Era un sistema arcaico, sin duda. Por suerte ha llegado Claude. Anthropic anunció a finales de septiembre que unos 950 agentes de inteligencia artificial habían localizado en unas 21 horas un nuevo sistema molecular en virus que infectan bacterias. El hallazgo recibió el nombre de ART, por array-associated reverse transcriptases, porque en ciencia siempre ayuda que algo tenga siglas que suenen a proyecto secreto del Pentágono. Para llegar hasta allí, los agentes analizaron más de 200.000 transcriptasas inversas y consumieron alrededor de 210 millones de tokens. Novecientos cincuenta investigadores digitales trabajando casi un día entero sin dormir, sin pedir aumento, sin vacaciones, sin sindicatos, sin baja médica, sin discutir la autoría y sin exigir una plaza fija. Más de un director financiero debió de quedarse mirando la pantalla con la misma expresión que un niño delante del escaparate de una juguetería.

Y ojo, porque la hazaña puede ser real. Que una inteligencia artificial sea capaz de recorrer montañas de datos, comparar secuencias y encontrar relaciones a una velocidad que ningún humano puede igualar es impresionante. Negarlo sería de gilipollas. Una excavadora cava más rápido que un hombre con una pala y no pasa nada por admitirlo.

La gracia empieza cuando aparece Mario Rodríguez Mestre, biólogo computacional español e investigador de la Universidad de Copenhague, y dice algo parecido a: un momento, amigos, que esa película me suena.

Según ha explicado, su grupo ya había identificado en 2022 secuencias y estructuras relacionadas con lo que Anthropic presenta ahora como ART. El trabajo no estaba publicado, ni en una revista, ni en un preprint, ni circulando por ahí para que cualquiera pudiera tropezarse con él mientras buscaba recetas de tortilla. Era trabajo inédito. De ese que todavía pertenece al laboratorio, a los autores y a ese territorio nebuloso en el que uno espera publicar antes de que otro llegue, plante una bandera y diga “descubrimiento”.

Y aquí entra el detalle fino. Rodríguez Mestre había usado Claude intensamente durante su investigación. Según su relato, había trabajado con borradores, documentación científica, materiales de su tesis y contenidos relacionados con colaboradores. Otra vez: no tiene pruebas de que Anthropic utilizara esos materiales para llegar al resultado anunciado. Anthropic lo niega. Así que nadie puede escribir seriamente que Claude le robó el descubrimiento. Eso no está demostrado. Pero también hay que tener mucho talento para no levantar una ceja.

Un científico trabaja durante años en algo, le mete a una inteligencia artificial comercial material relacionado con ese trabajo y, un tiempo después, la empresa propietaria de esa IA sale con trompetas a anunciar que su modelo ha encontrado algo muy parecido. ¿Es una prueba? No. ¿Es para decir “qué curioso” y cambiar de tema? Tampoco nos pasemos.

No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que a cualquiera en su situación se le pondría la cara de quien deja el coche en el taller y al día siguiente ve al mecánico llegar a casa conduciendo uno idéntico.

Lo más divertido es que, aunque Anthropic tenga toda la razón, los científicos siguen teniendo un problema. Porque si Claude llegó a aquello por su cuenta, sin usar ningún dato privado, entonces lo que tenemos es una máquina capaz de recorrer en unas horas un camino que a un equipo humano puede llevarle meses o años. El científico humano encuentra una pista, pide una ayuda, espera, le dicen que no, vuelve a pedirla, consigue cuatro duros, contrata a alguien, repite experimentos, se pelea con el software, escribe el artículo, lo manda y entonces aparece el revisor número dos, esa criatura enviada por Dios para comprobar hasta dónde llega la paciencia humana, y pide treinta controles nuevos, otra cohorte, otra especie y, si puede ser antes del viernes, una réplica exacta del experimento en Marte.

Mientras tanto, 950 agentes artificiales ya se han ventilado media base de datos y están desayunando la otra mitad.

Durante años se nos dijo que la inteligencia artificial iba a ir a por los traductores, los ilustradores, los periodistas, los programadores, los fotógrafos, los diseñadores y los escritores. A todos nos soltaron aquella frase maravillosa de que la IA no te quitará el trabajo, sino que te lo quitará alguien que sepa usarla. Es una frase tan tranquilizadora como decirle a un caballo en 1910 que no debe preocuparse por el automóvil porque, en realidad, lo sustituirá otro caballo con carnet de conducir.

Ahora llegan los científicos. Muchos podían pensar que estaban a salvo porque una máquina puede escribir, resumir, clasificar y calcular, pero no puede hacer ciencia de verdad. El problema es que quizá no necesita ponerse una bata blanca. Le basta con decirte dónde mirar, qué comparar, qué descartar y qué merece la pena probar. Y eso ya es una parte enorme del trabajo científico. Si una máquina consigue hacer en una noche lo que antes ocupaba a diez personas durante semanas, la pregunta no es si desaparece el científico. La pregunta es cuántos harán falta mañana. Y todos conocemos la respuesta empresarial a “ahora una persona puede hacer el trabajo de diez”. Nunca es “fantástico, trabajaremos menos”.

La aparición de CRISPR en todo esto añade una capa de humor negro bastante española. Francis Mojica, investigador de la Universidad de Alicante, pasó años estudiando aquellas secuencias repetidas que luego acabarían siendo fundamentales para la historia de CRISPR. Ahora, décadas después, otro investigador español aparece mirando con recelo cómo una tecnológica estadounidense presenta un hallazgo relacionado con ese mismo universo molecular.

España ya no sólo exporta jamón, turismo y futbolistas. También puede que exportemos descubrimientos antes de haberlos publicado. Pero el asunto de verdad no es nacional. Es mucho más simple y mucho más feo: ¿qué coño estamos metiendo en estas máquinas? Porque la humanidad se ha lanzado sobre los modelos de inteligencia artificial con la prudencia de un borracho entrando en una cristalería. Pegamos contratos, informes, código propietario, borradores, estrategias, correos, datos internos, artículos sin publicar, resultados preliminares, ideas, hipótesis y secretos profesionales. Le damos a Enter y luego nos vamos a comer. Después, meses más tarde, alguien pregunta qué ocurre con esos datos y empieza el desfile de términos de servicio, configuraciones, planes, excepciones, políticas de privacidad y letras pequeñas que no se ha leído completas ni el que las escribió. El científico sólo quería que la IA le mejorara un párrafo en inglés. Puede terminar necesitando tres abogados y un exorcista.

Por eso el consejo empieza a ser bastante elemental: si tu descubrimiento todavía es secreto, quizá no sea brillante contárselo entero a una plataforma privada porque te corrige bien las comas. Dentro de unos años esto se enseñará en primero de carrera junto a “haga copias de seguridad” y “no llame final_final_ahora_si_v12” al archivo de la tesis.

Y aquí está la parte que más gracia tiene, si a uno le gusta reírse durante los incendios. Las empresas de inteligencia artificial han necesitado toneladas de producción humana para levantar estos sistemas: textos, imágenes, código, música, libros, artículos científicos, conversaciones, vídeos, ideas. Después de procesar una cantidad gigantesca de lo que hemos creado, las máquinas empiezan a competir con quienes lo crearon. Es un negocio precioso. Entras en un restaurante, miras durante meses cómo cocina el chef, aprendes las recetas, montas enfrente una nave industrial capaz de servir diez mil platos por hora y luego vuelves al restaurante para explicarle al cocinero que debe adaptarse al progreso.

Tal vez Claude haya hecho un descubrimiento completamente independiente. Tal vez Anthropic tenga razón de arriba abajo. Tal vez Rodríguez Mestre esté viendo una conexión donde sólo hay una coincidencia. Puede ser. Pero incluso en ese caso, la conclusión no mejora mucho. Los científicos están usando herramientas creadas por empresas que quieren automatizar partes crecientes del trabajo científico. Y mientras los científicos usan esas herramientas para trabajar mejor, las herramientas aprenden a hacer cada vez más parte de ese trabajo.

La inteligencia artificial puede hacer maravillas por la ciencia. Puede ayudar a descubrir medicamentos, materiales, proteínas y tratamientos. Ojalá lo haga. Sería absurdo desear lo contrario. Pero antes convendría aclarar quién se queda el mérito, quién se queda el dinero y quién se queda mirando desde la acera cuando la máquina que ayudó a entrenar entre en su despacho. Porque, como sigamos así, un día una inteligencia artificial ganará el Nobel y, mientras recoge el premio, un investigador en la quinta fila levantará la mano y dirá:

—Perdone, creo que esa era mi tesis.

Y desde Silicon Valley alguien responderá:

—Gracias por contribuir a mejorar nuestros servicios.

No tengo pruebas de que vaya a pasar. Pero tampoco me jugaría una cena.